Capítulo 6
Cuando la mujer se levantó del maltratado taburete de madera, se alzó cual estatua de más de metro ochenta sobre sus grandes pies descalzos.
Flexionó la mano derecha y luego la izquierda.
Tenía los dedos fuertes y encallecidos, como el resto de su cuerpo.
Sintió chasquidos, punzadas y crujidos mientras huesos y cartílagos se ajustaban de nuevo a los espacios y cavidades que les correspondían; otros elementos más rebeldes se negaban a recolocarse por completo, pero poco a poco recuperaban a regañadientes la normalidad.
Estiró su largo y musculado cuello, haciéndolo girar primero a un lado y luego al otro.
Proyectó sus hombros esculpidos para separarlos del cuello, y sus tirantes trapecios y deltoides se lo agradecieron de inmediato al notar cómo la tensión se aliviaba de forma palpable.
Llevaba un raído top deportivo negro, con el desvaído logo de Nike y un protector de pecho debajo, junto con unos shorts de licra de un negro también descolorido. Ambas piezas de compresión ceñían de forma muy marcada su físico esbelto, musculoso y lleno de cicatrices.
El hombre bajito y delgado que estaba frente a ella la ayudó a enfundarse los guantes, y luego procedió a masajearle los largos y fibrosos brazos.
—¿Preparada? —le preguntó, alzando la vista para mirarla a la cara.
Ella lo miró frunciendo el ceño.
—Estoy aquí, ¿no, Jerry? ¿Tú qué cojones crees?
El hombre le embutió el protector bucal y luego se persignó. Siempre lo hacía, algo que la sacaba por completo de quicio.
—¿Para quién te persignas, tío?, ¿para tu corredor de apuestas? —masculló con el protector bucal puesto.
—Nos vemos al otro lado, El —dijo Jerry, y salió a toda prisa del ring.
Eloise «El» Cain empezaba a ser un poco mayor para lo que estaba a punto de hacer, pero solo lo hacía cuando necesitaba mucho el dinero.
Su contrincante de esa noche era unos diez centímetros más baja que ella, pero era un auténtico toro; pesaría algo más de ochenta y cinco kilos, unos cinco más que la altísima Cain.
Y, al igual que esta, era casi toda hueso, cartílago y músculo distribuidos por sus anchos hombros, su torso fibroso, sus abdominales como hileras de ladrillos apilados, sus muslos recios como barriles, sus glúteos musculosos y sus pantorrillas de dureza diamantina.
Podría machacar al 99 por ciento de los tíos que estaban allí mirando, y hacérselas pasar canutas al 1 por ciento restante.
Su técnica no tenía mucho misterio: podía pelear incansablemente todo el día, su cuerpo absorbía cualquier castigo por duro que fuese, y sus cuatro extremidades poseían una fuerza demoledora.
Tendría unos doce años menos que Cain, y muchos pensaban que llegaría muy lejos en el mundo de las artes marciales mixtas.
Las únicas dudas eran su inteligencia táctica y su fortaleza mental.
Y el hecho de que, en la organización de la UFC, las competiciones femeninas tuvieran su límite en los 65,8 kg del peso pluma.
Cain siempre había pensado que eso eran mierdas sexistas.
Ahí fuera había mujeres que podían luchar contra los mejores de ellos.
Dentro de la UFC, los hombres podían competir en categorías de mayor peso, así que ¿por qué se descartaba a las mujeres más corpulentas?
Quizá deberían crear su propia liga, o dar el salto al mundo del boxeo, donde las mujeres podían competir en categorías mayores.
Pero, en definitiva, nada de aquello era justo, pensaba Cain, y como siempre ocurría en el terreno deportivo, las mujeres llevaban las de perder.
Su oponente tenía más tatuajes que piel sin marcar, observó Cain. Y el tema general de su arte pictórico parecía ser la muerte violenta, seguida muy de cerca por la tortura sadomasoquista.
Cain sabía que la joven estaba allí para apuntarse otra muesca victoriosa en su cinturón mientras se abría paso en el mundo de las artes marciales mixtas.
«Bueno, puede que yo tenga unos planes distintos para ti».
Desde luego, aquella no iba a ser la gran oportunidad que la joven luchadora buscaba.
No era un combate en jaula retransmitido por televisión de pago.
Ni rastro de estrellas como Ronda Rousey, Holly Holm o Cris Cyborg.
Nada de pagos millonarios ni rutilantes contratos publicitarios.
Aquello era algo más pequeño, a nivel local.
Aun así, la ruidosa y beoda concurrencia ascendía a más de doscientos espectadores, y la excitación ante lo que estaban a punto de presenciar era más que palpable.
