CAPÍTULO CUARENTA Y CINCO #2
El mensaje de Adrian había llegado a las 12:14 de aquella tarde, al teléfono de Tess. Ya está. He dicho que no. Dile que responda cuando Grant llame esta noche. Dile que escuche cada palabra. Dile que voy.
Y después, nada. Toda la tarde. Toda la noche. Gabriel se había sentado a la mesa de la cocina y lo había leído cuarenta veces en el teléfono de su hermana.
A las 23:52 llegó otro mensaje.
Salgo ahora de Hartwell. No en el coche de la Asamblea.
En la camioneta de Luis. Mi teléfono está en Linden Row, con Eleanor.
Va a dejarlo encendido. Va a llevarlo de un lado a otro de la casa toda la noche.
Ha dicho que es lo menos que puede hacer.
Ha dicho que no es suficiente. Luis dice que en Brookhaven Commons a las 2:30. —A.
Gabriel lo leyó de pie en la cocina de sus padres.
Va a llevarlo de un lado a otro de la casa toda la noche.
Pensó en Eleanor Vale en el salón de Linden Row, en bata, ante el escritorio de su padre, con el teléfono de su marido en la mano, un teléfono que subía al dormitorio y volvía a bajar a la cocina, para que en algún lugar de una base de datos el teléfono del diputado Adrian Vale mostrara a su dueño en casa, inquieto, sin dormir, la noche en que se había negado a firmar.
Una mujer que paseaba un teléfono por una casa a medianoche para que su marido pudiera conducir hasta el hombre al que amaba.
No sabía qué sentir. No tuvo tiempo de saberlo.
* * *
Su madre le preparó unos sándwiches.
Llevaba toda la noche de pie ante los fogones, de espaldas a la cocina, sin cocinar. A las 23:55, cuando Kofi salió a por la furgoneta y Tess subió al antiguo cuarto de Gabriel a por su bolsa, Denise Mercer se volvió por fin.
Tenía la olla de esmalte azul en la encimera, a su lado.
La misma que llevaba treinta años usando para las judías al horno.
Estaba llena de sándwiches envueltos en papel encerado.
De jamón y queso. De crema de cacahuete.
De ensalada de huevo. Una docena. Dos manzanas.
Y una bolsa de los dulces griegos que el señor Petrakis llevaba por Navidad, que debía de tener en el congelador desde diciembre.
—No puedes llevarte la olla —dijo—. No cabrá. Pero no tenía una bolsa lo bastante grande.
—Mamá.
—Llévate los sándwiches. Deja la olla. Necesitaré la olla.
—Estaba envolviendo el último, el de ensalada de huevo; las manos se le movían muy deprisa—.
Tendrás hambre. Nunca comes. Vas a ir en la parte de atrás de esa furgoneta y tendrás hambre y no tendrás nada, y eso no lo voy a permitir.
No voy a permitir que mi hijo pase hambre en la parte de atrás de una furgoneta.
—Mamá. Para.
Se detuvo. Se quedó junto a la encimera con el papel encerado entre las manos. La trenza gris le caía sobre el hombro. Tenía los ojos rojos.
—Gabe —dijo—. El lunes. Cuando vinieron. Empecé a decirlo. Eso que digo siempre.
—Lo sé.
—Si la Red te marcó, tiene que haber una razón.
—Lo dijo despacio, como si saboreara cada palabra por primera vez—.
Llevo doce años diciéndolo. Desde el puente.
Se lo dije a Tess el día del cumpleaños de su padre.
Se lo dije a la señora Kowalczyk cuando su hijo estaba en REVISIÓN.
Me lo decía a mí misma cada mañana, en el coche, de camino a casa de la señora Eberhardt.
—Dejó el papel encerado en la encimera—.
Empecé a decírtelo el lunes y te miré a la cara y no pude terminar.
Gabriel no se movió.
—Porque no la hay —dijo Denise—. No hay ninguna razón.
Nunca la hubo. Solo hay una máquina que no sabe lo que mira y gente como yo que necesita creer que sí lo sabe para poder levantarse de la cama por las mañanas.
—Se le quebró la voz—. Yo necesitaba creerlo.
Para estar a salvo. Para que tú estuvieras a salvo.
Y no puso a salvo a nadie. Solo consiguió que dejara de mirar a mis propios hijos.
—Mamá.
—Ahora estoy mirando —dijo. Cruzó la cocina y le puso las dos manos en la cara, como el lunes, como cuando él era pequeño y tenía fiebre—.
Te estoy mirando. Y eres mi hijo. Y estás enamorado de un hombre que sale en un cartel con una X encima.
