El desafío final (Atlee Pine 4) Capítulo 29
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Capítulo 29

—Vale, no me gusta nada cómo pinta esto —dijo Blum mientras avanzaban por un largo camino de grava flanqueado por una espesa arboleda.

Jirones de niebla se extendían por el lugar, iluminado solo por los faros del vehículo—.

Así es como empiezan todas las películas de terror con asesino en serie que he visto.

—No te dejes dominar por tus emociones, Carol —dijo Pine.

Blum la miró.

—¿No estás un poco nerviosa?

—Creo que Desiree debería estar más preocupada por mí que yo por ella.

—¿Crees que estará en casa?

—Lo averiguaremos muy pronto.

Al doblar una curva, vieron a lo lejos las luces procedentes de una pequeña casa en dos niveles, construida en ladrillo con revestimiento exterior.

Ofrecía un aspecto desolador, como si se sintiera sola sin otras viviendas alrededor.

Al lado había una cochera metálica, sin ningún vehículo debajo.

Las luces que se veían eran las del salón.

—Genial —dijo Blum—. La casita perdida en el bosque. Me pregunto si Hansel y Gretel estarán ahí dentro a punto de ser comidos.

Pine detuvo el coche y apagó los faros.

—Espérame aquí.

—No pienso dejar que entres ahí tú sola.

—Voy armada y soy una agente federal impulsada ahora mismo por cierto instinto homicida. Te lo diré de otra forma: Desiree es una munchkin de Oz y yo una amazona. No obstante, más vale que te pases al asiento del conductor. Mantén las puertas cerradas y ten el móvil a mano.

Pine se bajó y se encaminó hacia la casa, apartándose del centro de la calzada y avanzando a grandes zancadas a lo largo del margen boscoso.

Al llegar, giró hacia la fachada delantera y espió por una de las ventanas iluminadas.

Vio muebles, cuadros en las paredes, una alfombra en colores borgoña y azul, pero no había nadie a la vista.

Rodeó la casa y llegó al patio trasero. Vislumbró un pequeño cobertizo con revestimiento gris y cubierta de tejas.

Se acercó y enfocó con su linterna a través de una de las ventanas.

Parecía vacío salvo por algunas herramientas, una carretilla y una escalera.

Probó a abrir la puerta, pero estaba cerrada.

Avanzó sigilosamente hacia la fachada posterior y subió un pequeño tramo de escaleras hasta una terraza, en la que había algunos viejos muebles de exterior. La puerta también estaba cerrada. Enfocó con la linterna para ver si había algún panel de alarma.

«Mierda».

Había uno, y vio que estaba conectado. ¿Por qué tenía una alarma aquí y no en su negocio?

Se apartó de la puerta y echó un vistazo alrededor.

«Vale, puede que haya una forma de entrar».

Pine regresó a toda prisa al cobertizo y utilizó su navaja para forzar la cerradura.

Se coló dentro y salió un momento después con la escalera.

La pendiente del terreno obligaba a que la casa tuviera unos cimientos altos en la parte de atrás, cubiertos por una capa de ladrillos.

Volvió a subir a la terraza elevada, colocó la escalera junto a la puerta trasera y se encaramó hasta el peldaño final, en el que todas las etiquetas de advertencia decían que nunca había que poner los pies.

Luego se agarró al borde del canalón y se alzó haciendo fuerza con los brazos, rezando para que la tubería aguantara su peso.

Lo hizo, y entonces levantó las piernas hasta alcanzar la cubierta.

Se agarró a una teja asfáltica y la utilizó para impulsarse, hasta que todo su cuerpo estuvo sobre el tejado.

Luego avanzó por él hasta el nivel superior de la casa, donde dos ventanas abuhardilladas le ofrecían posibles puntos de entrada.

La mayoría de los sistemas de alarma no llegaban hasta las ventanas de las plantas superiores.

Y ahora estaba a punto de averiguar si esa casa se ajustaba a la norma general.

Introdujo la hoja de la navaja entre el panel acristalado y el marco para descorrer el cierre.

