Capítulo 12
—¿Tú, guardia de seguridad? Esta sí que es buena.
Cain se miraba en el espejo retrovisor, ataviada con un vulgar uniforme gris con insignias en la manga que no significaban absolutamente nada.
Eran solo cuestión de imagen, dar el pego.
Estaba sentada al volante del diminuto Smart de dos puertas, con el nombre STEELE SECURITY SERVICES aerografiado en los paneles laterales con estilosos colores.
Llevaba una luz anaranjada en el techo que encendía de vez en cuando mientras daba vueltas por la urbanización para matar el aburrimiento.
Tenía el asiento delantero echado hacia atrás al máximo, pero aun así a veces se le agarrotaban las largas piernas.
Llevaba de servicio unas dos horas; pasaba un poco de la medianoche.
Ya había hecho varias rondas por su área de responsabilidad y encontrado cero motivos de preocupación.
Estaba claro que los ricos eran especialmente temerosos de que alguien intentara robarles sus pertenencias, pero lo cierto era que la mayoría de los ladrones preferían presas más fáciles, como los pobres y la clase trabajadora, aunque en ocasiones extendían sus garras a quienes ocupaban el rango medio de la jerarquía económica.
Se dispuso a dar otra ronda por su subdivisión.
Y aunque ya las había visto en multitud de ocasiones, Cain no dejaba de maravillarse ante el tamaño de las mansiones, más bien fincas, que se ubicaban allí.
Eran como complejos hoteleros en miniatura.
Todas tenían grandes jardines paisajísticos, lujosas piscinas, casitas de invitados y magníficas estatuas, y cada propietario trataba claramente de superar a su vecino, a juzgar por el gran número de reformas y nuevas construcciones que se estaban realizando.
Pero, claro, en algo debías gastarte el dinero.
No tenía ni idea de a qué se dedicaban los propietarios de esas residencias para poder permitirse un sitio así, pero Cain tenía claro que ella nunca sería uno de ellos.
Y no le molestaba. No le gustaría vivir en un lugar tan grande como para perderse.
Al cabo de un rato paró a un lado de la carretera, se sirvió un vaso de café tibio del termo que llevaba y tomó algunas notas en el iPad que la compañía de seguridad le proporcionaba para uso interno.
Las observaciones eran más bien mecánicas y superficiales, y su único propósito era dejar constancia de que estaba haciendo algo.
Tenía serias dudas de que alguien las leyera.
Y si lo hacía, sería una completa pérdida de tiempo.
Casi atropello a una ardilla. He oído ladrar a un perro.
He visto a una chica blanca rica escabullirse de casa y montarse en un viejo compacto destartalado con un chico moreno pobre, luego se han largado.
He visto a un propietario borracho manoseando a una mujer igual de borracha a la que le doblaba la edad y que no era su esposa, tambaleándose y desvistiéndose camino de la casa.
La misma mierda de siempre.
Cain encendió la radio y, mientras se tomaba el café, echó un vistazo al móvil.
Era algo asombroso lo de los móviles. Cuando descubrió que existía internet, casi le explota el cerebro.
Le pareció algo realmente genial. Había tantas cosas que desconocía que tuvo que priorizar y centrarse solo en las que necesitaba para salir adelante.
Básicamente. Lo demás ya lo iría aprendiendo sobre la marcha.
Pensó que le sentaría bien fumar un poco de hierba para mitigar el dolor crónico que sufría, pero si su jefe acababa enterándose podrían echarla.
Y no podía permitirse perder ese chollo de trabajo.
Dudaba mucho de que después de la pelea de anoche, y sobre todo tras el encontronazo con Sam, volvieran a llamarla pronto para otro combate en jaula.
Además de la lesión del rotador, un médico le había dicho que su latido cardiaco era irregular.
Debería estar medicándose para controlar eso, pero los medicamentos eran para gente con seguro médico.
También necesitaría hacerse algunos arreglos dentales y ocuparse de otros problemillas de salud, pero sin cobertura sanitaria solo podías hacerlo cuando tenías el dinero.
Ya había gastado gran parte de sus ahorros en reparar una vieja lesión de espalda.
Se había negado a pagarlo con tarjeta; además, su límite crediticio habría sido insuficiente.
