El desafío final (Atlee Pine 4) Capítulo 5
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Capítulo 5

Pine conducía el Porsche mientras Blum hacía lo propio con el coche de alquiler para devolverlo a la agencia del aeropuerto.

Después, las dos se dirigieron al ático de Jack Lineberry situado en el centro de Atlanta.

Pine ya había estado allí antes, tomando una copa con Lineberry, pero para Blum era la primera vez.

—¡Santo cielo! —exclamó cuando las puertas del ascensor privado se abrieron directamente al vestíbulo del lujoso ático—. Esto parece salido de un sueño.

—Sí, lo sé —dijo Pine en tono sombrío.

Blum se la quedó mirando.

—Venga ya, agente Pine. Esto es mucho mejor que el motel en el que estuvimos la última vez. La calefacción no funcionaba y apenas salía un chorrito de agua de la ducha.

—Jack ya nos dejó quedarnos en su apartamento de Nueva York. Y ahora conducimos su Porsche y nos alojamos aquí, y también podemos usar su jet privado. Y encima quiere legarme todo su dinero y…

—Sí, me da mucha pena que tengas que afrontar todo eso —dijo Blum con una mirada que la hizo avergonzarse.

Pine soltó un suspiro.

—Lo sé, lo sé, Carol. La gran mayoría se sentiría como si le hubiera tocado la lotería.

—Pero tú no eres como la mayoría de la gente —dijo Blum, poniéndose seria.

—No me importan todas estas cosas. Nunca me han importado. Mi pequeño apartamento en Shattered Rock es perfecto para mí. Y tengo mi magnífico Mustang descapotable del 67. Es todo lo que necesito. A mí no me va lo de volar en un jet privado.

—Me parece muy bien. Pero, como Jack ha dicho, utilicemos todo lo que nos ha ofrecido para poder llegar cuanto antes a donde tenemos que ir.

—Vale, de acuerdo.

Blum se miró el reloj.

—Ya es hora de cenar. Como le hemos dado libre al «servicio», ¿debería meterme en lo que sin duda es una fabulosa cocina para preparar algo? Seguro que la nevera y el congelador están llenos hasta arriba.

Pine sacó la tarjeta de crédito del bolsillo.

—¿Y qué tal si te invito a cenar? Bueno, si te invita Jack.

El conserje del edificio les hizo algunas recomendaciones y, al final, se decidieron por un bistró francés al que se podía ir caminando.

Pidieron la cena y una botella de vino, y se pasaron dos horas sentadas a una mesa del fondo charlando de cosas banales.

Fue una sensación refrescante para Pine, pero también experimentó cierto remordimiento.

Últimamente había consagrado todo su tiempo a encontrar a Mercy.

Cualquier cosa que la apartara de su objetivo, por leve que fuera, la sentía como una traición a su hermana.

—Estamos haciendo progresos, agente Pine, pero también necesitamos tomarnos un respiro de vez en cuando —dijo Blum, que parecía haber leído los pensamientos de su amiga.

Pine asintió y paseó la mirada por el restaurante, observando a la gente que sin duda tenía sus propios problemas, quizá no tan terribles como el suyo, pero problemas al fin y al cabo.

Sin embargo, temía que, a pesar de los «progresos» que Blum había mencionado, su problema nunca pudiera resolverse, o solo pudiera llegar a su fin con el hallazgo del cuerpo de su hermana.

«¿Podrías soportarlo, Lee? Te dices a ti misma que podrías. Pero ¿acaso te estás mintiendo?».

Mientras caminaban de vuelta, Blum le preguntó:

—¿Vas a leer la carta esta noche?

Pine asintió.

—Sí. Tengo que hacerlo, aunque una parte de mí tenga miedo.

—Lo entiendo. Pero puede que contenga alguna pista.

—Puede —dijo Pine no muy convencida.

Una vez en el ático, se dio una larga ducha con agua muy caliente, se puso una camiseta y un pantalón de chándal y se metió en la cama.

