Capítulo 24
Ken Buckley, seriamente magullado y maltrecho, yacía en la cama del hospital todavía inconsciente.
A su lado, un monitor dispuesto sobre un soporte portátil mostraba sus débiles constantes vitales.
El cirujano había tratado todas las lesiones que había podido en tan corto periodo de tiempo, pero aún quedaba mucho por hacer y no podía decirse que Ken estuviera fuera de peligro.
Lo más preocupante era que aún no hubiese recuperado la conciencia.
El hombre sentado en la silla de al lado era Peter Buckley, el hermano mayor de Ken.
Tendría unos cuarenta años y mediría metro ochenta y cinco, con una complexión delgada y atlética.
Llevaba un traje negro a medida con un vistoso pañuelo de bolsillo, con una inmaculada camisa blanca y sin corbata.
Tenía las uñas bien cuidadas y su piel se veía saludable y sin marcas.
Calzaba unos zapatos de cuero flexible que debían de rondar los mil dólares, mientras que el pulcro traje costaría más del doble.
Lucía un buen corte en su pelo oscuro y ondulado.
Apenas tenía vello facial y sus facciones estaban muy marcadas.
Tenía los ojos de un azul tan claro que, según la luz, parecían casi blancos.
Mostraba una intensidad serena y una seguridad en sí mismo que atraían la atención sobre su persona, algo que no necesariamente le gustaba.
Cruzó una pierna sobre la otra, dejando ver unos calcetines estampados de color borgoña, y se quedó mirando a su hermano pequeño.
Ken era el benjamín, Peter el mayor, y entre ambos había varios varones y dos hembras.
Dos de esos hermanos estaban muertos, y un tercero estaba internado en una prisión estatal del sur.
Las dos hermanas habían desaparecido hacía tiempo, al parecer muy contentas de alejarse todo lo posible del clan Buckley.
El padre, Peter sénior, había resultado gravemente herido décadas atrás en un caótico tiroteo con los agentes federales, ocurrido en la hacienda familiar situada en un remoto rincón del país.
La madre también resultó herida en el mismo incidente y luego fue arrestada junto con su marido.
Sin embargo, ella acabó traicionándolo y su testimonio había servido para condenarlo a varias cadenas perpetuas, mientras que ella había entrado en el programa de protección de testigos con sus hijos.
El padre no llegó a cumplir su primer año en prisión porque otro recluso le rebanó el cuello de oreja a oreja.
Después de eso, la madre abandonó a sus hijos y ya no volvieron a saber más de ella.
El padre Buckley había sido el líder de un nutrido grupo de seguidores que creían en la segregación basada en la raza y la etnicidad, en una existencia al margen de las leyes externas y las costumbres sociales, y en la adhesión a un código de conducta que se extendía a todos sus miembros, excepto al propio Buckley sénior.
Él era libre de hacer lo que se le antojara y a quien se le antojara, porque para algo era el líder, el elegido, el visionario.
Asimismo, traficaban con mercancía robada, y también con drogas y armas, porque el dinero era muy necesario para financiar el estilo de vida que les gustaba llevar.
Sin embargo, el gobierno federal se presentó una noche después de que hubieran aparecido varios cadáveres.
Los cuerpos pertenecían a antiguos seguidores del grupo que se habían opuesto con vehemencia a los dictados impuestos por Buckley sénior, quien no respondió con palabras, sino con pistolas, cuchillos y cuerdas.
Y con unas tumbas someras para unas vidas que habían acabado de forma prematura y violenta.
Y los federales destruyeron a su padre solo por eso, por defender aquello en lo que creía. No fue nada agradable, pensó Peter Buckley. Pero tampoco es que hubiera mucha gente agradable en el mundo.
Después de que su padre muriera y su madre los abandonara, él, como hermano mayor aunque siguiera siendo un crío, había asumido el papel de cabeza de la familia que aún quedaba.
Y para cuando llegó a la edad adulta, ya había dedicado todo su tiempo a expandir las ambiciones de su padre de un modo más sofisticado, optando por aprender de sus errores en lugar de repetirlos.
Con los años había creado un imperio aún más extenso, ocultando los elementos criminales del mismo detrás de un complejo entramado de sociedades.
