Capítulo 30
—¿Hay alguien ahí abajo? —gritó Pine a través de la trampilla cerrada.
Al ver que nadie respondía, dio un fuerte pisotón sobre la madera.
—¿Hola? ¿Hay alguien ahí?
Nada.
Pine miró a su alrededor y entonces la vio. En el soporte metálico de una de las estanterías había una llave pegada con un imán.
La cogió, se arrodilló y la metió en la cerradura. Tras girarla, agarró la manija empotrada. Tiró de ella. La puerta se abrió con facilidad gracias a sus bisagras hidráulicas.
El espacio al que miraba estaba completamente a oscuras.
—¿Hola? —volvió a llamar.
Esta vez sí oyó un ruido. No palabras, solo un sonido, como de algo arrastrándose por el suelo.
Pine enfocó con su linterna hacia la oscuridad. El haz luminoso reveló una serie de peldaños.
—Hola, me llamo Atlee Pine. Soy del FBI. ¿Hay alguien ahí? Estoy aquí para ayudar.
El ruido que había oído podían ser ratas. Pero no tenías un escondrijo secreto solo para las ratas. Y tampoco llevaban vaqueros.
Empezó a bajar los peldaños, la linterna en una mano, la pistola en la otra.
—¿Hola? Por favor, di algo. He venido a ayudar. ¿Te retienen contra tu voluntad? ¿Dónde está la mujer que vive aquí, Dolores Venuti?
Ahora Pine podía oír una respiración fuerte, un débil gimoteo, como si la persona encerrada ahí estuviera totalmente aterrorizada.
Por un momento pensó que podría ser la propia Desiree.
Pero este lugar no podía ser un escondrijo para ella.
Pine se había fijado en la cara interior de la trampilla. La llave solo funcionaba desde fuera.
—No voy a hacerte daño. He venido a ayudarte.
Al llegar abajo tuvo que encorvarse mucho porque la altura del resto del espacio sería de un metro veinte.
Aquello debía de ser la parte de atrás de la casa, donde la pendiente del terreno condicionaba la altura de los cimientos.
Optó por ponerse en cuclillas e iluminó el espacio con la linterna.
Se estremeció, porque allí abajo hacía mucho frío.
Era obvio que la climatización no llegaba hasta el subterráneo, y supuso que el exterior estaba justo al otro lado de la pared.
Entonces, muy despacio, desplazó el haz luminoso de izquierda a derecha.
Con creciente horror, fue descubriendo las evidencias de que alguien vivía allí.
Estanterías hechas con bloques de hormigón y contrachapado donde se apilaban prendas de ropa.
Un maltrecho puf con unas zapatillas Converse verde lima encima.
Un farol que funcionaba a pilas. Un montón de revistas.
Un colchón con varias colchas y una almohada tiradas de cualquier modo.
El cuerpo de Pine se tensó al ver el pie enfundado en un calcetín.
Lentamente fue levantando la linterna y el haz luminoso recorrió las piernas dentro de los vaqueros, siguió deslizándose hacia arriba por la cintura, por la holgada sudadera, hasta llegar por fin al rostro joven y aterrorizado que la miraba, guiñando los ojos al verse deslumbrada por la potente luz.
Pine bajó la linterna y dijo:
—Soy del FBI. He venido a ayudarte. —Miró alrededor del zulo convertido en prisión—. Voy a sacarte de aquí.
La muchacha se encogió aún más, apretujándose contra el rincón en el que estaba agazapada, medio arrebujada en una manta para intentar protegerse del frío.
Pine volvió a enfocar el haz luminoso sobre su rostro y vio que se sacudía nerviosamente, como respondiendo con incredulidad y rechazo a su ofrecimiento de ayuda.
Pine enfundó la pistola y sacó su placa. A continuación giró la luz hacia sí misma para que la muchacha pudiera verle a la vez la cara y la brillante insignia.
—Soy del FBI. ¿Entiendes lo que es eso? Soy agente federal.
Giró de nuevo la linterna hacia la chica para ver su reacción: parecía, si cabe, aún más aterrorizada.
Pine alargó un brazo para coger el farol y lo encendió.
Su luz iluminó débilmente el espacio, aunque lo suficiente para que pudiera guardarse la linterna.
Se sentó de piernas cruzadas frente a la muchacha y la examinó.
Tendría unos trece o catorce años y mediría un metro sesenta y cinco, con una piel muy pálida de un blanco lechoso.
Estaba muy flaca, con unas piernas y unos brazos larguiruchos.
Tenía moratones en la cara y un corte en el labio, y el pelo rubio se veía sucio y apelmazado.
Sus ojos eran los de alguien que desconfiaba de todo y de todos.
—¿Puedes decirme cómo te llamas?
La muchacha se abrazó con más fuerza y se estremeció.
—Puedo sacarte de aquí —continuó Pine con voz suave—. ¿Quieres ser… libre?
La chica negó con la cabeza y por fin habló.
—N-no.
—¿Por qué no? No puedo creer que quieras seguir aquí.
—E-ella se… se enfadará.
—¿Quién?, ¿Dolores?
La muchacha asintió.
—Ya me encargo yo de Dolores. Ahora podemos irnos de aquí. Te llevaré a un sitio seguro y calentito.
Pine tendió una mano, pero la chica retrocedió.
—N-no. El… el perro. Me… me morderá.
—¿Qué perro?
