CAPÍTULO CINCUENTA Y CUATRO #3
Se tumbó sobre el viejo abrigo gris, en la roca tibia, con las estrellas girando sobre su cabeza y el repetidor zumbando y el viento pasándole por encima, y se dejó tocar, despacio, por todas partes, por un hombre que sabía exactamente lo que era y lo había elegido, y no organizó nada, y no contó, y no se preguntó qué precio tendría.
Mantuvo los ojos abiertos. Miró más allá del hombro de Adrian, al cielo, que no tenía cámaras, y luego la cara de Adrian, muy cerca y muy abierta y apenas iluminada por las estrellas, como había estado durante un segundo en una habitación blanca de un sótano, antes del miedo, salvo que ahora no se avecinaba ningún miedo.
No se avecinaba nada, salvo más de aquello.
Cuando Adrian entró en él, despacio, sobre la roca, bajo las estrellas, Gabriel dijo su nombre, y luego lo dijo otra vez, y luego dijo lo otro, y Adrian le dijo lo mismo, y el viento se llevó las dos voces por el borde de la cresta y por encima de las montañas negras y plegadas, hacia el sur, hacia un duro rectángulo blanco de luz en el fondo de un valle a sesenta y cuatro kilómetros, y no llegó hasta allí, y tampoco hacía falta.
Después se quedaron tumbados sobre el abrigo, en la roca tibia, enredados el uno en el otro, mirando hacia arriba.
—No hay ningún modelo para esto —dijo Gabriel al cabo de mucho rato.
—¿Para qué?
—Para esto. Aquí. Ahora. Los dos en una roca, al lado de un mástil de radio, en un pueblo fantasma de la cordillera de Tamarack, a medianoche, con una orden federal de detención y un excongresista. —Se rió muy bajito—. No hay datos. Nadie lo ha hecho nunca. La Red no sabría qué está mirando.
—No está mirando.
—Lo sé —dijo Gabriel—. Eso es lo que quiero decir.
Giró la cabeza sobre el abrigo y miró la cara de Adrian a la luz de las estrellas.
—Creo que me lo creo.
—¿Qué es lo que te crees?
—Que me elegiste.
A Gabriel apenas le salía la voz.
—No tres cuartas partes. Todo. Creo que me lo creo todo. Aquí arriba. Esta noche.
Tragó saliva.
—No sé si mañana seguiré creyéndomelo. Cuando bajemos. Cuando vuelva a leer tu declaración con mi nombre en el primer párrafo.
—Entonces créetelo esta noche —dijo Adrian—. Y mañana te lo recordaré. Y pasado mañana también. Todas las veces que haga falta.
Alargó la mano y le tocó con el pulgar la cicatriz de la ceja y luego el diente torcido.
—Soy muy constante. Lo dice mi padre. Es lo único en lo que la Red acertó conmigo.
Gabriel se rio. Le salió fuerte y de verdad, allí en la cresta, bajo las estrellas, y se fue por el borde hacia la oscuridad.
* * *
Cuando bajaron por el sendero, en la claridad gris que precede al amanecer, Colin Avery estaba sentado en los escalones del cobertizo del generador, fumando, como siempre parecía estar.
—Un mensaje para ti —le dijo a Adrian—. Llegó por la red a las cuatro. A través de Priya. Desde Hartwell. De alguien que lo firmaba M.K.
Le tendió un papel de la impresora de la oficina de ensayos.
—June dijo que te lo diera.
Adrian lo cogió. Gabriel lo leyó por encima de su hombro, a la luz gris.
Noah ha ganado con su mapa. Feria Estatal de Ostrander, cartografía juvenil, primer premio.
Los jueces recibieron once cartas pidiéndoles que lo descalificaran.
Aun así, le dieron el premio y lo pusieron en la sala principal de exposiciones, con la grieta orientada hacia la puerta.
El periódico le hizo una foto. Hoy cumple trece años.
Me pidió que te dijera que no ha trazado ninguna línea. — M.K.
P. D. Lily pasó a LIMITADO el martes. Dice que tardaron siete semanas. Dice que pensaba que sería más rápido.
Adrian se quedó de pie en la parte baja de Gulch Street, en el amanecer gris, con el papel en la mano.
No dijo nada durante un largo rato.
Después dobló el papel con mucho cuidado por los pliegues y lo guardó en el bolsillo interior del abrigo gris, junto al papel de carta del Sterling, la página del periódico del Calvert Herald y el anillo de oro que llevaba grabado E.W.
y A.V. 9.6.29, y se quedó allí con la mano apoyada sobre el bolsillo, sobre el corazón, sobre la cruz.
—Trece —dijo.
—Trece —dijo Gabriel.
—No ha trazado ninguna línea.
—No.
Colin Avery los miraba desde los escalones del cobertizo del generador. Su cara alegre resultaba muy extraña a la luz del amanecer. No estaba alegre. Era otra cosa.
—¿Tu hijo? —preguntó.
—Mi hijo —dijo Adrian.
Colin lo miró largo rato. Luego bajó la vista al cigarrillo.
—Mi madre me ponía los dibujos en la nevera —dijo—. Cuando era niño. En Lisle. Con un imán con forma de pez.
Tiró el cigarrillo y lo pisó.
—Todavía los tiene. Me lo contó por la red la semana pasada. Dice que los mira cuando no puede dormir.
Se puso de pie.
—Le ha vuelto a subir el seguro. Un veintidós por ciento. Ahora está en LIMITADO. Desde el lunes. Contagio.
Intentó sonreír.
—Por mi culpa, supongo.
Entró en el cobertizo del generador y cerró la puerta.
Gabriel se quedó de pie en la parte baja de Gulch Street, bajo la luz gris, y miró la puerta cerrada durante un largo rato.
—¿Qué pasa? —dijo Adrian.
—Nada —dijo Gabriel—. Su madre tiene un imán con forma de pez. La mía también.
No dijo nada más. No sabía qué otra cosa podía decir.
Solo sabía que detrás de aquella puerta había un joven cuya madre estaba en LIMITADO, era diabética, tenía sesenta y un años y vivía en las afueras de Lisle; que a ella le habían subido el seguro un veintidós por ciento; que había visto palidecer la cara de aquel joven en la puerta de la oficina de ensayos cuando June levantó un teléfono; y que nada de aquello demostraba absolutamente nada.
Era solo un patrón.
Y él, más que nadie, sabía de sobra que no se puede castigar a nadie por un patrón.