Capítulo 28
Asheville, en Carolina del Norte, es la ciudad donde se encuentra la mansión Biltmore.
Con sus casi diecisiete mil metros cuadrados, se trata de la residencia privada más grande de Estados Unidos y sigue siendo propiedad de los descendientes del heredero Vanderbilt que la mandó construir.
En la actualidad está abierta al público para visitas guiadas y otros eventos, y atrae cada año a gran cantidad de turistas.
En Asheville también hay una floreciente comunidad artística, gastronómica y enológica.
La parte occidental de Carolina del Norte, conocido como el Estado del Talón de Alquitrán, resulta de lo más pintoresca, y las montañas Blue Ridge constituyen un maravilloso telón de fondo para la ciudad.
Sin embargo, cuando Pine y Blum entraron en Asheville, ninguna de las dos pensaba en nada de eso.
Solo tenían en mente a una persona, y solo a una.
Tal como el FBI había informado a Blum con cierta demora —probablemente porque su petición no estaba relacionada con ningún caso oficial—, el número de teléfono que Pine había visto marcar a Wanda Atkins correspondía a una dirección de Asheville.
Y después de que la Agencia les hubiera proporcionado dicha información, Pine estaba dispuesta a sacarle el máximo provecho.
Empezaba a anochecer rápidamente y las calles por las que pasaban estaban llenas de gente sentada en terrazas de restaurantes, al amparo de estufas de gas que les proporcionaban calor; las galerías de arte refulgían de luz y actividad, y vehículos y peatones se dirigían a una gran variedad de destinos.
La gente de posibles parecía estar pasándolo bien mientras decidía dónde gastar el dinero ganado con tanto esfuerzo.
—Nunca había estado aquí —dijo Blum—. Parece bastante bonito.
—Lo malo es que ahora estamos buscando la parte oscura, no la bonita —repuso Pine. Siguiendo las instrucciones del navegador, giró a la derecha, luego a la izquierda y aminoró la velocidad del Porsche—. Y ahí está, a la derecha, toda revestida en blanco.
—Qué apropiado —comentó Blum, echando un vistazo al letrero mientras pasaban—. Desiree Blum regenta una tienda de ocultismo. Tampoco me esperaba que se dedicara a hornear pastelitos.
—Ahora se hace llamar Dolores Venuti —dijo Pine—. Al menos el teléfono está registrado a ese nombre. Pero se trata de Desiree, estoy prácticamente segura.
Habían conseguido una foto de ella de los archivos del Departamento de Vehículos Motorizados de Georgia. La imagen mostraba a una mujer de cara adusta, con unos ojos saltones que Blum afirmó que resultaban «espeluznantes».
—Pero esa foto es muy antigua —había dicho Pine la primera vez que la vio.
—Dudo que haya cambiado mucho —observó Blum—. La gente como ella nunca cambia. Salvo para volverse aún más espeluznante.
La tienda de ocultismo estaba en un pequeño bungalow al que se accedía subiendo unos escalones de madera combada.
El gran letrero de la entrada rezaba en una caligrafía grandilocuente: TIENDA DE OCULTISMO DARK MOON RISING : VIDENCIA , ARTÍCULOS CLÁSICOS DE brUJERÍA , VELAS Y CRISTALES DE ENERGÍA , PAÑUELOS DE PROTECCIÓN , AMPLIO SURTIDO EN PRODUCTOS DE BOTICA , Y MUCHO MÁS .
—¿Pañuelos de protección? —masculló Pine—. ¿De verdad que la gente compra esas chorradas?
—Más de lo que crees. De hecho, en Arizona hay un gran negocio en torno al ocultismo.
—¿Y tú cómo lo sabes?
—Tengo una amiga que está metida en ese rollo. También es tarotista, tiene una línea telefónica de videncia e imparte seminarios para aspirantes a ocultistas. Gana mucho más que yo.
—Entonces es que el mundo ya se ha vuelto loco del todo, Carol.
Pine detuvo el coche un poco más abajo.
—No se ve luz dentro. —Se miró el reloj—. No veo el horario puesto por ningún lado, pero seguramente hoy ya habrá cerrado.
—No parece lo bastante grande para que Desiree viva ahí también. Hasta dudo de que la zona esté calificada como residencial.
—Puede que tengas razón; es probable que viva en otra parte. Y quizá tampoco tenga teléfono fijo. Cada vez hay menos gente que lo tiene.
—Supongo que habrá maneras de averiguar dónde vive.
—Es todo cuestión de rapidez y de encontrar el punto de menor resistencia.
Blum se la quedó mirando fijamente.