Cogió la carta y se quedó mirando el sobre un rato.

Pasó un dedo por la preciosa letra cursiva de su madre, que le resultaba tan familiar.

Pine se recostó contra la almohada. De pronto se levantó, cogió su móvil y salió de la habitación.

Acto seguido se dirigió a la bodega que Lineberry le había mostrado en su anterior visita y eligió una botella de vino italiano.

Era de la misma cosecha que aquella que él le había servido la otra vez.

Pine pensó que necesitaría más alcohol para afrontar la lectura de la carta de su madre. Mucho más.

Salió a la terraza que rodeaba el ático por tres de sus lados.

El espacio estaba protegido por un panel de cristal que llegaba casi a la altura del pecho.

A su alrededor había muebles de mimbre resistentes a las inclemencias, maceteros con plantas de un verde precioso, fuentes y una gran brasero de exterior.

Era como encontrarse en el paraíso. Y Pine se sentía terriblemente culpable.

«Me pregunto dónde estará Mercy ahora mismo. Dudo mucho que esté en un sitio así».

Tras usar un mando a distancia para encender el brasero a gas encajado entre piedra y azulejos cerámicos texturizados, Pine optó por sentarse en el suelo. Se acercó al fuego y dejó el móvil a un lado. Luego abrió la botella, se sirvió una generosa copa de vino y dio un buen trago.

«Vale. No lo retrases más, Lee».

A veces se llamaba a sí misma por el nombre de su infancia.

Mercy tenía problemas para pronunciar «At-lee», así que empezó a llamarla simplemente «Lee».

Y el apelativo se le quedó hasta que Pine fue a la universidad.

Ahora daría lo que fuera por escuchar a su hermana llamarla una vez más por ese nombre.

Sacó la carta de dos páginas y la desdobló. Frunció el ceño al notar que le temblaba la mano. Dio otro sorbo de vino para calmar sus nervios. No funcionó.

«¡Venga! No es más que una estúpida carta».

Pero estaba claro que era mucho más que eso. Era el primer atisbo que iba a tener de lo que pensaba su madre cuando la abandonó tantos años atrás. Pine apuró la copa de vino y se sirvió otra.

«Vamos allá», se dijo, respirando hondo y reteniendo el aire en los pulmones, como si fuera a sumergirse bajo el agua.

Querido, Jack:

Una vez más has acudido en nuestro rescate, y Tim y yo no te podemos estar más agradecidos. Fue horrible, espantoso, lo que ocurrió en Virginia. Está claro que esa persona buscaba hacerme daño matando a Tim, o creía que yo tal vez estaría allí con él. Todavía tiemblo al pensar que casi lo pierdo.

Al leer aquello, Pine estuvo a punto de dejar la carta. No tenía ganas de saber cómo se sentía su madre al estar a punto de perder a su marido, cuando acababa de abandonar a su propia hija. Pero algo en su interior la obligó a continuar.

Y entonces ha llegado algo aún peor: tener que dejar a mi adorada Lee.

No puedo creer que esté siquiera escribiendo esto, Jack.

Después de que se llevaran a Mercy, lo cual fue por completo culpa mía, como ambos sabemos, Lee era lo único que me quedaba para seguir viviendo.

Sé que le exigía mucho y que, al mismo tiempo, había levantado un muro entre nosotras.

Sentía que si me acercaba demasiado a ella podría escapárseme algo que pudiera ponerla en peligro.

Y no quería hacerle eso a mi pequeña. Sentada junto a ella en aquella cama de hospital, sin saber si viviría o moriría, sin saber qué le había pasado a Mercy, mi mente simplemente se cerró.

No podía procesar otra cosa que no fuera la culpa tan merecida que sentía.

Cuando mis niñas más me necesitaban, no había estado allí.

No hay deber más sagrado para una madre, y yo lo incumplí miserablemente.

Ahora Lee se ha convertido en una joven de lo más inteligente y prometedora, de la que me siento muy orgullosa.

