El desafío final (Atlee Pine 4) Capítulo 23
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Capítulo 23

A la mañana siguiente, Cain se levantó tarde, se duchó y dedicó un rato a mirarse en el espejo.

Examinó las quemaduras de su brazo izquierdo, luego las del derecho.

Recordaba con total nitidez cuándo había sido hecha cada una y con qué.

La perpetradora siempre fue la misma: Desiree Atkins.

Por lo visto, Joe no tenía estómago para eso.

En cambio, el ansia dañina de Desiree parecía no tener límites.

La mujer era muy aficionada a darle otros usos a los cigarrillos que se encendía.

Al parecer, le gustaba observar cómo la piel de Cain se ennegrecía y le salían ampollas.

Se acordaba de que miraba a Desiree aun cuando estaba profiriendo gritos de dolor.

Cuanto más fuerte chillaba ella, más sonreía la mujer, más quemaduras le hacía.

Cain no tardó en comprender, por muy joven que fuera, que si conseguía concentrarse para dominarse y no chillar de dolor, Desiree acabaría perdiendo el interés y dejaría de hacerlo, aunque su cuerpo se sacudiera de forma agónica.

Por lo visto, a su maltratadora le gustaba «escuchar» el terror.

A veces utilizaba también agujas y cuchillos para hacerle marcas en la piel.

Sin embargo, su siguiente instrumento de tortura favorito era el cinturón —cuando vio a Ken blandir el suyo para amenazar a Rosa, todos aquellos recuerdos habían vuelto de nuevo a ella—.

Pero, una vez más, Cain sabía que, si no chillaba, Desiree ya no disfrutaría y la dejaría lamiéndose en silencio sus nuevas heridas.

Solo existía una razón por la que Cain podía concentrarse durante todo aquel suplicio para no gritar.

Se trataba de una imagen que guardaba en el rincón más recóndito y seguro de su mente.

Cuando era más pequeña, se decía que debía esconder esa imagen porque tenía miedo de que Desiree la encontrara y se la arrebatara, privándola de lo único con lo que podía defenderse.

La imagen era difusa pero poderosa. Una niña pequeña sentada en la tierra, con un vestido colorido y el largo pelo sobre la cara.

Alzaba la vista hacia un árbol muy alto.

Una mujer a la que Cain nunca alcanzaba a ver le gritaba a alguien subido al árbol: «Bájate ahora mismo de ese árbol, jovencita.

No se te ha perdido nada ahí arriba. Te caerás y te harás daño».

Y Cain oía a la niña pequeña del vestido diciendo: «No pasa nada, mamá, ya sabes cómo es Lee. Ya averiguará cómo bajar. Siempre lo hace. No te enfades con ella, mamá».

Cain no sabía quién era Lee. No sabía por qué estaba subida a un árbol. Sospechaba que la niña del pelo largo y el vestido era ella misma, pero tampoco estaba segura del todo.

«Ya averiguará cómo bajar, mamá. Siempre lo hace».

Por alguna razón, aquella curiosa imagen había conseguido focalizar plenamente su atención de tal forma que Cain ya no sentía las quemaduras, los golpes, los cortes ni los pinchazos que le infligía Desiree.

Aquello le permitió sobrevivir. Y Cain había experimentado una punzada de orgullo por aquella Lee.

Al parecer, era alguien que hacía lo que quería, que se arriesgaba, que averiguaba cómo resolver problemas y salía siempre bien parada.

«Justo lo que yo necesitaba hacer».

Pero ¿qué o quién era Lee? ¿Un producto de su imaginación? ¿Algo que no existía? ¿O tal vez alguien importante para ella?

¿Debería estar agradecida a esa Lee o debería odiarla?

«¿Era yo en realidad esa tal Lee? Cada vez que me torturaban, esa imagen aparecía en mi mente. ¿Estaba aferrándome a algo, lo que fuera, para superar aquel suplicio? Porque cualquiera lo habría hecho, habría buscado lo que fuera, real o no».

