Capítulo 25
La información de Beth resultó ser acertada. Sin embargo, Buckley no pudo entrar en el refugio para hablar directamente con Rosa debido a los protocolos de seguridad en lo referente a las visitas.
Permaneció sentado en el coche durante horas y observó a las mujeres que entraban y salían del edificio.
Pero al final, su paciencia se vio recompensada cuando vio salir a Rosa, girar a la izquierda y entrar en un café que estaba a solo una manzana del refugio.
Buckley bajó del coche y la siguió hasta el local.
La joven se había sentado a una mesa del fondo. Él se acercó y se presentó.
Ella pareció asustada cuando le dijo que era el hermano mayor de Ken.
—No creo que deba hablar contigo. Me han dicho que podía venir aquí un ratito para poder estirar las piernas, pero tengo que volver enseguida. Saben dónde estoy, y si no vuelvo pronto…
Él la interrumpió, diciendo en un tono de lo más encantador:
—Por favor, solo quiero lo mejor para ti.
Sé muy bien que mi hermano es un idiota peligroso.
Siempre lo ha sido. Lleva metiéndose en problemas tanto tiempo que ya lo he dado por perdido.
De verdad que sí. Pero el caso es que me ha llamado para contarme lo que ha pasado y he venido a verlo. No me encontraba muy lejos, ¿sabes?
—Te ha llamado… Entonces ¿está bien? —preguntó ella bastante nerviosa.
—Le dieron una buena paliza, pero, sí, está bien.
Por supuesto, él declinó cualquier responsabilidad en lo ocurrido, pero lo conozco bien, así que fui a hablar con la gente del motel.
Y lo que me han contado allí es que toda la culpa fue suya y que la mujer que acudió en tu ayuda fue una auténtica heroína.
—Sí, lo fue. Probablemente me salvó la vida.
—¿Puedo sentarme?
Rosa dudó un momento, pero, tras echar un vistazo al café abarrotado, decidió que no tenía por qué pasar nada.
—Sí, claro.
Buckley tomó asiento frente a ella.
—Le he dejado muy claro a Ken que, si alguna vez se le ocurre volver a acercarse a ti, presentarás cargos contra él y lo enviarán a prisión durante una larga temporada.
Ella lo miró abriendo mucho los ojos.
—¿Y a ti te parecería bien eso?
—Su lugar está en la cárcel.
—¿Cómo has sabido dónde estaba?
—La encargada del motel mencionó algo sobre un refugio para mujeres. Ha sido un tiro a ciegas, pero, por suerte, cuando estaba llegando con el coche te he visto salir.
—Pero ¿cómo sabías qué aspecto tengo?
—La mujer del motel te describió con mucho detalle. Dijo que eras muy guapa, y tenía razón.
Rosa bajó la vista y una sonrisa asomó a sus labios.
—Gracias.
Buckley recorrió con la mirada a la joven y la catalogó rápidamente.
Había conocido a muchas como ella. Era sexy y lo sabía, luchadora y sin demasiada educación, capaz de dejarse dominar físicamente pero también susceptible a las buenas palabras, los estímulos y los halagos, aunque con una línea roja que no se podía cruzar.
Lo maravillaba que su obtuso y unidimensional hermano hubiera conseguido estar con ella.
Sin duda a través de la fuerza bruta, lo cual funcionaba con las mujeres solo un tiempo.
Entonces ella o bien se daba cuenta y salía huyendo, o bien cabreaba al hombre hasta tal punto que acababa matándola.
O ella lo mataba a él.
La camarera se acercó y pidieron cafés. Buckley esperó a que les hubieran servido para volver a hablar.
—Tengo una pregunta. Mi hermano no es una persona sutil ni compleja. Sus problemas de control de ira son bastante evidentes. Sabiendo eso, ¿cómo es que estabas siquiera con él?
Rosa se encogió de hombros.
—Al principio era muy diferente. Era amable y me trataba bien. Entonces cambió, de la noche a la mañana. Iba a dejarlo. Nadie se merece que lo traten así. Ya le había dado un montón de oportunidades.
—Te creo. Yo también se las di. Entonces tuviste suerte de que esa mujer apareciera justo en ese momento.
—Pues sí. Verás, Ken se había puesto hecho una furia porque decía que había estado mirando a un tío un poco más de la cuenta. Como si yo pudiera hacer eso… Si lo hiciera, me mataría.
—Seguramente. En fin, ¿y qué me puedes contar de tu «salvadora»?
—¿Por qué? —preguntó Rosa en tono cauteloso—. Mira, no quiero meterla en problemas. Le dijo a Ken que se calmara y que me dejara en paz. Y entonces él fue a acuchillarla y luego sacó la pistola.
Buckley abrió las manos en otro de aquellos gestos encantadores.
—No he venido aquí para meterla en problemas. Pero el caso es que la policía la está buscando. Y quiero asegurarme de que sepa que Ken no va a presentar cargos contra ella. Porque eso también se lo he dejado muy claro a él. Como acabas de decir, era Ken el que iba a hacerle daño.
—Joder, sí. Dijo que iba a matarla. Disparó dos veces con la pistola antes de que ella lo noqueara. Pero entonces ¿por qué la busca la policía? Si no hizo nada malo y Ken no va a presentar cargos…
—Hay un pequeño problema que no tiene nada que ver con Ken. Por lo visto, la mujer fue diciendo que era una agente de incógnito. Y la policía se quedó muy extrañada. Creo que por eso la están buscando. Para poder identificarla como agente encubierta.
