CAPÍTULO CINCUENTA #3
Adrian se quedó completamente inmóvil en el arcén de la carretera.
—Mi padre diría que tergiversas las Escrituras.
—Tu padre se levantó en el primer banco de la iglesia de Haddon Falls hace tres domingos —dijo Okonjo— y le dijo al pastor Ames que ya estaba bien. Lo leí en el Calvert Herald.
Casi sonrió.
—Creo que puede que tu padre ande leyendo Isaías cuarenta y seis estos días.
El sol ya se había puesto. El cielo sobre los trigales era violeta y viraba a azul oscuro. En el lateral del centro se habían encendido las letras azules, como todas las noches al caer la luz, con temporizador. UN MAÑANA SEGURO EMPIEZA HOY.
—¿Rezarás conmigo? —dijo Adrian.
Okonjo lo miró en el crepúsculo.
—¿Rezar por qué?
—No lo sé —dijo Adrian—. Esa es la respuesta sincera. No rezo por nada concreto desde los veinte años. Simplemente rezo. Con los labios moviéndose y sin sonido.
Miró la valla.
—Mi madre me dio esto antes de morir.
Se tocó la cruz a través de la tela de la vieja camisa de trabajo de Amos Brandt.
—Dijo que yo era el que la necesitaba. Pensé que se refería a que iba a necesitar a Dios. Creo que se refería a que iba a necesitar algo a lo que agarrarme mientras tuviera miedo. Y llevo diecisiete años agarrado a ella y no sé si es Dios o solo un trozo de plata que conservaba el calor de su piel.
Okonjo lo miró un largo rato.
—¿Importa? —dijo.
Adrian lo pensó.
—No —dijo—. No creo que importe.
—Entonces recemos —dijo el reverendo Samuel Okonjo—. Por los doscientos cuarenta. Por Kayla, que hace trampas a las damas. Por la madre de Mateo, dormida en mi habitación de invitados. Por el chico con los puntos en el brazo. Por tu padre, en su banco.
Inclinó la cabeza.
—Y por ti, Adrian. Para que reconozcas el final cuando lo veas, y no antes.
Se quedaron de pie en el arcén de la carretera comarcal, en lo alto de la pequeña loma, con la cabeza inclinada: un pastor negro, alto y delgado, con gafas de montura metálica, y un hombre corpulento y quemado por el sol, con una camisa de trabajo prestada y el sombrero de paja de un granjero muerto; y abajo, en la oscuridad, las cúpulas de las cámaras de las esquinas del Centro de Intervención Temprana de Duvall giraban despacio, vigilando el trazado de la valla, vigilando el campo, viendo dos figuras en la carretera de arriba y tomando nota de ellas —dos hombres parados en un arcén al anochecer, lo que, en sí mismo, no era anómalo— y apartando la vista.
* * *
Wes fue a buscarlos a las cuatro de la mañana siguiente.
No en la grúa. En un camión de plataforma verde y maltrecho, con el rótulo HARLAN’S GARAGE tapado con pintura en las puertas y un cargamento de postes de valla amarrado atrás.
Viajarían bajo una lona, entre los postes, dijo.
La Ruta 22 hacia el norte, hasta la cordillera de Tamarack.
Cuatro horas. Por el puerto de Granite Gap.
Había un control en la frontera de Kessaly, uno nuevo, de junio, una estación interestatal de verificación de desplazamientos de la OCA.
Pero el camión tenía exención agrícola, porque los postes iban a un rancho a las afueras de Copper Gap, y a los vehículos con exención agrícola, por ahora, los dejaban pasar sin más.
—Por ahora —dijo Wes—. Están hablando de eliminarlas. Brickman le dedicó un reportaje.
Marisol salió de la casa de la granja de los Brandt con la bolsa de viaje al hombro y la carpeta de papel apretada contra el pecho.
Dentro de la carpeta, ahora, junto con la fotografía de Mateo y sus hormigas, había treinta y cuatro páginas de papel rayado escritas con una letra pequeña y erguida, las A como agujas y las V como cuchillas.
Hannah Brandt estaba de pie en el porche, en bata, en la oscuridad, y le entregó a Gabriel un tarro de miel envuelto en un paño de cocina.
—Para el brazo —dijo—. Dos veces al día. No dejes que se le olvide.
—No se me olvidará —dijo Adrian.
—No te lo decía a ti —replicó Hannah, y besó a Gabriel en la mejilla. Después, tras un instante, se estiró y besó también la de Adrian, y volvió a entrar.
Okonjo estaba junto al camión. Le estrechó la mano derecha a Gabriel. Luego tomó la de Adrian entre las suyas.
—La mujer a la que vais a ver —dijo—. En Copper Gap. Vera. Es una mujer dura. Te preguntará cosas difíciles.
—Marisol dice lo mismo.
—Marisol tiene razón. —Okonjo le retuvo la mano un momento más—. Era una de ellos, Adrian. Vera. Ayudó a construirlo. Antes que tú. Antes que cualquiera de vosotros. Sabrá cosas de todo eso que tú no sabes. Y sabrá cosas de ti que tú ignoras.
Lo soltó.
—Escúchala. Incluso cuando quieras discutir. Sobre todo entonces.
Subieron a la parte de atrás de la plataforma, entre los postes de la valla, bajo la lona.
Wes la amarró. El camión salió del camino de grava de la granja de los Brandt en la oscuridad y tomó la carretera comarcal hacia el norte, rumbo a la Ruta 22 y las montañas, y en la negrura, bajo la lona, entre el olor de la madera recién cortada, el gasóleo y la miel de Hannah, Gabriel notó que la mano de Adrian buscaba la suya, la buena, y la apretaba, y no la soltaba.