El derecho a ser impredecible CAPÍTULO CINCUENTA Y SIETE
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CAPÍTULO CINCUENTA Y SIETE

SÉ CLIMA

Lo escribió con la mano izquierda.

No tenía por qué hacerlo. Adrian se ofreció a escribirlo por él, en el porche de la casa Número Seis, en Gulch Street, la noche del trece de agosto, el mismo día en que llegó el archivo.

«Dímelo y lo escribo. Lo que necesites».

Y Gabriel dijo que no. Dijo que tenía que ser de su puño y letra.

No sabía por qué. Solo sabía que tenía que ser así.

Así que lo escribió con la mano izquierda, despacio, en un bloc de papel rayado del cajón de la compra de Bess que se habían traído de Weaver Street, mientras la cicatriz del antebrazo le tiraba cada vez que movía la muñeca y las letras temblaban y se inclinaban más que antes.

Tardó cuatro días. Lo escribió en la mesa de la cocina de la casa Número Seis, y en el porche, y una vez, ya entrada la noche, en la repisa de roca desnuda junto al repetidor de la cresta, a la luz de una linterna, con el rectángulo blanco del centro de Westbrook ardiendo en el fondo del valle, a sesenta y cuatro kilómetros al sur.

Tachó más de lo que dejó.

En su vida había escrito mil cosas para que las dijeran otros.

Discursos. Declaraciones. Argumentarios.

Una frase para Brickman que sonara a padre y no a abogado.

«No quiero al Gobierno en tu dormitorio.

Lo quiero de tu lado». Se le daba muy bien.

Sabía exactamente cómo quería sonar un congresista y exactamente qué quería oír el público, y había tendido el puente entre unos y otros palabra a palabra.

Era lo primero que escribía con su propia voz, para gente a la que nunca conocería.

No sabía cómo sonaba su propia voz. Lo descubrió.

* * *

Vera leyó el primer borrador el día dieciséis, en la casa del superintendente, en su sillón de cuero agrietado junto a la estufa, con las gafas de leer caladas en la nariz.

—Demasiado largo —dijo—. Demasiado listo. Demasiados números. —Se lo devolvió—. Estás escribiendo para el presidente de la Cámara. Escribe para tu madre.

Lo escribió otra vez.

Danny repasó las cuentas por la malla el dieciocho.

Todos los números. Todos los porcentajes.

El total acumulado, la proyección, las cifras de los condados, el umbral del memorando de Achterberg.

«El 92 % es el mínimo operativo. Por debajo de eso, las puertas empiezan a atascarse.

Lo he comprobado con las especificaciones de calibración.

Es real». Y luego: «Gabe, esto es lo más aterrador que he leído en mi vida.

También es lo primero que escribe alguien sobre mi trabajo que consigo entender».

Marisol lo leyó el diecinueve, de pie en la puerta de la casa Número Seis, con los brazos cruzados.

—Mete a Mateo —dijo—. No su nombre. Solo que hay niños. Doscientos catorce. La gente tiene que saber con quién la están protegiendo.

Lo metió.

June lo leyó el veinte, en la oficina de análisis, con el rifle sobre las rodillas. Lo leyó dos veces. Luego lo dejó en el banco de trabajo y lo miró.

—Aquí no hay nada sobre pelear —dijo.

—No.

—Aquí no hay nada sobre que nadie salga herido.

—No.

June se quedó mirándolo un largo rato.

—Les va a dar más miedo que cualquier cosa que yo haya planeado nunca —dijo al fin—. ¿Verdad?

—Eso espero.

Recogió las páginas y se las devolvió.

—Imprímelo.

* * *

Adrian fue el último en leerlo.

Lo leyó la noche del veintiuno, en el porche de la casa Número Seis, bajo la lámpara, con las polillas golpeando el cristal y el valle a oscuras debajo de ellos. Lo leyó despacio. Entero. Dos veces. Gabriel se sentó en el escalón y no lo miró mientras leía; luego sí lo miró.

Cuando Adrian terminó, dejó las páginas sobre la rodilla y estuvo mucho rato sin decir nada.

—Has usado mi frase —dijo—. La de la declaración. La última.

—Sí.

—Sin mi nombre.

—Tu nombre está en la declaración. En el expediente de la Oficina. En el despacho de Pruitt. Todo el que importa sabe que es tuya. —Gabriel miró hacia la oscuridad—. Esto es para todos los demás. No necesitan saber quién la dijo. Necesitan saber que es verdad.

—«Una persona tiene derecho a no ser lo que los números dicen que es» —leyó Adrian en la segunda página.

Se quedó mirándolo—. Lo escribí a la una de la madrugada, en mi estudio, con la declaración de Arthur Renwick boca abajo sobre el escritorio.

No sabía si me lo creía hasta que lo leí en voz alta.

—¿Y te lo crees?

—Sí. —Adrian pasó la página—. Y has usado la de Vera: «Nada predecible. Todo a la vez».

—La dijo en la oficina de análisis. Al amanecer. Con el archivo en la pantalla.

—Y esto. —Adrian tocó la parte de arriba de la primera página, donde Gabriel había escrito, con sus letras temblorosas de mano izquierda, por encima de todo lo demás, dos líneas—. ¿De dónde ha salido esto?

Gabriel lo miró.

