CAPÍTULO CINCUENTA #2
Hutchins se quitó el sombrero. Tenía ya treinta y nueve años, la cara roja y curtida, el novato de la comarca del trigo que había votado a favor de la Enmienda Treinta y Ocho en la comisión en octubre y otra vez en el pleno en diciembre, y que nunca le había explicado a nadie por qué.
—Me llamó el pastor Sam. El miércoles. Dijo que quizá andabas por esta zona.
Le dio vueltas al sombrero entre las manos.
—Vengo a Merritt todos los domingos. A ver a mi sobrina. Al centro. El pastor Sam me deja aparcar en la iglesia.
—Lo sé —dijo Adrian—. Gabriel me lo contó. En octubre.
Hutchins miró más allá de él, a través de la puerta mosquitera, hacia la cocina de la granja, donde Gabriel estaba sentado a la mesa larga con el brazo en el cabestrillo de saco de harina y un almanaque abierto delante.
—¿Sabía lo de Kayla?
—Encontró una publicación de tu hermana. En Pulse. Hace dieciocho meses. La borró al día siguiente.
Adrian hizo una pausa.
—Me lo contó para que supiera a quién estaba mirando. Cuando Harriet dijo tu nombre. No lo usó. Nunca lo usó.
Hutchins guardó silencio un buen rato.
—Voté a favor —dijo al fin— porque, cuando Harriet dijo mi nombre, tú me estabas mirando a mí.
Y pensé: «lo sabe. De algún modo, lo sabe».
Y no soportaba ser el único de la sala que sabía lo que estaba haciendo.
—Le dio otra vuelta al sombrero—. Lo mismo en el pleno de diciembre.
Me quedé al fondo de la Cámara con la tarjeta en la mano, te miré y pensé en Kayla en la sala común, el domingo, jugando a las damas con el pastor Sam, y metí la tarjeta.
—Lo sé, Earl.
—Kayla tiene ya quince años. Lleva veintiséis meses dentro.
—La voz de Hutchins era muy firme—. Su puntuación de trayectoria ha bajado.
Su orientador dice que va bien. En septiembre puede pedir la revisión.
El director del centro dice que probablemente la suelten.
—Hizo una pausa—. Probablemente. Esa es la palabra.
Probablemente. —Miró a Adrian—. He sido hombre de la Restauración toda mi vida.
Mi padre lo fue. Y su padre también. Creo en lo que decimos de la familia, del orden y de mantener a salvo a los niños.
Hice campaña con eso. —Apretaba la mandíbula—.
Y vengo a Merritt todos los domingos y veo a la hija de mi hermana jugar a las damas a través de una mampara de cristal y pienso: «¿Esto es lo que queríamos decir? ¿Esto?».
Adrian no dijo nada. Lucía le había dicho que no soltara discursos.
—Vi tu declaración —dijo Hutchins—. Lo de Brickman, y luego el vídeo de tu chica, y luego el Ledger.
Y después oí lo que dijiste en el despacho del presidente de la Cámara.
El jefe de gabinete de Danforth se lo contó al mío.
«Una persona tiene derecho a no ser lo que los números dicen que es».
—Volvió a ponerse el sombrero—. He venido a decirte que lo oí.
Nada más. No sé qué voy a hacer con eso.
Soy un novato de Duvall. Tengo primarias dentro de dos años, un distrito que es Restauración en un setenta por ciento y una sobrina en un edificio a tres kilómetros al este de aquí.
—Miró a Adrian—. Pero lo oí. Quería que supieras que alguien de ese edificio lo oyó.
—Gracias, Earl.
—No me des las gracias.
Hutchins se volvió para bajar los escalones. Luego se detuvo y se giró de nuevo.
—¿Es verdad? ¿Lo que decía el Ledger? ¿Lo que dijo tu chica?
Adrian lo miró.
—Sí —dijo.
Hutchins volvió a mirar más allá de él, a través de la puerta mosquitera, a Gabriel, en la cocina.
—Vaya —dijo. Y luego, tras un largo silencio, añadió—:
—Mi primo Danny, el de Fairhaven, es así. Vive con un hombre llamado Pete. Lleva veinte años. En el Día de la Cosecha no hablamos de eso.
