Capítulo 16
Pine se secó el agua de la cara con la toalla pequeña del cuarto de baño.
Se miró en el espejo de encima del lavamanos.
Casi no reconoció la imagen reflejada que le devolvía la mirada.
Parecía haberse transformado en una persona más hueca y vacía que la que había llamado poco antes a la puerta de los Atkins, como si le hubieran arrancado una parte esencial de su ser.
Respiró hondo y trató de calmar los nervios.
Después de que Wanda Atkins le contara cómo torturaban a Mercy clavándole agujas, había tenido que salir a toda prisa de la sala para encerrarse en el lavabo.
Se acercó a la ventana y miró afuera. Un halcón surcaba el cielo agitando las alas con aire indolente.
Oyó a unos niños jugando en un patio cercano.
Sonó el rugido de un camión. Luego un claxon.
Y el estruendo de una moto arrancando por allí cerca.
Una mujer de pelo blanco recogía la ropa del tendedero en el patio de al lado. Todo bien, todo normal.
Pero nada de aquello tenía que ver con lo que ella sentía en esos momentos, que era cualquier cosa menos normal. Era algo punzante, desgarrador, traumático.
«Y no es nada comparado con lo que Mercy tuvo que soportar».
Se estremeció, irguió los hombros con firmeza —aunque se sentía como si no tuviera columna ni cuerpo ni alma— y regresó a la sala, donde Atkins y Blum la miraron con semblante preocupado.
Pine volvió a tomar asiento y dijo:
—Lo siento. He tenido que tomarme… un instante. Es que… este caso me afecta bastante a nivel personal. —Tenía sus razones para no querer revelar a Atkins su estrecho vínculo familiar con Mercy.
—Sí, claro —dijo Atkins muy despacio—, lo entiendo perfectamente. —Y luego miró con aprensión a las dos mujeres.
Pine se aclaró la garganta y dijo:
—¿Y no pensaron en llevarse a Mercy después de ver lo que Desiree le estaba haciendo?
—Nos quedamos totalmente conmocionados. Pero entonces Joe nos lo explicó.
—¿Cómo es posible que pudiera explicar algo así? —preguntó Pine apretando los dientes.
Atkins se frotó los muslos, nerviosa.
—Dijo… dijo que Mercy sufría unos dolores terribles y que Desiree le estaba haciendo una especie de… eh… ¿Cómo se llama eso cuando te pinchan con agujas?
—¿Acupuntura? —sugirió Blum.
—Sí, eso.
—La acupuntura no te hace chillar de dolor —señaló Pine, clavando una mirada gélida en la mujer—. Las agujas que se utilizan no son unas agujas normales.
—Bueno, yo creí a mi hijo —dijo Atkins a la defensiva, apartando la mirada.
—¿Y cómo se enteraron de que habían sacado a la niña de la casa para encerrarla en la cueva del bosque?
Al oír la pregunta, Atkins torció el gesto.
—Nos… nos dijeron que se había vuelto incontrolable. Que podía hacerse daño a sí misma y también a otros. Tuvieron que tomar precauciones. Lo hicieron también para protegerla a ella —añadió.
Pine volvió a sacar la foto.
—¿Me está diciendo que la niña que aparece aquí junto a usted era incontrolable y podía hacerse daño a sí misma y a otros?
—Joe dijo que ese día le habían dado algo para tranquilizarla.
—Bueno, parece que Joe tenía una respuesta para todo. ¿Y alguna vez fueron a la cueva?
Atkins alzó la cabeza para mirarla.
—Sí.
—¿Por qué?
Se abrió de brazos y respondió, casi con un gemido:
—Porque… porque me daba mucha pena. Le llevaba comida y libros, le contaba cosas, le leía, le enseñaba a hacer números. No soy maestra ni nada por el estilo, pero hacía lo que podía. Yo quería… quería que tuviera una amiga.
—¿Y aun así nunca les contó a las autoridades lo que Desiree le estaba haciendo? —intervino Blum—. ¿No les contó que la tenían encerrada?
Atkins negó con la cabeza.
—Yo… tenía miedo. Len y yo podíamos ir a prisión.