El espacio era una vieja factoría donde los habitantes de la zona solían fabricar cosas antes de que el mundo cambiara y el país dejara de manufacturar y producir.
La fábrica era ahora una reliquia destartalada que se utilizaba para multitud de propósitos, ninguno de ellos autorizado y algunos directamente ilegales.
Pero ¿quién iba a negarles a los chicos un poco de diversión y la posibilidad de sacarse un dinerillo extra?
«Y yo también me puedo ganar mi pequeño caldero de oro esta noche».
El premio oficial era de cinco mil dólares.
Si ganaba, Cain percibiría solo uno de esos miles.
La que perdiera se embolsaría trescientos pavos limpios por dejar que le machacaran los sesos.
Así eran las cosas a ese nivel. Tal como Cain lo veía, se trataba básicamente de reventar a alguien y que ese alguien te reventara a ti mientras la peña se ponía ciega de hierba y cerveza, gritando y jaleando.
El resto del dinero iba a parar a una serie de machos de la cadena alimentaria que no aportaban nada, no asumían ningún riesgo y no movían un solo dedo.
Pero tenían poder e influencia, así que se sacaban su tajada.
Y, con todo, la posibilidad de ganarse mil dólares por unas horas de trabajo era incentivo más que suficiente para que Cain estuviera ahí esa noche, con el protector en la boca, los guantes en los puños, la estrategia planificada y la adrenalina subiendo.
Las luchadoras se encontraron en el centro de un improvisado ring, formado por unos postes cementados dentro de unas enormes llantas de tráiler para mantenerlos derechos.
Entre los postes se extendía una malla alambrada de casi tres metros de alto, con una puerta provista de candado.
A diferencia del ring octogonal de la UFC, aquí la alambrada no estaba revestida con un vinilo suave y los postes no tenían un recubrimiento protector de seguridad.
Si te estampaban contra ellos, no resultaría muy agradable.
Y lo mismo podía decirse de los golpes bruscos contra el suelo, que no era de lona mullida, sino de hormigón.
Sin embargo, a Cain no le importaba. Todo aquello era una nimiedad en comparación con algunos de los trances que había tenido que soportar en la vida, aunque la puerta cerrada siempre le causaba desasosiego.
No obstante, de ser necesario, podía trepar por la valla.
Cain observó a su oponente, que clavaba en ella su intimidatoria versión de mirada inexpresiva, tan diferente de la de los hombres.
Mientras que los varones testosterónicos siempre exageraban su poder y habilidades en este tipo de duelos psicológicos, las mujeres no solían regodearse en el terrible daño que estaban a punto de causarte.
—Ni lo sueñes, cielo —dijo Cain, respondiendo a la mirada inexpresiva con una amplia sonrisa, que pareció cabrear de veras a la otra.
«Si consigo meterme en tu cabeza, mucho mejor».
El combate era a tres asaltos de cinco minutos, a menos que una de las contendientes fuera noqueada o ya no fuera capaz de seguir defendiéndose.
Cain nunca había perdido por KO, aunque siempre cabía esa posibilidad.
El reducido número de asaltos implicaba que el combate se libraría con la máxima intensidad desde el principio.
No había lugar para las medias tintas en ese ring de carnicería humana.
La muchedumbre quería castigo y sangre en abundancia.
Era como ver la NFL, algo mucho más americano de lo que el béisbol o la tarta de manzana lo serían nunca.
Los duros y despiadados ganaban, y el resto eran unos perdedores.
Dentro de esa prisión temporal cuya condena máxima no duraba más de quince minutos, las únicas personas que había eran las dos luchadoras y el árbitro.
Este era un tipo corpulento y arrogante, con una merecida fama de ser un misógino asqueroso que no tenía reparos en manosear a una chica que había sido derribada y/o quedado inconsciente.
Lo había intentado en el transcurso de un combate con una Cain momentáneamente aturdida, quien le había manifestado su desaprobación casi arrancándole un dedo de un mordisco.
Nunca había vuelto a intentarlo con ella, pero Cain no tenía muchas esperanzas de que esa noche tomara alguna decisión justa a su favor.
Sin embargo, Cain tampoco las tenía todas consigo. Arrastraba una serie de lesiones que no habían sanado como deberían, incluido un manguito rotador que se agarrotaba cuando más lo necesitaba. Y entonces su oponente no necesitaría mucho para derribarla de un golpe y dejarla fuera de combate.
El árbitro les dio unas breves instrucciones y fulminó a Cain con la mirada mientras agitaba su índice ya dañado para siempre. Las damas retrocedieron unos pasos, esperando el inicio del combate, que llegó al cabo de unos segundos mediante un bocinazo estridente. Y empezó la pelea.