El desafío final (Atlee Pine 4) Capítulo 9
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Capítulo 9

Cain aparcó delante y, después de abrir el herrumbroso candado, entró por la única puerta que había en el edificio.

Volvió a cerrarlo por el otro lado, ya que la gente de por aquí no se regía por las mismas leyes que la mayoría de los seres humanos.

Era consciente de que en algún momento los propietarios la echarían a la calle, a ella y a los otros residentes, para convertir aquello en algo que les diera una buena pasta.

Por el momento, no era más que una serie de módulos improvisados, separados por finos tabiques que habían sido levantados durante su transformación de espacio comercial en residencial.

Así era como el lugar había logrado renacer, sin tener que invertir apenas dinero, a partir de la deteriorada carcasa de unas construcciones adosadas, donde los residentes actuales estaban solo un paso por encima de ser personas sin hogar.

Pero ella sabía que era un paso jodidamente importante.

Al menos podías contar con tener un techo sobre la cabeza… hasta que dejabas de tenerlo.

Además de un techo, tenía un colchón, un baño, un microondas, calefacción suficiente para ir tirando, ventanas y un ventilador de suelo en vez de aire acondicionado.

También tenía un móvil que había «encontrado» afanándolo, y usaba la wifi de una red cercana tras haber averiguado la contraseña.

Había ratas por todas partes, pero en general la dejaban en paz.

El alquiler de aquel vertedero era de cuatrocientos dólares al mes más suministros, lo cual podía considerarse una bendición, ya que no podía permitirse pagar un penique más.

Desde hacía ya mucho tiempo su nombre oficial era Eloise Cain.

Lo de Eloise venía de un libro que había leído de niña.

Ya no se llamaba Rebecca Atkins. No desde aquella noche en Georgia.

Y antes de ese nombre había tenido otro, aunque no recordaba cuál era.

«¿Cómo he sido tan afortunada de tener tantos nombres?

—se preguntaba a veces cuando había bebido mucha cerveza o fumado mucha hierba, o ambas cosas—. La mayoría de la gente solo tiene uno».

¿Y lo de Cain? El apellido había salido de la Biblia.

Desiree Atkins solía decirle que en las Escrituras estaba todo lo que necesitaba aprender.

Que tenía que arrepentirse de todas las cosas horribles que había hecho en la vida, y de todas las cosas horribles que había querido hacer.

Bueno, estaba claro que a Desiree querría haberle hecho de todo.

Pero también estaba claro que todo lo que hubiera pensado en hacerle palidecía en comparación con lo que esa mujer le había hecho a ella.

Tras escaparse, Cain había vivido prácticamente durante años en algunas de las mejores bibliotecas públicas del país.

Y su propósito no había sido que se dijera leer y aprender, al menos no al principio.

Pero descubrió que, por norma, cuantos más libros leías, más tiempo te dejaban quedarte.

Y eso era muy importante cuando fuera hacía un frío insoportable o un calor asfixiante.

Y si leías muchos libros, e incluso echabas una mano, los bibliotecarios podían mostrarse muy amables y convertirse en profesores improvisados, ayudándote a leer y escribir mejor; y encima, también te daban algo de comer.

Porque con el estómago vacío el cerebro no funcionaba como debía.

Para bien o para mal, todos esos años habían constituido para ella su proceso formal de educación.

En realidad, no tenía ningún recuerdo claro de su vida anterior a los Atkins. Salvo una cosa.

«Pero es algo grande. Muy grande».

Dejó la bolsa en el suelo junto al colchón.

Una caja al lado de este hacía las veces de armario.

Podría haber encendido una luz, pero prefería permanecer a oscuras.

Paradójicamente, para ella las cosas parecían adquirir mayor claridad incluso en la más completa oscuridad.

Las distracciones de la vida quedaban filtradas por ella y te permitían concentrarte en lo esencial como si tu vida dependiera de ello, lo cual a menudo era así para Cain.

Levantó un tablón suelto del suelo y abrió la tapa de una cajita metálica que guardaba allí.

Metió el dinero dentro y volvió a colocar el tablón en su sitio.

En el suelo también había montones de libros apilados.

Todos habían sido sacados de bibliotecas, algunos con permiso, la mayoría sin él.

Pero los había leído todos, varias veces, así que ahí estaban.

