El desafío final (Atlee Pine 4) Capítulo 22
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Capítulo 22

El muchacho sostenía una linterna con la que enfocaba a Cain. Era flaco y de estatura media, con una buena mata de pelo revuelto. Cain calculó que tendría unos catorce o quince años.

Recuperó por fin la voz y dijo:

—Hey, hola. Verás, es que me enteré de lo que había ocurrido en este lugar. Pasaba con el coche por aquí cerca y decidí echar un vistazo. Lo siento, no era mi intención hacer nada malo.

La expresión del chaval se suavizó, aunque siguió siendo recelosa.

—Eh… ya. Supongo que yo también tendría curiosidad.

—¿Vives por aquí cerca?

Miró por encima del hombro.

—En la casa de ahí detrás. Esto es de nuestra propiedad.

—Ah, vale. ¿Y sueles venir mucho por aquí?

—Sí, mi hermano y yo veníamos mucho, cuando éramos más pequeños.

—¿Cómo te llamas?

—¿Y tú? —replicó él con brusquedad.

—Me llamo Donna.

—Vale. Yo… yo soy Kyle. Y… creo que no deberías estar aquí.

De forma disimulada, Cain se había pasado a Sally por detrás de la cintura para que Kyle no pudiera ver el bulto bajo el jersey.

—Mira, tienes toda la razón del mundo para estar asustado, pero yo también lo estoy, ¿sabes?

El muchacho volvió a relajarse un poco.

—Sí, supongo. A ver, tú eres una chica y yo un chico. Pero no te preocupes, no te haré daño —se apresuró a añadir.

Cain casi se sonrió al oír aquello, porque le habría bastado una patadita para dejarlo fuera de combate.

—Gracias, Kyle. Te lo agradezco mucho. Bueno, he visto en las noticias locales que el FBI está investigando el caso. No veas, eso no es algo que pase todos los días. ¿Han estado aquí también?

Kyle se inclinó hacia delante, ahora con semblante muy emocionado.

—Sí, vinieron aquí. Fue como estar dentro de una serie de polis.

Estuvieron haciendo preguntas sobre una niña.

Y también sobre la gente que vivía aquí antes que nosotros.

No recuerdo cómo se llamaban. En fin, yo me acordé de este sitio.

Y fui yo quien los trajo aquí —añadió orgulloso—.

Mi padre habló con la poli. Parece que tenían a una chica encerrada ahí dentro.

Debían de ser unos bichos raros. A ver, la tenían como una prisionera o algo así.

—Kyle frunció el ceño—. Algo totalmente enfermizo.

—Totalmente. Alguien me dijo que la foto de la chica había salido en las noticias.

—Sí. Estaba grabada en una cinta. ¿Ves esa cámara de ahí?

—Sí.

Kyle puso una cara rara al ver que la cámara apuntaba en otra dirección.

—Eh, alguien la ha movido. Tal vez lo hicieron los polis.

En fin, el cabrón que vivía aquí había conectado un cable que llegaba hasta nuestra casa.

Yo lo encontré. Y había uno de esos viejos aparatos de vídeo escondido bajo el suelo.

Y dentro había una cinta. La pusimos y ahí salió la imagen de la chica.

—Apuntó con su linterna a la entrada de la cueva—.

La chica a la que tenían ahí encerrada reventó la puerta.

—Hostia, qué fuerte —exclamó Cain.

—Y que lo digas. Y eso no es todo. Al tío que vivía en nuestra casa lo mataron. Mi padre dice que puede que lo hiciera la chica, y que el cabrón se lo merecía.

Cain sintió como lava fundida en el estómago.

—¿Dijeron cómo murió el hombre?

—No que yo recuerde.

—¿Y hubo alguien más implicado?

—Su mujer. Desapareció y nadie sabe qué fue de ella. Ni tampoco de la chica.

—Pero imagino que la policía la estará buscando. A la chica, me refiero.

—Sí, eso creo. A ver, si mató a aquel tío, la chica se merece una medalla, o al menos eso pienso yo.

Aunque supongo que, si de verdad lo mató, también quebrantó la ley.

Y seguramente por eso quieren encontrarla.

—Kyle alzó la vista hacia ella con gesto apreciativo—.

Vaya, eres muy alta. Como la mujer del FBI.

—¿La mujer del FBI?

