Capítulo 26
Buckley hizo algunas llamadas hasta que finalmente dio con la antigua fábrica de zapatos.
Había un combate programado para la noche siguiente.
Luego se pasó el resto del día en el hospital con Ken, después de que lo hubieran operado de nuevo.
Mientras lo miraba yacer inconsciente, tuvo la sensación de que aquella era la mejor versión de su hermano.
Y, por alguna razón, ese pensamiento lo entristeció más de lo que hubiera esperado.
A la noche siguiente se dirigió al lugar del combate. Solo se podía acceder si tu nombre aparecía en la lista que tenía el portero, pero Buckley solventó el problema pasándole un billete de cien dólares.
—Adelante, señor —fue la respuesta inmediata del portero, al tiempo que esbozaba una gran sonrisa.
En el local habría unas doscientas personas, todas ellas borrachas y enardecidas.
Los luchadores eran dos hombres con la cabeza rapada y un físico esculpido, con tatuajes que cubrían la mayor parte de su cuerpo.
Pero a Buckley no le interesaba el combate.
Hizo algunas preguntas discretas entre el personal, que enseguida lo condujeron hasta alguien llamado Sam.
Cuando acabó la pelea, Buckley lo abordó en un pasillo de la parte de atrás.
—¿El Cain?
—¿Qué pasa con ella?
—Me gustaría saber algo más de ella de lo que sé ahora.
—¿Y eso por qué?
—Soy un hombre curioso. Tengo entendido que es una buena luchadora.
Sam se encogió de hombros.
—Sí, aunque ya está lejos de su mejor momento, si es que estás en el negocio y quieres representarla o algo así. Pero es una tía astuta. Y más te vale no ponerte al alcance de sus patadas. No importa si eres hombre o mujer. Descarga con una fuerza brutal.
—¿Alguna idea de dónde puede estar ahora?
—Repito, ¿por qué quieres saberlo?
Cinco billetes de cien dólares respondieron a su pregunta.
—Vive en un antiguo edificio reconvertido en módulos baratos. No queda lejos de aquí. O al menos vivía ahí. He oído que los nuevos propietarios los han echado a todos. Así que no sé por dónde andará ahora.
—¿Y qué sabes de su vida anterior?
—Según dicen, llegó de alguna parte del oeste hace ya años.
Un día se presentó aquí. Dijo que sabía pelear y que quería entrar en el circuito.
A nivel físico daba la talla, pero ser alta y fuerte no te convierte en luchadora.
Así que le hice una pequeña prueba. La metí en una jaula con uno de mis muchachos.
Ya tenía cuarenta y tantos y sus días de gloria habían pasado, pero seguía siendo bueno y además era un tío.
—¿Y qué pasó?
Sam encendió un cigarrillo y sonrió al expulsar el humo.
—Colega, lo que pasó fue que noqueó a mi tío «duro» en cuestión de un minuto.
El pobre se despertó al cabo de media hora, preguntándose cómo podía haberlo arrollado un camión dentro del edificio.
En fin, le comenté a El que si iba en serio con lo de luchar podía llegar lejos.
Que podía dedicarse a boxear o a algo no oficial como lo que hacemos aquí, ya que la UFC no tiene categorías para luchadoras de su peso.
Pero El solo peleaba a nivel local cuando necesitaba la pasta.
Hace poco luchó contra una tía que era un auténtico toro, una chavala de lo más prometedora.
Y la dejó totalmente KO rompiéndole la mandíbula con una de las patadas más duras que he visto en mi vida, ya sea de hombre o de mujer.
Agarró los mil dólares que ganó y se marchó. Y no he vuelto a verla desde entonces.
—¿Alguna vez te ha contado algo de ella? ¿De su familia o algo así?
—Por norma general, El nunca habla de sí misma.
Pero déjame hacerte una advertencia, amigo.
La última vez que estuvo aquí me sacó una pistola solo porque le dije que si se arreglara un poco y se comportara de una manera un poco más femenina, ella y yo podríamos pasar un buen rato.
Ya sabes, una cenita, unas copas, ñaca-ñaca y adiós muy buenas.
Y entonces le vi esa mirada en los ojos.
Me habría volado la cabeza sin pensárselo dos veces.
—Por Dios, y después de habérselo planteado todo tan clarito a la tía…
—Exacto.
—Pues gracias por el consejo. Iré con mucho cuidado cuando la encuentre.
—Si es que la encuentras…
—Puedes estar seguro de eso.
El hombre le dio la dirección del último sitio donde había vivido la mujer. Condujo hasta allí para descubrir que el lugar estaba rodeado por una valla alambrada y custodiado por un guardia de seguridad que no sabía nada sobre los antiguos residentes del edificio.
—Aquí ya no queda nadie —dijo el guardia—. Y que les vaya bonito. No eran más que chusma.
Cuando Buckley se dirigía de vuelta al coche, le sonó el móvil. Era del hospital. Escuchó atentamente, dio las gracias a la persona y dijo que él se encargaría de todo.
No puso el motor en marcha. Se quedó mirando la oscuridad a través del parabrisas mientras pensaba en lo que acababa de decirle el doctor.
Un aneurisma cerebral sin detectar que había reventado.
No se había podido hacer nada. Ken había muerto en menos de un minuto.
No estaban seguros de si podía estar relacionado con la reciente paliza, pero tampoco podían descartarlo. En cualquier caso, lo sentían mucho.
Finalmente encendió el motor y se puso el cinturón de seguridad. Tenía que enterrar a otro hermano.
Ya no era cuestión de mandar a El Cain al hospital.
Ahora era cuestión de mandarla a la tumba.