CAPÍTULO SESENTA
LA REDADA
Vera se detuvo seis metros más allá de la boca de la galería.
Adrian lo notó antes de comprenderlo. La mano de Vera en su brazo, ligera y firme durante todo el trayecto cuesta arriba desde la casa del superintendente, se cerró de golpe, el peso del cuerpo se le fue hacia atrás y se quedó inmóvil en la garganta negra de la montaña, con ciento ochenta personas desfilando junto a ellos en fila india, cada cual agarrada a la mano del que iba delante.
—Vera —dijo él—. Tenemos que seguir avanzando.
—Lo sé. —Su voz sonaba muy serena—. Tú sí.
Detrás de ellos, en la boca de la galería, los últimos vecinos del valle entraban a refugiarse del frío. Gabriel estaba allí, contando. Adrian lo oía entre dientes, igual que antes contaba los votos en el hemiciclo, moviendo apenas los labios. Ciento ochenta y cuatro. Ciento ochenta y cinco.
—Yo no voy —dijo Vera.
—Sí que vas a ir.
—Tengo sesenta y ocho años, Adrian. Tengo una cadera maltrecha y un corazón aún peor.
Son tres kilómetros, el suelo está mojado y, en algunos tramos, el techo no llega al metro y medio.
June la recorrió. Le he visto las rodillas.
—Le dio unas palmaditas en la mano que él le tenía sobre el brazo—.
Retrasaría a los Yoder. Y los Yoder tienen cuatro hijos.
—Entonces te llevaré en brazos.
—No lo harás. —Por primera vez hubo en su voz algo parecido a la diversión—. Tienes la espalda de un congresista. Te he visto levantar un saco de pienso.
—Vera.
—Escúchame. —Se volvió y, en la luz tenue que entraba por la boca de la galería, él pudo distinguir el contorno de su cara, el pelo blanco bajo el gorro de lana, los ojos—.
Cuando suban por esa carretera y encuentren el valle vacío, irán casa por casa.
Encontrarán el mapa de mi pared. Encontrarán la curva de la pizarra.
Encontrarán dos años de mis cuadernos. Y si encuentran todo eso y no hay nadie plantado delante, le contarán al país que han descubierto un recinto terrorista lleno de planes.
—Hizo una pausa—. Si encuentran a una mujer de sesenta y ocho años, con un abrigo de lana, que fue la estadística jefe de la Oficina de Anticipación Cívica, sentada a la mesa de su cocina con una tetera, tendrán que contar otra historia.
O tendrán que mentir sobre mí. Y mentir sobre mí es más difícil que mentir sobre un mapa.
—Te detendrán.
—Sí.
—Te meterán en Westbrook.
—Es posible. —Lo sopesó—. Probablemente no.
Soy un problema de relaciones públicas muy serio para Simon.
Yo diseñé el gráfico. Si me meten en un agujero, alguien preguntará por qué está en un agujero la mujer que lo construyó.
—Le apretó el brazo—. Que se lleven a la mujer que escribió el artículo.
Es lo único que me queda por darles y que ellos no quieren.
Gabriel había llegado hasta ellos. Ciento noventa, dijo en voz baja; luego vio la cara de Vera y se interrumpió.
—No —dijo.
—Sí, cariño —dijo Vera.
Adrian miró a Gabriel. Gabriel miró a Vera un largo instante, en la oscuridad, mientras la fila de gente pasaba junto a ellos y la linterna de June se alejaba por delante como una lámpara en el fondo de un pozo.
Entonces Gabriel dio un paso adelante y la rodeó con los brazos, con cuidado, como se sostiene algo viejo y quebradizo, y ella se dejó abrazar.
—Dijiste que la incertidumbre era el pronóstico diciendo la verdad —le dijo contra el gorro.
—Lo dije.
—Entonces no voy a pronosticar qué te va a pasar.
—Buen chico —dijo Vera Stalnaker, y lo soltó, se volvió y salió otra vez de la montaña hacia las luces que subían por la carretera, despacio, con una mano apoyada en la pared, y la cadera maltrecha la ladeaba un poco hacia la izquierda.
Adrian la siguió con la mirada hasta que fue solo una silueta contra la oscuridad algo más clara de la boca de la galería, y después ni siquiera eso.
Gabriel le cogió la mano.
—Tres kilómetros —dijo Gabriel.
* * *
La galería Número Tres la habían abierto a través de la cresta, en 1911, unos hombres convencidos de que el cobre no se acabaría nunca, y durante cuarenta años así fue.
Después bajó el precio, el cobre se fue agotando, la mina cerró y sellaron la galería con maderos y la abandonaron al agua y a la oscuridad.
June y Wes habían arrancado los maderos en junio. Desde entonces nadie había entrado.
No era un túnel en ninguno de los sentidos que Adrian, criado atravesando los túneles alicatados bajo el río Calder camino de Hartwell, le daba a esa palabra.
Era una grieta en una montaña que unos hombres habían ensanchado con picos y pólvora negra un siglo atrás y habían apuntalado con maderos que hacía mucho que se habían reblandecido.
El suelo era roca, raíles viejos y agua estancada que en algunos tramos llegaba al tobillo, tan fría que le dolían los pies dentro de las botas.
