El desafío final (Atlee Pine 4) Capítulo 8
10%

Capítulo 8

En el sórdido y mugriento lavabo que ni siquiera tenía ducha, Cain se despojó de sus prendas sudadas y se pasó una toalla húmeda y enjabonada por el cuerpo para quitarse el hedor y la sangre, tanto de ella como de su oponente.

Los cortes y moratones de la cara no eran nada; acabarían sanando.

Después, bajo la cruda luz intermitente de los tubos fluorescentes que tan de moda estaban hacía medio siglo, echó un rápido vistazo en el espejo resquebrajado a su esbelto cuerpo desnudo.

«Solo lo mejor para esta chica».

No había un solo tatuaje en su piel. No los necesitaba.

Tenía cicatrices, quemaduras, bultos, tajos profundos y dolorosos de cuchillo y otras marcas que la desfiguraban; todas estaban allí, grabadas a mano.

No puso ninguna mueca de resentimiento ni de repugnancia ante la visión de aquellas viejas heridas; al contrario, sonrió con aire triunfal.

«He sobrevivido a todas ellas».

Esa había sido siempre su actitud. Podías hacerle todo el mal que quisieras que ella seguiría ahí en pie, aunque tú ya no estuvieras. Y si ya no estabas, mejor para ella.

Cain se pasó una mano por el incipiente pelo oscuro, tan corto que casi se veía el cuero cabelludo.

Se lo había cortado el año anterior. Debería haberlo hecho mucho antes.

El cabello largo siempre la había fastidiado.

Así había sido desde que podía recordar, aunque en realidad no lo recordaba todo.

Porque en su memoria había vacíos, lagunas, espacios en blanco.

Hubo un momento en que quiso llenarlos todos, pero ahora agradecía que siguieran estando ahí.

No le interesaba averiguar nada sobre su pasado, porque ¿qué sentido tenía?

Lo único que contaba era el día de hoy, el de mañana y el siguiente.

Y, en este momento, ella acababa de ganar mil dólares.

Así que hoy era uno de esos grandes días como no había tenido en mucho tiempo.

A Cain ya se le había desbloqueado el rotador y, tras haberse aplicado hielo en las zonas más castigadas y ungüento en los cortes, se puso unas bragas y un sujetador, unos vaqueros descoloridos y una sudadera muy vieja.

Por último, embutió los pies en unas chanclas, aunque fuera hacía frío.

Con el dinero del premio se compraría un calzado más decente, algo informal, aunque costaba mucho encontrar modelos del cuarenta y siete y ancho extra que no parecieran zapatones de payasos.

De una taquilla cerrada con candado, sacó la pulcra Glock 19 de quince disparos y acabado negro mate que siempre llevaba consigo a este tipo de combates, y se la enganchó con el clip al cinturón.

Guardó el resto de sus cosas en una pequeña bolsa de lona, se la colgó al hombro y fue a buscar sus ganancias.

Quien debía dárselas era un hombre bajito y flaco con un traje barato y arrugado, mirada dura y acerada, y un bigote que no paraba de agitarse como si en su interior hubiera algo vivo.

Estaba en el pasillo que había al lado de donde se acababa de celebrar el combate.

De sus labios colgaba un cigarrillo sin encender, como si se lo hubiera pensado mejor.

Todo el mundo se había marchado ya. Estaban solos ella y él, y Cain quería zanjar aquello cuanto antes.

Un hombre, una mujer y una entrega de dinero en un lugar aislado y solitario era siempre una combinación complicada.

Ella tendió la mano.

—Acabemos con esto, Sam. Mañana tengo que madrugar.

El tipo sacó un sobre gastado del bolsillo interior de la chaqueta y lo sostuvo en alto con gesto provocador.

—Le has dado de lo lindo, El. Pero esa tía es lista. Sabrá salir de esta. Y, a diferencia de ti, llegará lejos.

Cain no picó el anzuelo, más que nada porque aquello le traía sin cuidado.

