CAPÍTULO SESENTA Y CUATRO #2
—Adrian Vale —dijo Adrian—. Fui diputado por el Cuarto Distrito de Ostrander durante doce años.
Escribí la frase de su letrero. Voté a favor de la Ley de Intervención Temprana Juvenil, de la Ley de Calles Seguras, del Estándar de Fiabilidad Clínica y de la Ley de Continuidad Cívica.
Ahora mismo soy un fugitivo con una orden de detención federal encima.
—Le sostuvo la mirada a través de la valla—.
Abra la puerta. Deje entrar a los padres. Deje que se lleven a sus hijos a casa.
—No puedo. La licencia…
—Su licencia —dijo Adrian— se expidió conforme a un reglamento que ayudé a redactar.
Sección 22 de la Ley de Intervención Temprana Juvenil.
Apartado c: En caso de emergencia que amenace la salud o la seguridad de los residentes, el director podrá adoptar las medidas necesarias para protegerlos, no obstante lo dispuesto en cualquier otra disposición de la presente Ley.
—Hizo una pausa—. Lo metí yo. En 2043. Porque un pastor de mi distrito me preguntó qué pasaría si había un incendio.
—Miró por encima del director, hacia los bajos edificios beige—. Esto es un incendio.
El director se quedó mirándolo.
A espaldas de Adrian, el aparcamiento había enmudecido. Lo notaba. Doscientas personas volviéndose, una tras otra, igual que se vuelve un campo con el viento. Oyó su propio nombre, una vez, en algún punto de la multitud. Luego otra vez. Después, un teléfono en alto. Después, varios.
No se volvió.
El director miró el teléfono inalámbrico que tenía en la mano. Luego, a la multitud que había detrás de Adrian. Luego, al agente, que muy despacio y con mucha intención le dio la espalda, se alejó siguiendo la valla y se interesó enormemente por algo que había en el campo.
El director se guardó el teléfono en el bolsillo. Se acercó a una caja metálica gris sujeta a un poste junto a la verja, sacó una llave del cinturón, abrió la caja y bajó una palanca roja que, supuso Adrian, nadie había accionado jamás.
Se oyó un golpe metálico, sordo y pesado. Sonó un zumbador, largo y áspero.
La verja se abrió, deslizándose sobre su riel.
* * *
Lo recordaría el resto de su vida a trozos, como se recuerda un incendio.
Los padres atravesando la verja, no corriendo, sino caminando muy deprisa, como camina la gente en los hospitales.
El personal, con sus polos azules, pasando detrás de ellos, camino de la cocina, de la farmacia y del edificio este, al trote.
Las puertas de los dormitorios abriéndose.
Los niños saliendo de ellas, con pantalones de chándal grises y sudaderas grises con el logotipo del Centro, parpadeando en el mediodía de octubre, algunos buscando rostros y otros sin mirar nada, quietos en los caminos de hormigón, con los brazos a los lados, como si esperaran a que les dijeran adónde ir.
Una mujer con mono de trabajo cayendo de rodillas en el camino, delante de un niño de unos diez años, y sujetándole la cara con las dos manos.
Una abuela llevando a una niña de la muñeca hacia el aparcamiento, las dos llorando.
Un chico adolescente, quizá de quince años, solo junto al mástil de la bandera, sin que nadie fuera a buscarlo, y el pastor Okonjo cruzando el césped hacia él y posándole una mano en el hombro y diciéndole algo, y el chico negando con la cabeza, y Okonjo diciendo algo más, y el chico, tras un largo momento, asintiendo.
Y una chica.
Adrian la vio salir del edificio este. Era menuda para sus quince años, delgada, con el pelo castaño y largo recogido en una trenza medio deshecha y un moratón reciente en la frente.
Se quedó en los escalones del edificio, con una mano en la barandilla, mirando a la multitud, a los padres, a la verja abierta, como si no se creyera nada de todo aquello.
Y un hombre se abrió paso entre la multitud hacia ella, un hombre corpulento, de traje oscuro y con una insignia con la bandera de la Restauración, corriendo, corriendo de verdad, con zapatos de piel sobre la hierba mojada, colorado, la corbata volándole por encima del hombro.
—¡Kayla!
Ella volvió la cabeza.
Earl Hutchins llegó a los escalones y se detuvo al pie de ellos, respirando con dificultad, y miró a su sobrina, y pareció no saber qué hacer con las manos.
—¿Tío Earl? —dijo la chica.
—He venido conduciendo —dijo Earl Hutchins—. Desde Hartwell. Toda la noche. Tu madre me llamó a las… Da igual. —Se le quebró la voz—. He venido a buscarte, cariño. He venido a llevarte a casa.
La chica lo miró un largo momento. Luego bajó los escalones, muy despacio, y al llegar abajo apoyó la frente contra el pecho de él, la parte del moratón, y se quedó así, sin abrazarlo, apoyada sin más, como se apoya en una pared alguien que está muy cansado.
Earl Hutchins la rodeó con sus grandes brazos, con cuidado, y cerró los ojos.
Adrian apartó la mirada.
Cuando volvió a mirar, Earl Hutchins lo estaba mirando a él.
El diputado del Segundo Distrito de Duvall, novato, de la Restauración, el hombre que había votado sí a la Enmienda 38 en comisión once meses antes, cuando fue rechazada por un solo voto, estaba al pie de los escalones del edificio este del Centro de Intervención Temprana de Duvall, con la cabeza de su sobrina contra el pecho, y miraba, a diez metros de hierba mojada, al expresidente fugitivo de su comisión.
Luego miró más allá de Adrian, hacia la entrada. Hacia el cartel.
Y después, otra vez a él.
—Eso lo escribió usted —dijo Earl Hutchins. No alzó la voz. Adrian lo oyó de todos modos.