El desafío final (Atlee Pine 4) Capítulo 4
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Capítulo 4

La finca de Jack Lineberry se encontraba a una hora al sur de Atlanta.

El hombre había amasado una inmensa fortuna en el mundo de las finanzas y, además de su residencia principal, poseía un gran ático en Atlanta y un apartamento en Nueva York, así como un jet privado.

Gozaba de un estilo de vida que la gran mayoría soñaría con llevar. No era el caso de Pine.

«Si necesitas tantos juguetitos para disfrutar de la vida, es que aún sigues siendo un niño».

Habían llamado con antelación para ir a visitarlo. Tras anunciar su llegada en la verja de entrada, accedieron a la finca y una doncella las acompañó hasta el dormitorio de Lineberry. La mujer les contó que estaba en la cama, lo cual alarmó a Pine, ya que por la tarde se encontraba bien.

Entraron en la habitación y la doncella se marchó. El espacio se hallaba a oscuras y excesivamente caldeado, con todas las persianas bajadas. Era como un sepulcro con moqueta y papel pintado, en el que además había gente viva. El efecto exasperó a Pine.

—¿Jack? —dijo.

Una figura se removió en la cama. Lineberry, enfundado en un pijama, trató de incorporarse a duras penas hasta que al final logró sentarse.

Pine y Blum se acercaron. La expresión de las mujeres delató su alarma al ver el estado en que se encontraba el hombre.

Parecía que hubiera envejecido veinte años desde la última vez que lo vieron.

Lineberry era un sexagenario alto y apuesto, pero ahora se le veía encogido, consumido, frágil y, lo más preocupante, sin ganas de vivir.

—Jack… —dijo Blum—, ¿qué te ha pasado?

Él la miró con unos ojos cansados y enrojecidos, arrugando un ceño de irritación que rayaba en la ira.

—No me ha pasado… nada. Estoy… bien.

—No pareces estar bien —dijo Pine con brusquedad—. No lo pareces para nada.

—Esa es tu opinión —repuso él en tono hosco.

—Sería la opinión de cualquiera con dos dedos de frente —replicó ella.

—Me dispararon, Atlee. No es como si hubiera pasado una gripe. Nadie sale como si tal cosa de algo así. Y menos alguien de mi edad.

—Ya, entiendo —dijo Pine, antes de mirar a Blum—. Y quería decirte que me comporté de forma espantosa la última vez que estuve aquí.

—Tenías todo el derecho a enfadarte como lo hiciste. De hecho, hasta sentí que salía bien librado.

—No hagas esto más difícil poniéndote en plan caballeroso —repuso ella con más ligereza.

Lineberry alzó una mano antes de que ella pudiera seguir.

—He estado pensando mucho, Atlee. A estas alturas de mi vida, es imperativo hacerlo.

—¿Pensando en qué? —preguntó ella con sequedad, ya que no le gustaba su tono fatalista.

—En ti y en Mercy, en tu madre y en Tim. Y, por último, en mí.

Pine acercó una silla a la cama y se sentó.

—¿Y a qué conclusión has llegado?

Una parte de ella no quería saber la respuesta, pero en la vida tienes que escuchar también las cosas que no quieres oír, tal vez más que todo lo demás.

—Bueno, en primer lugar, he decidido que voy a dejároslo todo a Mercy y a ti.

Pine negó al momento con la cabeza, echándose hacia atrás al oír sus palabras.

—Jack, yo no…

—Por favor, escucha. Por favor… ¡Es importante!

Ella volvió a mirar a Blum, que asintió con expresión suplicante.

Entonces Pine se recostó en la silla, cruzó los brazos sobre el pecho y, con gesto obstinado, dijo:

—Vale, te escucho. Pero eso no significa que esté de acuerdo contigo.

—Soy tu padre y el de Mercy. Eso hace que tenga ciertas responsabilidades respecto a vosotras, ninguna de las cuales he asumido hasta el momento.

—Tú no sabías dónde…

Él la interrumpió.

—Sabía más de lo que dejaba ver. Y lo que no sabía podría haberlo averiguado. El caso es que me he comportado de forma abominable en toda esta historia. Dudo mucho que ningún hombre haya sido un padre peor.