Cain se echó agua fría en la cara, se vistió y salió a desayunar. Decidió ir a la misma cafetería de la noche anterior.

Se sentó en la barra y miró a su alrededor.

La clientela era en su mayoría gente de cierta edad, bebiendo café y comiendo huevos, tostadas y gachas.

Gente de clase trabajadora como ella, y, al mismo tiempo, lo más diferente de ella que se podía ser.

Muchas de esas personas habrían vivido allí cuando ella estaba con los Atkins.

El letrero de fuera decía que el local llevaba abierto desde 1960, mucho antes de que Cain hubiera nacido.

¿Alguna de esas personas podría haberla ayudado?

¿Podría haber sabido algo sobre su paradero?

¿Cómo podían haber mantenido a alguien prisionero en un sitio así sin que nadie se hubiera enterado de nada?

Aunque Cain había leído sobre un hombre de Ohio que tenía a mujeres encerradas en su casa situada no en un lugar aislado, sino en medio de un vecindario.

¿Cómo diablos podía haber ocurrido algo así?

¿Es que a nadie le importaba nada un carajo?

—Espero que disfrutes más del desayuno de lo que disfrutaste de la cena, cielo.

Al levantar la vista, Cain se encontró con el rostro de la misma camarera de la noche anterior.

—Sí, tengo bastante hambre, así que comeré con ganas.

Pidió y, cuando la anciana volvió con su plato, Cain le preguntó:

—No sé si se acordará de una pareja que vivía por aquí, los Atkins. Debían de ser más o menos de su edad.

—¿Te refieres a Len y Wanda Atkins?

—Sí, los mismos.

Su cara arrugada se frunció aún más en una triste sonrisa.

—Bueno, de eso hace ya mucho tiempo, cielo. Wanda y yo éramos buenas amigas. Y Len y mi marido, que Dios lo tenga en su gloria, eran miembros de los Veteranos de Guerras Extranjeras. Se marcharon de aquí hace muchísimo tiempo, después de que mataran a su hijo.

Cain fingió sorpresa.

—¿En serio? ¿Mataron a su hijo?

La camarera apoyó los codos en la barra y se inclinó hacia ella.

—A Joe Atkins lo asesinaron. Y quien lo hizo fue su esposa, Desiree.

Estoy tan segura de eso como de que ahora estás ahí sentada.

Después de aquello desapareció y nadie ha vuelto a saber de ella.

Y además era una mujer de lo más rara. Una sádica, eso es lo que era.

Una vez la vi atropellar a propósito a un perro con su camioneta. ¿Se puede estar más enferma?

—Sí, realmente enfermizo. Así que ella también se marchó…

—Oh, sí, hace ya muchos años. ¿Y cómo es que conoces a los Atkins? Dijiste que no eras de aquí.

—Creo que mi padre conocía al señor Atkins de algo. Cuando le conté que iba a pasar por aquí, me dijo que preguntara a ver. Supongo que el señor Atkins le dijo que vivía en Crawfordville, pero mi padre no sabía si seguiría aún aquí.

—Bueno, como ya te he dicho, se marcharon hace mucho tiempo.

—Mi padre se quedará muy decepcionado. Creo que quería retomar el contacto.

La camarera frunció los labios con gesto pensativo.

—Ay, espera un momento… ¿Dónde tendré la cabeza? Claro que puedo ayudarte.

—¿Cómo?

La mujer sacó el móvil.

—Wanda y yo nos enviamos tarjetas de felicitación por Navidad. Si hasta tengo su dirección aquí mismo. Ella y Len viven ahora por Alabama, en Huntsville.

Le enseñó la dirección de contacto que aparecía en la pantalla, y Cain le hizo una foto con su móvil.

—Guau, pues muchas gracias. Mi padre se pondrá muy contento.

—Las viejas amistades suelen ser las mejores. Y a estas alturas de la vida hay que tener todos los amigos que se pueda.

«Sí —pensó Cain—. Espero tener alguno algún día».