Porque los libros eran para ser leídos, no para estar expuestos en una estantería a modo de decoración.

Se sentó en el colchón y se lio un porro.

Lo encendió, dio una larga calada y saboreó el humo mientras la noche se hacía más profunda y la hierba absorbía parte del dolor de la lucha.

A lo largo de los años había pasado por todas las drogas duras: coca, crack, meta, heroína, sintéticas, exóticas mezclas callejeras…

Hasta que un día casi la palma con una pastilla de oxicodona mezclada con fentanilo.

Hicieron falta tres nebulizaciones de naloxona para reanimarla, o al menos eso le contaron los técnicos de emergencias.

Después de aquello, lo dejó todo. No resultó fácil, pero había pasado por cosas mucho peores.

Y se dijo que no iba a permitir que ninguna otra mierda volviera a controlar su vida.

Se centró en aquel recuerdo de tantos años atrás.

«Ellos ya no te quieren —le había dicho el hombre aquella noche, cuando aún era una niñita con un nombre y una historia que ya no recordaba.

Y, al meterla dentro del coche, añadió—: Me han enviado aquí para llevarme a una de vosotras.

Tus padres me dijeron que os matara, pero no voy a hacerlo.

Voy a llevarte con otra familia, una que de verdad te quiere. Allí estarás a salvo».

Se acordaba de aquella pareja mayor, Len y Wanda Atkins.

El hombre la había llevado con ellos. Y, poco después, la entregaron a Joe y Desiree Atkins.

Había intentado con todas sus fuerzas olvidar lo que le habían hecho aquellos dos…

, bueno, sobre todo Desiree. Pero en realidad nunca lo había conseguido.

Una esclava. Eso era lo que había sido. Una esclava, una prisionera, un objeto de propiedad, un trozo de carne; había leído sobre todo ello en los libros. Y también que los negros habían sido esclavos en este país. Fuera cual fuese el término empleado, ella lo había sido.

¿Cuántos árboles había cortado para hacer leña?

¿Cuántos troncos había cargado, cuánta maleza había desbrozado?

¿Cuántos suelos y ventanas había frotado, cuántas veces había pasado la aspiradora, fregado los platos, cortado el césped, cuidado el jardín, podado los arbustos, quitado enredaderas y malas hierbas, pintado paredes, lavado ropa, limpiado retretes y fregaderos, hecho las camas, preparado comidas que nunca eran para ella?

¿Con cuántos trastos había tenido que cargar de aquí para allá, cuántas órdenes de «¡Haz esto o haz lo otro, AHORA !

» había tenido que cumplir solo porque ellos se lo ordenaban?

Había leído el cuento de la Cenicienta.

«Yo era ella, solo que nunca encontré un príncipe. Y mis pies eran demasiado grandes para zapatitos de cristal».

El ser humano podía ser realmente gracioso, aunque de una manera nada divertida.

Siguió creciendo y creciendo. Sus padres debían de haber sido muy altos, aunque ella no lo recordaba.

Y el tipo de vida que la obligaban a llevar la había hecho fuerte: podría levantar un camión y poseía un grado de resistencia increíble; era capaz de trabajar durante días sin descanso y sin apenas notarlo.

Y su cuerpo no tenía ni una pizca de grasa, porque la alimentaban lo justo para que estuviera siempre hambrienta.

¿Y su tolerancia al dolor? ¿Cómo había podido soportar todos los golpes de esa noche?

Porque el castigo sufrido había sido muy doloroso, sí, pero nada comparado con lo que había tenido que soportar en el pasado.

A Desiree le encantaba quemar cosas. Perros, gatos… Pero sobre todo quemarla a ella.

Llevar aquella vida tan terrible también la había hecho mentalmente más fuerte.

Todos los días lo mismo. Primero encerrada en aquel cuarto de la casa.

Y después su último destino, aquella pequeña prisión en la cueva del bosque.

Otro cuento infantil en el que ahora había también un monstruo.

La cadena. El olor a tierra y podredumbre.

Debía estar muy centrada para sobrevivir a aquello.

Y practicar juegos mentales para no perder la cordura.

Se obsesionó con cosas mundanas para poder enterrar la absurdez de su existencia en el agujero negro de su mente, y se dedicó a entretenerla con minucias: contar los segundos, observar el goteo del agua, ordenar su andrajosa ropa en las mugrientas perchas, decidir con total precisión dónde practicar el primer corte en una rama de árbol.

