CAPÍTULO SESENTA Y TRES #2
Se oyó un roce. Una respiración. Después, la voz de su madre, apagada y cansada, y más firme de lo que él la había oído jamás.
—Gabriel.
—Mamá.
—¿Estás comiendo?
Cerró los ojos.
—Sí. Aquí hay una mujer llamada Hannah que hace galletas. Se pasó treinta años ayudando a parir terneros. Dice que estoy demasiado delgado.
—Estás demasiado delgado. —Hizo una pausa—. Tu padre quería que te dijera algo. Si llamabas. Lo dijo el lunes por la noche, en la puerta, cuando se lo llevaban. Lo dijo muy bajito para que no lo oyeran. —Otra pausa—. Dijo: «Dile que lo volvería a hacer».
Gabriel no dijo nada. No podía.
—He estado pensando en ello —dijo Denise Mercer—.
Toda la noche. Haciendo bocadillos. He estado pensando que estuve casada con ese hombre treinta y seis años y que ni una sola vez le oí decir que volvería a hacer algo.
Ni las horas extra. Ni la casa. Ni a mí, siquiera.
—Le tembló la voz, pero no se le quebró—.
Esto lo volvería a hacer. Eso es lo que dijo.
Volvería a guardarse tu teléfono en el bolsillo.
—Mamá —dijo Gabriel.
—Lo sé —dijo Denise—. Lo sé, cariño. Cómete los bollos de Hannah. Llamaremos el viernes.
* * *
El jueves por la noche no durmió.
Se quedó sentado a oscuras en el santuario de la Iglesia Bíblica de Merritt, en el tercer banco empezando por delante, con el teléfono barato en la mano, los prismáticos de la Torre 14 en el asiento de al lado y, en la muñeca, el reloj Halvard de su padre, que seguía perdiendo sus tres minutos diarios.
Adrian lo encontró allí a las dos de la madrugada y no dijo nada.
Se acercó, se sentó a su lado, muy pegado a él, le cogió la mano izquierda y le recorrió despacio con el pulgar la cicatriz del antebrazo, de un extremo al otro y de vuelta, como hacía a oscuras en la casa Número Seis de Copper Gap cuando ninguno de los dos podía dormir.
—Tiene sesenta y tres años —dijo Gabriel al cabo de un largo rato—. Está mal de una rodilla. Lo tendrán nueve horas sentado en ese autobús.
—Lo sé.
—Se quedará ahí sentado con el abrigo abrochado y no se quejará. Le dirá «lo entiendo» al guardia.
—Lo sé.
—Debería estar allí. Tess tiene razón; es lo que quieren. Pero debería estar allí.
Adrian estuvo un rato sin decir nada.
—En junio —dijo por fin—, en la mesa de la cocina, Eleanor me dijo que lo había hecho. Y me pasé el día entero sentado en los escalones de la entrada de mi propia casa. ¿Te acuerdas? Te lo conté. Por el teléfono de Tess.
Miró el altar a oscuras.
—Y durante todo aquel día la gente pasaba por Linden Row y me miraba. Vecinos. Desconocidos. Fotógrafos. Nadie se detuvo. Nadie dijo nada.
El pulgar se movió sobre la cicatriz de Gabriel.
—Y, sobre las cuatro de la tarde, la jueza Whitley, la de la casa de enfrente, salió de la suya con una jarra de té helado y dos vasos.
Tiene ochenta y un años. Bajó sus escalones, cruzó la calle, subió los míos, se sentó a mi lado, sirvió los dos vasos, me dio uno y nos quedamos allí una hora.
No dijo ni una palabra. Luego cogió la jarra y se volvió a casa.
Gabriel lo miró.
—Era lo único que podía hacer —dijo Adrian—. Sentarse ahí. Para que los fotógrafos tuvieran que fotografiar a una jueza federal bebiendo té helado conmigo. Para que yo no estuviera solo en los escalones.
Le apretó la mano.
—Mañana por la mañana, mucha gente se va a sentar en los escalones con tu padre. Tú no tienes por qué ser uno de ellos. Ya hiciste lo que los ha hecho venir.
—¿Qué cosa?
—Escribiste ocho páginas con la mano izquierda —dijo Adrian— y les dijiste que fueran clima.
* * *
A las 5:52 de la mañana del viernes, nueve de octubre, el teléfono barato que Gabriel tenía en la mano se iluminó con una videollamada.
Era Tess. Estaba al aire libre, a oscuras, en medio de una multitud; el teléfono temblaba y detrás de ella había luces, muchas luces, y al principio Gabriel no consiguió distinguir dónde estaba.
Entonces la cámara giró y vio el antiguo edificio de la Cooperativa Eléctrica de Pell, en el número 410 de Commerce Street, la delegación local de la Oficina de Seguridad Cívica, con su sello de terrazo sobre la puerta y las ventanas del cuarto piso iluminadas y, delante, en la calle, un autobús federal blanco con el motor en marcha.
Y alrededor del autobús, gente.
Miles de personas. Gabriel no podía contarlas.
Llenaban Commerce Street desde el río hasta el puente del ferrocarril.
Estaban en los escalones del antiguo banco de enfrente, en el techo de la marquesina de la parada y sobre los capós de los coches aparcados.
Llevaban velas, teléfonos y termos de café.
No coreaban consignas. No hacían absolutamente nada.
Simplemente estaban allí, de pie, en el frío y la oscuridad, entre el autobús y la carretera que salía de la ciudad.
—Gabe —dijo Tess, y giró la cámara hacia su propio rostro. Tenía los ojos muy brillantes—. Gabe, mira.
Volvió a girarla.
Al final de Commerce Street, donde la calle se unía a la rampa de la autopista, había una hilera de vehículos aparcados morro contra cola, atravesados en los cuatro carriles. Gabriel vio los logotipos de los laterales, uno tras otro, iluminados por las farolas. La flecha azul.
Vantage. Cuarenta. Cincuenta. Furgonetas de reparto atravesadas en la rampa de acceso a la autopista, formando un muro compacto, con los conductores de pie al lado, con el uniforme marrón y los brazos cruzados.
—Kofi —dijo Gabriel.
—Cuatrocientos conductores —dijo Tess—. Todas las rutas de salida de Bramford. Mandaron las furgonetas a «inspección mecánica». Todas a la vez. A las cuatro de la madrugada.
Se rió con un sonido agudo y quebrado.
—El sistema de reparto de Vantage cree que es el mayor fallo coordinado de frenos de la historia de la empresa.
La cámara volvió a girar. Delante del edificio federal, una fila de hombres y mujeres con chaquetas oscuras cortaba la escalinata. La ARU. Matrículas de otros estados en sus vehículos. Cascos. Detrás de ellos, en lo alto de la escalinata, dos figuras con el gris de la OSC.
Y entre la línea de la ARU y la multitud había otra línea.
Al principio Gabriel no lo entendió. Llevaban uniforme, pero no el de la ARU.
Más mayores. Algunos corpulentos, otros canosos, algunos con la leve encorvadura de los hombres que llevan años jubilados y que aquella mañana se habían puesto la vieja chaqueta por primera vez y habían descubierto que ya no les abrochaba.
Policía de Bramford. Policía Estatal de Pell.
Unos de uniforme y otros solo con cortavientos y la vieja placa prendida en el bolsillo.
En el centro, con una chaqueta de la Policía de Bramford de alrededor de 2030, estaba Ray Dunleavy.
No estaba de cara a la multitud. Estaba de cara a la ARU.