Capítulo 27
Buckley se registró en un hotel lujoso y pidió una cena tardía al servicio de habitaciones.
Hizo algunas llamadas y envió varios mensajes y correos mientras daba cuenta de la comida y del vino, pensando en los detalles del funeral y en las decisiones que debía tomar.
Ken sería incinerado. No habría ceremonia religiosa; semejante espectáculo habría supuesto un desperdicio de tiempo para ambos hermanos.
Esparciría las cenizas de su hermano menor allí donde su padre había sufrido aquel brutal ataque por parte del gobierno.
De ser humano a cadáver, y después cenizas en una urna lanzadas a merced del viento.
Y todo ello en apenas un abrir y cerrar de ojos.
Le daba a uno qué pensar, reflexionó Buckley. O debería.
Su habitación, inmaculada y confortable, contaba con todos los accesorios y equipamientos de alta gama que cabría esperar.
De pequeño, Buckley había crecido sin ninguna de esas comodidades, ya que sus padres, a pesar del dinero que entraba gracias a sus seguidores y sus diversos negocios, insistían en vivir con sencillez y pensaban que cualquier muestra de generosidad para con sus hijos estaba, por principio, completamente fuera de lugar.
Durante su infancia, aquello le había escocido mucho al pequeño Buckley.
Pero, con el tiempo, llegó a comulgar con la filosofía de sus padres de que la gente debía ganarse lo que tenía.
Aunque no siguió su ejemplo en lo referente a vivir con sencillez.
No hacía mucho que Buckley había podido adquirir todos esos lujos, que incluían varias residencias, coches caros, un yate y un avión privado.
Le había costado mucho trabajo, pero al final lo había conseguido.
No obstante, era muy consciente de que, al final de la partida, aquello no eran más que juguetes.
Trofeos, nada más. La auténtica emoción estaba en ganar el dinero, en adquirir poder, en derrotar a otros.
El resto apenas le interesaba, incluso lo deprimía.
Había estado a punto de morir en cuatro ocasiones.
La primera fue durante aquel tiroteo en la hacienda familiar: una bala de la DEA se incrustó en la pared a un par de centímetros de su cabeza cuando estaba tumbado en el suelo.
Las otras tres veces fueron ya de adulto, mientras se abría su propio camino en la vida.
Y en todas esas ocasiones, nunca se había sentido tan vivo como cuando había estado a solo minutos, o incluso segundos, de morir.
Sacó un sobre de un cajón y metió en él cinco billetes de veinte para que los cogiera la camarera de piso al día siguiente.
Se había acostumbrado a tratar bien a la gente trabajadora, porque se fiaba más de ella que de los tipos con los que hacía negocios.
Muchos de estos habían nacido ya en la tercera base, y pensaban que era su propia valía lo que les hacía estar tan cerca de anotar una carrera.
Creían tener derecho a lo mejor porque, sin ningún esfuerzo por su parte, siempre habían recibido lo mejor.
Eso hacía que resultara aún más gratificante superar en todo a esa clase «elitista» que, en realidad, no era más que un grupo de lerdos con demasiados privilegios, muy por debajo de esa liga que creían estúpidamente que les pertenecía por derecho.
A Buckley le gustaba el poder que proporcionaba el dinero. Y le gustaba amasar tanto como pudiera porque quería conseguir el máximo de poder posible. Pero al principio había empezado a hacer dinero porque tenía hermanos a los que alimentar, y lo único que podía apartarlos del hambre era…
«Yo».
Eso hacía que un hombre fuera cuidadoso. Que pensara antes de actuar. Porque un solo error podía resultar fatal, a muchos niveles. No obstante, pensar a fondo las cosas te predisponía a asumir riesgos, porque se trataba de unos riesgos altamente calculados.
Basándose en todo lo que sabía sobre las mujeres, y aunque no la conocía en persona, le parecía que El Cain era de ese tipo de personas.
En otras circunstancias, seguramente la habría contratado para que trabajara para él.
