Capítulo 15 #2
—Dick era un buen hombre. Y tenía razón sobre Desiree. Esa mujer era pura maldad.
—¿Sabía que tenían a Mercy encerrada en una cueva que había cerca de la casa?
A Atkins le tembló el labio superior.
—¿Voy a ir a la cárcel?
—No si nos cuenta la verdad —dijo Pine, tratando de controlar tanto sus emociones como su impaciencia—. Volvamos de nuevo al principio por un momento. ¿Qué sucedió después de que Ito les dejara a Mercy y se marchara? ¿Cómo acabó la niña con Joe y Desiree?
Atkins arrugó el pañuelo y lo dejó a un lado. Miró de nuevo a su marido y luego empezó a hablar:
—A la mañana siguiente, a la fría luz del día, nos pusimos muy nerviosos.
A ver, creíamos lo que nos había contado Ito, pero seguía habiendo muchas preguntas.
No queríamos meternos en problemas. Y tampoco sabíamos qué hacer con la niña, que estaba muy asustada, y sucia, y confusa.
La tuvimos con nosotros unos pocos días, preguntándonos qué diablos hacer con ella.
Len buscó el número de Ito y lo llamó, pero nadie respondió.
Le dejó varios mensajes, pero nunca devolvió las llamadas.
Pensamos en llevar a la niña a la policía y confesar lo que había hecho Ito.
Estaba claro que no podíamos quedárnosla.
Entonces, un día que Joe y Desiree fueron a visitarnos, les contamos lo que había pasado.
Y Joe dijo al momento: «Nosotros siempre hemos querido tener hijos.
La adoptaremos y la criaremos». Y, bueno, a Len y a mí nos pareció una buena solución.
Pine se la quedó mirando como si no diera crédito.
—Señora Atkins… ¿Cómo pudo hacer algo así sin ni siquiera comprobar si Ito Vincenzo había dicho la verdad? Estamos hablando de un ser humano, no de un cachorrito. ¿Un hombre se presenta en medio de la noche con una niña, y ustedes van y se la quedan sin más?
—Lo sé, lo sé —dijo la anciana en tono contrito—. Pero Ito parecía muy serio. Y se le veía muy preocupado por la niña. Jamás se nos pasó por la cabeza que hubiera podido secuestrar a una cría y luego traérnosla a nosotros. Nos fiábamos de él.
Pine respiró con fuerza y volvió a echarse hacia atrás, escrutando a la mujer.
—¿Sabía que hubo otra niña implicada en lo ocurrido aquella noche? La hermana gemela de Mercy. Ito cantó una cancioncilla infantil, «Pito, pito, gorgorito», para escoger a cuál de las dos llevarse. Y luego golpeó a la otra tan fuerte que le destrozó el cráneo. Casi la mató.
Atkins volvió a llevarse la mano a la boca y, una vez más, brotaron lágrimas de sus ojos.
—Santo Dios… ¿Y por qué hizo algo así? ¿Por qué?
—Lo hizo por su hermano, que era un mafioso que quería vengarse de la familia. Se llevó a Mercy y casi mató a su hermana para castigar a sus padres.
—¿Un… un mafioso? ¿Ito?
—No. Ito tenía una heladería en Trenton. El mafioso de la familia era su hermano. Este tergiversó la historia para convencer a Ito de que hiciera lo que hizo. Claro que eso no lo excusa de ninguno de sus crímenes.
—No, no, claro que no. Pero nosotros no sabíamos nada de eso.
—Así que Joe quería quedarse a la niña… ¿Y usted dejó que Desiree se la llevara aun sabiendo que esa mujer era, como ha dicho antes, pura maldad?
—Bueno, eso aún no lo sabíamos. Por aquel entonces solo era, digamos, rara.
De hecho pensé que tener una niña a la que criar y mimar podría ser bueno para ella.
Y estaba segura de que Joe sería un buen padre.
Habían intentado tener hijos pero no lo habían conseguido, así que aquello fue como una bendición.
Y Desiree parecía tener también muchas ganas de quedarse a la niña.
