El desafío final (Atlee Pine 4) Capítulo 11
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Capítulo 11

Durante veinticinco horas a la semana y nueve pavos la hora, Cain manejaba un toro elevador cargando palés de cajas en remolques de camión.

No le permitían trabajar a jornada completa porque eso implicaría recibir beneficios y otros derechos.

Todos los tíos que había allí —ella era la única mujer— trabajaban a jornada parcial.

Aparcó el Honda fuera de la terminal y fue a ponerse el casco, los patucos y las gafas protectoras.

Después de fichar, se subió a su pequeño montacargas.

Para hacer aquello podrían haber contratado a un montón de hombres con licencia para operar maquinaria pesada, hombres a los que habían despedido durante la última recesión.

Pero Cain era mucho más barata y no pedía trabajar a tiempo completo.

La gente como ella estaba muy buscada en el mercado libre.

A Cain no le importaba que la jodieran laboralmente. Y eso les encantaba a los empleadores.

Le gustaba el trabajo porque apenas tenía que hablar ni tratar con nadie.

Se sentaba al volante, manejaba el toro cargando y descargando cajas, y solo tenía que ir a lo suyo.

Años atrás se había ganado la vida bastante bien con un trabajo similar.

Pero entonces sufrió un accidente laboral.

Los analgésicos la ayudaron mucho, así que siguió tomándolos.

Hasta que se dio cuenta de que ya no podía dejar de tomarlos.

Y no solo calmantes, sino todo lo que se pudiera esnifar, tragar o pincharse.

Y así fue como se fue al garete su empleo y todo lo demás.

Le aconsejaron que buscara ayuda psicológica.

Fue a ver a alguien, pero cuando le preguntó si había tenido problemas en el pasado, ella se levantó y se marchó.

No valía la pena. Cain sabía que, si removía todo aquello, acabaría cortándose las venas.

Solo había una manera de superarlo, y era seguir adelante como fuera.

Algún psiquiatra podría escribir un libro sobre su caso, pero Cain nunca lo leería.

Porque ella lo había vivido. Y con viajar una vez al infierno ya había tenido bastante.

Cain nunca había estado en prisión, solo cortas estancias en calabozos por estupideces que no debería haber cometido: pequeños hurtos, conducción bajo los efectos del alcohol, posesión de drogas, lanzar a un contable borracho a través de la ventana de un bar por haberle agarrado primero el culo y luego las tetas, solo para que sus colegas juraran después que la culpa había sido de ella…

Cosas así. Esas mierdas pasaban; solo que, al parecer, le pasaban más a ella que a la mayoría.

Cada vez que la arrestaban tenía miedo de que su identidad y su pasado inventados no pasaran la prueba y le hicieran preguntas incómodas.

Sin embargo, había descubierto que, en la vida real, la policía no era como la que salía en las series de televisión.

Los ordenadores eran trastos viejos y aparatosos, las comisarías eran espacios vulgares y anodinos, por no hablar de las ropas y los uniformes de los agentes.

No había nada que resultara sexy en todo aquello, la moral del cuerpo estaba por los suelos, y la energía necesaria para indagar en los casos de bajo perfil era prácticamente nula.

Ella no era más que otro expediente aburrido entre una montaña inmensa de papeleo.

Solo había que revisarlo por encima porque a nadie le importaba un carajo.

Y Cain daba gracias por ello.

Fichó a la salida con puntualidad, y estaba a punto de subirse a su coche cuando un tipo nuevo se le acercó. Se dedicaba al repostaje y limpieza de los camiones, o al menos ella lo había visto hacer eso.

Era delgado —demasiado flaco, en realidad—, con una barba rala y descuidada, mirada nerviosa y una actitud algo chulesca, al menos a ojos de Cain.

—Hey —dijo.

—¿Sí?

—He oído que no te gustan los tíos.

—¿Por qué lo dices?

El tipo sonrió.

—Porque nunca has salido con ninguno de los tíos de aquí.

—¿De quién me hablas, del que aún tiene dientes o de alguno de los otros?

—Eh, eso ha estado muy feo —repuso él, frunciendo el ceño.

—¿Y a ti eso qué coño te importa?

—No lo sé. Mira, olvídalo. Joder, tía, a ver… ¿Cuál es tu puñetero problema?

—No tengo ningún problema. Solo vengo aquí a trabajar. Y ahora me voy a otro curro.

La expresión del tipo cambió de irritada a curiosa.

—Ah, ¿sí? ¿Dónde?

—¿Por qué?

—Aquí me saco un sueldo de mierda. Limpio oficinas por la noche, pero ahí también pagan de pena y no siempre hay faena.

Verás… —Miró a su alrededor nerviosamente y se encendió un cigarrillo.

Las manos le temblaban—. Es que… tengo un crío.