Parecía alguien a quien había pisoteado la vida, pero que había logrado sobreponerse a todas las adversidades.
Buckley tenía la impresión de que era una persona muy interesante, resuelta y capaz de hacer grandes cosas, si se le daba la oportunidad.
Aunque, si de él dependía, no iba a tener tal oportunidad.
Debía vengar a Ken. Si dejaba pasar aquello, ¿qué sería lo siguiente?
En muy poco tiempo habría perdido todos sus principios.
Bajó a la zona de la piscina y, sentado junto al agua, se encendió un puro Maduro y se tomó su vino mientras revisaba las respuestas a los mensajes que había enviado.
Exigía mucho a sus socios. A cambio, les pagaba muy bien y les protegía las espaldas, pasara lo que pasara.
También les exigía lealtad absoluta, aunque, a diferencia de muchos en su misma situación, él les profesaba la misma lealtad.
No porque fuera necesariamente correcto o justo, sino porque, al final, revertía en su propio interés.
Si veían que echabas a los leones a aquellos que en ocasiones disentían de ti, eso les hacía volverse más avispados y entonces acababas rodeado solo de sicofantes y aduladores; y eso era como la endogamia, volvía a todos estúpidos y débiles.
No sentía más que desprecio por las mujeres como Rosa, quien podría haber manejado la situación con Ken de forma muy distinta, o quien ya de entrada ni siquiera tendría que haberse liado con él.
Había quedado claro, por su torpe coqueteo con Buckley, que si él hubiera querido la joven se habría metido en su cama sin pensárselo dos veces.
Eso demostraba deslealtad hacia Ken y una total falta de respeto hacia Buckley.
Y las acciones tenían consecuencias. Había enviado un correo con la foto de Rosa a uno de sus socios, quien había estado en espera hasta que se produjo la muerte de Ken.
Entonces el hombre respondió y se hicieron los arreglos pertinentes.
Subió a su habitación y durmió profundamente, con la conciencia tranquila pero la mente agobiada.
Cuando se levantó a la mañana siguiente, desayunó y arregló un poco la habitación, doblando las toallas usadas y dejándolas pulcramente en un rincón junto a la bañera.
Luego abandonó el hotel, dejando generosas propinas al personal y recibiendo sonrisas y agradecimientos a su paso.
Se subió al coche alquilado y, gracias al dispositivo de Bluetooth incorporado, se puso en contacto con su gente. Los resultados eran prometedores.
Rosa había sufrido una recaída y se había metido una sobredosis de fatales consecuencias en el callejón de detrás del refugio.
La policía lo estaba investigando, pero estaba claro que la cosa no iría mucho más allá.
Su hombre había recuperado los mil dólares del cadáver de Rosa, así que eso no despertaría sospechas.
Podrían hacer preguntas sobre el caballero que había estado hablando con Rosa en la cafetería el día anterior, pero nadie aparte de la joven fallecida sabía de su parentesco con Ken.
Y aun en el caso de que Rosa se lo hubiera contado a alguien, Buckley estaba protegido por su aura de respetabilidad.
Y tampoco había nada extraño en que una adicta en proceso de recuperación se metiera una sobredosis.
De modo que el capítulo de Rosa podía considerarse cerrado.
Al cabo de cinco minutos recibió otra llamada.
—Hemos investigado la matrícula del coche —dijo la voz—.
La propietaria es «Eloise» Cain. Le he enviado toda la información personal que hemos podido encontrar, que no es mucha.
Ha estado algún tiempo en prisión y ha tenido problemas con las drogas.
Lo más extraño de todo es que no hay nada sobre ella hasta que tenía unos diecinueve o veinte años.
Antes de eso, su existencia es un agujero negro.
—Entonces escarba en ese agujero —ordenó—. ¿Y cómo podemos localizarla?
—Tiene una tarjeta de crédito. Estamos utilizando nuestros recursos y contactos para rastrearlas a ambas. La mujer usó la tarjeta para registrarse en el Marriott después de atacar a su hermano.
