El desafío final (Atlee Pine 4) Capítulo 20
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Capítulo 20

Cain llevó a Rosa a un refugio para mujeres al que ella había acudido en ocasiones cuando llegó a la ciudad. La obligó a aceptar cien dólares que le metió con fuerza en la mano, y le dijo:

—Ni se te ocurra volver con él. Ese tío te matará, ¿lo entiendes? Es un hombre malo.

—Te juro que no lo haré. Y… gracias.

Cain no respondió porque no buscaba agradecimiento, ni de Rosa ni de nadie.

Solo quería que la dejaran en paz, y se preguntaba por qué no hacía más que meterse en medio para intentar arreglar los problemas de los demás.

Quizá porque nadie lo había hecho nunca por ella, y era muy consciente de las consecuencias catastróficas de mirar hacia otro lado.

Decidió darse un pequeño capricho y se registró en un Marriott de la zona usando la tarjeta de crédito.

Subió sus cosas a la habitación en la cuarta planta y cerró la puerta cuidadosamente.

Se dio una larga ducha con agua muy caliente, dejando que penetrara bien por toda su piel y utilizando todos los productos de aseo que el hotel ofrecía como cortesía.

Tardó solo unos segundos en secarse el pelo.

Se puso unos vaqueros limpios, en lugar de los que se había ensuciado durante la pelea, una camiseta blanca y un holgado jersey de color amarillo pálido por encima.

Después se sentó en el borde de la cama y se quedó mirando al suelo.

El día aún no había acabado y ya le había ocurrido de todo, desde que la echaran de su antiguo alojamiento hasta tener que abandonar el nuevo para al final recalar aquí.

Esa noche no tenía turno como guardia de seguridad, y mañana era día de paga en la otra empresa.

Cobraría el cheque y juntaría el dinero con el resto.

Se tumbó en la cama, sacó el móvil y volvió a entrar en la página con el aviso del FBI.

Examinó de nuevo su imagen en la pantalla: con el pelo largo y la mirada desquiciada, emocionada y también aterrada ante su súbita liberación después de tantos años.

Dejó el móvil sobre su pecho, cerró los ojos y volvió a rememorar aquella última noche con los Atkins.

Había corrido hacia la casa, no en busca de ningún tipo de venganza, sino porque sabía que de allí partía la carretera que la alejaría de toda aquella pesadilla.

Y también sabía que no tenía mucho tiempo, debido a la cámara instalada cerca de la puerta.

Joe le había dicho alguna que otra vez: «Siempre te estoy vigilando, Becky, siempre.

O sea que no se te ocurra intentar escapar, ¿me oyes? ».

Cuando la llevaron con los Atkins, empezó viviendo con Len y Wanda, aunque solo fueron unos días.

Ellos la trataron bien, pero después la enviaron a vivir con Joe y Desiree.

Y allí fue donde comenzó su suplicio, aunque no desde el primer momento.

Al principio habían sido hasta agradables con ella; no obstante, todo lo relacionado con su vida anterior a eso le resultaba confuso.

Sabía que aquel hombre se la había llevado de algún lugar.

Y que, por alguna inexplicable razón, sus padres verdaderos habían querido que ella muriera, o al menos eso le había contado el hombre.

Y ya no tenía suficientes recuerdos claros de aquella otra vida para saber si le había dicho o no la verdad.

Sin embargo, llegó el día en que el comportamiento de los Atkins hacia ella cambió. Bueno, en realidad fue solo Desiree. Joe trabajaba todo el día fuera, así que solo estaban ellas dos. Nunca iba nadie a visitarlos, salvo, muy de vez en cuando, Len y Wanda.

Al principio fueron pequeñas cosas, ataques de ira inexplicables, despojarla de algunos privilegios, castigos que fueron dando paso a maltratos verbales y luego físicos.

Cuando tenía unos ocho años, Desiree empezó a jugar perversamente con su mente, algo de lo que ella se daba cuenta ahora, sembrando ideas en su joven cabecita que alguien mayor y más maduro habría interpretado como señales de advertencia.

Al principio, Joe había tratado de defenderla, aunque jamás hizo nada para obligar a Desiree a cambiar su comportamiento.

«No le pegues tan fuerte —le decía—. Dale de comer un poco más, eso no bastaría ni para un gatito.

