El desafío final (Atlee Pine 4) Capítulo 15
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Capítulo 15

Pine apartó algunas pilas de periódicos y correspondencia para que ella y Blum pudieran sentarse. Wanda Atkins tomó asiento en una banqueta colocada delante de un viejo y maltrecho piano vertical, con las teclas blancas amarilleadas por el tiempo, la luz del sol y el descuido.

—Bueno, ¿qué pasa con esto de Joe?

—Fuimos a ver su vieja caravana en Georgia —empezó Pine—. Estaba llena de serpientes.

La anciana frunció el ceño.

—No me sorprende. Ni siquiera nos molestamos en venderla. Simplemente nos marchamos. Nadie habría querido aquel montón de chatarra. Aunque a lo largo de los años habíamos comprado muebles nuevos.

—Y se mudaron aquí… ¿cuándo?, ¿hará unos dieciocho años?

—Más o menos. Oigan, ¿de qué va todo esto? —repitió con sequedad.

—Va de esto. —Pine se sacó algo de un bolsillo. Era la foto de Mercy con Len y Wanda Atkins, la foto que Pine había encontrado en el desván de la casa de la playa de Ito Vincenzo en New Jersey.

La sostuvo en alto para que Atkins pudiera verla. La mujer parpadeó deprisa, ahogó un pequeño gemido y se llevó una mano trémula a los labios temblorosos.

—Estos son usted y su marido. Y ella es una muchacha a la que ustedes llamaban Rebecca Atkins, pero cuyo verdadero nombre es Mercy.

Cuando era una niña fue secuestrada de su casa en Andersonville, Georgia, por un hombre llamado Ito Vincenzo, quien luego se la entregó a ustedes.

Sabemos que ese hombre y su marido sirvieron juntos en Vietnam, y que Len le salvó la vida a Ito.

Y supongo que por esa razón les llevó a la niña.

No estoy segura, pero podría haberlo hecho basándose en el supuesto equivocado de que su marido no podía tener hijos debido a las heridas que sufrió en la guerra, sin saber que ustedes ya habían sido padres de uno.

Pero en ese momento de su vida no tenían ganas de ocuparse de una niña de seis años, así que se la entregaron a Joe y Desiree.

Las lágrimas anegaron los ojos de Wanda, que volvió a llevarse una mano a la boca y empezó a toser de forma incontrolada.

Blum se levantó y fue corriendo a la cocina, donde Pine oyó correr el agua del grifo.

Al momento regresó con un vaso lleno y se lo entregó a la anciana.

Esta se lo bebió y se recompuso un poco, respirando profundamente y aspirando con avidez el oxígeno suplementario que le suministraba la cánula.

Pine dejó la foto a un lado y observó a la mujer con aire expectante. Ahora que por fin estaba delante de una persona clave en la vida de su hermana después de ser secuestrada, no pensaba dejarla sin hacer avances significativos en la investigación.

La mujer sacó un pañuelo de papel del bolsillo de sus pantalones y se frotó los ojos y la nariz, desplazando un poco la cánula al hacerlo.

—No tenía ni idea de que estuviera tan gorda en esa época —dijo—.

He perdido bastante peso desde que se tomó esa foto, pero Len ya estaba igual de calvo que ahora.

—Al ver la expresión pétrea de Pine, se apresuró a seguir—: Tiene razón.

Len conocía a Ito y le salvó la vida en la guerra.

Pero ya habíamos tenido a Joe antes de que Len se marchara a Vietnam.

Y los dos habían mantenido el contacto a lo largo de los años. Ito sabía que ya teníamos un hijo.

—Entonces quizá les entregó a la niña porque eran las únicas personas que conocía que vivieran cerca de Andersonville. Pero lo que me interesa saber es qué ocurrió cuando Ito les llevó a Mercy.

—Se presentó en mitad de la noche, aporreando la puerta y despertándonos. Nos dio un susto de muerte. Lo recuerdo como si fuera ayer. Ito estaba muy alterado y fuera de sí, casi presa del pánico.

—¿De dónde dijo que había salido la niña?

—Nos contó que a Becky, o Mercy, la habían abandonado. Que la pequeña no tenía a nadie.

—¿Y les contó por qué la tenía él?

—Nos dijo que la había encontrado caminando sola por el arcén.

—¿Y la niña no os dijo que eso era mentira? Tenía seis años, ya hablaba. Y sabía la verdad. ¿No os contó que su verdadero nombre era Mercy y que Ito la había secuestrado?

—Que yo recuerde, no —respondió Atkins sin mirarla a los ojos—. Era muy callada, no dijo nada. Traté de hacer que comiera o bebiera algo, pero no quiso. Parecía aterrorizada.

Pine se recostó en el asiento.

—Y, más tarde, ¿no vieron las noticias y los carteles con la foto de Mercy por todas partes? Ustedes vivían a apenas dos horas de donde se la llevaron. Las noticias del secuestro circulaban por todo el estado de Georgia.

Atkins miró con inquietud a su marido.

—Yo… no… Hace mucho tiempo de aquello. Y cuando Ito se presentó con la niña no había nada de eso.

—Porque en ese momento nadie sabía aún que la habían secuestrado. Pero ahora viene la gran cuestión: ¿por qué Ito, o ustedes, no llevaron a Mercy a la policía? Cuando encuentras a una niña abandonada, eso es lo que se hace, ¿no?

Ahora Atkins parecía extremadamente nerviosa.

—Yo… se lo pregunté a Ito. Le dije que…, bueno, que deberíamos llamar a las autoridades, que ellos sabrían qué hacer.

