El desafío final (Atlee Pine 4) Capítulo 21
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Capítulo 21

Después de conducir durante muchas horas, Cain notó cómo se le aceleraba la respiración cuando aminoró la velocidad para entrar en Crawfordville, Georgia.

No por culpa del entorno. Nada en aquel lugar le resultaba reconocible, porque los Atkins se habían encargado de que nunca fuera al pueblo, ni a ningún otro lugar.

Por supuesto, no querían que nadie supiera que tenían a la niña.

Al principio, Cain no entendía cuál podía ser la razón.

Pero, conforme pasaron los años, se le hizo cada vez más evidente.

Ya era tarde cuando Cain paró a cenar algo en una pequeña cafetería, con la mitad de las luces de neón parpadeando y con una fachada deslucida por el tiempo y, probablemente, por los bolsillos vacíos.

No tenía mucha hambre, pero necesitaba algo de tiempo para lidiar con el hecho de que había regresado a aquel lugar.

La camarera le sirvió una segunda taza de café y la observó mientras removía con desgana la comida de su plato.

—¿No te gusta, cielo?

Cain levantó la mirada. La mujer debía de tener más de setenta años y se la veía demasiado cansada y frágil para seguir trabajando.

El olor a humo rancio de cigarrillo emanaba de sus poros como una niebla matutina.

Tenía los dientes amarillentos por la nicotina, pero sus facciones resultaban agradables y su sonrisa era sincera.

—No, está bien. Es solo que he perdido el apetito.

—No te he visto antes por aquí. ¿Eres nueva en el pueblo o solo estás de paso?

—Estoy de paso.

—Ya, eso es lo que dicen todos —comentó la camarera con aire melancólico. Se remetió un mechón de pelo gris por dentro de la gorra azul que llevaba—. A veces me gustaría decir que yo también estoy de paso, pero el caso es que nací aquí. Nací aquí y jamás escapé de la prisión. ¿De dónde vienes tú?

—De Atlanta —mintió Cain.

—Estuve allí una vez, hará unos treinta años. Apuesto a que ha cambiado mucho desde entonces. Sin embargo, este sitio nunca cambia. Hay días en que eso es bueno, la mayoría no lo es tanto. Pero este lugar es todo lo que tengo, todo lo que conozco, así que…

—Los cambios pueden ser buenos —dijo Cain.

—Pareces hablar por experiencia.

—Bueno, experiencias es todo lo que tengo.

—Espero que hayan sido buenas, cariño.

Cain pagó la cuenta y se marchó sin responder.

Sabía la dirección de la casa de los Atkins. Se acordaba de cuando vivía allí y la había visto escrita en cartas dirigidas a ellos. Y, por alguna razón, esa información se le había quedado grabada en la memoria.

Utilizó la aplicación de Google Maps del móvil para llegar a su destino.

Cuando giró para tomar el desvío, divisó por fin algo que recordaba.

Allí delante se alzaba el enorme roble. Naturalmente había seguido creciendo en los años transcurridos; su inmensa copa parecía tapar el cielo, o eso le pareció a ella.

Aquel era el árbol bajo el cual cayó el cuerpo de Joe Atkins.

Cain se preguntó si lo último que vio el hombre sería aquel roble, consciente de que le sobreviviría.

No había otras viviendas cerca, al igual que cuando Cain había vivido allí.

Al acercarse a la casa notó que le entraban los sudores, por la cara, bajo las axilas, en las corvas de las rodillas.

Se le empezó a revolver el estómago. Los yuyus empezaron a apoderarse de ella con la fuerza de un tren de mercancías cargado hasta los topes.

Apretó el acelerador hasta dejar atrás la casa y, como a unos cuatrocientos metros, frenó en seco y dejó el motor en punto muerto.

Bajó del coche y corrió hasta detrás de un arbusto, donde vomitó todo el café y la bilis que había en su estómago.

«Esto es ridículo, El. Tienes que tranquilizarte».

Volvió al coche y condujo de regreso por la carretera.

Esta vez pasó más despacio por delante de la casa.

No había cambiado apenas. Había un enorme tráiler azul delante, que parecía empequeñecer la modesta vivienda.

La cochera de metal oxidado que había al lado estaba vacía.

No había ninguna luz encendida dentro de la casa.

Frenó un poco más adelante, detuvo el coche en el arcén de tierra y bajó.

Cain cogió una linterna de la guantera y se adentró en el bosque con un destino muy concreto en mente.

«Mi antiguo hogar».

Sabía que podría soportar aquello, que podría superar cualquier cosa, porque era allí donde había aprendido a superarlo todo.

Cain recordaba cada paso porque aquel era el mismo camino, aunque a la inversa, que había recorrido en su huida hacia la libertad.

Giró a la izquierda y llegó a un pequeño claro.

Ahora debía tener mucho cuidado. Volvió la vista en dirección a la casa.

A la distancia que se encontraba no podía verla, pero quería asegurarse de que no venía nadie desde allí.

Continuó avanzando, para lo que tuvo que abrirse paso entre la maleza que había crecido en el sendero desde la última vez que estuvo allí.