Las paredes lloraban. El techo bajaba y subía sin previo aviso, de modo que cada pocos minutos la voz volvía hacia atrás por la fila, pasada de boca en boca en un susurro, agachados, agachados, agachados, y ciento noventa personas se doblaban por la cintura y seguían caminando con una mano en el hombro del que iba delante.
Nadie hablaba salvo para pasar la voz. Los niños no lloraban.
Adrian pensaría en eso más tarde, durante mucho tiempo.
Cuatro niños de los Yoder por delante de él, la más pequeña a la espalda de su padre, y los gemelos Sorensen del Número Once, y un bebé, en algún lugar cerca de la cabeza de la fila, hijo de una pareja de Northmark cuyos nombres Adrian nunca llegó a saber, y ni uno solo lloró.
Quizá fuera el frío. Quizá la oscuridad, tan absoluta que dejaba de ser ausencia de luz y se convertía en una sustancia, algo que se atravesaba como se atraviesa el agua.
Quizá fuera que todos los adultos de la fila se habían quedado callados de una manera que los niños entienden sin que nadie se lo explique.
Adrian llevaba la mano de Gabriel detrás y el hombro del padre de los Yoder delante, y contaba los pasos.
Había contado cosas toda su vida. Votos.
Distritos. Marcas. Papeletas. En el cobertizo de botes de Calvert Christian, las paladas: treinta y dos por minuto, treinta y cuatro en el esprint, la voz del timonel.
Contaba los pasos en la galería Número Tres porque no tenía otra cosa que hacer con la cabeza y porque, si dejaba de contar, pensaría en Vera sentada a la mesa de su cocina con una tetera, en los faros subiendo por las curvas de la carretera y en lo que vendría después; y no podía pensar en nada de eso y mantenerse en pie al mismo tiempo.
A los cuatro mil pasos, la fila se detuvo.
Corrió la voz hacia atrás. Agua. Profunda. Agarraos.
Esperaron en la oscuridad. Adrian oía el agua más adelante, un sonido semejante a una respiración lenta.
Podía oír a la madre de los Yoder murmurar a sus hijos en la antigua lengua de su pueblo, un alemán que no era del todo alemán.
Podía oír la respiración constante de Gabriel detrás de él y sentir bajo el pulgar la cresta irregular de la cicatriz, allí donde le sujetaba la mano izquierda a Gabriel.
—¿Estás bien? —dijo Gabriel en voz muy baja.
—No —respondió Adrian.
—Yo tampoco.
—Bien —dijo Adrian, y sintió que la mano de Gabriel apretaba más fuerte.
La fila volvió a avanzar. El agua le llegó a Adrian a las rodillas, luego a los muslos: negra y tan fría que le cortó la respiración.
Delante de él, el padre de los Yoder se subió al hijo mayor a los hombros, junto a la niña que ya llevaba allí, de modo que cargaba con dos, y siguió vadeando.
Adrian alargó los brazos sin pensar, agarró al tercer niño, un chico de siete u ocho años, por debajo de las axilas y se lo subió a la espalda; el muchacho le rodeó el cuello con los brazos sin decir palabra y se aferró.
El agua bajó. El techo se alzó. El chico siguió a su espalda.
A seis mil pasos, olió a pino.
A seis mil cuatrocientos, vio un gris más adelante que no era un engaño de la vista.
La fila empezó a avanzar más deprisa. El gris se ensanchó.
Se convirtió en una forma, un tosco arco de roca con el cielo al otro lado, pálido y frío, surcado por los primeros colores de la mañana, y los que iban al frente salían uno a uno por debajo y se quedaban al aire libre, con la cara alzada, como si nunca hubieran visto el cielo.
Adrian salió de la montaña a las 5:41 de la mañana, con un niño menonita a la espalda y la mano de Gabriel en la suya, a una cornisa de roca sobre un camino forestal, en un valle que nunca había visto, bajo la primera luz de un día que nadie había predicho.
* * *
Wes Harlan esperaba abajo, en el camino.
Había cruzado la cordillera desde Fairhaven en plena oscuridad, cuando June lo llamó por la red a las cuatro menos cuarto, y no había venido solo.
Adrian contó los vehículos desde la cornisa.
El camión plataforma de Wes. Dos camionetas de rancho con jaulas para ganado.
Un remolque de ganado, barrido y cubierto de paja.
Un autobús escolar amarillo con las palabras COLEGIO CRISTIANO FAIRHAVEN pintadas en negro en el costado, conducido por una mujer corpulenta con un chaleco acolchado que estaba de pie junto a él, fumando un cigarrillo y mirando hacia la boca de la galería como si hubiera presenciado un milagro.
Una furgoneta de reparto con la flecha de Vantage en el lateral y uno de los conductores de Kofi al volante, un joven llamado Elijah que había subido por la Ruta 22 con pienso en julio.
—Bueno —dijo Wes cuando June bajó por la ladera hasta él—, tienes una pinta horrible.
—Gracias por venir.
—No podía no venir. —Miró más allá de ella, hacia la fila de gente que bajaba con cuidado por las rocas en la luz gris—. ¿Cuántos?
—Ciento noventa. Vera se ha quedado.
Wes guardó silencio un momento.
—Claro que se ha quedado —dijo.