Al mismo tiempo, se había integrado en el tejido de la sociedad convencional al amparo de un consorcio de empresas del todo legales, además de haberse labrado una reputación como filántropo.
Había apoyado a toda una miríada de candidatos para cargos políticos y tenía muchos amigos, tanto en las más altas esferas como en los puestos más mundanos.
Y había descubierto que solo estos últimos podían conseguir lo que precisaba.
El poder a nivel nacional estaba irremediablemente estancado.
Pero si necesitabas conseguir los permisos para construir una urbanización residencial, si querías el contrato de la recogida de basuras o recalificar una zona para un proyecto comercial, las fuerzas locales eran mucho más poderosas que las del presidente del país.
Hacía algunos años compró de nuevo los terrenos en los que se alzaba la vieja hacienda familiar y mandó reconstruir algunas de las antiguas edificaciones.
También había hecho construir una pista privada para volar allí de vez en cuando y pasar algunos días totalmente solo.
Paseaba por el lugar, dormía en la réplica de la casa en la que se había criado y se imaginaba cómo podría haber sido su vida si la justicia y los federales no hubieran destruido a la familia Buckley.
Esa era su terapia, su respiro de un mundo al que había aprendido a dominar según sus propios términos, pero al que nunca pertenecería del todo.
Había tratado en vano de enseñar a sus hermanos que el verdadero cambio implicaba jugar al juego hasta llegar al punto en que lo controlabas por completo.
Desde fuera no podía lograrse ese cambio.
Tenías que estar dentro de la partida, y para ello había que dar una serie de pasos: congraciarte, unirte a ellos, dominar y consolidar tu posición.
Hacer que los cambios sean tan graduales que no puedan ver lo que se les viene encima hasta que ya es demasiado tarde.
Sin embargo, sus hermanos no eran muy aplicados y no escucharon los consejos del vástago mayor.
Desde adolescente, Ken había estado casi siempre en prisión.
Hacía muy poco que acababa de salir en libertad después de su última condena por otro de aquellos delitos estúpidos y sin sentido.
Ken era particularmente descerebrado, y llevaba la piel tatuada con unas mierdas que seguro que ni él mismo entendía.
Era un perdedor y en el fondo no valía la pena preocuparse por él.
Sus hermanas, al igual que su madre, habían abandonado la familia cuando alcanzaron la edad adulta, algo que el primogénito Buckley jamás les había perdonado.
Tampoco se había casado nunca ni había tenido una relación seria con ninguna mujer, porque sabía que ninguna de ellas era de fiar.
Cuando quería sexo, pagaba por él. Pasaba la noche y, al llegar la mañana, la chica ya había desaparecido. Y eso a él le iba perfecto.
Pero Ken seguía siendo parte de la familia, y por eso Buckley sí se preocupaba por él.
Cuando recibió la llamada de un agente de policía que había encontrado su número entre las pertenencias de Ken, voló en su jet privado y estuvo en el hospital al cabo de solo dos horas.
Aguardó en la sala de espera hasta que salió de la primera operación.
Y luego fue al motel para averiguar lo que había pasado, y también habló con la policía local.
Una mujer, quién lo habría dicho, le había hecho aquello a su hermano.
Una mujer alta y fuerte que no había dado su nombre al registrarse y que había pagado en efectivo.
Le había dicho a la encargada del motel que era una agente de incógnito.
Pero la policía no sabía nada de tal mujer; Buckley, con su actitud amistosa y nada intimidante, había pedido detalles al respecto, y la policía se mostró muy complaciente no solo porque era el hermano de Ken, sino porque su aspecto y su comportamiento eran de lo más respetables.
De modo que la mujer había mentido. Y había estado a punto de matar a su hermano.
Buckley también pudo confirmar que la agresora le había hecho aquello a Ken usando solo sus propias manos.
Así que debía de ser una mujer formidable físicamente, porque Ken no era precisamente un peso ligero en lo que a peleas se refería.
Al volver al hospital, el cirujano le había dicho que tenían que hacerle más pruebas, escáneres y resonancias para asegurarse de que no había daños permanentes, tanto físicos como cerebrales.
Buckley se ocuparía de su hermano pequeño, aunque eso significara contratar a gente para que le cambiara los pañales o le diera de comer con una pajita. Y tenía que encontrar a esa mujer para que recibiera el castigo que merecía. A ojos de Buckley, no había otra alternativa posible.
