Capítulo 7
Las dos mujeres se lanzaron hacia delante y se encontraron de nuevo en el centro del ring, con las fosas nasales muy abiertas, las extremidades flexionadas rígidamente y una expresión asesina en la mirada, entre el rugido de la multitud que se intensificaba y las viejas y oxidadas entrañas de la fábrica alzándose a su espalda.
Toda la escena quedaba reforzada por una música atronadora, con Eye of the Tiger sonando en bucle una y otra vez.
También encendieron unas luces estroboscópicas muy setenteras y una máquina de humo que ya empezaba a perder fuelle.
Era la vulgaridad llevada a un nuevo nivel de cutrez, algo que a todos los allí presentes parecía encantarles, salvo a las dos mujeres que estaban a punto de enzarzarse en una cruenta batalla.
Ellas tenían otras cosas en mente, como la supervivencia. Y el dinero.
Mientras aumentaba el estruendo de la muchedumbre, Cain y su adversaria se tomaron unos segundos para tantearse.
Cain le propinó un directo y una patada rápida para calibrar los movimientos, la fuerza, el grado de habilidad y el tiempo de reacción de su oponente.
Esta hizo lo mismo y logró conectar un golpe seco en el oblicuo izquierdo de Cain, quien hizo retroceder a la otra lanzando una patada en su dirección.
Sin embargo, no logró estirar al máximo su larga pierna.
Cain recibió un derechazo en la barbilla y un rodillazo en el otro oblicuo.
Ambos golpes dolieron. Tuvo que reconocer que la chavala era más rápida que ella, y que su contracción muscular era también superior; nada de eso le resultó del todo inesperado.
Además, era consciente de que la otra no se estaba empleando al máximo, todavía no.
Y que tenía potencial de sobra para noquearla, eso estaba más que claro.
Cain simuló un directo con la izquierda y luego le lanzó un gancho de derecha que impactó en su estómago.
Pero sus abdominales eran de piedra. No le había hecho ningún daño, no de verdad.
Cain observó cómo el impacto le hacía exhalar un breve resoplido, como el aire que escapa al explotar un globo.
Pero su mirada permaneció impasible, y su expresión dio a entender que estaba aún más segura de su victoria.
Parecía creer que su contrincante había empleado toda su fuerza en ese golpe.
Pero los brazos eran las extremidades débiles.
Cain sabía muy bien que la verdadera fuerza, la potencia real para noquear, residía en la parte inferior del cuerpo.
Transcurrieron dos asaltos, con cientos de golpes, patadas y rodillazos lanzados y recibidos dolorosamente, y con gran profusión de sudor y sangre.
Y hubo aún más sangre y mucho más sudor mientras sus cuerpos chocaban y se apartaban y volvían a embestir una y otra vez como osos grises intentando destrozarse.
El suelo de hormigón enseguida quedó cubierto de las manchas de sangre y sudor de las dos púgiles, y el constante movimiento de sus pies desnudos las fue difuminando y emborronando hasta crear unos trazos caóticos y demenciales que recordaban a una de las tempranas obras maestras de Jackson Pollock.
Hematomas y moratones violáceos cubrían sus brazos, piernas y torsos, y ambas mujeres tenían la cara llena de cortes.
No te dedicas a esto si te importa mucho tu aspecto.
Un golpe de antebrazo en la nariz o una patada en la barbilla podían llevarte directamente al suelo, no a la portada de una revista.
Durante un breve forcejeo trabado, Cain provocó a su rival mascullando a través del protector bucal:
—Vamos, chica. Se supone que eres la próxima gran estrella. Y aún no me has derribado ni una sola vez, cariñito.
Su cabreada oponente trató de hacerle una llave de brazo, pero Cain la empujó con brusquedad y solo recibió un gruñido a cambio.
Entonces la otra se abalanzó hacia delante y le asestó un fuerte golpe en la cabeza.
Cain se tambaleó hacia atrás un tanto aturdida, pero no lo bastante indefensa como para animar a su oponente a volver a embestir a fin de tirarla al suelo y empezar a golpearla frenéticamente una y otra vez hasta que el árbitro interviniera para poner fin a la pelea.
