Capítulo 18
—Para que quede claro —le dijo la mujer a El Cain—, exigimos el pago por adelantado de una semana de alquiler. En efectivo, nada de cheques ni tarjetas de crédito, porque la gente que se aloja aquí son una panda de desgraciados y no hacen más que intentar timarnos.
Era bajita, robusta y gordinflona, de unos cuarenta y tantos años.
Llevaba el largo pelo teñido de rubio con la raya en medio, en la que ya asomaban las raíces oscuras.
Tenía una expresión desdeñosa y su tono era agresivo y desagradable.
Vestía unos vaqueros descoloridos, unas bailarinas negras y una sudadera con la imagen serigrafiada de, irónicamente, una carita sonriente.
—Está bien saber que voy a alojarme en un lugar con tanta clase.
—Pensaba que ya te lo habrías imaginado antes de entrar.
—¿Tú vives aquí? —le preguntó Cain.
—Por Dios, no. Esto no es nada seguro por la noche.
En la parte de atrás hay una barbacoa, pero tú tienes que poner el carbón y el líquido para encender.
Y asumes toda la responsabilidad por cualquier fuego descontrolado y demás.
Y déjame decirte también que en más de una ocasión algunos cabrones borrachos han estado a punto de quemar el edificio preparando hamburguesas y perritos calientes.
—Soy vegetariana —repuso Cain—. Y no pruebo el alcohol.
—Eh…, vale —dijo la mujer, mirándola con cierto escepticismo.
Cain pagó y cogió la llave de su nueva morada.
Una vez acabado su turno con el toro elevador, había andado buscando un poco y había encontrado ese vertedero.
Se trataba de un motel con forma de herradura construido en los setenta, y que había sido «renovado» para convertirse en alojamientos de larga estancia, o eso había dicho la mujer.
Lo cual significaba, básicamente, que no habían hecho nada salvo cambiar el nombre para poder cobrar más y de forma semanal.
El aparcamiento asfaltado había sido invadido hacía tiempo por la inmundicia y las malas hierbas.
Cain abrió la puerta de la habitación 110.
La anchura del cuarto era algo menos del doble de la altura de Cain.
Había una cama individual con una especie de fina gasa a modo de colcha y una almohada tan chafada que parecía un jugador sin un céntimo que apostar.
El único otro mobiliario eran una mesilla ladeada, un pequeño escritorio rayado con una verde y reluciente Biblia de los Gedeones encima, y una silla con medio respaldo colgando.
No había moqueta, pero habían dejado la almohadilla gris y arañada de debajo no sabía bien por qué, como no fuera para tapar el suelo de hormigón.
La tira que sujetaba antiguamente la moqueta era aún visible en el punto donde se encontraban el suelo y la pared, sus clavos puntiagudos sobresaliendo como los dientes de un cachorro.
Había un pequeño armario con unas pocas perchas metálicas.
El cuarto de baño era muy básico: un retrete anticuado, un lavamanos metálico y una ducha tipo cabina telefónica con mampara de fibra de plástico.
Sobre el asiento del váter, alguien había dejado medio rollo de papel higiénico y lo que parecían ser manchas permanentes de orina.
La ventana estaba abierta. Cain la cerró y trató de echar el pestillo, pero fue en vano. Tendría que arreglarlo.
Dejó la bolsa de lona y sus otras posesiones sobre el escritorio, sacó la Glock y se tumbó en la cama con ella en la mano.
Se sentía cansada, preocupada y asustada, y no por el lugar donde se acababa de instalar.
Tenía miedo porque el FBI la buscaba. Los cargos por matar a alguien no prescribían; eso lo había aprendido ella viendo episodios de Ley y orden .
Pero ¿podían acusarla realmente de asesinato?
La habían tenido encerrada en una cueva.
¿No le daba eso derecho a intentar liberarse y defenderse de los Atkins?
No lo sabía. No era abogada. Y había gente que cometía auténticas tropelías y se iba de rositas.
Como había ocurrido con los Atkins durante muchísimo tiempo.
Los años inmediatamente posteriores a su huida no habían sido mucho mejores para Cain.
Era una chica altísima de diecinueve años con la mentalidad de una preadolescente y la madurez emocional de alguien aún más joven.
Su ingenuidad la había llevado a situaciones muy peligrosas.
Su miedo a las autoridades había provocado que se uniera a grupos que la habían explotado, que le habían hecho aún más daño, que la habían masticado y luego escupido.
Hasta que un día Cain se despertó y se dijo: «¡Basta!
». Y luego se lo dijo aún de forma más contundente al miembro de la banda de moteros con el que estaba liada, dejándole la cara hecha una pulpa sanguinolenta.
Era lo menos que podía hacer tras haber sufrido sus palizas durante meses.
Después de aquello, Cain había estado sola, sin nadie a su lado.
Y así seguiría hasta el día en que muriera, se prometió a sí misma.
Durmió de forma agitada durante un par de horas y, al despertarse, se dio cuenta de que estaba hambrienta.
Se echó agua en la cara y, como evidentemente la habitación no incluía toallas de ningún tipo, se secó con una sudadera.
Luego se puso los zapatos nuevos que se había comprado con el premio del combate.
Condujo hasta un Wendy’s cercano y se pidió un sándwich de pollo, patatas fritas y un batido de vainilla.
Echó un vistazo a las mesas de alrededor.
Vio a varias madres ayudando a comer a sus críos, limpiando bocas y narices, secando lo que se les derramaba; lo habitual.
Aun así, una sensación rara se coló en la cabeza de Cain.
En su mente aparecieron imágenes extrañas.