—Hábleme de la última noche —dijo Pine sin poder dominar su impaciencia—. La noche en que murió Joe.
—No teníamos ni idea de lo que ocurrió. Nos enteramos al día siguiente.
—Si me miente, no dudaré en arrestarla.
—¿Qué quiere decir? —preguntó la anciana, visiblemente alterada.
—Sabemos que Desiree desapareció. Sabemos que condujo la camioneta hasta el lugar donde más tarde la encontró la policía.
Su marido había muerto y Mercy había escapado.
¿A quién iba a llamar, si no era a usted y a su marido?
Ustedes eran los únicos que sabían lo que estaba pasando, que conocían sus actos delictivos.
—Pine clavó la mirada en ella—. Así que tiene que decirnos la verdad.
Atkins se giró para mirar a su marido, que había soltado un gruñido y que, a continuación, asintió con un gesto brusco de su cabeza ladeada.
La anciana se volvió hacia Pine con expresión resignada.
—Desiree nos llamó cuando estábamos viendo la tele, una reposición de La isla de Gilligan . Es curioso cómo te puedes acordar de cosas como esa.
—Continúe —la apremió Pine.
Atkins empezó a hablar rápidamente, sus palabras derramándose como alubias de un frasco.
—Desiree dijo que Becky se había vuelto loca, que había derribado la puerta y había matado a Joe y se había escapado. Dijo que tenía que marcharse porque si no la arrestarían. Estaba fuera de sí, aterrorizada.
—¿Y por qué aceptaron ayudarla en ese momento, cuando su hijo había muerto? —preguntó Pine.
—Nos quedamos paralizados por lo que nos había contado.
—Las lágrimas empezaron a correr por las mejillas de la anciana—.
Por Dios, acababa de decirme que a mi hijo lo habían asesinado.
Y, entonces, esa bruja malvada nos amenazó.
Dijo que, si no la ayudábamos, le contaría a la policía que nosotros lo sabíamos todo.
Y también que éramos nosotros los que habíamos torturado a Becky.
Len y yo no sabíamos qué hacer. Estábamos tan asustados que no podíamos pensar con claridad.
Desiree era muy buena mintiendo y engañando. Así que al final la ayudamos a escapar.
—¿Y cómo lo hicieron exactamente?
—La llevamos hasta Atlanta. Allí tomó un autobús.
—¿Adónde?
—No lo sé. No nos lo dijo. Y no la hemos vuelto a ver desde entonces.
—¿Y tampoco han hablado con ella?
—No. Y mejor así.
—¿Y qué les contó sobre cómo murió Joe?
—Dijo que Joe intentó impedir que Becky, o sea Mercy, se escapara. Y que… empezaron a pelear.
—¿Y Mercy lo mató? —preguntó Pine.
—Eso es lo que dijo Desiree.
—¿Y usted la creyó?
—Yo no sabía qué creer. En esos momentos era todo muy confuso.
—Y al día siguiente el sheriff fue a informarles de la muerte de Joe.
Los ojos de Atkins volvieron a llenarse de lágrimas.
—Yo ya sabía que estaba muerto, pero tuve que fingir que la noticia me impactaba terriblemente. Fue el peor día de toda mi vida.
—¿Y qué les contó el sheriff de cómo había muerto?
—Estaba convencido de que Desiree lo había matado. A ver, él no tenía ni idea de que Mercy vivía con ellos. Le dijimos que no habíamos visto a Desiree ni sabíamos nada de ella.
—Entonces le mintieron y cometieron obstrucción a la justicia —afirmó Pine tajante.
Atkins asintió con expresión compungida.
—Supongo que… lo hicimos, sí.
Pine miró a Len Atkins, que le devolvió una mirada llena de tristeza y asintió lentamente con la cabeza.
—Creo que su marido quiere que cuente la verdad.
La anciana se giró para mirarlo.
—Estoy contando la verdad.
Pine prosiguió en tono firme:
—Entonces ¿el cuerpo de su hijo permaneció toda la noche a la intemperie sin que lo tocaran los animales? Ni una sola mordedura, según la policía.
Atkins se llevó una mano temblorosa a la cara.
—Por favor, pare. Por favor…
Len soltó un gruñido. Pine se giró de nuevo. El hombre clavaba en su mujer una mirada fija, intensa.