Si la ventana estaba conectada al sistema de alarma, suponía que, estando en una zona tan aislada, tendría tiempo de registrar toda la casa, preparar café, tomárselo tranquilamente y marcharse mucho antes de que llegara la policía.

Por suerte, no se disparó ninguna alarma.

Se coló por la abertura y cerró la ventana tras ella.

Iluminó con la linterna el dormitorio en el que se encontraba.

Estaba muy limpio y ordenado, amueblado con sobriedad.

Echó un vistazo al armario y vio que todas las prendas se ajustaban a alguien de la edad y la corta estatura de Desiree.

Salió al pasillo e inspeccionó el cuarto de baño contiguo a la habitación.

Después miró en el segundo dormitorio, al otro lado del baño.

Estaba vacío, salvo por dos cajas apiladas una encima de la otra.

Rebuscó un poco en su interior, pero solo contenían prendas de ropa vieja y otros objetos de escaso interés.

Al parecer, Desiree vivía sola.

Regresó al primer dormitorio. Pine nunca había visto una habitación tan pulcra y organizada.

La cama estaba hecha, con almohadones decorativos meticulosamente dispuestos y las esquinas remetidas con precisión castrense.

Volvió a echar un vistazo al armario. Recordaba a uno de esos diseños típicos de California Closets, con dos niveles de barras para colgar la ropa, vitrinas acristaladas, cajones hondos que se deslizaban suavemente sobre guías, y estanterías abiertas para el calzado.

Los jerséis se encontraban doblados y apilados con tanto esmero que podrían haber estado expuestos en cualquier boutique.

Pantalones, camisas, vestidos y faldas colgaban de las perchas ordenados al parecer por tipos y estilos.

Pañuelos, zapatos, ropa interior y calcetines estaban escrupulosamente clasificados.

En el cuarto de baño, los productos de aseo y el resto de los accesorios estaban pulcramente ordenados.

La zona de bañera y ducha se veía reluciente, y los suelos y demás superficies habían sido frotados a fondo y olían a desinfectante.

Las toallas se hallaban organizadas por tamaño y color en el armario de la ropa de baño.

Se dirigió al piso de abajo y descubrió que todo estaba dispuesto con la misma sobriedad y sencillez, aunque, si eso era posible, de forma aún más pulcra y ordenada que en la planta de arriba.

Los muebles de madera del salón estaban nítidamente pulidos, todos los cojines ahuecados e inmaculados.

Las marcas en las alfombras dispuestas sobre suelos de madera noble indicaban que se había pasado la aspiradora recientemente.

Todos los adornos de las estanterías habían sido desempolvados y no había ni rastro de suciedad en las ventanas.

Echó un vistazo al resto de las habitaciones de la planta baja. Todas parecían salones de exposición de una casa piloto. Había una puerta que estaba cerrada, pero cuando acercó la oreja a ella pudo oír el zumbido del sistema de climatización. Seguramente era el cuarto de la caldera.

El pequeño aseo tocador situado frente al vestíbulo parecía salido de un hotel de lujo, con su cajita decorativa de pañuelos de papel, su dispensador de jabón de cobre y sus cuadros enmarcados, así como un elegante portarrollos con la forma de una larga cola de gato.

La cocina era pequeña pero tenía un aspecto impecable.

El suelo de baldosas de travertino estaba tan reluciente que podría hacerse un pícnic en él sin necesidad de mantel e incluso sin platos.

Las encimeras las habían limpiado a fondo y la pequeña mesa estaba preparada con un plato, una taza y unos cubiertos dentro de una servilleta enrollada.

Los botes sobre las encimeras estaban ordenados por altura.

Los seis fogones de la cocina resplandecían sin una sola pizca de grasa en su superficie.

Pine abrió algunos de los armarios y cajones y lo encontró todo tan organizado que tuvo la sensación de estar realmente en una casa piloto en la que todo era material de exposición; era como si nadie viviera allí para alterar o estropear nada y, por tanto, todo estuviera perfecto.