Y lo ha conseguido todo por sí misma. Sé que ella ve toda esta situación como si la hubiera excluido de mi vida, y eso no hace más que aumentar mi sentimiento de culpa.

Reprimir tu amor hacia alguien a quien quieres más que a tu propia vida es algo muy doloroso, Jack, terriblemente doloroso.

Pero ahora no puedo cambiar las cosas. De verdad no puedo.

La realidad es que, si Lee cree que ya no la quiero, no me echará de menos cuando me haya ido.

Al menos, eso espero. Ahora he conseguido una buena cantidad de dinero, no te diré exactamente cómo, pero descubrí algo acerca de alguien, y cuando confronté a esa persona resultó que yo estaba en lo cierto.

Ese dinero servirá para pagar la universidad de Lee y para que pueda vivir de forma desahogada durante bastante tiempo, y también nos proporcionará algo a Tim y a mí para poder seguir adelante.

Dejar a Lee es lo más difícil que voy a tener que hacer en mi vida, pero estoy convencida de que ahora ella podrá estar segura.

Cuando me reclutaste hace ya tantos años, yo era más joven de lo que Lee es ahora.

Y estaba muerta de miedo. No quería hacerlo, pero tú me mostraste todo lo bueno que saldría de aquello.

Y supongo que así ha sido. Para mucha gente.

Aunque no para la familia Pine. Yo lo asumí con todas sus consecuencias.

Y Tim también. Pero no fue así para Mercy y Lee.

Ellas no tuvieron opción. Lo único que sé es que, aunque Tim y yo estaremos juntos, voy a sentirme más sola de lo que me he sentido en toda mi vida.

Sin mis hijas, yo no soy nada. Pensaba que lo había sacrificado todo por ellas.

Pero, al final, es a ellas a las que he sacrificado.

Ninguna madre podría haberlo hecho peor de lo que yo lo he hecho.

Lo he hecho tan mal, que no merezco que me llamen madre, ya no.

Pienso en Mercy y en Lee todos los días, y lo haré hasta el día en que me muera.

Ellas dos eran mis pequeñas flores, y dejé que se marchitaran.

Sin embargo, pienso pasar el resto de mi vida tratando de compensarlas por todo lo que he hecho, por todas las malas decisiones que he tomado. Al menos voy a intentarlo.

Gracias por todo, Jack. Si alguna vez ves a Lee, por favor, no le hables de mí. No le digas nada que la ayude a desenterrar recuerdos que debería olvidar. No merezco la pena. Lo que necesita es seguir adelante con su vida y no mirar nunca atrás.

Y, al final, había firmado con su verdadero nombre, Amanda, y no como Julia.

Las lágrimas que habían caído de los ojos de Pine habían dejado manchas sobre el papel.

Releyó la carta tres veces más, y en cada una de esas lecturas se aferró a diferentes palabras y frases.

Finalmente dobló las hojas y las dejó a su lado, mientras la noche caía sobre el perfil urbano de Atlanta ya iluminado.

Su familia estaba ahí fuera en alguna parte, aunque lo cierto era que ahora los tres podrían estar muertos. Y si así era, encontrar sus tumbas, si es que siquiera las había, ¿sería suficiente para ella?

«No tengo respuesta para eso. Me es imposible saberlo».

En ese momento, su móvil emitió un zumbido. Miró la pantalla. Era un mensaje de John Puller.

Se sentó más derecha. Leonard Atkins estaba recibiendo ayuda de la Asociación de Veteranos. Y dicha ayuda iba dirigida a una dirección de Huntsville, Alabama, que Puller también había incluido en su mensaje. Pine buscó la ubicación en Google. Estaba a unas tres horas y media en coche desde Atlanta.

Volvió adentro y se acostó.

Su último pensamiento antes de quedarse dormida fue: «No te rindas, Atlee. Sigue luchando sin descanso todos los días, y al final lo conseguirás. Los encontrarás, de un modo u otro».