El desafío final (Atlee Pine 4) Capítulo 19
24%

Capítulo 19

Cain esquivó el golpe y conectó un demoledor gancho en el diafragma de Ken.

Este se dobló por la mitad y su rostro se puso carmesí al tiempo que la última pizca de aire escapaba de su cuerpo por el tremendo mazazo.

Mientras el hombre trataba de recuperar el aliento, Cain le propinó un brutal codazo en el costado derecho, que impactó con toda la fuerza de un tablón del que sobresaliera un clavo afilado.

Ken soltó un grito atronador y, sintiendo cómo le subía la adrenalina y sobreponiéndose al dolor, lanzó otro puñetazo contra Cain.

Ella lo bloqueó fácilmente con el antebrazo, lo agarró de la muñeca y del codo, y tiró con fuerza en direcciones distintas, haciendo que el tipo volviera a gritar.

Entonces, con un brusco empujón, lo derribó y le dijo:

—Métete en tu casa. Última oportunidad, capullo.

Ken volvió a levantarse a duras penas, su enorme barrigón agitándose adentro y afuera mientras trataba de recuperar el aliento y dominar el dolor.

Desenfundó el cuchillo, pero, antes de que pudiera blandirlo, Cain le propinó una patada que hizo que el arma saliera volando y aterrizase a más de tres metros.

El hombre se agarró la mano lastimada.

—Me has roto un dedo, zorra estúpida.

—Como no lo dejes ya, no será lo único que te rompa.

Sin más, Ken soltó un rugido y se abalanzó contra ella, abriendo sus poderosos brazos.

Cain simplemente se hizo a un lado y, cuando este pasó junto a ella, le agarró el brazo izquierdo y le torció el codo hacia arriba al tiempo que le doblaba la muñeca hacia dentro en un ángulo forzado.

Mientras él forcejeaba para liberarse, Cain le propinó un potente rodillazo en el costado derecho, ya castigado.

Ken aulló de dolor cuando ella tiró de su brazo y lo derribó de nuevo, sin que él parara de proferir obscenidades todo el tiempo.

El hombre se llevó la otra mano a la espalda y, cuando esta reapareció, empuñaba una pistola. Entonces gritó lleno de furia:

—¡Voy a matarte, hija de pu…!

Pero no acabó la frase, porque Cain le soltó el brazo, le agarró los lados de la cabeza con ambas manos y lo acercó hacia ella, al tiempo que le lanzaba un fortísimo rodillazo que le alcanzó directamente en la cara.

Ken cayó hacia atrás a causa del brutal impacto, pero aun así consiguió alzar la pistola y disparar.

La bala pasó a escasos centímetros de la cabeza de Cain.

Mientras Ken se incorporaba tambaleante, Cain arremetió contra él y le propinó dos directos rápidos a la mandíbula y un gancho de izquierda al oblicuo, que una vez más lo hicieron caer de rodillas.

Lo agarró de la muñeca y forcejeó para obligarlo a soltar el arma.

Sin embargo, tenía que reconocer que el tipo era fuerte como un toro.

De pronto, aquel energúmeno le dio un fuerte cabezazo en la garganta a Cain. Esta cayó hacia atrás, respirando entrecortadamente por el golpe, pero consiguió arrebatarle la pistola. Entonces él le apresó la mano y volvieron a forcejear para hacerse con el arma.

«Esto ya está pasando de castaño oscuro», pensó Cain.

Le propinó un nuevo rodillazo en el centro del pecho, y luego otro más. Ken se tambaleó hacia atrás pero la arrastró consigo, ambos sujetando aún el arma. El dedo de él logró enroscarse en el gatillo y apretó. La bala se incrustó en la pared del motel.

«Muy bien —se dijo Cain—, tengo que acabar ya con esto».

La maniobra que estaba contemplando era compleja, pero ya la había realizado algunas veces en combates en jaula.

Sujetando todavía la pistola con una mano, le hizo una llave de cuello con el otro brazo y la usó como punto de apoyo.

Luego se levantó del suelo, de modo que ahora Ken soportaba todo el peso de ella, además del suyo.

Entonces Cain se arqueó hacia atrás, con la cara mirando al cielo, y tiró con todas sus fuerzas.

Lo volteó y ella pasó a estar bajo él. Y, en el ultimísimo momento, lo soltó y rodó ágilmente hacia un lado, haciendo que Ken cayera de golpe y su cabeza se estampara con violencia contra el suelo.

Cain se levantó de inmediato sosteniendo la pistola, porque el brusco movimiento de torsión había obligado a Ken a elegir entre soltar el arma o romperse el rotador.

Retrocedió, con la respiración jadeante, y miró el cuerpo del hombre tirado en un montón informe, inconsciente y lleno de sangre.

—¡Mierda!

Carraspeó con fuerza, escupió y se frotó el cuello dolorido. Luego miró al hombre de los pantalones de pintor, que estaba allí plantado con los ojos desorbitados y la cerveza aún en la mano.

—¿Qué? —dijo Cain.

—Te acabas de cargar a Ken —repuso él sin dar crédito.

—¿Y…?

—Que tú eres una chica y él un tío.

—Eso no es una respuesta —dijo ella con voz ronca.

Se agachó y examinó a Ken. Estaba inconsciente, pero al tomarle el pulso comprobó que era resistente. Le tiró de un brazo y de una pierna. Y, a pesar de su estado, el cuerpo reaccionó y las extremidades se sacudieron de forma involuntaria.