—Ahora mismo el único sitio al que ha llegado esa pobre es al hospital donde permanecerá en observación por la conmoción cerebral y le repararán la mandíbula con alambres. Si tan lista es, debería apuntarse a clases de programación y pasar de ti y de toda esta mierda.

Dejó la bolsa en el suelo, agarró el sobre y lo abrió.

—Está todo —dijo Sam—. ¿Crees que te engañaría?

—Sí, lo creo. No sería la primera vez.

—Eso era antes.

—¿Antes de qué? —Cain lo pilló mirando la Glock y dijo—: Alabado sea el Señor por la portación de armas a la vista y la no comprobación de antecedentes. Es cuanto necesita una chica para que no la jodan los capullos como tú.

—Cierto —repuso él con una sonrisa despectiva—. ¿Tendrías problemas para pasar una comprobación de antecedentes, El?

Ella acabó de contar el dinero y lo guardó en la bolsa.

—Los mismos que tú, Sam.

—Has hecho que unos pocos tíos ganen un montón de pasta esta noche. La mayoría apostaron en tu contra.

—Ah, pues son imbéciles.

—Hace mucho que pasó tu momento, El. Tal vez si te lo hubieras tomado en serio hace diez años…

Lo de esta noche ha sido un golpe de suerte.

Ella te habría ganado fácilmente por decisión arbitral, y hasta ha estado a punto de noquearte.

En los dos primeros asaltos iba muy por delante, y en el tercero, cuando se te trabó el hombro, se disponía ya a rematarte. Debes reconocer que es mejor que tú.

—¿Y tú qué sabes de todo eso, Sam? Nunca te has subido a un ring, ¿verdad que no? Para eso hacen falta muchas cosas que tú nunca tendrás. —Le miró la entrepierna—. Para empezar, unas pelotas que sean más grandes que unos cacahuetes.

El tipo no pareció escucharla. La recorría con la mirada de arriba abajo.

—¿Sabes? Si te arreglaras un poco, te trataras todas esas marcas asquerosas que te desfiguran la piel, te pusieras de vez en cuando algo de ropa decente, no te raparas la cabeza como una skinhead drogata y te comportaras por unas horas como una chica y no como un perro de presa, hasta podrías resultar atractiva para un tío.

Si hicieras todo eso, tal vez tú y yo podríamos pasar un buen rato.

Puedo ser muy bueno con la chica apropiada. —Y le acarició un brazo.

En un abrir y cerrar de ojos, Sam estaba estampado contra la pared, con el cañón de la Glock clavado en la mejilla.

—Como vuelvas a intentar ponerme una mano encima… —Deslizó la corredera para cargar una bala en la recámara, y apretó con tanta fuerza el cañón que se le hundió en el hueso de la mandíbula.

—¡Estás como una puta cabra, zorra! —gritó Sam, aterrorizado.

—Y que nunca se te olvide. —Cain se apartó y volvió a guardarse la pistola. Luego cogió la bolsa y se marchó.

En el aparcamiento firmó unos cuantos autógrafos para algunos rezagados que iban tan puestos que posiblemente ni sabían quién era.

Después Cain se montó en su abollado Honda Civic de los años noventa, de dos puertas y portón trasero, y con tantos kilómetros a sus espaldas que podría haber dado la vuelta al mundo unas diez veces.

A lo largo de los años, ese coche también le había servido a menudo como hogar mientras recorría el país de aquí para allá.

«Mi viejo y buen coche —pensó Cain mientras lo arrancaba—. No sé qué habría hecho sin ti». Dio unas palmaditas al salpicadero como si fuera un viejo amigo. Cuando no tienes muchos, a veces un coche puede cumplir muy bien ese papel.

El trayecto no duró mucho, ya que Cain vivía en un área cercana que aún no había sido gentrificada. Suponía que era porque había demasiados indeseables en la zona.

«Incluida yo misma».