Salió del hospital, se subió al Mercedes de alquiler y puso de nuevo rumbo al motel.
Por lo general no prescindía de su chófer, pero en esa ocasión había venido solo.
Se trataba de un asunto familiar. Cuando tuviera que recurrir a otros, no dudaría en hacerlo.
Pero antes tenía que indagar un poco más.
Y entonces se le ocurrió una idea.
Beth, la encargada de la recepción del motel, pareció alegrarse mucho de volver a verlo.
—¿Aún no la han atrapado? Ya les di la descripción.
—Por desgracia, no. Pero cuando estuve aquí antes, me fijé en que había una cámara ahí delante. ¿Funciona?
—Hostia, claro, no me acordaba. Sí, funciona. Los polis ni siquiera preguntaron por ella.
—¿Puedo ver las grabaciones?
La mujer lo condujo a un cuarto que había detrás y se sentaron delante de un ordenador. Al cabo de un rato, empezaron a aparecer las imágenes en la pantalla. Beth aceleró el vídeo hasta llegar a un determinado punto. Sin embargo, había numerosos segmentos borrosos o completamente en negro.
—Ese es su coche —dijo en tono triunfal mientras pulsaba una tecla para que el vídeo recuperara su velocidad normal—. El Civic gris.
Buckley sacó su móvil, anotó el número de la matrícula y luego tomó varias fotos del coche.
—Pero ¿dónde está la mujer? Si sale el coche, también tendría que salir ella en las grabaciones.
—Es este sistema asqueroso —se quejó Beth—.
Salta cuando le da la gana y no lo graba todo.
Y la cámara es muy antigua y la mitad del tiempo no funciona.
—Volvió a echar la cinta un poco hacia atrás y luego de nuevo hacia delante—.
¿Lo ve? ¿Ahí… y ahí? ¿Donde se ve todo gris y borroso?
Probablemente fue entonces cuando la tía se acercó y entró en la oficina.
Esa es la única toma buena del coche. Pero al menos es algo.
Buckley agradeció su ayuda a la mujer con un billete de cien dólares.
—Espero que la encuentre —dijo Beth, agarrando con avidez el dinero—. Es una auténtica zorra.
—¿Y qué hay de la mujer que mencionó antes, la que estaba con Ken?
—¿Rosa? Sí, esa guarra se la llevó con ella. Dijo que la iba a llevar a algún lugar seguro.
—¿Tiene alguna foto de Rosa? Espero que no haya que revisar de nuevo las grabaciones de seguridad…
—Pues no. Tengo una en mi móvil.
Aquello intrigó a Buckley.
—¿Y cómo es eso?
Beth pareció algo avergonzada.
—Un día ella… llevaba un vestido que me gustaba. Pensé en comprarme uno, así que… le hice una foto.
Él miró su ropa desaliñada y su figura rechoncha.
—Ya.
La mujer le enseñó la imagen y él tomó una foto con su móvil.
—Una chica muy guapa —dijo Buckley—. Gracias.
—¿Va a intentar buscarla?
—Sí, quiero informarle del estado en que se encuentra Ken.
—No creo que le importe mucho.
—Lo haré de todos modos. ¿Alguna idea de dónde podría estar?
—Como ya le he comentado, la tiarrona aquella dijo que la iba a llevar a algún lugar seguro. Hay un refugio para mujeres en la ciudad. Puede intentarlo allí. Está en Everson, cerca de Fuller Street.
—Gracias de nuevo.
Volvió al coche. Envió las imágenes de la matrícula a uno de sus socios y le pidió que averiguara todo lo que pudiera. Entonces arrancó y fue en busca de Rosa.
En esos momentos tenía otros muchos asuntos de gran importancia entre manos.
Sin embargo, lo había dejado todo de lado para centrarse en esto, en la familia, aunque…
vale, la suya no era gran cosa. Pero seguía siendo su familia.
En el mundo de Buckley, un agravio familiar no podía quedar sin venganza.
Después de la muerte de su padre, toda su filosofía de vida giraba en torno a un concepto: nunca pongas la otra mejilla.
De modo que tenía que encontrar a la agresora de Ken e infligirle el mismo castigo que la dejara, como mínimo, hospitalizada.
En el mundo de Buckley era tan simple como eso.