La cautiva señaló hacia arriba.
—Yo he estado por toda la casa. No hay ningún perro.
—Fu-fuera —dijo la muchacha, abriendo mucho los ojos.
—Yo vengo de fuera y no he visto ningún perro. ¿Te parece que me haya atacado algún perro?
La muchacha la recorrió con la mirada y, por primera vez, pareció más confusa que asustada.
—¿Dolores te dijo que había un perro?
La chica asintió.
—¿Cómo te llamas? Yo soy Atlee.
—Me llamo… Gail.
—Muy bien, Gail. No he visto ningún perro. Dolores te ha mentido.
Gail se enderezó y se envolvió las piernas con la manta.
—Pero yo lo oigo ladrar cuando estoy aquí abajo.
Pine se quedó pensando un momento.
—¿Dolores te deja salir de aquí?
—Solo cuando está ella. Tengo que limpiar y cocinar y todo eso.
—Ya, me lo imaginaba. Pero ¿alguna vez le has puesto de comer al perro? Yo no he visto ningún cuenco para la comida ni juguetes para perros. Y si lo tiene fuera, tampoco he visto una caseta ni una cadena.
—No, nunca le he puesto la comida. Me dan miedo los perros.
—Y cuando ese perro ladra, ¿suena siempre igual?
Gail se encogió de hombros.
—Supongo. Bueno, es un ladrido de perro. Lo he oído como hace una hora.
—Y dime una cosa: ¿siempre se oye sobre la misma hora, cuando Dolores no está en casa y tú estás aquí abajo?
Gail se quedó pensando.
—Puede ser, sí.
—Vale. Es que hay tecnología que permite hacer eso. Con una grabación y un temporizador para activarla.
—Entonces ¿de verdad que no hay ningún perro?
—No. ¿Has salido alguna vez de la casa?
—No desde que llegué aquí. Dolores dice que no puedo. Que no sería seguro.
—¿Por qué no sería seguro?
—Robé algo de comer y otras cosillas en una tienda —respondió Gail—. Y la policía me está buscando.
—¿Quién te ha dicho que la policía te está buscando? ¿Dolores?
—Sí.
—¿Después de que tú le dijeras que habías robado esas cosas?
—Sí. Me hizo un montón de preguntas. Y yo se lo dije.
—¿Y cómo acabaste aquí?
—Estaba haciendo autostop y Dolores paró y me recogió.
—¿Cuándo fue eso? ¿Cuánto tiempo llevas aquí?
—No estoy segura. Puede que unos seis meses. Tal vez más.
—¿Dónde está tu familia?
—No tengo. Mi padre y mi madre murieron. De sobredosis.
—Lo siento mucho. ¿Y no tenías otros familiares con los que pudieras quedarte?
—No. Empezaron a enviarme a hogares de acogida. Pero eso tampoco… funcionó muy bien. Así que me escapé.
—Y entonces Dolores te trajo a la casa. ¿Y te obligó a vivir aquí abajo?
—Al principio no. Dormía arriba en el sofá.
Pero poco después empezó a decir que había hecho algunas cosas malas.
Yo no sabía a qué se refería, pero Dolores no paraba de decírmelo una y otra vez.
Me esforzaba mucho trabajando para ella.
Tenía la casa siempre bien, cocinaba y lavaba la ropa.
Hacía todo lo que ella me ordenaba. Hasta que un día me dijo que tenía que bajar a dormir aquí.
Pero que, si me portaba bien, podría volver a dormir arriba, donde se estaba más calentito.
—¿Y por qué tiene un espacio así?
—Me dijo que era una especie de habitación del pánico. Que la mandó instalar porque una vez entraron a robar en la casa. Al menos eso es lo que me contó.
—Vale —dijo Pine—. Pero la puerta solo se abre desde fuera, así que no serviría mucho como habitación del pánico, ¿no crees?
Gail pareció confusa.
—Ah, es verdad. No lo había pensado.
—¿Suele venir alguien por la casa?
—No que yo sepa. Yo no he visto a nadie, aparte de Dolores.
—¿Y nunca has intentado escapar?
—No tengo ningún sitio al que ir, y además creía que había un… un perro.
Hundió la cara entre las rodillas y rompió a llorar.
Pine se acercó a ella y la rodeó con un brazo. Al principio, Gail hizo amago de retroceder, pero poco a poco se fue apoyando en ella.
—Muy bien, escucha. Lo primero que tenemos que hacer es sacarte de aquí. Hay una amiga mía esperando fuera en un coche. Te llevaremos donde nos estamos alojando, allí podrás lavarte y comer bien, ¿vale? Pareces hambrienta.
—Dolores dice que estoy tan flaca que no necesito comer mucho.
—Ya, seguro que te dice eso. Venga, ponte las zapatillas y coge todo lo que tengas que llevarte.
—La verdad es que no tengo nada.
—Bien, pues vámonos.
Pine condujo a la chica escaleras arriba y salieron del cuarto.
De repente, cuando llegaron al vestíbulo, dos mujeres emergieron de entre las sombras.
Pine vio primero a Blum.
Y luego a Desiree, que apuntaba con una pistola a la sien de su amiga. La mujer había ganado peso, y el pelo largo y canoso se le pegaba a la cabeza como ristras de cuentas pesadas. Su expresión era dura y tensa, rebosante de maldad.
Miró a Pine y dijo:
—No vais a ir a ninguna parte.