El desafío final (Atlee Pine 4) Capítulo 10
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Capítulo 10

La alarma del móvil sonó a las seis de la mañana.

Cain se giró para apagarla y bostezó. Se sentó en el colchón y abrió la ventana para airear el cuarto y eliminar cualquier vestigio de olor a hierba.

Aunque tampoco estaba muy preocupada. En su primer trabajo del día de hoy realizaban pruebas aleatorias de drogas, pero si se la hacían sería un análisis de sangre.

Y estos análisis solo podían detectar el THC, el componente psicoactivo de la marihuana, hasta tres horas después de su consumo.

Un test de saliva podía detectarlo entre veinticuatro y setenta y dos horas más tarde.

Con uno de orina podían pillarte hasta pasados treinta días de haber fumado.

Por eso, la mayoría de los empleadores solían pedir pruebas de saliva o, mejor, análisis de sangre.

De lo contrario, tendrían que cerrar el negocio porque les resultaría imposible encontrar mano de obra.

Ese era uno de los turbios secretillos del mundo de la precariedad laboral en el que millones se veían obligados a trabajar cada día. Y en el que los adictos con necesidad de un empleo debían aplicar toda su astucia.

Abrió la nevera, cascó tres huevos en un vaso y se los bebió crudos.

Se lo había visto hacer en una vieja película a un boxeador en horas bajas llamado Rocky.

Al parecer, las proteínas ayudaban al cuerpo a recuperarse y fortalecerse.

Así lo esperaba Cain, porque aquello sabía asqueroso y tenía la textura de un moco.

Se puso la ropa que había utilizado para el combate —con sangre, sudor y demás—, junto con una sudadera con capucha, unos pantalones de chándal y unas zapatillas deportivas gastadas.

Luego salió y cerró el candado por fuera.

Corrió durante varios kilómetros, su aliento formando nubes de vapor con cada exhalación.

El invierno se acercaba a toda prisa, pero esperaba pasarlo bien acurrucadita en su cuchitril.

Le gustaba correr, y sus largas piernas y su fuerte constitución estaban diseñadas para cubrir largos recorridos.

Cain llevaba corriendo toda su vida, en ocasiones de forma literal, y en otras solo en su mente, sobre todo cuando estuvo encerrada todos aquellos años.

Allí dentro se había dedicado a trotar sobre el sitio, dejando que su imaginación la llevara a cualquier otro lugar lejos de donde estaba.

Las cosas que hacía en su mente para seguir adelante eran de verdad increíbles.

Le enseñaron mucho. Le demostraron que la mente podía ayudarte a superarlo todo.

Cualquier cosa. Porque así había sido para ella.

«El salmo de mi vida: Si no puedes vivir en el mundo que tienes, invéntate uno».

Durante la carrera se detuvo en cinco refugios callejeros, maltrechas tiendas de campaña y hogares hechos con cajas, y entregó parte del dinero del premio a la gente que malvivía allí.

No eran alcohólicos ni drogadictos, al menos no la mayoría.

Emplearían el dinero en comprar comida y otros artículos de necesidad, porque tenían hijos pequeños que debían vivir también en aquellas miserables condiciones.

—Gracias —le dijo una joven madre, que era blanca pero que tenía la piel oscura por el sol y la mugre.

Cain conocía bien aquella tonalidad. Era el «bronceado» de los sintecho.

No se parecía a ningún otro tipo de tez, lo sabía muy bien.

Te freía tanto el cerebro como la piel. Y era algo que nunca podías quitarte realmente de encima, porque te preocupaba a cada momento que te volviera a ocurrir.

Era como ser un fugitivo de por vida, cuyos únicos delitos habían sido la mala suerte y las malas decisiones.

En cambio, cuando los ricos y poderosos cometían algún error tenían a sus abogados y a su gente de relaciones públicas para arreglarlo todo.

Cain agitó la mano en respuesta al agradecimiento de la joven y siguió corriendo.

La siguiente familia era negra, y la siguiente también.

A continuación paró junto a unas personas que hablaban espanglish y que no paraban de temblar por el frío.

No tenía muy claro de dónde era la siguiente familia, aunque tampoco eso importaba mucho.

Respiraban, eran seres humanos. «En ese sentido, son como yo».

Y con eso bastaba. Las cajas estaban hechas para contener cosas, no personas.

Al menos mientras siguieran vivas. La mayoría de la gente los miraba y sentía lástima, repugnancia, o ambas cosas.

Pero Cain no. Ella solo veía a seres humanos que necesitaban ayuda.

Al final de la carrera había entregado más de la mitad de las ganancias del premio.

Sabía lo que significaba la expresión «buen samaritano», pero solo por haberla leído en la Biblia.

Esa no era la razón de que ella hiciera aquello.

Lo hacía porque ese día ella tenía dinero y aquella gente no, pero ellos lo necesitaban.

«No le des muchas vueltas», ese era el lema de Cain.

Cuando pensabas demasiado en el dinero, tendías a querer guardártelo para ti y a desafiar a los demás a conseguirlo por sí mismos.

Ya de vuelta en casa, completó su rutina diaria de entrenamiento: flexiones, fondos de suelo, dominadas en una barra colocada en el marco de una puerta, montones de abdominales y ejercicios de torso con una pelota medicinal, y levantamientos con una pesa rusa que había conseguido por un dólar en un gimnasio que iba a cerrar.

Luego zancadas y sentadillas con peso corporal y ejercicios de calistenia, seguidos de boxeo de sombra; por último, una serie de estiramientos breves e intensos.

«La gente que se mantiene fuerte y alerta no siempre sobrevive, pero eso aumenta mucho sus probabilidades».

Se duchó con agua fría porque era lo único que había.

La noche anterior, a última hora, le había venido la regla.

Había tenido su primer periodo a los once años, cuando vivía con los Atkins.

Cuando empezó a sufrir calambres y a chorrear sangre por ahí abajo, pensó que se estaba muriendo.

Le suplicó a Desiree que la ayudara, pero la mujer se echó a reír y le lanzó un rollo de papel de cocina.

Le dijo que le pasaría cada mes, como un reloj, y añadió:

—Venden cosas para eso, pero el papel de cocina te servirá. Tampoco es que vayas a ir a ninguna parte. Así que arréglatelas con eso.

Y Cain se las tuvo que apañar usando papel de cocina. Hasta que Wanda le explicó lo que le estaba pasando a su cuerpo y empezó a llevarle cajas de tampones. Aquello la ayudó a entenderlo un poco mejor. Se acordaba de haberle preguntado a Wanda si los chicos también tenían la regla.

—No —respondió la mujer—. Y menos mal, porque no podrían soportarlo.

Cain pensaba que decía la verdad.

Wanda había sido buena con ella; se ocupaba de algunas de sus necesidades médicas, le llevaba algo de comida a escondidas. Pero nunca había movido un dedo para liberarla. Cain suponía que había límites para la generosidad humana. Y también ausencia de principios morales.