El contenido de la nevera estaba tan minuciosamente distribuido que hacía que la suya de Arizona pareciera un vertedero.

Aunque eso tampoco era muy difícil, concedió Pine.

Lo que más la desconcertaba era que podía entender que Desiree fuera una maniática de la limpieza, o que incluso tuviera un TOC.

Pero, en tal caso, ¿por qué su tienda presentaba un aspecto tan desastroso?

Por lo general, una persona con ese tipo de trastorno no olvidaba su obsesión por el orden en cuanto salía de casa.

Al lado de la cocina había un pequeño cuarto para hacer la colada.

Sobre la secadora había una cesta con ropa escrupulosamente doblada.

Echó un vistazo a las prendas y luego apartó la mirada, pero solo un momento.

Entonces volvió a mirar la ropa. Cogió unos vaqueros de lo alto de la pila y los sostuvo ante ella.

Desiree había sido descrita siempre como una mujer muy bajita, de apenas metro cincuenta, y su permiso de conducir así lo había confirmado.

Pine se colocó los vaqueros sobre sus propias piernas.

A ella le quedarían cortos, pero a alguien de la estatura de Desiree le irían muy largos, incluso llevando tacones.

Y el estilo y el estrecho talle de los pantalones eran para alguien mucho más joven que Desiree.

Notó que la sangre se le helaba en las venas.

«No es posible. No es posible, joder».

Volvió a dejar los vaqueros en la cesta y salió del cuarto de la colada.

Subió corriendo las escaleras e hizo una búsqueda más a fondo.

Se fijó en que había una trampilla en el techo del dormitorio sin usar.

Al tirar de la cuerda, se desplegó una escalerilla.

La afirmó bien sobre el suelo y se apresuró a subir.

Iluminó el oscuro desván con su linterna y anunció su presencia:

—¿Hola? ¿Hay alguien? ¡Soy del FBI! ¿Hola?

No hubo respuesta, no se oyó ningún ruido. Recorrió todo el espacio con el haz luminoso, pero estaba vacío.

Volvió a bajar y empujó la escalera hacia arriba. Se replegó hasta introducirse por la abertura del desván, y luego la trampilla se cerró con un ruido seco.

Pine sintió una leve agitación por encima de su cabeza. Estaba debajo de un conducto de ventilación. La calefacción acababa de ponerse en marcha.

«¿La calefacción?».

Fue a toda prisa al piso de abajo y se plantó ante la puerta cerrada.

Se colocó de lado y empujó con el hombro.

Notó que la cerradura cedía un poco. Se sacó de la chaqueta un pequeño juego de ganzúas.

No se molestó en forzar la sencilla cerradura.

Se limitó a utilizar una de las herramientas para descorrer el pestillo.

Abrió la puerta y encendió la luz. Tal como había supuesto, allí dentro estaba el sistema de climatización, con los conductos empotrados en el techo sin terminar, desde donde se distribuían al resto de la casa.

Miró alrededor del cuarto. A un lado había un par de estanterías donde se apilaban algunas cajas. El suelo era de cemento.

¿Se había equivocado en su suposición? Entonces ¿por qué estaba cerrada la puerta?

Rodeó las estanterías hasta llegar a un espacio pequeño.

Se detuvo y paseó la mirada hasta que se dio cuenta de que el suelo allí era de madera machihembrada.

¿Sería un revestimiento colocado sobre el firme de cemento?

Pero ¿por qué molestarse en hacer algo así en un espacio en el que no iba a entrar nadie, aparte de algún técnico de reparaciones?

En el rincón más alejado había una carretilla con una gran caja apoyada en el borde.

Pine apartó la carretilla, luego se agachó para examinar la parte del suelo que tapaba la caja.

Y entonces sintió como un puñetazo en el estómago.

En el suelo había un ojo de cerradura. Al examinar mejor la superficie, vio los contornos de una trampilla. Y al lado de la cerradura, empotrada en el suelo, había una manija.

«Muy bien, vamos allá», se dijo Pine.