—¿Y su móvil? Porque debe de tener uno. También podemos rastrear su paradero por ahí.
—No tiene una cuenta a su nombre. Podría haber robado un teléfono y usar redes wifi locales y otras fuentes gratuitas para hacer llamadas y acceder a internet.
O podría utilizar tarjetas de prepago o un móvil desechable, o un sistema híbrido; hay muchas formas de hacerlo.
La tarjeta de crédito está registrada en una dirección que ya no es válida.
Hay una dirección de Gmail asociada a la cuenta, pero hace mucho que no se ha utilizado, por lo que no es una buena vía para rastrearla.
Así que estamos focalizando toda nuestra atención en la actividad de la tarjeta.
—Si disponéis de los datos de su coche, ¿no podéis hackear el sistema de navegación por satélite y localizarla por ahí?
—Es un coche viejo y no cuenta con el dispositivo.
—Envíame la información del Marriott; seguramente habrá más de uno en la ciudad. Y consígueme una foto de esa mujer. Y tal vez una copia de su permiso de conducir.
—Me pongo a ello, señor.
Después de recibir la dirección del Marriott, Buckley condujo hasta allí y se registró.
Se pasó el resto del día deambulando por las instalaciones del hotel y hablando con el personal sobre El Cain.
Explicó que era el abogado de su padre y que tenía que contactar con ella por el tema de una herencia.
Nadie cuestionaba su credibilidad al ver su aspecto profesional y escuchar su voz seria y cultivada.
Sin embargo, nadie había visto a una mujer que encajara con la descripción.
Hasta que entró en el bar del hotel esa noche.
Se sentó en la barra y pidió un bourbon con soda y hielo. Le atendió la misma camarera que había servido a Cain. Buckley utilizó la tapadera sobre la herencia para describir por encima a la mujer y plantear su pregunta.
La camarera asintió.
—Sí, estuvo aquí. No parecía que estuviera pasando por un buen momento.
—¿Tienes alguna idea de dónde podría haber ido?
—No. La verdad es que no habló mucho. —La camarera se alejó por la barra para atender a otro cliente, y Buckley aguardó pacientemente. Cuando regresó, añadió—: Pero pasó algo muy raro.
—¿A qué te refieres?
—Salió algo en las noticias. Estaban puestas en esa tele de ahí.
Buckley alzó la vista hacia el televisor y luego miró de nuevo a la camarera.
—Continúa.
—El FBI estaba buscando a una mujer. Salió su imagen en la pantalla y dijeron su nombre, pero ahora no me acuerdo.
En fin, la estaban buscando por algo que ocurrió en Georgia a principios de los años dos mil.
Bueno, la tía que salía en la tele parecía un animal salvaje, de verdad que sí.
Era muy alta, con mirada de loca y el pelo largo hasta el culo.
—¿Por qué la buscaba el FBI?
—No lo dijeron.
—¿Y qué relación tendría eso con la señorita Cain?
La camarera apoyó los codos en la barra, se inclinó hacia delante y dijo en tono de confidencia:
—Así que una herencia, ¿eh?
—Sí.
—¿Con mucha pasta de por medio?
—Sí.
—Vaya, vaya… ¿Y algo de ese dinero podría ser para mí, señor? Porque no me iría nada mal.
Buckley puso trescientos dólares sobre la barra.
—Me gusta su estilo —dijo ella, guardándose el dinero en una riñonera que llevaba a la cintura—. Como camarera tengo que estar siempre muy atenta, descifrar la expresiones y el lenguaje corporal, determinar si el personal está ya muy borracho y todo eso, ¿me entiende?
—Sí, te entiendo.
—Pues bien, al ver la imagen de la pantalla, la mujer pareció asustarse mucho.
Hasta se le cayó un poco de cerveza. Y cuando se levantó para marcharse, la observé alejarse.
Solo se había tomado una cerveza, pero daba la impresión de no poder caminar derecha.
Fuera quien fuese la joven de la pantalla, estoy segura de que esa mujer la conocía.