—La que estuvo haciendo todas aquellas preguntas sobre el caso. Aunque tú eres más alta.

—Sí, soy más alta que la mayoría, a menos que jueguen a baloncesto. Bueno, te pido disculpas de nuevo por haber entrado sin permiso, Kyle. No me gustaría que te metieras en problemas por mi culpa.

El muchacho agitó una mano.

—No te preocupes. No se lo contaré a nadie. Oye, ¿quieres que te enseñe lo que hay ahí dentro?

—No. Parece un lugar bastante aterrador.

—Lo sé —asintió Kyle—. Cuando mi hermano y yo lo encontramos también nos lo pareció, aunque al final resultó ser un buen escondite para pasar el rato.

Por eso no se lo contamos a nuestros padres.

Pero cuando nos enteramos de que habían tenido encerrada aquí a una niña pequeña…

Esa gente debía de estar mal, pero que muy mal de la cabeza. Al menos eso es lo que dijo mi padre.

—Creo que tu padre tenía mucha razón.

—Cuando estábamos viendo la cinta y la chica salió reventando la puerta… —Kyle sonrió—. Uf, no sé… Daba miedo, pero cuando me enteré de por qué lo hizo, me pareció genial. Estaba deseando que escapara.

—Sí, imagino que mucha gente pensaría eso. Pero, una vez más, la ley no siempre es justa.

—Ya, supongo.

—¿Y qué estás haciendo aquí tan tarde? —le preguntó Cain.

Kyle se sacó una pequeña cámara del bolsillo de la chaqueta.

—Estoy preparando un vídeo sobre toda esta historia para mi cuenta de Instagram. Voy a llamarlo «Huida hacia la libertad», o algo así.

—Vaya, suena genial. Bueno, gracias, Kyle. Me ha encantado conocerte.

—Lo mismo digo, Donna.

Cain dio media vuelta y se alejó a toda prisa. Cuando llegó al coche, se quedó sentada unos minutos mientras asimilaba lo que acababa de averiguar.

El FBI la estaba buscando. Era muy probable que pensaran que había matado a Joe, y posiblemente también a Desiree.

Esos crímenes podrían ser justificados, o tal vez no.

A su modo de ver, ella no había hecho nada malo.

Pero había tenido suficientes experiencias con la justicia para saber que ellos no lo verían de la misma manera.

Y, según esa manera de ver las cosas, ella podría acabar entre rejas.

Ya había estado en prisión una vez, sin haber cometido ningún delito. Y no pensaba volver nunca más.

Condujo de vuelta al pueblo y cogió una habitación en un motel.

Se desvistió hasta quedarse en ropa interior y se tumbó en la cama.

En cuanto cerró los ojos, lo único que vio fue el interior de aquella celda en el bosque.

Cada detalle permanecía grabado a fuego en su mente.

Se había escapado hacía casi dos décadas, pero, después de haber estado allí, era como si nunca se hubiera marchado.

«Eres una niña malvada y debes ser castigada», le decía Desiree.

«Pero ¿qué cosas malas he hecho?», le preguntaba Cain.

«No pienso malgastar saliva en eso. No vale la pena, pequeña criatura maligna. Tan solo debes saber que estás recibiendo tu castigo y que te mereces todo lo que estás sufriendo». Y, para que quedara aún más claro, le propinó un fuerte bofetón en la cara.

Una vez, cuando fue a verla la señora Wanda, Cain le hizo la misma pregunta.

Wanda le dio unas palmaditas en la mano y le dijo: «En el mundo hay gente malvada, Becky».

«Entonces ¿yo también soy malvada? —quiso saber Cain—. ¿Como dice Desiree?».

«No estoy hablando de ti, cariño. Me refiero a otras personas».

Cain se acordaba de haberle pedido ayuda a Wanda para escapar de allí, pero la mujer se había echado a llorar y le había dicho que no podía hacer nada. Dijo algo acerca de su hijo, que no quería meter a Joe en problemas. Y dejó que ella se pudriera allí.

En el fondo, Cain no culpaba a Wanda. Entendía por qué obró como lo hizo. Se trataba de sobrevivir. ¿De qué otra cosa iba la vida si no?

Alargó la mano hacia la mesilla y cogió a Sally. Apretó la vieja muñeca mohosa contra su pecho.

—Tú fuiste mi única amiga de verdad, Sally. Y tal vez lo sigas siendo.