Vístela mejor, ¿qué diablos te pasa?». Pero entonces, la actitud de Joe cambió también.

Cain pensaba que era cosa de Desiree, porque el hombre entraba en su cuarto hecho una furia y le decía: «Sé lo que has estado haciendo, Becky.

¡Lo sé! Y no te vas a ir de rositas». Un día entró y le soltó: «Nunca más vas a volver a morder a mi mujer».

Y entonces le pegó con el cinturón en la cara.

Ni que decir tiene que Cain nunca había mordido a Desiree, aunque no es que le faltaran ganas.

No mucho después llegó el momento en que la trasladaron desde la casa hasta la celda excavada en la ladera de la colina.

Un día entraron en su cuarto, la despertaron y le dijeron que ya era hora de que se fuera a vivir a su nueva casa.

Cain pensó que la iban a entregar a otra familia, y deseó con todas sus fuerzas que fueran más buenos con ella, porque ahora le pegaban habitualmente, le decían cosas para asustarla, la hacían trabajar hasta reventar y le daban de comer apenas lo suficiente para subsistir.

Pero no fue eso lo que pasó. Cuando la llevaron a rastras hasta el bosque, Cain estaba segura de que la iban a matar y enterrar su cuerpo.

Había chillado y tratado de escapar, pero no lo consiguió, y tampoco había nadie que pudiera oír sus gritos.

Después de meterla en la cueva, Joe utilizó su linterna para enseñarle lo que había allí.

Era un lugar sórdido, sucio y frío, y Cain creyó oír cosas arrastrándose por el suelo.

«Esta es tu nueva casa, Becky —le dijo Desiree en un tono despectivo y burlón—. Aquí es donde te dormirás cada noche y te despertarás cada mañana, a menos que me desobedezcas y te portes mal. Entonces no volverás a despertarte nunca más».

En ese instante, la pequeña Cain se sentía tan atenazada por el pánico que no podía procesar lo que estaba pasando.

Cuando la dejaron encerrada allí dentro, comenzó a aporrear la puerta y a gritar que la dejaran salir, que sería buena de ahora en adelante.

Entonces oyó la voz de Desiree, que estaba apoyada justo al otro lado de la madera: «Si sigues haciendo ruido, meteré a unas serpientes ahí dentro contigo.

Ahora mismo estoy viendo dos que parecen muy hambrientas.

Y empezarán a picarte y morderte hasta que te mueras.

Y luego te engullirán entera, Becky. ¿Entiendes lo que te digo?

¿No las oyes silbar y sisear? Porque lo haré.

Sabes que lo haré. Y por aquí hay unas serpientes muy muy grandes».

Aterrorizada, Cain retrocedió lentamente para apartarse lo máximo posible de la puerta, hasta que su espalda chocó con la pared mugrienta excavada en la tierra.

Entonces se sentó en el colchón y no volvió a emitir ningún sonido.

Luego los oyó alejarse, dejándola allí sola.

Permaneció despierta toda la noche en la oscuridad, esperando oír el siseo de las serpientes que vendrían a matarla y devorarla.

Ahora, Cain se sentó en la cama y se frotó una de las quemaduras del brazo mientras los recuerdos dolorosos seguían agolpándose en su mente.

Desiree la ataba a la cama, encendía un cigarrillo y lo sostenía por encima de ella.

De pronto, lo bajaba y clavaba la brasa ardiente en su piel.

Cain soltaba un grito desgarrador, y entonces Desiree levantaba el cigarrillo y lo hundía en otra parte de su cuerpo, haciendo que chillara aún más fuerte.

«¡Por favor, Desiree, para! ¡Por favor, no me hagas daño!».

«Soy tu madre. Tienes que llamarme “madre”». Y le hacía otra quemadura.

«¡Madre, por favor, no me hagas daño!».

Y entonces Desiree volvía a quemarla y soltaba entre risotadas: «Tu madre no te quiere, Becky. Nunca te ha querido porque no te lo mereces, porque tú no eres como los otros niños que son buenos y puros. Tú eres malvada, despreciable, y no se puede confiar en ti».

