CAPÍTULO CINCUENTA Y UNO
COPPER GAP
Estaba tumbado boca arriba entre los postes de la valla, en la caja del camión de plataforma de Wes Harlan, con el brazo vendado contra el pecho, el hombro de Adrian pegado al suyo y Marisol al otro lado de Adrian, los tres tendidos bajo la lona, entre el olor a pino recién cortado y gasóleo, y escuchaba.
El camión redujo la velocidad. Se detuvo. El motor quedó al ralentí.
Se abrió una puerta. Botas sobre la grava. Una voz masculina, joven y aburrida:
—Buenos días. ¿Motivo del viaje?
—Una entrega. —La voz de Wes sonó llana y despreocupada—. Postes para vallas. El rancho de Rhinehart, a las afueras de Copper Gap. Aquí está la orden de trabajo.
Crujido de papel.
—¿Exención agrícola?
—Código agrícola 14. Está en la matrícula.
Una pausa. Pasos que venían rodeando el camión. Gabriel contuvo la respiración. A su lado notó que Adrian se quedaba absolutamente inmóvil.
—Postes —dijo el joven, muy cerca. La voz le llegaba justo desde encima de ellos; Gabriel lo oía respirar—. ¿Cuántos?
—Doscientos. De pino tratado, de dos metros y medio.
—¿Le importa si echo un vistazo?
—Adelante —dijo Wes—. Son postes.
La lona se movió. Alguien levantó una esquina, por el extremo trasero, junto a los cortes de los postes, y por debajo de la lona entró la luz gris de la mañana en una larga cuña, y Gabriel vio, más allá de sus propios pies y de los extremos pálidos y apilados de los postes de la valla, una mano enguantada de negro que sujetaba el borde de la lona, y una manga con un parche de la OCA, y detrás el lateral blanco de un remolque y una franja de cielo.
La mano mantuvo la lona levantada tres segundos. Cuatro.
Entonces crepitó una radio en algún sitio y una voz de mujer dijo algo que Gabriel no logró entender, y el joven contestó:
—Sí, recibido.
Y dejó caer la lona.
La cuña de luz se apagó.
—Puede pasar —dijo el joven mientras se alejaba—. Conduzca con cuidado. Hay hielo en la cara norte, pasada la segunda curva de herradura.
—Gracias.
La puerta se cerró. El motor cambió de tono. El camión avanzó, atravesó la barrera, pasó la cima de Granite Gap y bajó hacia Kessaly, y bajo la lona nadie se movió durante un buen rato.
—Me miró directamente las botas —dijo Marisol por fin, en voz muy baja—. Directamente a ellas.
—Vio postes —dijo Adrian—. Le habían dicho que buscara personas. Vio postes.
—Vio unas botas.
—Vio lo que el sistema le había dicho que vería —dijo Adrian—. Código agrícola 14. Postes para vallas. Una orden de trabajo. Un hombre de Fairhaven con un historial limpio y una exención agrícola. —Exhaló bajo la lona—. Vio los datos. No vio las botas.
* * *
Copper Gap había sido un pueblo propiedad de la compañía minera.
La Tamarack Copper and Smelting Company lo había construido en 1889, en un valle alto de la cara norte de la cordillera, donde una veta de mineral de cobre casi afloraba a lo largo de un arroyo, y durante setenta años fue un lugar de dos mil habitantes: mineros y sus familias en hileras de casas de madera idénticas que trepaban por las laderas del valle, una tienda de la compañía, una escuela, una iglesia, un hospital de doce camas, un hotel con bar y la casa del superintendente, en una colina a la cabecera del valle, desde donde se dominaba todo.
La mina cerró en 1961. El pueblo se había vaciado hacia 1970.
Para la década de 2000 era un pueblo fantasma al que los turistas subían los fines de semana de verano para fotografiar contra el cielo el castillete oxidado del pozo Número Tres y comprar dulce de azúcar a una mujer que vivía en el antiguo hotel.
La mujer que vivía en el antiguo hotel murió en 2039. Los turistas dejaron de ir cuando la Ruta 22 quedó sometida a verificación interestatal en junio.
Ahora vivían allí doscientas seis personas.
Wes los dejó en el fondo del valle, junto a la antigua tienda de la compañía, a las doce menos cuarto.
Habían tapiado con tablones las ventanas de la tienda y luego las habían desclavado; ahora tenían cortinas.
Una mujer estaba sentada en el porche, en una mecedora, desgranando guisantes en un cuenco.
Tres niños jugaban en el camino de tierra con un perro.
Por las laderas del valle trepaban en hileras las viejas casas de madera, algunas aún vacías y grises, pero muchas pintadas y remendadas, con huertos en los patios, ropa tendida y paneles solares en los tejados inclinados hacia el sur.
En la cabecera del valle, sobre su colina, la casa del superintendente se alzaba blanca contra el pinar oscuro.
Y en medio del camino de tierra, esperándolos, con un rifle colgado a la espalda y las manos en las caderas, estaba June Talbot.
Tenía cuarenta y cuatro años. Era alta, enjuta y quemada por el sol, con una trenza rubia por la espalda y una cara como un hacha.
Una cicatriz le cruzaba el labio superior y le tiraba de una comisura de la boca en una media mueca de desdén permanente.