La anciana lo miró, respiró hondo, y luego siguió hablando:
—Muy bien. Después de que Desiree llamara fuimos allí y…
vimos el cuerpo de Joe. Teníamos que hacerlo.
Era nuestro hijo. Y debíamos asegurarnos.
No sabíamos si Desiree había mentido o qué.
Cuando vimos que estaba… muerto… no… no podíamos dejar a nuestro hijo…
allí fuera, solo. —Volvió a derrumbarse—.
Fue horrible… Len llevaba su escopeta y montó guardia para ahuyentar a las alimañas…
, pero… las moscas… Las moscas estaban por todo su cuerpo.
—Dejó escapar el aire y se tomó un momento para calmarse mientras Pine y Blum aguardaban.
La anciana se secó los ojos con la manga y continuó:
—Fui yo sola a reunirme con Desiree a la vieja gasolinera Esso, y después la llevé a Atlanta mientras Len protegía el cadáver de nuestro hijo. A la mañana siguiente, él llamaría anónimamente al 911 desde una cabina para informar de dónde estaba el cuerpo.
—¿Y por qué esperar al día siguiente? —la interrumpió Pine.
—Desiree quería tiempo para escapar. Pero entonces, a primera hora de la mañana, antes de que yo hubiera regresado de Atlanta, Len oyó acercarse a alguien y se escondió.
Era un hombre que paseaba a su perro. Descubrió el cuerpo de Joe y se marchó corriendo, claro está que para llamar a la policía.
Yo llegué unos diez minutos más tarde y Len me contó lo ocurrido.
Entonces regresamos juntos a la caravana.
Cuando la policía se presentó más tarde, actuamos como si no supiéramos nada.
Pine la escrutó atentamente.
—¿Examinó el cuerpo de cerca?
—Era nuestro hijo, si es a eso a lo que se refiere.
—Sabemos que esto está siendo muy duro, Wanda —intervino Blum—, pero estamos intentando encontrar a Mercy. Todo lo que pueda contarnos acerca de lo que observó aquella noche podría ser de ayuda.
Atkins volvió a secarse los ojos y dijo con firmeza:
—Había un cuchillo clavado en la espalda de mi hijo, y estaba muerto, eso es lo que vi.
—¿Algo más? —preguntó Pine.
—No sé. Yo estaba destrozada. —Hizo una pausa—. Tenía… tenía un bulto y sangre en la cabeza. De eso me acuerdo.
—¿Vio señales de forcejeo o de pelea? —insistió Pine.
—No. Pero tampoco sé muy bien en qué tendría que haberme fijado.
—¿Y qué les contó exactamente Desiree de lo que había sucedido? Trate de recordarlo con el mayor detalle posible.
—Que Mercy había conseguido escapar. Y que Joe trató de detenerla. Y que ella lo atacó. Y lo acuchilló. Y luego salió huyendo.
—¿De dónde sacó el cuchillo?
—Desiree no lo dijo.
—Hubo disparos —dijo Pine—. En la cinta de la grabación se oían disparos.
—No sé nada de eso. Desiree no dijo nada de unos disparos.
—¿Tenía una escopeta cuando se encontró con ella en la gasolinera?
—No.
—¿Y no le contó adónde pensaba irse? ¿Está segura de que no han tenido ningún contacto con ella en todos estos años? ¿Ni una sola vez?
—No. No he querido volver a ver a esa horrible mujer nunca más —espetó Atkins.
—Y después se marcharon de allí…
—Sí. Vendimos la casa de Joe. Tras la desaparición de Desiree, nosotros éramos los familiares más cercanos. Y usamos el dinero para comprar esta casa. Además, Joe tenía algunas cuentas bancarias con dinero de su negocio. Eso también fue para nosotros —añadió, lanzándoles miradas nerviosas.
—Entiendo.
Pine se levantó, sacó un par de tarjetas y se las pasó a Atkins.
—Si se acuerda de algo más, o si tiene alguna noticia de Desiree, llámeme, por favor.
—Dudo mucho que tenga noticias de Desiree después de todo este tiempo.
—Nunca se sabe, ¿no?