—¿Por qué tengo la impresión de que estás a un tris de hacer algo no muy legal?
—Ay, Carol, me conoces como a la palma de tu mano. Espérame aquí.
Pine se bajó del vehículo y se dirigió hacia el bungalow.
Miró alrededor y vio que aquella parte de la calle estaba bastante desierta.
«Bien». Probó a abrir la puerta delantera y comprobó que estaba cerrada.
Miró a través del cristal para ver si había algún sistema de alarma, pero no vio nada.
Tal vez Desiree había hecho un conjuro de protección para su tienda en vez de contratar una alarma con la empresa ADT, se dijo Pine.
Caminó hasta la parte trasera del edificio y la examinó. Una puerta, dos ventanas. Árboles grandes y frondosos bordeaban la pequeña área a modo de parque que se extendía por detrás de todas las tiendas. Bajo las copas de los árboles se veía una vieja mesa de pícnic.
Probó a abrir la puerta trasera, pero estaba cerrada al igual que las ventanas.
Hasta que Pine metió la hoja de su navaja por el resquicio de una de ellas y deslizó el sencillo cierre.
Levantó muy despacio el panel de la ventana, preparada para salir corriendo si saltaba una alarma, pero por suerte no se oyó nada.
Se coló a través del hueco y, tras deslizarse sigilosamente hasta el suelo, cerró la ventana.
De inmediato, una penetrante mezcla de olores inundó sus fosas nasales.
Se sacó una linternita del bolsillo y manipuló la abertura de la lente para que solo emitiera un pequeño haz concentrado.
Iluminó con él las paredes. Estaban cubiertas de estanterías abarrotadas de todo tipo de objetos, la mayoría de ellos grotescos, al menos a ojos de Pine.
«Espero que al menos sean falsos».
Estuches de barajas de tarot se apilaban precariamente sobre una mesa.
¡Y estaban a la venta! Un polvoriento esqueleto a tamaño natural descansaba sobre un soporte en un rincón.
Podías llevártelo a casa por el módico precio de quinientos noventa y nueve dólares.
Cartas astrales de varios tamaños y colores colgaban de forma caótica y torcida en las paredes, junto con dibujos de criaturas que Pine no reconocía.
Había libros con títulos como Brujería en casa y Tónicos para la autosanación .
Hojeó este último por encima: dudaba mucho de que la FDA, la Administración de Alimentos y Medicamentos, aprobara su contenido.
El lugar se veía bastante desordenado, con muchos trastos de por medio, incluyendo cajas de cartón sin abrir con las etiquetas de transporte todavía pegadas.
Pasó a la siguiente habitación, que era muy pequeña y parecía ser el despacho.
Este cuarto también estaba lleno de cajas y papeles; dispuesta contra un rincón había una mesa de manera laminada, con un ordenador encima.
Para entrar en él se necesitaba contraseña, así que Pine no perdió el tiempo y se puso a revisar los cajones.
Había papel de escritorio con el nombre y la dirección de la tienda.
Y, debajo de un montón de cachivaches, encontró una chequera con el nombre de Dolores Venuti impreso, junto con otra dirección de Asheville.
Pine estaba completamente segura de que Desiree y Dolores eran la misma persona, pero esperaba obtener una confirmación absoluta.
Y la tuvo cuando miró algunas fotos pegadas en la pared.
En una se veía a una persona que no podía ser otra que Desiree.
Encajaba con la descripción que le habían dado a Pine y, lo que era más importante, con la fotografía de archivo del departamento de tráfico.
La mujer estaba de pie delante de la tienda de ocultismo, sonriendo.
En la parte inferior de la foto, escrito con rotulador, se leía: «Bienvenida al barrio, Dolores».
Estaba firmada por varias personas, y los nombres de las tiendas debajo de las firmas pertenecían muy probablemente a la comunidad local de vendedores minoristas.
Hizo una foto con su móvil.
Pine copió la dirección de la chequera en un trozo de papel, y se marchó dejándolo todo como estaba.
Cuando se montó de nuevo en el Porsche, le entregó el papel a Blum.
—Mete esto en el GPS.
—¿Qué es?
—Con suerte, es el lugar donde encontraremos a Desiree Atkins, alias Dolores Venuti.
—¿Qué aspecto tenía la tienda?
—Tan espeluznante como la pinta que debe tener ella.
—Y si está en casa, ¿qué piensas hacer?
—Controlarme para no estrangularla, y luego empezar a hacerle preguntas.
—¿Y si no responde?
—Entonces tal vez no me controle y la estrangule.
—Estás de broma, ¿no?
Pine puso el coche en marcha.
—Yo no estaría tan segura, Carol.