Capítulo 13
«¡Hijos de puta!».
Al llegar a casa, Cain descubrió que habían quitado su candado y lo habían reemplazado por otro nuevo.
Y que su ropa, sus libros y demás pertenencias estaban tirados en el suelo junto a la entrada de su módulo residencial.
Eso incluía las cervezas y la poca comida que guardaba allí, y que ahora se estaba pudriendo y siendo rapiñada por los animales.
Pegado en la pared junto a la puerta había un aviso de aspecto oficial decretando que cualquier intruso sería procesado con todo el peso de la ley.
Pero allí dentro, debajo del tablón del suelo, estaba todo su dinero, su alijo de maría y su Glock.
—Cabrones —dijo una voz a su espalda.
Al girarse, vio a un anciano que caminaba hacia ella. Se le veía demasiado flaco, demasiado tembloroso, como si fuera a caerse muerto de un momento a otro. Era su vecino, un hombre bueno y amable.
—¿Qué coño ha pasado, Saul? —le preguntó.
—Vinieron anoche, El. Tiraron todas mis cosas, además de echarme a la calle. Estropearon mis únicos pantalones buenos y también todos mis batidos nutricionales Ensure. Y eso cuesta una pasta. Cabrones… —repitió, y escupió en el suelo.
—¿Quiénes eran?
—Dijeron que trabajaban para los tipos que acaban de comprar el lugar. Una gente de la Costa Oeste, dijeron. Piensan convertir esto en apartamentos de lujo o algo así.
—Pero he pagado el alquiler hasta fin de mes.
—Y yo también. Se lo dije a esos tipos y me contestaron que no era su problema. Que fuera y pusiera una denuncia.
—Claro, como si pudiéramos contratar a un abogado. Pero es que yo tengo más cosas ahí dentro.
—No sé qué decirte, El. Vinieron sobre la medianoche y me echaron a patadas. Yo me cagué de miedo. Cortaron el candado limpiamente. Se lo hicieron a todo el mundo que vive aquí. Y además vinieron con la poli, por si acaso.
—¡Con la poli! Pero ¿cómo pueden echar a gente que ya ha pagado su alquiler? Pensaba que había leyes.
—Las leyes son solo para beneficiar a la gente rica.
¿Te crees que a alguien le importa un carajo lo que nos pase a nosotros?
Cuando traté de explicárselo, uno de ellos me dijo que el dinero del alquiler que «supuestamente» habíamos pagado no existía.
Que estábamos ocupando el lugar de forma ilegal.
—Menuda sarta de gilipolleces. ¿Qué más te dijeron esos tipos?
—Que si volvía por aquí me arrojarían al contenedor.
—Pero has vuelto…
—Claro, joder, porque no me he ido. He dormido ahí junto al vertedero.
—¿Y dónde está esa gente ahora?
—Creo que volverán esta noche. Dijeron algo de vallar el lugar y todo eso.
—¿Qué vas a hacer ahora?
—Este sitio es el único que me puedo permitir.
Tengo mi cheque de la Seguridad Social y lo poco que me voy sacando por ahí.
Podría acercarme a algún refugio para indigentes.
Pero la última vez que fui estaba a tope.
Y además allí siempre hay algunos malnacidos que te putean y te quitan tus cosas, lo poco que tienes.
Seguramente me iré al paso subterráneo. O bajaré al pequeño poblado de chabolas que hay junto al río.
Al menos hasta que encuentre otra cosa. En fin, buena suerte.
Y se alejó tambaleante para seguir con su vida. Cain no pudo por menos que admirar su entereza después de haberlo perdido prácticamente todo.
Recogió sus cosas y las llevó al coche. Luego regresó y se plantó ante la puerta con candado, sopesando la mejor manera de llevar a cabo lo que debía hacer.
—¡Hey!
Al girarse, vio a un hombre que avanzaba a grandes zancadas hacia ella.
Tendría unos treinta años, sería de su misma estatura y pesaría unos noventa kilos de músculo.
Su expresión hosca era tan seria como la de un hombre que partiera a la guerra.
Llevaba una pistola enfundada y vestía un uniforme de guardia privado de seguridad.
—Hola —dijo Cain.
El hombre se paró en seco al ver que ella también iba de uniforme.
—¿Quién eres?
—¿Y quién coño eres tú?
—Dwight Talbot. Trabajo de vigilante aquí.
—Yo también. Me llamo Donna White. Acaban de llamarme para que venga aquí. Y eso después de hacer un turno de noche.
El hombre miró el logo y el nombre de su uniforme.
—¿Steele Security? Yo trabajaba para ellos. Pagaban fatal.
—Dímelo a mí. ¿Cuándo te cambiaste a Douglas? —le preguntó ella, fijándose en el nombre bordado en su manga.
—Hará unos seis meses.
—Chico listo. Yo tendría que hacer lo mismo.
—No sabía que Steele estaba también metida en este trabajo.
—Yo voy donde me mandan, ya sabes cómo va la cosa.
—Sí, vaya si lo sé.
—Por lo que he oído, parece que esa gente de la Costa Oeste quiere hacer aquí apartamentos de lujo —dijo ella en un tono más afable.
—Dios, me preguntaba qué demonios iban a hacer con todo este montón de basura. Cuando yo era pequeño, aquí se fabricaban muebles, me parece recordar.