Contemplar a un cervatillo que la conmovió hasta las lágrimas, o atisbar a un halcón elevándose en las corrientes de aire y disfrutando de las mejores vistas de todo el condado.

Un ave que era infinitamente más libre que ella.

Cada día que seguía con vida para ver salir y ponerse el sol suponía un enorme triunfo para ella.

Y todo gracias a aquellas pequeñas nimiedades, porque las grandes cosas de la vida le habían sido negadas.

Los largos días y las largas noches de trabajo, los golpes en la puerta para llevarle sus dos comidas diarias.

La mujer con la bandeja, y el hombre al fondo con la escopeta.

Porque ella había crecido hasta ser mucho más grande que ellos dos.

Ellos le tenían miedo; podía apreciarlo en sus ojos muy abiertos, en cómo Joe agarraba el arma, en cómo se le hinchaba la vena de la sien cuando la puerta, aquella maldita puerta, permanecía abierta.

Nunca veía a otras personas que no fueran el asustadizo Joe y la cruel Desiree de ojos desquiciados, y de vez en cuando a Len y Wanda, que venían con cara triste y se iban con cara aún más triste.

Cain había pasado de ser una niña aterrada a una joven de mirada fría.

Era una prisionera, aunque nunca había sido juzgada ni condenada.

Hasta que llegó aquel día.

La fuga, planificada con sumo cuidado. Ella los había distraído.

Joe se había olvidado de cerrar el candado, algo que había hecho a diario durante años.

Cain sonrió al pensar en ello. Sabía lo de la cámara.

Pero esperó a que hubieran vuelto a la casa, contando mentalmente las zancadas.

Conocía su rutina mejor que ellos mismos, porque ellos tenían toda una vida aparte en la que pensar y ella no.

Cain solo tenía aquella. Entonces embistió la puerta con todas sus fuerzas, y era muy fuerte, como un león, como un león salvaje que estaba a punto de liberarse después de años de cautividad.

«Más os vale huir cagando leches, humanos, porque lo que va a ir a por vosotros no es algo humano. El monstruo del cuento se va a liberar esta noche, cabrones».

Y siguió arremetiendo contra la puerta, una y otra y otra vez, y entonces…

«Libertad».

Dio otra calada al porro, aspiró con fuerza el humo y abrió la pequeña nevera que había encontrado en un vertedero y que había reparado y limpiado.

Sacó una Budweiser, tiró de la anilla y bebió con ganas, aunque la cerveza le irritaba el labio reventado.

Se presionó la lata fría contra la boca y luego contra el oblicuo.

La zorra de la mandíbula rota le había atizado de lo lindo.

Volvió a recordar aquella noche, embistiendo la puerta hasta alcanzar la libertad, sin saber adónde iría.

Aunque eso no le importaba en absoluto. No después de todos aquellos años.

Y, de pronto, allí estaba Joe Atkins, apareciendo en su campo de visión como el gran y malvado hombre del saco.

Solo que ella era más grande y malvada de lo que Joe lo sería nunca.

Él no era más que un mosquito al que aplastar.

Levantó la lata hasta ponerla boca abajo y apurar la cerveza, se secó la barbilla y acto seguido apagó la punta del porro con dos dedos, guardándose el resto para más tarde.

Aspiró el humo con olor a hierba que flotaba en el aire, como minúsculos jirones de nubes en su habitación, con el beneficio añadido de que la ayudaban a colocarse un poco más.

Sí, Joe había estado allí. Y luego, de pronto, ya no estaba.

«Aplastado. Libertad».

Se tumbó boca arriba en el colchón, dio un par de patadas para quitarse las chanclas y agitó los largos dedos.

Tenía dinero y una tarjeta de crédito que rara vez usaba. Tenía un lugar donde vivir y un coche para desplazarse. Tenía trabajos que hacer, cosillas que le salían. No todo era legal, pero ¿y qué? Nada de lo que le habían hecho a ella lo había sido.

Supervivencia. Se quedó dormida pensando solo en eso. Al igual que prácticamente todas las noches.

Eso no le hacía sentirse mejor ni peor. Pero al menos le provocaba alguna emoción.

«Aleluya, El, has sobrevivido un día más. Y ahora duérmete y prepárate para mañana… Si es que llega».