Se le veía tan angustiado que Pine notó cómo la ira que sentía hacia él empezaba a desvanecerse. Se inclinó hacia delante y posó una mano en su brazo.

—Jack, estabas entre la espada y la pared. No había nada sencillo en toda aquella situación.

—Bueno, pues ahora todo es muy sencillo para mí.

Tengo dos hijas, y vosotras sois mi única familia.

Los padres suelen dejar su herencia a sus descendientes, y eso es lo que voy a hacer yo también.

Si no la quieres, me parece bien; dásela a quien se te antoje y como te apetezca.

Pero no puedes impedir que yo lo haga —añadió con firmeza—.

He hecho que mis abogados lo dejen todo por escrito y ya está todo firmado. No puedes hacer nada al respecto.

—Muy bien, Jack. Si eso es lo que quieres…

—Es lo que quiero.

—Pero aún te quedan muchos años por delante. Todo esto me parece un poco prematuro.

—Nadie sabe lo que puede depararnos el día de mañana, Atlee. Los dos lo sabemos muy bien. —Antes de que ella pudiera decir nada, le preguntó—: ¿Has averiguado algo más sobre Mercy? ¿O sobre tu madre y Tim?

Pine le contó lo de la exhumación y le dijo que estaban esperando la confirmación de que el cuerpo enterrado en la tumba era el de Ito Vincenzo.

También le informó de que habían seguido los pasos que Desiree pudo haber dado aquella noche, y que habían deducido que se habría reunido con Len y Wanda Atkins, quienes la habrían ayudado a escapar.

—¿Te refieres a las dos personas que estaban en aquella fotografía con Mercy? —preguntó Lineberry.

—Sí.

—¿De veras crees que podrás dar con ellos después de tanto tiempo?

—Con la tecnología y las bases de datos disponibles hoy en día, resulta difícil permanecer en la sombra.

—¿Y esperas que ellos te cuenten lo que le ocurrió a Desiree?

—Así es. Y si encontramos a Desiree, tal vez ella pueda arrojar algo de luz sobre lo que sucedió aquella noche, e incluso sobre adónde podría haber ido Mercy.

—Puede que no esté muy dispuesta a decírtelo —señaló Lineberry.

—Hay formas de convencerla para que lo haga. Podrían condenarla por lo que hizo. Y si además mató a su marido o a… —Pine soltó un breve resoplido—. Hablará.

Con cierto esfuerzo, Lineberry consiguió incorporarse un poco más en la cama. La conversación parecía haberlo animado.

—Hay otra cosa —dijo.

Ella lo miró con gesto receloso. Su padre biológico ya le había lanzado una bola curva con el tema de la herencia; no tenía interés en que le llegara otra.

—¿Sí?

—Sé que has estado costeando toda esta investigación de tu propio bolsillo.

Pine frunció el ceño. No se había esperado aquello.

—¿Y?

—No es justo que continúes haciéndolo. Yo cuento con recursos que…

La agente comprendió por fin.

—No, Jack. Esta es mi investigación para…

—¡También es la mía! —saltó él, de manera tan inesperada que las dos mujeres se quedaron paradas.

Incluso el propio Lineberry pareció asombrado de tener aún fuerzas para gritar así.

Luego prosiguió en tono más calmado—: Si empleas algunos de mis recursos, podrías llegar más deprisa a la verdad.

Por ejemplo, podrías utilizar mi jet privado para desplazarte.

Ella empezó a negar con la cabeza, pero Blum se adelantó:

—Sigue, Jack. Te escuchamos.

Su amiga la fulminó con la mirada, pero no dijo nada.

—Sé que has estado usando coches de alquiler y demás.

Pero no tienes necesidad de hacerlo. Puedes llevarte mi Porsche todoterreno.

Está ahí en el garaje, muerto de asco. Y…

también he abierto una cuenta a la que estás autorizada a acceder desde cualquier lugar en el que te encuentres.

—Abrió el cajón de la mesilla y sacó dos tarjetas—.

Una de débito y una de crédito. Sin límite de gasto.

El PIN de la primera son los cuatro dígitos de la fecha de tu cumpleaños, el mes y el día.

—Jack, no puedo aceptar tu dinero.

—No es mi dinero, Atlee. Es nuestro dinero.

Y tampoco es como si fueras a usarlo para irte de vacaciones.