De ella fue la idea de llamarla Rebecca.
—Pero ¿alguna vez le preguntaron a la propia Mercy quién era o de dónde venía?
—Bueno, sí, ahora que me acuerdo sí.
—¿Y qué les dijo?
—Dijo que aquel hombre se la llevó porque sus padres querían que ella muriera, lo cual encajaba con lo que Ito nos había contado. Algo realmente horrible. Pobre criatura. ¿Se imaginan a unos padres diciendo algo así?
—¿De verdad Mercy les dijo que sus padres querían que ella muriera? —preguntó Pine en tono escéptico.
—Bueno, ahora que lo pienso, creo que dijo que eso era lo que Ito le había dicho.
Pine meneó la cabeza por la inconsciencia de la mujer ante algo tan terrible.
—Y en los días siguientes, ¿nunca pensaron que esa niña podía ser la misma que habían secuestrado en Andersonville? Porque para entonces ya estaba en todos los noticiarios.
—Verán, Len y yo siempre hemos ido un poco a lo nuestro. No veíamos las noticias y tampoco salíamos mucho. Si estuvieron en nuestra vieja caravana, sabrán que no teníamos vecinos. Y nunca había oído el nombre de Mercy hasta que usted lo ha mencionado. Lo juro.
Entonces oyeron gemir a su espalda y, al girarse, vieron que las lágrimas corrían por las mejillas de Len Atkins.
Su mujer se levantó y le acarició la cara.
—No pasa nada, Len. Nosotros… Tengo que contárselo, ¿vale?
Él asintió con una sacudida brusca de cabeza y ella regresó a su asiento.
Pine volvió a centrarse en la anciana.
—¿Sabía cómo Joe y Desiree trataban a la niña?
Atkins bajó la mirada y dijo muy despacio:
—Al principio todo parecía normal. Daban la impresión de estar adaptándose bien como familia.
—¿Adoptaron oficialmente a Mercy? —preguntó Blum.
—Ellos dijeron que sí.
—Pero nunca vio ningún papel ni certificado, ¿no?
—No.
—Siga —le pidió Pine.
—Bueno, pues cada vez que íbamos a verla, se la llevaban a toda prisa para vestirla y arreglar su habitación. Y luego yo hablaba y jugaba con ella y todo parecía estar bien, pero aun así podía percibir que pasaba algo raro.
—¿A qué se refiere?
Wanda Atkins alzó la mirada, con una expresión afligida en el rostro.
—El caso es que Desiree nunca nos dejaba a solas.
Siempre estaba por allí, rondando cerca.
Y Becky siempre vestía pantalones largos y manga larga, aunque hiciera mucho calor y humedad, como suele ocurrir en Georgia.
Y después, como a la media hora o así, se volvían a llevar corriendo a Becky, quiero decir, a Mercy, y eso era todo.
—¿Y entonces, en alguna oportunidad, descubrió la verdad?
Atkins asintió.
—Un día fuimos a visitarlos por sorpresa.
No para pillarlos haciendo algo raro ni nada, sino que simplemente decidimos pasarnos por su casa.
Yo había encontrado un vestido muy bonito para Mercy y quería dárselo.
Eso debió de ser un par de años después de que se quedaran con la niña.
Cuando nos acercábamos, oímos gritos que salían de dentro de la casa.
Los dos entramos corriendo y… —Atkins se detuvo un momento y respiró hondo varias veces, aspirando el oxígeno por la nariz como si fuera una raya de crack.
—¿Qué? —la instó Pine.
Se oyó otro gemido a su espalda. Cuando Pine volvió la cabeza para mirar, Len Atkins estaba haciendo algo extraño: se estaba clavando los dedos del brazo aún operativo en la carne del brazo inmóvil.
Se giró de nuevo hacia la anciana.
—¿Qué intenta decir? —le preguntó.
—Mercy estaba atada a una mesa. Y Desiree le estaba clavando agujas en los brazos y las piernas. Montones de agujas. Y Mercy chillaba de dolor.