—Bueno, nosotros nunca podremos permitirnos vivir aquí. No veo mucho lujo en mi futuro.
—Estamos igual. Esa es la cruda realidad.
—Oye —dijo Cain—, sé que anoche echaron a todo el mundo, pero ¿han revisado bien todos los edificios?
—No lo sé. ¿Por qué?
—Porque cuando he llegado, habría jurado que he oído a alguien dentro de este.
—Mierda, ¿en serio?
—Sí, pero la puerta está cerrada con candado. ¿Quieres que llamemos a los polis? Aunque si me equivoco podríamos llevarnos un buen rapapolvo. Pero ¿y si tengo razón y nos apuntamos nosotros el tanto?
—Hasta podrían darnos una bonificación —dijo Talbot.
—Eso estaba pensando yo.
—Bueno, ¿cómo quieres que lo hagamos?
—¿Tienes la llave del candado? Se suponía que me iban a dar una copia, pero con las prisas se les habrá olvidado.
Talbot se sacó del bolsillo una llave que colgaba de un aro grande.
—Esta es una copia maestra. Sirve para todos los candados que pusieron anoche.
—Genial. Muy bien, pásamela. Yo abriré y entramos. Tú lleva la pistola para cubrirme, ¿vale?
—Vale. —Le entregó la llave y sacó el arma.
—Pero no vayas a dispararme por error, ¿eh, Dwight?
—Joder, Donna. Eso no va a pasar, cielo.
—Por si acaso.
Abrió el candado, entraron sigilosamente y subieron un pequeño tramo de escaleras. El interior era muy reducido y solo había dos puertas. Cain sabía que una llevaba al dormitorio, la otra al cuarto de baño.
—Tú comprueba esa puerta —le dijo, señalando la del baño—. Yo miraré en la otra.
—¿Estás segura de que quieres que nos separemos? —preguntó Dwight—. No tienes pistola.
Ella sacó la porra.
—Tengo esto, y practico artes marciales mixtas.
—Hostia puta, ¿en serio?
—Sí, la otra noche gané un combate.
—Bueno, está claro que tienes pinta de saber cuidar de ti misma. Pero si me necesitas grita, cielo.
Talbot fue hacia la izquierda y Cain entró en el cuarto de la derecha. Echó un vistazo al tablón y luego pensó a toda prisa. Abrió la ventana y luego retrocedió.
—¡Eh, Dwight, ven deprisa! —llamó.
Talbot irrumpió en la habitación.
—No había nadie en el baño —dijo—. ¿Qué pasa?
Cain señaló la ventana.
—Acabo de ver a ese capullo escabulléndose entre los árboles de ahí atrás. Debió de esconderse aquí y luego saltó por la ventana cuando nos oyó entrar. Tú pareces más rápido que yo. Ve a por él y yo llamaré para avisar.
—¡Vale! Pillaré a ese cabrón.
Talbot se marchó como una exhalación. En cuanto oyó que la puerta se abría de golpe, Cain levantó el tablón, cogió el dinero, la pistola y la hierba, bajó a toda prisa las escaleras y salió.
Fue hasta su coche para guardarlo todo, y ya estaba de nuevo en la entrada del edificio cuando Talbot regresó jadeando con fuerza.
—Se… se ha escapado —dijo, doblándose por la cintura y tratando de recuperar el aliento—. ¿Has… has avisado?
—Lo he intentado, pero el maldito móvil no tiene cobertura. Vas a tener que llamar tú.
—Vale. —Talbot se enderezó e hizo la llamada.
Cuando colgó, Cain bajó la vista a su móvil.
—Vaya, ¿y ahora me entra una llamada? Odio a esa jodida compañía telefónica. —Se llevó el aparato a la oreja—. ¿Diga? Eh, sí, soy Donna White. No me lo estarás diciendo en serio, ¿no? De veras, me estás tomando el pelo, ¿no? ¿Cómo? ¡Pues que te den a ti también!
Y se guardó el móvil en el bolsillo con expresión asqueada.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Talbot nerviosamente.
—Steele me acaba de dar la patada. ¿Y quieres saber por qué? Porque en las grabaciones de anoche se me ve echando una cabezadita como unos diez segundos. Como si a ningún guardia de seguridad le hubiera pasado nunca.
—Qué cabrones… —exclamó Talbot.
—Y me han dicho que vaya cagando leches y que devuelva todas mis cosas. Sí, claro que las voy a devolver. ¡Las tiraré en un puto contenedor!
—Yo también lo haría, cielo. Y tanto que lo haría.
—Bueno, tú aguanta, Dwight. Pero no les dejes que te jodan.
—Vale, Donna. Y… lo siento, tía.
—Ya, todos tenemos problemas. Pero no se acaba el mundo, ¿no? Y, oye, no le digas a nadie que he estado aquí, ¿vale? Probablemente intentarían acusarme de cualquier chorrada que haya pasado aquí como excusa para no pagarme el último cheque.
—Tranquila, mis labios están sellados.
Chocaron los puños, y luego Cain volvió a su coche y se marchó.
«Oh, Dwight, menudo ingenuo estás hecho. Y yo que te lo agradezco, “cielo”».
Fijó la vista en la carretera. Ahora tenía que encontrar un nuevo sitio donde vivir. Y además estaba el problemilla ese de que el FBI la estaba buscando.
Debería hacer algo al respecto, pero… ¿qué?