Pueden decirte dónde estarás mañana.

No pueden decirte quién.

—No lo sé —dijo—. Se me ocurrió en la cresta.

El martes por la noche. Junto al repetidor.

Estaba mirando Westbrook con los prismáticos.

Pensaba en la gente que había dentro. Y en las puertas.

Y en que la Red sabe adónde va todo el mundo, cada día, cada ruta, cada estación.

Sabe que cogí el tren en Kettle Hill mil cien veces.

Sabe que Darius se paró en la tienda de la esquina de la Novena a comprar un refresco.

Sabe dónde va a estar cada uno. —Hizo una pausa—.

Pero no sabía que yo iba a quemar el sobre.

No sabía que tú ibas a decir que no en el despacho de Pruitt.

No sabía que mi padre iba a guardarse mi teléfono en el bolsillo.

No sabía que mi madre iba a callarse en mitad de una frase.

—Miró las páginas sobre la rodilla de Adrian—.

Sabe dónde. No sabe quién. Nunca lo supo.

Ahí está todo. Eso es la curva de Vera. Eso son los once millones.

Adrian se quedó mirando las dos líneas un largo rato.

—Es lo mejor que has escrito nunca —dijo.

—Son dos frases.

—Lo sé —dijo Adrian—. Por eso.

* * *

Lo llamaron Sé clima.

Ocho páginas. Impreso en papel barato, doblado una vez, del tamaño de un boletín parroquial, sin autor, sin editorial y sin dirección.

Se imprimió en Lisle, en una vieja offset de la trastienda de una imprenta del tío de Priya, que llevaba cuarenta años haciendo invitaciones de boda y recordatorios de funeral y estaba en REVISIÓN desde 2045 por razones que, decía, explicaría cuando estuviera muerto.

Cuarenta mil ejemplares la primera semana.

Priya misma los sacó de Lisle, en la parte de atrás de una furgoneta de floristería, debajo de cajas de claveles.

La primera página llevaba las dos líneas arriba y, debajo, en letra grande y sencilla, un número.

11.314.206.

Y debajo:

Esa es la cantidad de personas de la República Federada de Meridian que la Red de Anticipación Cívica ha decidido que ya no puede predecir.

A fecha de junio de 2048. No está en ninguna cifra que publique el Gobierno.

No está en el índice de confianza de la torre.

No está en lo que le cuentan a la Asamblea Federal.

Puede que seas una de ellas. Alguien a quien quieres probablemente lo sea.

Se espera que otros treinta millones se sumen antes de que acabe el año.

Al Gobierno no le dan miedo estas personas.

Lo sabemos porque el director de la Oficina de Anticipación Cívica lo puso por escrito, en una carta al Presidente, en febrero.

Escribió: «La población de la Directiva 7 no es, en sí misma, peligrosa».

Escribió: «La inmensa mayoría de los sujetos no ha cometido ningún delito ni presenta un riesgo elevado de causar daño».

Entonces, ¿por qué están construyendo instalaciones para albergar a veinte mil de ellas?

Porque también escribió esto: «Por tanto, la contención depende de la no agregación».

Eso significa que nos necesitan separados.

Necesitan que cada uno de nosotros se crea solo.

Unos cuantos raros en un rincón. Necesitan que no sepamos unos de otros.

Porque cuando las personas que el sistema no puede predecir empiezan a hablar entre sí, las que las rodean también se vuelven más difíciles de predecir.

Y luego las que rodean a esas. Y el sistema empieza a fallar.

No es nuestra teoría. Es la suya. Está en sus propios documentos.

La segunda página era el porqué.

Era la parte que Gabriel había escrito para su madre.

Sobre puertas que tardaban seis segundos.

Sobre el precio de la leche según la franja.

Sobre una enfermera que le hizo compresiones a un hombre en un pasillo durante diecinueve minutos y pasó a LIMITADO por llamar diciendo que estaba enferma.

Sobre un chico de quince años al que tiraron al suelo en una estación de tren por comprar un refresco.

Sobre doscientos catorce niños que habían muerto en centros construidos para protegerlos.

Sobre un coeficiente de contagio del sesenta y dos por ciento, que significaba que el sistema te consideraba peligroso sobre todo por culpa de los demás.

Y al pie de la segunda página, sola, en cursiva:

Una persona tiene derecho a no ser lo que los números dicen que es.

De la tercera a la séptima página venía el cómo.

No era difícil. Esa era la idea. Gabriel lo había escrito para que un hombre de sesenta y dos años que le decía a la gente dónde estaban los tacos para pladur pudiera leerlo en su porche y entenderlo.

Nada de aquello era ilegal. Nada hacía daño a nadie.

Nada exigía más que un poco de agallas y estar dispuesto a resultar incómodo.

Coge otro camino. Para ir al trabajo. Al colegio. A la iglesia. Todos los días, si puedes. No una vez. Todos los días.

Ve a un sitio donde no hayas estado nunca. A otra tienda. A otro parque. A otra iglesia, aunque solo sea una vez.

Habla con alguien a quien no conozcas. En el autobús. En el mostrador. En la cola. Pregúntale su nombre. Dile el tuyo.

Préstale el coche a un vecino. Pídele el suyo.

Intercambia turnos. Intercambia rutas. Intercambia tareas.