Y, conociendo al tipo, seguro que lo hacía de inmediato para que Cain no pudiera embolsarse los mil dólares.
«Pues no va a ser esta noche, capullo».
Pero, justo en ese momento, el rotador se le agarrotó, impidiéndole levantar lo suficiente el brazo para protegerse la cara; el dolor se reflejó con claridad en sus facciones. La otra lo notó al instante y se aprestó a entrar a matar.
Comenzó a golpearla con todas sus fuerzas, sus puños moviéndose tan rápido que Cain apenas podía verlos, mucho menos bloquearlos.
Un golpe cruzado le dio en un lado de la cara, haciendo que se tambaleara, y un gancho lateral le impactó en el otro.
Un gancho ascendente le alcanzó en la barbilla y Cain trastabilló hacia atrás, mientras trataba de recomponerse y desbloquear el rotador.
Entonces su oponente cometió un error, y eso era todo lo que hacía falta dentro de una jaula de combate.
El error fue retroceder y dejar caer un poco los brazos, creyendo que se encontraba fuera del alcance de Cain.
La mujer estaba recuperando el resuello después de la avalancha de golpes y tomándose su tiempo para decidir la mejor manera de noquear a su adversaria, en lo que anticipaba ya como la conclusión inevitable del combate.
Sin embargo, durante toda la pelea Cain había estado reduciendo de manera intencionada el alcance de sus movimientos hasta llegar a ese instante.
Después de un minuto o así de tanteo, incluso las competidoras de este nivel podían medir mentalmente hasta el último milímetro del ring y encajar en él el radio de alcance de las maniobras de su adversaria.
Aunque estos cálculos no funcionaban si la otra solo te dejaba ver lo que quería que vieras.
Y con cada patada que había lanzado, Cain había hecho justo eso, reducir de forma metódica sus movimientos para que su oponente no viera el alcance total de los mismos, lo cual resultó ser sin duda una estrategia fundamental.
Y ahora, cuando el manguito rotador le falló de nuevo, había llegado el momento de revelar todo su potencial.
El entrenador de la otra, más experto en este tipo de lides que su protegida, y habiendo visto pelear antes a Cain, lanzó un grito de advertencia a través de la malla metálica.
Pero su luchadora no lo pudo escuchar, ya que llegó un segundo después de que Cain estampara su pie del cuarenta y siete, duro como una rama de árbol, en la barbilla de la mujer.
Incluso a través del rugido de la multitud, todos pudieron oír el ruido, como el de una sandía al estrellarse contra el pavimento, de la mandíbula desencajándose ante el impacto del pie.
La fuerza brutal de la patada levantó unos centímetros del suelo a la joven luchadora, su cabeza sacudiéndose con un brusco latigazo para el que no estaba preparada ninguna cabeza humana.
Y, cuando volvió a bajar, la mujer cayó desplomada sobre el hormigón como un tronco abatido por la sierra mecánica, totalmente inconsciente.
Lo único que pudo hacer el árbitro fue agacharse y comprobar que al lánguido cuerpo no le quedaba ni un ápice de la capacidad necesaria para seguir luchando.
Declaró el combate finalizado a los dos minutos y treinta y cuatro segundos del tercer y último asalto.
Entre la multitud se oyeron más gruñidos de descontento que vítores de alegría.
Estaba claro que la mayoría había apostado a que Cain acabaría besando la lona de hormigón.
La luchadora caída fue reanimada unos segundos mediante una cápsula de inhalador de amoniaco, la levantaron a duras penas y permaneció allí en pie, sostenida por su cabreadísimo entrenador, mientras, a regañadientes, el árbitro alzaba el brazo de Cain para anunciar su victoria.
Acto seguido, la otra mujer volvió a desplomarse y tuvieron que sacarla del ring en una camilla.
Con la sangre chorreándole por la cara y cayéndole por la nariz, Cain salió en tromba del cuadrilátero sin hablar con nadie. Tampoco tenía nada que decir, ni nadie a quien decírselo.
Solo quería su maldito dinero.