Ya le había ocurrido antes. Recuerdos vagos, difusos…
de algo…, de alguien. Una niña reía y ponía las manos sobre la cara de otra niña.
Esta gritaba y se echaba a reír. Era como un sueño tan vívido que hasta le producía sudores.
Pero en cuanto se espabilaba, ya no podía recordar nada.
Salió del local y condujo de vuelta al motel.
Cuando se acercaba, lo primero que la impactó fueron los gritos.
Unos gritos estridentes, aterrados, y cuando cesaron Cain bajó del coche y buscó a su alrededor de dónde procedían.
Había otros residentes por allí, algunos sentados en sillas plegables de jardín o en el suelo, o sobre latas grandes de pintura puestas boca abajo, fumando, bebiendo y charlando.
Otros dos jugaban a cartas usando monedas como fichas.
Ninguno de ellos reaccionó a los gritos.
Cain se preguntó por qué. Y se dispuso a averiguarlo.
Se acercó a uno de los hombres que había por allí, un tipo robusto de unos cincuenta y tantos, con el espeso pelo gris sobresaliendo bajo una gorra de John Deere y vestido con una camiseta sucia y unos típicos pantalones blancos de pintor llenos de manchas coloridas.
Sostenía una lata de Bud en una mano y un cigarrillo en la otra.
Tenía los ojos enrojecidos, la mirada descentrada, y Cain se preguntó cuántas cervezas se habría tomado ya.
—¿Qué coño está pasando? —le preguntó.
—¿Cómo? —dijo él con expresión confusa.
—¡Los gritos!
El otro se encogió de hombros.
—No es asunto mío, guapa.
—Eso no es lo que te he preguntado.
El tipo señaló con el cigarrillo hacia la habitación 104, justo en el momento en que se oyó otro grito procedente de su interior.
—La chica está recibiendo otro castigo.
—¿Qué chica?
—La chica de Ken.
—¿Y por qué la está castigando?
—Porque Ken quiere.
—¿Y quién cojones es Ken?
De pronto se abrió la puerta de la 104 y una joven salió corriendo, cubriéndose la cabeza con las manos. Iba en ropa interior y descalza. Era hispana, de poco más de veinte años, con una cara bonita y un cuerpo fino y esbelto.
Detrás de la joven salió, supuso Cain, el susodicho Ken.
De unos treinta años, metro ochenta y unos ciento diez kilos, y con la complexión corpulenta de una bola de bolos.
Iba sin camisa, lo que dejaba al descubierto sus poderosos brazos, sus hombros anchos y cubiertos de tatuajes, y sus antebrazos musculosos.
Tenía una barriga cervecera impresionante: parecía que estuviera embarazado de trillizos.
Sobre la frente y el cuero cabelludo rapado llevaba grabado el tatuaje de un enorme cráneo.
También tenía tatuada una esvástica en el antebrazo derecho.
Agarraba un cinturón con la mano derecha y le colgaba un cigarrillo de la boca.
Llevaba un cuchillo en una funda sujeta a la cintura.
—Vuelve aquí, Rosa; no me obligues a ir a por ti, nena. No sería nada bueno para ti. Y además vas medio desnuda, zorra imbécil. ¿Es que no te da vergüenza, mujer?
Rosa se giró y le escupió; luego soltó una retahíla furibunda en español de la que Cain no entendió nada, y al parecer Ken tampoco.
Cain se fijó en las marcas de un rojo intenso dejadas por el cinturón en los brazos y las piernas de Rosa.
Al ver aquello, se frotó involuntariamente los brazos allí donde Desiree solía azotarla con su maldito cinturón.
Ken tiró el cigarrillo y lo aplastó con el tacón de su bota. Hizo restallar el cinturón como si fuera un látigo y gruñó:
—Ya te he dicho muchas veces que hables en inglés. Te vas a buscar aún más problemas, estúpida frijolera. —Y se sonrió ante su insulto.
—¡Tú sí que eres un frijolero! —le espetó Rosa—. Que no haces más que comer y por eso estás tan gordo, pedazo de cerdo.
La sonrisa de Ken se esfumó al ver que su fallido intento de hacer una gracia se le había vuelto en contra; al echar un vistazo alrededor, vio que todos lo observaban.
Cain sabía que los hombres como Ken solo sabían reaccionar de una manera ante el hecho de que los insultaran en público.
Su falta de luces y sus profundas inseguridades daban paso de inmediato a una demostración brutal de fuerza física y a descerebradas reacciones instintivas basadas en la violencia.
Avanzó hacia ella con expresión siniestra, al tiempo que el hombre de los pantalones de pintor retrocedía y los demás residentes se metían a toda prisa en sus cuartos.
Cain miró a su izquierda y vio que la mujer de la recepción, plantada ante la puerta acristalada, meneaba la cabeza con gesto cansino.
Luego volvió a entrar en su oficina, como si aquello fuera algo cotidiano.
Y Cain comprendió que sin duda era así. Los Ken del mundo actuaban siguiendo siempre el mismo manual y nunca se apartaban de él.
Eso los hacía peligrosos, pero también predecibles.
Y, por tanto, fáciles de derrotar, si se los abordaba del modo adecuado.
Y Cain tenía un doctorado en tratar con hombres idiotas con mentalidad infantil.
Mientras Ken seguía avanzando hacia una Rosa desafiante, Cain se interpuso en su camino.
—Baja ese cinturón, métete en casa, despéjate un poco la cabeza y no cometas más estupideces.
El hombre de los pantalones de pintor dio otra larga zancada hacia atrás y murmuró:
—Ay, Dios, pobre tonta…
Ken no dijo nada. Se limitó a lanzar su puño carnoso contra la cabeza de Cain.