Pero entonces se detuvo y se fijó en que había algunas ramas rotas, arbustos pisoteados y arbolillos jóvenes medio arrancados, y que la tierra bajo sus pies había sido removida por numerosas pisadas.

Volvieron a entrarle los sudores.

«El vídeo. Alguien ha pasado no hace mucho por aquí. Se dirigían hacia donde yo me dirijo ahora. La poli. El FBI».

Los yuyus se apoderaron de nuevo de ella, y tuvo que apoyarse en un árbol y respirar hondo varias veces.

El ácido láctico le estaba secando la boca y debilitando las extremidades.

Eso mismo le había pasado en su primer combate de artes marciales mixtas.

Había estado tan nerviosa que apenas podía moverse.

La mujer a la que se enfrentaba la derribó enseguida y luego la inmovilizó con una llave de brazo.

Cain se cabreó tanto consigo misma que el ácido láctico se disparó en un subidón de adrenalina impulsado por la furia.

Al final el árbitro tuvo que apartarla de la mujer, a la que había golpeado con rabia hasta dejarla inconsciente.

Exhaló todo el aire y el ácido que pudo extraer del bosque de Georgia hasta que sus extremidades se liberaron del letargo y la saliva volvió a su boca.

Cuando llegó al siguiente claro, se detuvo y miró al frente.

Su antiguo hogar se alzaba en la oscuridad como una criatura que solo albergara desesperación en sus fauces.

Era más pequeño de lo que recordaba, pero eso era lo que solía pasar cuando la gente volvía a visitar los parajes de su infancia.

La puerta estaba cerrada, aunque al enfocarla con la linterna vio que no había candado.

Gran parte de la hiedra de alrededor había sido arrancada, dejando a la vista la herrumbrosa cámara de vigilancia.

Se armó de valor y se acercó sin hacer ruido a la entrada.

Se agachó y pegó la oreja a la puerta. No se oía nada dentro.

Luego alzó la mirada hacia la cámara y, de pronto, la asaltó un pensamiento terrible.

¿Y si todavía funcionaba? Se enderezó, alzó el brazo y la movió para que apuntara en otra dirección.

Después se adentró de nuevo en el bosque y esperó unos veinte minutos para ver si aparecía alguien.

Al ver que nadie venía, volvió a acercarse sigilosamente a su antigua prisión y, tras reunir el coraje suficiente, abrió la puerta y entró.

Cain paseó el haz luminoso por el interior y, al instante, se vio invadida por infinidad de recuerdos horribles; el efecto resultó tan asfixiante que fue como si todo el oxígeno abandonara la habitación. Se sentó en el suelo y empezó a enfocar con la linterna.

Dio un respingo y retrocedió al ver la cadena sujeta a la pared. La habían utilizado con ella hasta que creció demasiado y pudo plantarles cara.

«Y me volví demasiado peligrosa. Ya no se atrevían a acercarse tanto».

Y cuando creció hasta convertirse en una joven fuerte, solo pudieron hacer dos cosas: mantener las distancias y usar la escopeta. Desiree ya no pudo torturarla más. Aunque ya lo había hecho bastante a lo largo de los años. Lo suficiente para dejarla desfigurada para siempre.

Miró el colchón mugriento en el que había dormido miles de noches; también seguía allí la estantería en la que colocaba aquellos peculiares objetos que habían sido como tesoros para ella.

Les había puesto nombres a todos y cada uno, y se convirtieron en sus únicos amigos durante aquellos años.

Les hablaba, jugaba a tomar el té con ellos, y más tarde, al hacerse mayor y más atrevida, formó con ellos una pandilla imaginaria que se dedicaba a cometer trastadas para volver locos a los Atkins.

Respiró hondo, y el olor a moho, arcilla mojada y madera podrida inundó sus pulmones como agua llenando un cubo. Mientras estuvo allí cautiva, había respirado ese mismo aire día tras día. Pero cada día que seguía viva para respirarlo representaba una victoria.

Había objetos que no reconocía. Unas zapatillas deportivas de chico, un guante de béisbol, una pelota de fútbol desinflada, algunas revistas de chicas.

Tal vez la gente que vivía ahora en la casa tenía niños que habían encontrado la celda y la usaban como escondrijo o algo así.

De hecho, cuanto más pensaba en ello, más creía que esa era la razón por la que la policía había dado con el lugar.

Y entonces la vio.

Sally, su muñeca, tirada en un rincón en el suelo.

Se acercó y la cogió. Se veía tan pequeña ahora en su mano, aunque es cierto que la última vez que la había sostenido ya era casi una adulta.

Más tarde se arrepintió de haberla dejado allí, pero en el calor del momento, en la euforia total de verse libre, se olvidó por completo de la muñeca.

Ahora se la metió bajo el holgado jersey.

Esta vez Sally no se quedaría atrás. Se levantó, salió y cerró la puerta tras de sí.

Fue entonces cuando oyó que alguien la llamaba.

—¡Eh! ¿Qué estás haciendo aquí?