Y mi parienta no está muy bien. Está en rehabilitación, ¿sabes? Por la mierda de la meta.

Cain lo observó y decidió que su parienta no era la única que estaba luchando contra la adicción. Sabía detectar las señales porque ella también había estado en el pozo.

—¿Limpiar camiones y oficinas? No hay mucho futuro en eso. Como tampoco lo hay con la meta. Si no logras dejarla, ya nada más importa, porque se te mete en la cabeza y lo único que te preocupa es cómo conseguir el siguiente chute.

—¡Joder, vaya si lo sé! —exclamó el tipo—. Bueno, ¿y de qué es ese otro curro?

Cain se lo quedó mirando.

—Trabajo para Lyft, haciendo viajes compartidos por las tardes tres veces a la semana.

Mi coche no es gran cosa, pero sirve para llevar a gente que no tiene mucho dinero a donde necesita ir.

Tampoco se saca mucha pasta, pero algo es algo.

Después voy a casa y me acuesto. Y cuatro noches a la semana trabajo como vigilante de seguridad en una urbanización de lujo a unos pocos kilómetros del centro.

De diez a seis de la madrugada. De hecho, hoy tengo turno.

Antes contaban con fuerza policial privada, pero tuvieron que subcontratar para ahorrar dinero.

Ya ves, hasta los ricos tienen que mirarse el bolsillo.

Pagan ocho cincuenta la hora, sin beneficios, pero tampoco es un trabajo muy pesado.

Y te ponen un coche pequeño para hacer las rondas.

Llevo trabajando allí seis meses, y lo único que he tenido que hacer hasta ahora ha sido echar a unos chavales fumados de la piscina de un ricachón.

—¡Trabajo de seguridad! Yo no pasaría la comprobación de antecedentes, y si tengo que mear en…

—No hacen nada de eso —lo interrumpió Cain—.

Nada de mear en vasitos. Nada de pruebas, al menos a mí nunca me han hecho ninguna.

En teoría deberían hacerlas, pero ¿la empresa que me contrató a mí?

Fui a la entrevista a las cuatro de la tarde y a las diez de la noche ya estaba trabajando.

Lo único que me preguntaron era la talla del uniforme y si quería llevar un arma.

Solo quieren que haya cuerpos uniformados dando vueltas por allí y que parezca que saben lo que hacen. Cuestión de imagen, poco más.

—¿Y no hay que tener formación ni nada?

—Si tuvieran que comprobar antecedentes o hacer análisis de drogas, tendrían que cerrar el chiringuito. No se presentan muchos universitarios para este trabajo.

El tipo dio una calada al cigarrillo y exhaló el humo lentamente mientras miraba al suelo.

—Supongo que tienes razón.

—Y además, todas las casas tienen esos sistemas de seguridad tan avanzados y cámaras de vigilancia por todas partes. Nosotros solo somos la guinda del pastel.

—¿Y tú pediste ir armada?

—No.

—¿Por qué no?

—Por ocho cincuenta la hora, si yo tengo un arma y los otros también, lo más probable es que me acaben disparando.

—Creo que yo sí querría un arma.

Ella se lo quedó mirando.

—¿Sabes usar una pistola?

—Claro. ¿Y cómo solicito el trabajo?

Cain sacó un bolígrafo y un trozo de papel de la guantera, le dio la vuelta al tipo para usar su espalda como escritorio, y anotó un número de teléfono. Luego le entregó el papel.

—Toma. Diles que vas de parte de El Cain. Puede que eso ayude. Sé que el dinerillo extra va muy bien. Después de que te quiten los impuestos y demás, te quedan unos doscientos veinte a la semana.

—Joder, eso es más de lo que gano aquí. Me pagan en negro, así que es menos del mínimo, aunque me dan el almuerzo y de vez en cuando sobra algún dónut del desayuno.

—¿Lo ves? Ahora te podrás comprar tus propios dónuts.

El tipo miró el papel y dijo:

—Gracias. En serio, gracias.

—Sin problema. Espero que te cojan.

Entonces él le miró la cara magullada, como si se fijara en ella por primera vez.

—Eh, ¿qué te ha pasado?

—Me metí en una pelea.

—¿Con quién?

—Con una tía. Ella acabó en el hospital para que le cosieran la mandíbula, y espero que ahora se plantee hacer algo distinto con su vida. Yo acabé en mi casa tomándome una cerveza.

El tipo se rio como si pensara que estaba de broma.

—Pero… ¿te gustan los tíos?

—Me gustan algunos algunas veces. Pero la mayor parte de las veces me gustan muy poco.

El otro sonrió y se guardó el papel en el bolsillo de la camisa.

—No eres como dicen.

—No soy como dicen, porque nadie me conoce de verdad. Y así es como quiero que sea.