Llevaba pantalones de trabajo de lona y una camisa verde oliva descolorida con las mangas remangadas y los restos de un parche de unidad en el hombro: la Cuarta de Montaña del Ejército de Meridian, la campaña de Solana.
Sus botas eran muy buenas. Su rifle, muy limpio.
Miró a Marisol. Miró a Gabriel, al brazo vendado en su cabestrillo de saco de harina. Miró, largo rato, a Adrian.
—Bueno —dijo ella—. Un congresista.
—No por mucho tiempo —dijo Adrian.
—Eso dicen todos. —June no se movió—. Brazos en cruz.
—¿Perdón?
—Brazos en cruz. A los lados. Los tres. Voy a cachearos, luego registraré vuestras bolsas y luego me entregaréis cualquier cosa que lleve un chip; y si no lo hacéis, os vuelvo a subir al camión de Wes y os lleva al puesto de control de Granite Gap y os deja allí.
—Se descolgó el rifle y se lo entregó a un joven que se había acercado por detrás de ella, un pelirrojo de aspecto risueño de unos veinticinco años con una sudadera de la Universidad de Lisle—. Colin. Sujeta esto.
—Claro, June.
Los cacheó. Rápido, a fondo, sin pedir disculpas. Primero a Marisol, que aguantó con los brazos abiertos y la mandíbula apretada. Después a Gabriel, que hizo una mueca cuando la mano de June le rozó el antebrazo izquierdo; June se detuvo, miró el vendaje y preguntó:
—¿Qué ha pasado?
—Una varilla de acero. La Línea Larkin.
—Mmm.
Y siguió adelante. Después le tocó a Adrian, demasiado alto para que ella pudiera alcanzarle los hombros sin estirarse. Se estiró, le palpó el abrigo gris y se detuvo al llegar al bolsillo interior.
Sacó una hoja doblada de papel de carta del Sterling. Una página doblada del Calvert Herald. Y un sencillo anillo de oro.
Levantó el anillo a la luz.
—¿Tiene chip?
—No —dijo Adrian—. Es solo oro.
June miró el anillo por dentro. Leyó el grabado. Miró a Adrian.
—Casado.
—Sí.
—Con la mujer que abandonó la carrera al Senado.
—Sí.
June se quedó mirando el anillo un largo instante. Después miró el papel de carta del Sterling y lo desdobló. Ya veremos. — G. Lo leyó. Miró a Gabriel. Volvió a doblarlo.
Volvió a guardar las tres cosas en el bolsillo del abrigo gris.
—Vale —dijo—. Estáis limpios.
Le quitó el rifle a Colin.
—Las reglas. Las diré una sola vez. Nada de dispositivos.
Todo lo que lleve un chip va a la caja de la oficina de análisis y de eso se ocupa la gente de Priya.
Los terminales de la malla de la oficina de análisis son la única conexión con el exterior; son míos y no los tocáis sin pedir permiso.
Aquí trabaja todo el mundo. Todo el mundo hace guardia.
Tenemos un consejo que se reúne los domingos en la iglesia.
Cualquiera puede hablar. Nadie puede votar dos veces.
Se echó el rifle al hombro.
—Y aquí a nadie le importa quién erais. Tenemos a un antiguo ingeniero de Halden, una organizadora sindical de Commonwealth, dos expolicías, una familia menonita de Duvall, una mujer que estuvo en la Guardia del Heartland con Wes y un tipo que jura que fue senador del estado de Meridian Libre, aunque nadie le cree. No estamos de acuerdo en nada.
Miró a Adrian.
—Lo único en lo que estamos de acuerdo es en que nadie tiene derecho a predecirnos. ¿Vas a tener algún problema con eso?
—No —dijo Adrian.
—Bien.
June se volvió.
—Colin, enséñales la casa Número Seis, en Gulch Street. Tiene tejado.
Empezó a subir por el camino de tierra, pero se detuvo y miró hacia atrás.
—Vera quiere ver al congresista. Esta noche, en la casa del superintendente.
Hizo una pausa.
—No llegues tarde. Odia los retrasos. Dice que es un fallo de estimación probabilística.
* * *
La casa Número Seis, en Gulch Street, tenía tejado.
Tenía cuatro estancias, una estufa de leña, una bomba en la cocina que subía agua fría de un pozo, una letrina detrás y un porche delantero desde el que se veía el valle a lo largo, hasta el castillete oxidado del pozo Número Tres.
Alguien había dejado unas sábanas limpias dobladas sobre la cama, una hogaza de pan en la mesa de la cocina y un tarro con flores silvestres en el alféizar.
Colin Avery les enseñó la casa con el entusiasmo de un joven que llevaba en Copper Gap el tiempo suficiente para quererlo y no tanto como para haberse cansado de él.
Tenía veintiséis años. Se había criado en las afueras de Lisle y había estudiado ingeniería en la Universidad de Lisle, pero había dejado la carrera en tercero, explicó, cuando se dio cuenta de que todos los de su programa iban a acabar trabajando para Halden.
Había llegado a Copper Gap en marzo, después de que su banda pasara a REVISIÓN por, hasta donde él alcanzaba a entender, publicar demasiadas fotos de pancartas de protesta.
Se encargaba de los generadores del pueblo, mantenía los paneles solares y ayudaba a la gente de Priya con los repetidores de la malla en la cresta.