Se quedó callado.
—Quizá deberíamos.
Bajó los escalones, se subió a su polvorienta camioneta blanca y se alejó por la carretera comarcal de grava en dirección a Merritt, y el polvo se levantó tras él y quedó suspendido en el aire caliente y quieto mucho rato después de que se hubiera marchado.
* * *
La última noche, Adrian acompañó a Okonjo a ver el centro.
Por dentro, no. Okonjo podía entrar, dijo, como pastor visitante, un jueves, pero no dos desconocidos, uno de los cuales era el rostro más reconocible de la República.
En lugar de eso salieron al anochecer en el viejo sedán azul de Okonjo, por la carretera comarcal al este de Merritt, y se apartaron al arcén en lo alto de una loma, donde un campo de soja bajaba hasta una larga valla de tela metálica coronada por alambre en espiral y, al otro lado de la valla, en el terreno de la antigua granja de semillas Kessler, se alzaba el Centro de Intervención Temprana de Duvall.
No parecía una prisión. Eso fue lo primero.
Parecía un colegio. Edificios bajos de ladrillo con tejados planos, dispuestos alrededor de un patio cuadrangular de hierba.
Una cancha de baloncesto. Un huerto, cercado dentro del cercado, con tutores para las tomateras.
Un mástil con la bandera de la República y la de Duvall.
Luces encendidas en algunas ventanas. Pintado en el lateral del edificio más grande, con alegres letras azules de casi un metro de alto: UN MAÑANA SEGURO EMPIEZA HOY.
Solo la valla, y el alambre de arriba, y las pequeñas cúpulas negras de las cámaras en cada esquina de cada edificio, cada seis metros a lo largo de la valla, girando despacio en el crepúsculo, delataban lo que era en realidad.
Adrian se quedó en el arcén de la carretera, junto al sedán de Okonjo, y lo contempló durante un largo rato.
—Doscientos cuarenta niños —dijo Okonjo en voz baja, a su lado—. Hasta el mes pasado. De once a diecisiete años. Nivel 4 o superior.
Entrelazó las largas manos delante del cuerpo.
—Vengo todos los jueves. Kayla Hutchins juega a las damas conmigo. Hace trampas. Yo la dejo.
—Yo voté a favor del dinero —dijo Adrian—. El que lo construyó. En 2043.
—Lo sé.
—Voté a favor del dinero que lo mantiene en marcha. Todos los años.
—Eso también lo sé.
Adrian miró las letras azules del lateral del edificio. UN MAÑANA SEGURO EMPIEZA HOY.
—Eso lo escribí yo —dijo.
Okonjo volvió la cabeza.
—No el letrero. La frase. Un mañana seguro. Era una frase de mi campaña de 2036. La primera. En realidad la escribió Eleanor. Yo la decía. En cada acto. En cada condado. Un mañana seguro.
Se quedó callado un largo rato.
—La Restauración la adoptó en 2038. Ahora está en el logotipo del partido. El sol naciente dentro del círculo. Un Mañana Seguro.
Okonjo también guardó silencio un largo rato.
—Adrian —dijo al fin—. ¿Puedo decirte qué creo que es la Red? Como pastor. No como político.
—Por favor.
—Creo que es un ídolo —dijo Okonjo—. Y no lo digo como metáfora. Lo digo en el sentido en que lo decía Isaías. Isaías cuarenta y seis. Yo soy Dios, y no hay otro semejante a mí, que anuncio el fin desde el principio.
Miró las cúpulas de las cámaras, que giraban en las esquinas de los edificios.
—Solo Dios conoce el fin desde el principio.
Esa es la pretensión. Eso es lo que lo hace Dios.
Y nosotros construimos una cosa, la plantamos en medio del país y le dimos el poder de anunciar el fin desde el principio.
De mirar a un niño de doce años en un granero, con sus terneros de 4-H, y decirle sé en qué te vas a convertir.
Negó despacio con la cabeza.
—Eso no es seguridad pública. Eso es idolatría. Y todas las iglesias de la República que aceptan un crédito de estabilidad por mantener alta la asistencia están quemando incienso ante él.