Le había preguntado al cirujano si la operación era verdaderamente necesaria. El doctor había respondido:
—No, si no te importa quedarte en una silla de ruedas dentro de cinco años.
Cuando estaba muy enferma, iba a urgencias. Allí le hacían lo que tenían que hacerle, y luego le enviaban una factura por una cantidad indecente que no podía pagar y por tanto no pagaba.
«Eso es lo que hay, no hay otra».
Los Atkins no habían sido partidarios de tratamientos médicos ni dentales, al menos no para ella.
La primera vez que había acudido a un doctor o un dentista fue dos años después de haberse escapado.
Primero tuvieron que sacarle tres dientes podridos y ponerle dos implantes, y un mes más tarde tuvo que someterse a varias operaciones: una hernia, un desgarro muscular y un brazo roto que se remontaba a cuando tenía diez años y no había recibido la atención médica adecuada.
Tanto el dentista como el médico de cabecera y el cirujano le preguntaron por qué sus padres no se habían ocupado antes de esos problemas.
Ella les mintió diciendo que sus padres habían muerto y que quien la había criado era su abuela, que no estaba muy bien de la cabeza.
Los tres decidieron creerla, lo cual fue lo mejor, porque en aquella época aún no había inventado más mentiras con las que respaldar su historia.
Desde entonces, su red de fabulaciones había mejorado mucho.
Más tarde, el dentista, el médico, el cirujano y también el hospital la denunciaron por impago, ya que sus cheques eran devueltos como pelotas de baloncesto rebotando contra el tablero.
La joven Cain huyó de la ciudad, que fue lo único que se le ocurrió hacer por aquel entonces.
Se miró el pie izquierdo y lo retorció rápidamente al notar una fuerte punzada de dolor.
La serpiente cabeza de cobre le había mordido ahí cuando tenía trece años, mientras cogía troncos de un montón de leña para llevarlos a la casa.
El puñetero pie se le hinchó, el veneno empezó a devorarle la piel y la mordedura se le infectó gravemente.
Desiree vertió sobre la herida lo que llamó «agua mágica» y pronunció una especie de galimatías que Cain no entendió, y seguro que ella tampoco.
Tres semanas después salió del coma, un término que aprendería más adelante.
Cuando despertó, Wanda estaba allí. Al parecer, la mujer tenía algunos conocimientos de medicina.
El pie de Cain estaba cubierto por un vendaje muy apretado y había algunos frascos de medicamentos junto a su cama.
Los apósitos olían muy fuerte a lo que ahora sabía que era antiséptico.
La piel de la zona nunca volvería a ser la misma, pero eso no importaba.
Cain había sobrevivido. ¿Qué más podía esperar?
Sus pensamientos se vieron interrumpidos de repente cuando oyó el anuncio por la radio.
Rebecca Atkins. El FBI buscaba a una tal Rebecca Atkins, de Georgia, con relación a un asunto ocurrido a principios de la década de los dos mil.
Cualquiera que tuviera información sobre ella debía llamar al número facilitado por la agencia federal, y se adjuntaba también una dirección de correo electrónico.
Cuando había estado cautiva todos aquellos años, un terror frío se apoderaba de ella siempre que oía pasos acercándose a la puerta.
Eso le sucedía cuando era más joven e incapaz de defenderse.
¿Qué pasaría cuando se abriera la puerta?
¿De qué humor estaría Desiree? ¿Cruel? ¿Desquiciada?
¿Borracha y dócil? ¿O drogada y maligna?
¿Qué Joe vendría esa vez, el normal o el monstruo?
¿Cuánto le dolería? ¿Gritaría o lloraría?
Era una sensación horrible, como si se te revolviera el estómago, como si se te helara la sangre, y el oído se te aguzaba tanto que podías oír las briznas de hierba meciéndose por la brisa a más de cien metros.
Todo su mundo se concentraba en el contorno de aquella puerta, con el corazón martilleándole en el pecho pensando en qué entraría por ella.
El monstruo de pesadilla de cualquier cuento infantil, solo que en esta ocasión el monstruo vivía en la casa con ella.
Dejó de sentir los «yuyus», como los llamaba ella, después de cumplir los quince años.
Cuando creció hasta convertirse en una muchacha altísima y fuerte como un caballo, las visitas de los Atkins dejaron de aterrarla.