Cain se levantó de golpe y fue corriendo al lavabo, donde vomitó la hamburguesa, las patatas fritas y el batido en la taza del váter. Luego se lavó la cara y la boca en el lavamanos, volvió tambaleante al dormitorio y se desplomó en la cama.

Permaneció allí tumbada, respirando profundamente hasta que por fin se quedó dormida.

En el remolino brumoso de su agitado sueño vio una cara con unos rasgos tan parecidos a los suyos que era como si se estuviera mirando en un espejo.

El mismo hueco entre los dientes delanteros, pero un peto vaquero sucio en vez de un vestido, un mentón firme, una expresión fiera, una manita cerrada en un puño obstinado.

Sentía que la llamaban por un nombre una y otra vez, pero era una voz ahogada en medio de un huracán.

No acertaba a distinguirlo. Sin embargo, le proporcionaba calma, una fuerza segura y necesaria; siempre lo había hecho.

Cain se despertó de golpe y la imagen desapareció. Se incorporó en la cama y soltó una maldición. ¿Por qué diablos se desvanecía siempre en cuanto abría los ojos?

Miró afuera y se sorprendió al ver que ya era de noche.

Había dormido más de lo que creía. Cain tomó el ascensor y bajó al bar del hotel.

Se sentó lo más lejos que pudo de la banda y empezó a beber su cerveza con aire taciturno.

La camarera era negra, de unos cuarenta años y complexión atlética.

Tenía el pelo teñido de rosa y púrpura, unos elegantes tatuajes en los antebrazos, una actitud diligente y un brillo despierto en los ojos.

—Parece que necesitabas mucho esa cerveza, ¿eh?

—Esta y una docena más.

—Entonces espero que te estés alojando aquí.

—Así es.

—¿Estás en la ciudad por negocios? —le preguntó.

—No, solo estoy de paso.

—¿Acaso no lo estamos todos?

La camarera se alejó cuando otro cliente sediento levantó una mano para llamarla.

En la televisión colgada en la pared estaban puestas las noticias, y Cain casi se atragantó con la cerveza y se le derramó parte del vaso cuando vio aparecer su fotografía en la pantalla.

La noticia decía que el FBI estaba buscando a esa mujer, que la imagen era de 2002, y que su nombre es, o era, Rebecca Atkins.

Cualquier información sobre su posible paradero debía ser remitida vía telefónica o por correo electrónico, y a continuación aparecían en pantalla el número y la dirección de contacto.

Cain dejó lentamente el vaso y se limpió el líquido de la barbilla.

La camarera se acercó con un paño y secó la cerveza derramada.

—¿Estás bien?

—Se me ha ido por el otro lado.

Cain dejó el dinero sobre la barra, incluyendo una generosa propina. Luego se levantó y se marchó con paso algo vacilante.

La camarera se giró y miró el televisor, donde la fotografía de Rebecca Atkins seguía llenando la pantalla. A continuación se volvió hacia Cain para ver cómo se alejaba.

Y, mientras cogía el dinero de la barra, frunció el ceño.

A la mañana siguiente, tras abandonar el hotel, Cain fue a trabajar a la terminal de camiones y recogió su cheque.

Después telefoneó a la compañía de transportes para decirles que tenía que tomarse unos días libres.

El tipo le dijo que, si no se presentaba al día siguiente, no se molestara en volver.

—Muy bien, pues me despido. —Y colgó.

Se sentó, contó el dinero e hizo algunos números por encima. Luego llamó a la empresa de seguridad y les dijo lo mismo. El supervisor era un buen hombre, una especie de abuelo con cierta debilidad por ella.

—Tengo a veinte pobres desempleados haciendo cola para este trabajo, Cain, y diez de ellos tienen título universitario. ¿Estás segura de esto?

—Lo siento, pero tengo que ir a un sitio. No puedo postergarlo más.

—De acuerdo, pues buena suerte. Y si vuelves por aquí, házmelo saber. Te prefiero un millón de veces a ti que a cualquier licenciado en Filosofía.

Cain llenó el depósito del coche y se marchó. Desconocía si su decisión la llevaría a la salvación o a la cárcel. Pero algo muy poderoso en su interior le decía que debía hacerlo. Después de tantos años, tenía que llenar las lagunas de su memoria, fuera como fuese.

Puso rumbo al sur y apretó el acelerador.

«De vuelta a la pesadilla».