—Solo lo dijo para quitarse de encima a la bruja esa de la recepción.
—Bueno, da igual, yo solo te digo lo que me han contado. Entonces ¿no tienes ninguna idea de dónde pueda estar o de cómo se llama?
—No, no me dijo su nombre. Y yo no se lo pregunté. Pero creo que era de por aquí. A ver, sabía perfectamente dónde estaba el refugio de mujeres. Y condujo directa hasta aquí.
—¿Crees que podría haberse alojado en él en algún momento? —preguntó Buckley.
—Es posible. ¿Por qué si no iba a saber dónde estaba?
—O puede que haya trabajado alguna vez en el refugio —sugirió él—. O que tenga una amiga que se haya alojado o trabajado ahí.
—Sí, puede que sí.
—Bueno, ¿y qué planes tienes?
—Creo que de momento, ninguno.
—¿Y a qué te dedicas normalmente? —preguntó Buckley.
—Antes era recepcionista. Pero también sé hacer la manicura. Y he trabajado como entrenadora personal.
—Ya, se te ve en muy buena forma. ¿Y qué hacías antes de que Ken entrara en tu vida?
—Eh… Había tenido algunos problemas que me tuvieron bastante jodida durante un tiempo —respondió Rosa, apartando la mirada—. Conocí a Ken en una fiesta. Y nos enrollamos…
—Esos problemas… ¿fueron por abuso de sustancias?
—¿Por qué dices eso? —replicó ella en tono ofendido.
—Porque ese es el problema que suele joderle la vida a la mayoría de la gente. Pero no te estoy juzgando. La gente se vuelve adicta por todo tipo de razones.
—Bueno, el caso es que lo dejé. Al menos eso lo tengo muy claro.
Buckley sacó su cartera, contó mil dólares y se los pasó por encima de la mesa.
—¿Para qué es esto? —preguntó Rosa con expresión perpleja.
—Considéralo un anticipo para financiar tu nueva vida post-Ken.
—No tienes por qué hacerlo.
—No, siento que debo hacerlo.
Rosa se apresuró a guardarse el dinero en el bolsillo.
—Gracias. Es muy amable por tu parte.
—De nada.
Ella lo miró con gesto apreciativo, claramente atraída por su atractivo, su ropa cara y su actitud generosa y educada.
—No puedo creer que seas hermano de Ken.
—Siempre fuimos muy diferentes. Pero si hubiera hecho mejores elecciones, podría haberse convertido en alguien como yo. O quizá incluso mejor. No le falta talento.
—Ojalá te hubiera conocido antes a ti —dijo ella con coquetería, sonriéndole mientras jugueteaba con un mechón de pelo y se inclinaba para mostrar un poco de canalillo—. Mira, te dejaré mi número por si tienes…, ya sabes, más preguntas. Tal vez podríamos tomar una copa.
—Tal vez. ¿Volvemos ya?
La acompañó de vuelta al refugio y observó cómo desaparecía en el interior tras dedicarle una sonrisa y un pequeño gesto de despedida.
—He visto que le ha dado dinero, señor.
Cuando se giró, Buckley vio a una mujer de unos cincuenta años, a la que se notaba que la vida había tratado muy mal. Tenía las carnes flácidas, la ropa sucia y desaliñada y la mirada un tanto desenfocada.
—Yo también vivo aquí —continuó la mujer, señalando el refugio—. Le he oído hablar con esa linda mexicanita mientras tomaban café. Yo también me he tomado un café. Con el último dólar que me quedaba.
—Ya veo —dijo Buckley—. Tal vez podrías ganarte también algún dinero.
La mujer bajó la mirada a sus zapatos hechos polvo.
—Yo estaba aquí cuando El la trajo.
—¿El? —preguntó Buckley.
—El Cain.
—¿El es diminutivo de algo? ¿De Ellen, Eleanor?
—Eso no lo sé.
—¿Y de qué la conoces exactamente?
—Estuvo viviendo aquí hace algunos años. Yo venía de vez en cuando. El es alguien difícil de olvidar. La mujer más alta que he visto en mi vida. Una tía dura. No se deja joder por nadie.
—¿Y qué más me puedes contar de ella? —preguntó Buckley.
La mujer lo miró por debajo de los párpados.
—He visto que le dabas dinero —repitió.
Buckley sacó diez billetes de veinte dólares y se los entregó.
Ella se guardó el dinero, miró con aire receloso alrededor como para comprobar quién podría estar observando, y finalmente dijo:
—Es una buena persona. Me ayudó.
—¿Sabes algo más sobre su vida? ¿De dónde es? ¿A qué se dedica?
La mujer se quedó pensativa un momento y luego chasqueó los dedos.
—Hace esa cosa de kickboxing. ¿Sabes? AM… algo.
—¿AMM? ¿Artes marciales mixtas?
Ella lo señaló con un dedo.
—Sí, eso mismo.
—¿Y dónde pelea?
—Hay un lugar en la zona sur de la ciudad. Una antigua fábrica de zapatos o algo así. Fui allí una vez para ver cómo dos tías casi se mataban entre ellas. Nunca he visto pelear a El, pero apuesto a que es buena. Como he dicho, no deja que nadie la joda. Una vez me contó que peleaba allí.
—Al parecer es una gran luchadora. ¿Cuándo fue la última vez que la viste?
—Bueno, cuando trajo a esa chica mexicana.
—¿Algo más?
—Que es muy buena persona —repitió.
—Seguro que lo es. Gracias.