Capítulo 14
Atlee Pine y Carol Blum viajaron hasta Huntsville, Alabama.
Situada en el valle del río Tennessee, era una ciudad sureña, histórica y majestuosa, con una población creciente y un barniz moderno sobre su envejecida aura de preguerra.
Como cualquier otra ciudad, tenía sus zonas ricas, sus zonas pobres y sus zonas intermedias.
Su economía había evolucionado desde los talleres de algodón y las fábricas textiles hasta la industria relacionada con el programa espacial, y en la actualidad se centraba en la biotecnología.
Había una curiosa mezcla de lo nuevo y lo antiguo: familias tradicionales con extensos linajes y grandiosas residencias con columnas en la fachada y magníficas vistas al agua en la parte de atrás; y, frente a esas familias, una variopinta oleada de recién llegados que venían en busca de empleos bien remunerados, trabajos interesantes y viviendas más baratas que las que podían encontrarse en el Nordeste, California, Florida o Texas.
Tras rodear el centro de la ciudad y conducir durante un rato, entraron en el camino de grava que daba acceso a una casa estilo rancho de una sola planta, construida en ladrillo y con revestimiento parcial.
Abarcaba unos ciento diez metros cuadrados dentro de un vecindario de casas de los años setenta, que probablemente habían pasado por varias generaciones de familias y que sin duda pasarían por unas cuantas más antes de que llegara su fin.
Pine llamó a una puerta con la pintura descascarillada y una placa de latón deslustrada y abollada. Al cabo de unos momentos oyeron la voz ronca de una mujer a través de la puerta cerrada.
—¿Sí?
—¿Señora Atkins?
—¿Sí? —La voz sonó a la vez intrigada y preocupada.
—Soy del FBI. Me gustaría hablar con usted.
—¿Del FBI? ¿Es una especie de broma o qué?
—No, no lo es. —Pine sacó su placa y la colocó contra el sucio panel vertical que había junto a la puerta. Vio el rostro borroso y arrugado de la mujer examinando la credencial a través del cristal.
—Vale. ¿De qué se trata?
—De su hijo, Joe Atkins.
—¿Joe? Murió hace mucho tiempo.
—Lo sé. Por eso queremos hablar con usted. Por favor, es importante.
Oyeron cómo giraba la cerradura y luego la puerta se abrió lentamente.
Wanda Atkins estaría cerca de los ochenta, marchita y arrugada por los años hasta ofrecer una imagen que era a la vez dura y blanda.
Llevaba unos pantalones caqui, una blusa blanca y unos zapatos ortopédicos también blancos que daban la impresión de pesar un kilo cada uno.
Además, usaba un bastón metálico con un mango curvado y una base ancha para mejorar el apoyo.
Se había hecho la permanente tantas veces que su pelo parecía ya irrecuperable, con algunas calvas que dejaban ver un cuero cabelludo rosado.
Su cara era un amasijo de profundas líneas concéntricas y sus ojos estaban muy hundidos en las cuencas.
Aun así, eran unos ojos juveniles, en contraste con la piel curtida y el entramado de arrugas; el efecto resultaba un tanto enervante, como si Pine estuviera viendo a la mujer envejecer ante ella.
Tenía una cánula insertada en la nariz, con un largo tubo de oxígeno que bajaba hasta el suelo y desaparecía en algún lugar del interior de la casa.
—¿Y qué ocurre ahora con Joe?
—¿Podemos pasar? —pidió Pine.
La anciana miró a Blum, que dijo:
—Solo queremos información, señora Atkins.
Tranquilizada quizá por la edad y la apariencia inocua de Blum, Atkins se apartó a un lado para dejarlas entrar. Y, al momento, se vieron recibidas por una fuerte mezcla de olores: a lejía, humedad y fritanga.
—Tendrán que perdonarme. Hay que darle la medicación a Len —dijo Atkins, pasando junto a ellas—. Debe tomársela a su hora.
Pine y Blum la siguieron hasta la sala contigua.
La casa estaba abarrotada de cajas de cartón apiladas y de montones de revistas y periódicos, doblados y sin leer, junto con lo que parecía ser correspondencia médica y de aseguradoras.
El polvo se había acumulado sobre cada superficie visible.
Dos grandes bombonas de oxígeno descansaban sobre soportes contra una pared, junto con un concentrador de oxígeno portátil que estaba conectado al tubo unido a la cánula de Atkins; también había algunas cajas de tubos y, sobre una mesa, lo que parecía ser una máquina CPAP para la apnea del sueño.
Había dos andadores de aluminio apoyados en una pared.
Un tensiómetro colgaba de un soporte, y una camilla con laterales abatibles estaba dispuesta contra otra pared.
Frascos de medicamentos cubrían por completo una mesa, junto con un alargado dispensador de pastillas organizado según los días de la semana y cuyos compartimentos estaban llenos a rebosar.
Aquello parecía una UCI de suburbio.
Sentado bien sujeto en una silla de ruedas estaba, supuso Pine, Len Atkins.
Su cabeza calva y su cuerpo demacrado se inclinaban hacia un lado, la lengua le colgaba por fuera y la baba le caía sobre un babero atado al cuello.
Parecía el maltrecho caparazón de un ser humano que se acercaba a su fecha de caducidad.
Wanda vertió el líquido de un frasco marrón en una pequeña taza medidora, comprobó la dosis minuciosamente, y luego la echó en un vaso de agua. Entonces metió dentro una pajita.
—¿Len? Es la hora, cariño. Tienes que beberte esto.
Len se incorporó un poco y su mirada recorrió toda la habitación hasta que encontró a su mujer justo delante de él. Ella le metió la pajita en la boca y él empezó a sorber. Tardó casi un minuto, pero al final se bebió todo el líquido. Su mujer le limpió la boca y dejó el vaso.
Luego se giró hacia ellas y explicó en voz baja:
—Sufrió un derrame el año pasado. Los médicos dicen que ya no va a mejorar mucho más.
No puede andar ni hablar, ni hacer nada en realidad.
Aunque creo que entiende casi todo lo que le dicen.
Nos han puesto una persona que viene cuatro veces por semana, pero los días que no está resulta muy duro.
Muchas veces le pido ayuda a la vecina de al lado.
Tiene treinta y tantos años y es una mujer fuerte.
Porque yo también tengo mis problemillas de salud.
—Miró la bombona de oxígeno—. Sufro una EPOC bastante seria.
Por Dios, nunca cojáis un cigarrillo. Esto no es nada agradable.
Y me da vergüenza decirlo, pero aún no he podido dejar el hábito de la nicotina. Aunque ¿qué más da ya a estas alturas?
—Bueno —dijo Pine—, con todo este oxígeno por aquí, podría ser peligroso si se produce algún escape.
—Por eso vapeo. Así no hay que encender cerillas. En fin, podemos dejar a Len aquí e ir a hablar de Joe a la cocina.
—¿Ha dicho que entiende las cosas? —preguntó Pine.
—Sí.
—Entonces, si no le importa, preferiría que él lo escuchara.
Atkins pareció tensarse un poco, pero no puso ninguna objeción.