Capítulo 3
Pine miró por la ventanilla del coche de alquiler.
Se encontraban en los alrededores de Crawfordville, en mitad del entorno densamente boscoso del condado de Taliaferro, Georgia.
En un lugar así, nunca verías venir a tu atacante antes de que fuera demasiado tarde.
El espeso follaje era el mejor aliado de un asesino, tanto si estaba cazando ciervos como personas.
«No, no solo a nivel personal. Estoy poniendo en jaque toda mi carrera profesional para intentar aclarar esto. No hay marcha atrás para mí».
Durante un momento el pánico se apoderó de ella, como si fuera un nadador atrapado por la resaca y solo tuviera una pequeña y peligrosa oportunidad de volver a la orilla.
Entonces miró por la ventanilla, soltó el aire de los pulmones para tranquilizarse, y se reprobó en silencio diciéndose que tenía que controlarse, que se estaba comportando como una cría.
Roberts les había indicado el itinerario que debía de haber seguido la camioneta aquella noche hasta llegar al lugar donde más tarde la encontraron.
Y ahora estaban recorriendo esa ruta. Se trataba de una carretera rural; por esta zona todas lo eran, vías serpenteantes y desprovistas en su mayor parte de ningún rastro de vida, salvo las alimañas que vivían en los bosques.
Contaron solo cinco casas en todo el trayecto.
Tres de ellas estaban habitadas; las otras dos, abandonadas.
Pararon para interrogar a la gente, pero ninguna de las personas que vivían ahora allí habían residido en la zona durante la época en cuestión.
Después de preguntar en la última casa, Pine y Blum siguieron hasta la ubicación final de la camioneta.
Se trataba de una vieja gasolinera Esso abandonada hacía tiempo.
Desde entonces, las cuatro letras y los tubos de neón de detrás habían sido utilizados para hacer prácticas de tiro, y solo quedaba el armazón metálico del letrero: un vestigio de civilización desnudo y herrumbroso en medio de un bosque que parecía decidido a reclamar la posesión del territorio.
Se detuvieron junto al punto donde debieron de estar los surtidores.
Pine miró en derredor, y la estampa le pareció tan desoladora como sus esperanzas. Pero entonces se le ocurrió algo.
—Muy bien —dijo—, aquí es donde acabaron Desiree y la camioneta. Pero ¿por qué justo aquí?
Blum echó un vistazo alrededor.
—Creo que este sería un sitio idóneo para quedar con alguien.
«Ey, tú, quien sea, ven a recogerme a la gasolinera Esso».
Probablemente era el único punto de encuentro reconocible en toda la zona.
Desiree no sabía cuándo descubrirían el cuerpo de Joe.
Quería largarse, pero no en un vehículo que pudiera ser rastreado.
—Y ese «quien sea» sería muy limitado. De hecho, en mi opinión, solo había dos opciones posibles.
—Sus suegros, Len y Wanda Atkins —concluyó Blum por ella—. Pero el sheriff Roberts dijo que había hablado con ellos después de que Joe muriera y Desiree desapareciera. Y ambos dijeron que no habían tenido ninguna noticia de Desiree.
—Y tal vez ambos mintieron para salvar el trasero.
Ya viste la foto de Mercy con ellos. Sabían que la estaban reteniendo contra su voluntad.
Sabían que, si todo esto salía a la luz, ellos también acabarían en prisión.
Por eso se marcharon cagando leches de aquí poco después de que Mercy escapara y asesinaran a Joe.
Ahora estoy convencida de que Desiree los llamó aquella noche y les contó lo que había pasado.
Quedaron aquí, donde ella dejó la camioneta.
Después la llevaron a algún lugar, quizá a una estación de tren o autobús.
Y desde allí Desiree se largó para empezar de cero con una nueva identidad.
Entonces ellos dos volvieron a su caravana, donde se encontraban al día siguiente cuando fueron a comunicarles lo que le había ocurrido a su hijo.
—Se giró para mirar a Blum—. ¿Algo de lo que he dicho te suena improbable?
—No, me suena bastante plausible, agente Pine.
Entonces Pine entrecerró los ojos y su expresión se tornó algo indecisa.
—Sin embargo, lo que sí me parece improbable es que los padres de Joe creyeran sin más a Desiree cuando esta les dijo que su hijo había muerto.
Tal vez pensaran que aún podían salvarlo, o incluso que ella les estaba mintiendo.
Pero si creyeron que Joe estaba muerto, les aterraría la posibilidad de dejar que los animales salvajes destrozaran su cuerpo durante la noche. Y sabemos que eso no ocurrió.
—Entonces tal vez fueron ellos los que se aseguraron de que el cuerpo de su hijo no fuera profanado.
—Lo que significa que tenemos que encontrar a Len y Wanda Atkins y preguntarles directamente.
—Si es que aún están vivos.
—Si lo están, seguro que cobran de la Seguridad Social o del Medicare. Podemos localizarlos por ahí.
—Además, Len era veterano de Vietnam. Allí lo hirieron. Así que…
Pine prosiguió con su línea de razonamiento.
—Eso significa que podría estar afiliado a la Asociación de Veteranos para conseguir medicinas, tratamientos o cosas por el estilo. Eso nos resultaría mucho más rápido que recurrir a la burocracia del sistema sanitario, ya que ahí no tengo muy buenos contactos.
Sacó el móvil.
—¿A quién vas a llamar? —preguntó Blum.
—¿A quién si no? A John Puller. Ya me ayudó a conseguir el expediente militar de Len Atkins.
Habló con Puller, quien le contó que se estaba recuperando rápidamente de sus heridas.
También le dijo que tenía algunos conocidos en la Asociación de Veteranos porque su padre estaba internado en una de sus instalaciones, y que haría lo que estuviera en su mano para ayudarla a localizar a Len Atkins.
Ella le dio las gracias y colgó.
—Muy bien, dejemos que John haga su magia.
—Mientras tanto, ¿no crees que deberías ir a visitar a Jack Lineberry?
La expresión de Pine se endureció mientras miraba por la ventanilla. La imagen de Lineberry invadió su mente como una pesadilla.
—Ya me lo has preguntado antes.
—Y no me has contestado, por eso te lo vuelvo a preguntar.
—¿Por qué debería ir a verlo? —replicó Pine en tono acalorado.
—Te guste o no, es tu padre biológico. No puedes dejar las cosas con él como lo hiciste.
—Mira, no estoy orgullosa de lo que hice.
—Pues ahora es el momento de avanzar hacia un nuevo nivel en vuestra relación.
Pine lanzó una mirada inquisitiva a su amiga.
—¿Y por qué debería?
—Porque vas a necesitar su ayuda, tanto si encuentras a tu hermana como si no.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Pine, aún más confusa.
—Supongo que todavía quieres encontrar a tu madre. Y a Tim Pine, ahora que sabes casi con seguridad que su cuerpo no era el que estaba en esa tumba. Y Jack puede resultar de gran ayuda para conseguirlo. Ojo, no te estoy diciendo que tengas que perdonarlo sin más.
—Bien, porque no pienso hacerlo —replicó Pine.
—No obstante —continuó Blum imperturbable—, creo que se está esforzando al máximo para hacer lo correcto. Y, lo más importante, es tu padre. Si no haces un mínimo esfuerzo para tener una relación con él, creo que te arrepentirás más tarde.
—Me arrepiento de muchas cosas, Carol.
Aun así, metió la marcha y se dirigió a ver al hombre que le había mentido más que cualquier otra persona en toda su vida.
«Salvo mi puñetera madre».