—¿Y qué respondió cuando se lo dijo? —intervino Blum.

Atkins se retorció las manos en el regazo y aspiró con fuerza el oxígeno de su bombona.

—Al principio dijo que… que él había crecido en casas de acogida y que había sido una auténtica pesadilla. Que las autoridades le harían eso también a la niña. Que podría sufrir maltratos y sabe Dios qué más.

—Pero esa no tenía por qué ser la única opción —replicó Pine—. Podrían haber intentado buscar a sus padres para averiguar por qué la habían abandonado, tal como Ito afirmaba.

—Eso mismo le dije yo. Y que podrían encontrar a otros familiares para que se ocuparan de ella.

—¿Y él qué respondió?

—Y, además, antes ha dicho «al principio» —añadió Blum—. ¿Significa eso que luego cambió su historia?

—Sí, lo hizo. Y ahí fue cuando las cosas empezaron a ponerse realmente raras.

Ito nos contó que en verdad a la niña no la habían abandonado.

Nos llevó aparte para que ella no pudiera oírnos y nos dijo que, cuando él apareció por casualidad, los padres estaban intentando matarla.

Él la salvó de ellos y consiguieron escapar.

Además dijo que seguro que los padres ya se habrían largado del estado.

—¿Que estaban intentando matar a su propia hija y que Ito pasó por allí de casualidad? —dijo Pine con un tono de incredulidad burlona—. ¿Y qué más daba que la niña lo oyera o no? Si de verdad había ocurrido, ¡ella ya sabría que sus padres habían intentado matarla!

—Sé cómo puede sonar ahora —repuso Atkins a la defensiva—. Pero acabábamos de despertarnos en mitad de la noche y nos estaban tratando de endilgar a una niña. No podíamos pensar con claridad.

—Seguro que nadie podría haberlo hecho —dijo Blum en tono comprensivo.

—Gracias por decir eso —dijo Wanda con expresión agradecida, y se limpió la nariz con el pañuelo—. Fue una auténtica pesadilla.

—Entonces ¿creyeron lo que les dijo Ito? —preguntó Pine.

—Fue muy convincente. ¿Y por qué habría de mentirnos? ¿Por qué iba a presentarse en nuestra casa con una niña así sin más?

—Él vivía en Trenton, New Jersey. ¿Dijo por qué estaba dando vueltas por Georgia en mitad de la noche?

—Nos contó que iba a visitarnos. Para darnos una sorpresa.

—Andersonville está al sur de donde vivían ustedes —señaló Pine—. Ito no tendría que haber pasado por allí si simplemente iba a visitarlos.

—Pero nosotros no sabíamos eso porque él no nos contó nada de Andersonville. No nos dijo dónde había encontrado a la niña.

—De acuerdo. Así que se quedaron a Mercy…

—Sí. No sabíamos qué otra cosa hacer. A Len no le hacía ninguna gracia la idea, pero yo no veía otra salida.

—¿Y qué pasó con Ito? ¿Se marchó esa misma noche?

—Sí. Dijo que iba a volver adonde había encontrado a Mercy para ver cómo estaban las cosas por allí.

—Sí. Eso es justo lo que hizo —dijo Pine. Sabía que a la mañana siguiente Ito se había enzarzado en una pelea con Tim Pine a las puertas de su casa. Acusó a Tim de secuestrar y matar a su propia hija, aun sabiendo muy bien que no era cierto.

—¿Y volvió a ver a Ito después de aquello? —preguntó Pine.

—No, nunca volvió por allí. Pero nos escribía y nos enviaba dinero todos los años. Yo lo usaba para comprarle cosas a Becky.

—Sí, ya sé lo de los pagos que les hizo. Así fue como conseguí localizarlos. Entonces ¿no contactaron con Ito para ver qué hacer con Mercy? ¿No le pidieron que volviera para llevársela? ¿Ni le preguntaron si había averiguado algo más sobre la niña?

—Bueno, él no volvió a llamarnos, y pensamos que intentar presionarlo al respecto tampoco serviría de nada.

Pine meneó la cabeza con expresión incrédula.

—En fin, avancemos en el tiempo y volvamos a la foto que acabo de mostrarle. ¿Me está diciendo que, al ver el estado en que se encontraba Mercy, no se dio cuenta de que algo no iba bien? Estaba muy sucia y tenía heridas, moratones y marcas por toda la piel.

Los ojos de la anciana volvieron a llenarse de lágrimas.

—Mire, no quiero meterme en problemas.

—Solo queremos saber la verdad, señora Atkins —dijo Blum.

Pine añadió:

—Sabemos más o menos lo que ocurrió la noche en que murió su hijo. Lo que no sabemos es cómo murió exactamente, ni tampoco lo que pasó con Desiree y Mercy.

—¿Y por qué piensan que nosotros sabemos algo de eso?

Entonces oyeron un gruñido y, al girarse, vieron a Len Atkins señalando con un brazo rígido a su mujer. Volvió a gruñir. Por lo visto había escuchado toda la conversación y no le gustaba la dirección que estaba tomando.

La anciana pareció entenderlo. Posó las manos en el regazo y dijo en tono resignado:

—Fue todo cosa de Desiree, tienen que entenderlo. Joe tenía sus rarezas, pero ¿Desiree? Esa mujer era el mismo demonio. Al principio no, cuando se casaron. Pero poco a poco fue mostrando su verdadera personalidad.

—Hablamos con el sheriff del lugar por aquel entonces, Dick Roberts. Y nos habló de… Desiree. Dijo de ella que era algo así como «la dama del vudú». Nos contó que una noche lo llamaron porque Desiree estaba torturando a un perro.