«Vale, no parece que tenga la columna dañada por haber caído de cabeza contra el suelo».

Se levantó y miró a Rosa.

—¿Estás bien?

La joven contemplaba el cuerpo de Ken con expresión aterrorizada.

— Madre de Dios… —exclamó en español—. Cuando… cuando se despierte me va a matar.

—Ve a recoger tus cosas —le dijo Cain.

— ¿Qué?

—¿Tienes hijos? Eh… ¿Niños?

Rosa negó con la cabeza.

—No estamos… casados.

—Muy bien, pues ve a recoger tus cosas. Te llevaré a un lugar donde estarás segura.

Rosa volvió corriendo a la habitación y se oyó ruido de rebuscar cosas y dar portazos.

—¡Oye!

Cuando Cain se giró, vio a la mujer de la recepción avanzando a grandes zancadas hacia ella.

—Oye ¿qué?

—Has atacado a Ken.

—Me he defendido.

—Yo no lo he visto así. Voy a tener que llamar a la policía —dijo la mujer.

—Tal vez tendrías que haberlo hecho cuando el tío le daba esas palizas brutales a Rosa.

—Solo la está disciplinando. No tendrías que haberte metido.

—Bueno, el caso es que nos vamos —dijo Cain.

—¿Quién se va?

—Rosa y yo.

—Pues no pienso devolverte el dinero —replicó la mujer en tono obcecado—. No se hacen reembolsos.

—Sí, ya me imaginaba que dirías eso.

—Porque es lo que hay.

—¿Cuánto tiempo lleva Ken aquí? —preguntó Cain.

—Un mes.

Cain sacó el móvil.

—Entonces seré yo quien llame a la policía.

—¿De qué diablos estás hablando? —exclamó la mujer, totalmente descolocada por el abrupto cambio de tornas.

—Ken se ha saltado la condicional. Así que voy a informar a la poli de que está aquí y de que tú le has estado dando cobijo durante un mes.

—Pero ¿tú estás borracha o qué? ¿Cómo sabes que está en libertad condicional?

Cain señaló un tatuaje en el brazo de Ken.

—Ese es el símbolo de pertenencia a la Hermandad Aria.

Son una pandilla racista habitual en las prisiones.

Cuando entras a formar parte, te hacen ese tatuaje.

Y se nota que está hecho en prisión porque utilizan una tinta fabricada con todo tipo de mierdas fundidas y navajas asquerosas fabricadas por los propios presos.

Ahora Ken está fuera. Y es un tío joven.

La libertad condicional suele durar unos cuantos años, y ese tatuaje parece bastante reciente.

Ahora bien, Ken tiene un cuchillo y una pistola.

Y, además, acaba de agredir a una mujer.

Triple violación de libertad condicional.

También has reconocido que suele hacerlo con frecuencia, así que eso te convierte en cómplice.

Algo que está penado con, al menos, un año de cárcel.

La mujer dio un paso hacia atrás. Su confianza la abandonó junto con el color de la cara.

—¿Cómo sabes tanto de esas cosas?

Cain lo sabía todo porque, mientras hacía autostop de joven, la recogió y la agredió uno de esos «hermanos» arios. Y luego la retuvo durante unos meses antes de que lograra escapar, dejando al tipo con un aspecto similar al que tenía Ken ahora.

En cambio, lo que respondió fue:

—Porque soy policía.

—¡Y una mierda! Enséñame tu placa. ¿Y qué cojones iba a estar haciendo una poli aquí?

—Voy de incógnito para investigar a algunos de los delincuentes de la zona, así que no llevo placa. Además, ¿te crees que cualquiera podría tumbar a Ken sin haber recibido un adiestramiento especial?

A veces, a la propia Cain le asombraba la facilidad con que podía soltar mentiras que sonaban verdaderas, como había hecho con el guardia de seguridad esa mañana.

Pero el caso es que, durante la mayor parte de su vida, se había visto envuelta en situaciones angustiosas en las que inventarse al vuelo una realidad alternativa —y hacer que pareciera tan auténtica que en ocasiones hasta ella misma se la creía— era lo único que le permitía seguir con vida.

«La práctica lleva a la perfección. Y la práctica bajo amenaza de muerte conduce a una perfección aún mayor».

El hombre de los pantalones de pintor intervino:

—Te está diciendo la verdad, Beth. A ver, tía, ya has visto con tus propios ojos lo que acaba de hacer. Joder, seguro que es una exmilitar o algo así, con todo ese entrenamiento tipo ninja.

—Muy bien, Beth —dijo Cain con retintín—, pues ya puedes ir a buscar mi dinero, todo mi dinero, y traérmelo cagando leches. Y yo no llamaré a mis colegas. No porque no quiera veros a ti y a Ken entre rejas, sino porque no quiero perder el tiempo rellenando papeleo. Tengo cosas mejores que hacer.

Beth se quedó un momento allí plantada, indecisa. Luego echó a correr hacia la oficina y volvió enseguida con el dinero. Se lo entregó a Cain, que lo contó y se lo guardó en el bolsillo.

Después fue a su habitación, recogió sus cosas y se reunió con Rosa afuera. La joven se había puesto unos vaqueros y una camisa blanca de manga larga, y llevaba una pequeña bolsa de lona.

Se alejaron del motel en el coche, mientras los demás se quedaban mirando el cuerpo inmóvil de Ken tirado en el suelo.