Después de aquello fueron ellos los que se sentían aterrados.
Pero, de todos modos, ella seguía siendo la prisionera.
Ahora, aquellos yuyus debilitantes volvieron a recorrer todo su cuerpo.
El FBI la buscaba por un incidente ocurrido en Georgia a principios de los dos mil. Y solo podía tratarse del único incidente en el que Rebecca Atkins había estado involucrada en aquella época.
Sacó el resto del porro y lo encendió, aspirando el humo en sus pulmones como si fueran las últimas caladas de hierba que daría en su vida.
El anuncio de servicio público terminó y la emisora siguió con otra cosa, pero para Cain ya no podía haber nada más.
De repente, la luz de unos faros se estampó contra el parabrisas con la fuerza de una ola.
Cuando vio que era el otro cochecito de payasos de Steele Security, escondió el porro pero no bajó la ventanilla, aunque su colega sí lo hizo.
Cain se llevó el móvil a la oreja como si estuviera hablando.
El hombre sonrió, asintió con gesto comprensivo y siguió la marcha.
Durante las siguientes seis horas, Cain condujo dando vueltas como si estuviera en un carrusel gigante sin botón de apagado.
Pero en realidad no veía ninguna de las casas, ninguno de los ocasionales coches o personas, aunque todos estaban allí.
Lo único en lo que podía pensar era en que el FBI la estaba buscando con relación a un «incidente».
Cuando acabó el turno, aireó bien el coche antes de devolverlo y fue a buscar el suyo al aparcamiento reservado para el personal de Steele Security.
De pronto tuvo una idea. Sacó el móvil e introdujo en Google «FBI» y «Rebecca Atkins».
Eso la llevó a la página oficial del FBI, y de nuevo Cain sufrió un impacto terrible cuando en la pantalla apareció un fotograma borroso. Era una imagen de ella en el momento de salir en tromba por aquella puerta camino de la libertad.
«Parezco… parezco una perturbada. Y quizá lo estaba. No, definitivamente lo estaba. Pero también seguía un plan astuto, estaba centrada en mi locura total. Solo quería escapar de allí. ¿Quién no lo habría querido?».
Volvió a mirarse en el retrovisor y luego miró de nuevo la imagen del móvil.
Soltó un suspiro de alivio. Era imposible que alguien pensara que esas dos mujeres fueran la misma persona.
La joven de la pantalla llevaba el pelo más largo.
Tenía la cara más delgada, demacrada y mugrienta.
Parecía que hubiera estado internada durante años en una institución psiquiátrica.
Ahora tampoco es que tuviera un aspecto muy normal, pero no se asemejaba a la joven del móvil.
Cain se recostó en el asiento y pensó en aquellos primeros meses de libertad.
Había hecho autostop a lo largo y ancho del país para alejarse todo lo que pudiera de Georgia, hasta llegar finalmente a la costa del océano Pacífico, que por entonces ni siquiera sabía que se llamara así.
Tampoco sabía cuántos estados había. Ni siquiera lo que era California.
Le había llevado años acumular un corpus aceptable de conocimientos básicos.
«Tuve que aprender por mí misma a conducir, a medicarme, a leer algo que no fueran libros ilustrados, aunque a lo largo de los años los bibliotecarios me ayudaron mucho con eso.
Tuve que aprender a escribir mi nombre no solo con mayúsculas.
A sumar y restar. Por Dios, ¿qué era una tarjeta de crédito?
¿Y un pago de un alquiler? ¿O un correo electrónico, un móvil, un ordenador o internet?
¿U otras muchas cosas que todo el mundo daba por sentadas, pero que para mí eran totalmente incomprensibles? ».
Apoyó la cabeza en el volante.
«Has conseguido superar tantas cosas, El. Quédate con eso».
Condujo de vuelta a casa para arreglarse antes de entrar a trabajar. Ya dormiría más tarde, después de su turno con el toro elevador. Hoy no entrenaría ni haría de chófer económico.
No le hacía ninguna gracia que hubiera gente buscándola. No quería que nadie la encontrara. De ahí solo podían salir cosas malas.
«¿Es que no me han pasado ya suficientes cosas malas?».
Bueno, al parecer no.