Lo vas a utilizar para encontrar a tu hermana y mi hija.

Y a tu madre y a Tim. Imagino que, como agente del FBI, cuantos más recursos tengas para cumplir tu trabajo, siempre será mucho mejor. ¿Me equivoco?

—Eh…, no —dijo ella muy despacio.

—Entonces no veo dónde está el maldito problema, ¿no? —añadió con brusquedad, como desafiándola a que le diera una buena razón para oponerse a su voluntad.

Bueno, se dijo Pine, estaba claro que había cambiado las tornas a su favor muy hábilmente. Incluso debía admitir a regañadientes que se sentía orgullosa de cómo estaba manejando la situación.

Entretanto, Blum ya había estirado la mano para coger las tarjetas.

—No hay ningún problema, Jack. Te agradecemos mucho tu generosa oferta. ¿Verdad que sí, agente Pine?

Esta la miró, y luego miró el semblante agotado pero esperanzado de Lineberry. Su expresión se suavizó.

—Gracias, Jack. Es muy amable de tu parte y nos será de gran ayuda.

Él se recostó de nuevo, visiblemente aliviado.

Blum le entregó las tarjetas a Pine, que se las guardó en el bolsillo.

—Si no quieres quedarte aquí —prosiguió Lineberry—, me gustaría que utilizaras mi ático de Atlanta como base. Y si lo necesitas, puedes usar mi jet para desplazarte desde allí. Me aseguraré de que esté disponible en todo momento. Está claro que yo no voy a usarlo durante un tiempo.

—De acuerdo, Jack —dijo Pine. Luego miró a Blum—. Eso estará muy bien. Aunque no nos quedaremos mucho allí. Debemos ir allá donde nos lleve la investigación.

—Lo entiendo —se apresuró a decir Jack.

—Y tampoco quiero que haya gente a nuestro servicio que tenga que estar pendiente de nosotras. Sabemos arreglárnoslas.

—Me imaginé que dirías eso, así que ya le he dado al personal tres meses libres con el sueldo íntegro. Podréis disponer del lugar para vosotras solas.

—Eso es muy generoso por tu parte —intervino Blum.

—Es lo justo —replicó él con determinación—. Para todos.

Entonces Pine le preguntó:

—¿Recuerdas algo que pueda darnos una pista sobre adónde podrían haber ido mi madre y Pine?

Lineberry se la quedó mirando con aire solemne.

—Para responder a eso, voy a darte algo que tu madre me pidió que nunca te dejara ver.

Pine se irguió en su asiento, sintiendo cómo todos sus músculos se tensaban y cómo la adrenalina le subía de tal modo que hasta le dificultó formular una sencilla pregunta.

—¿Qué… qué es?

Él volvió a buscar en el cajón de la mesilla y esta vez sacó un sobre gris.

—Cuando leas esto, quiero que tengas en mente que debes hacer justo lo contrario de lo que tu madre escribió aquí.

—¿Cuándo te lo envió? —preguntó, haciendo caso omiso de su peculiar consejo.

—Más o menos por la época en que te abandonó.

Un día apareció entre mi correspondencia del despacho.

Yo le había dado a Tim mi dirección de contacto cuando lo vi en Virginia.

La carta no tenía remitente. Pero puedes ver que el matasellos es de Charleston, Carolina del Sur.

Creo que tu madre debió de enviármela desde allí cuando iba camino de encontrarse con Tim.

Le tendió el sobre a Pine. Ella se lo quedó mirando como si la estuvieran apuntando con un arma. Entonces lo cogió, reticente. Miró la caligrafía. Era claramente la letra de su madre.

—Creo que… la leeré más tarde —dijo casi en un susurro.

—Debería habértela dado mucho antes —dijo Lineberry con voz temblorosa—.

No tengo la menor excusa, salvo el hecho de que durante la mayor parte de mi vida adulta he tenido que desenvolverme en el arte de guardar secretos.

De hecho, no es ninguna excusa. Es solo… la realidad. Al menos lo era para mí.

—¿Hay algún indicio aquí de adónde podrían haber ido? —preguntó Pine.

—No que yo haya podido averiguar.

—¿Y qué has querido decir con lo de que debo hacer justo lo contrario de lo que ella escribió?

—Eso te quedará claro cuando la leas —repuso Lineberry.