Y no entiendo nada de esto, y no me hace falta.
—Le sostuvo la cara entre las manos—. Llévate los sándwiches.
Y cómetelos. Y llámame cuando puedas. Desde algún sitio que no sea este.
—Lo haré.
—Prométemelo.
—Te lo prometo.
Le besó la frente. Después lo soltó, volvió a la encimera, recogió los sándwiches, los doce, las manzanas y los dulces, los metió en una bolsa de plástico de la tienda de Sal que Gabriel se había traído a casa en el bolsillo el sábado sin saber por qué, y se la tendió.
* * *
A medianoche, la furgoneta de Vantage bajó por Larch Street exactamente a la velocidad a la que siempre bajaba una furgoneta de Vantage por Larch Street.
Se detuvo delante del número 214 exactamente el tiempo que siempre se detenía una furgoneta de Vantage delante de una casa con una entrega: noventa segundos, con las luces de emergencia parpadeando en naranja.
Kofi salió de la cabina con un paquete en los brazos, un paquete de verdad, una caja de la ferretería de Kessler Avenue que Frank había encargado para sí mismo el martes, tacos para pladur, y la llevó por el camino de entrada hasta el porche.
Frank salió a recibirlo al porche y firmó la entrega en la tableta de Kofi. La tableta emitió un pitido. Entregado.
Mientras los dos estaban en el porche, firmando, bajo la luz del farol del porche y a plena vista de la cámara de la farola de la esquina de Larch y Alder, Gabriel salió de la casa por la puerta de atrás, a través de la cocina, con la bolsa al hombro y una bolsa de la compra llena de sándwiches, cruzó el jardín trasero a oscuras, pasó junto al ahumador de su padre, hecho con un bidón de doscientos litros, atravesó el hueco de la valla de tela metálica que él y Tess habían abierto de niños para llegar al jardín de los Petrakis, y bajó por el lateral de la casa de los Petrakis hasta la calle, donde la parte trasera de la furgoneta de Vantage estaba aparcada en la sombra, entre dos farolas, con las puertas de atrás abiertas y Tess de pie junto a ellas.
Lo abrazó. Con fuerza. Todo codos. Como lo abrazaba desde que tenía cuatro años.
—No pongas esa cara —dijo contra su hombro.
—No estoy poniendo ninguna cara.
—La estás poniendo ahora mismo. Lo noto. —Se apartó. Tenía los ojos húmedos. No dejó que se le derramaran—. Voy a ir a Brookhaven. En el utilitario. Llegaré antes que tú. Quiero verlo.
—Tess…
—Quiero ver al hombre que me quitó la X. —Lo empujó hacia la furgoneta—. Entra. Kofi tiene noventa segundos y ya ha gastado sesenta.
Subió.
La zona de carga de la furgoneta estaba a oscuras y olía a cartón, a goma y, levemente, a la comida de alguien.
Estanterías a ambos lados, con los paquetes sujetos con correas.
Un pasillo estrecho en el medio. Se sentó en el suelo del pasillo, con la espalda apoyada en un estante, la bolsa en el regazo y los sándwiches al lado.
Tess cerró las puertas. La oscuridad se volvió absoluta.
Oyó los pasos de Kofi que volvían por el camino.
La puerta de la cabina al abrirse y al cerrarse.
El motor. La furgoneta se separó del bordillo exactamente a la velocidad a la que una furgoneta de Vantage se separaba siempre de un bordillo de Larch Street a medianoche, giró hacia Alder y siguió con su ruta.
En la muñeca, en la oscuridad, el viejo reloj Halvard de su padre hacía tictac. No podía verlo. Podía sentirlo. Se atrasaba tres minutos al día. Sin contárselo a nadie.
* * *
Brookhaven Commons había sido un centro comercial en su día.
Se extendía en lo alto de una colina sobre la Cuarenta, a seis kilómetros al este de Bramford: una ruina larga y baja de hormigón beige y claraboyas rotas, rodeada por ocho hectáreas de aparcamiento vacío.
Había cerrado en 2038. Vantage compró uno de sus extremos en 2041 y convirtió los antiguos grandes almacenes en un punto de distribución regional; cada noche las furgonetas entraban y salían del muelle de carga bajo las luces naranjas de vapor de sodio, y el resto del centro comercial quedaba a oscuras detrás de ellas, con las puertas de cristal encadenadas, el patio de comidas cubierto de hojas y la fuente seca.
Kofi entró en el muelle de carga a las 2:28. Metió la furgoneta marcha atrás en la dársena 7, como todas las noches. Bajó, rodeó la furgoneta y abrió las puertas traseras.
El muelle de carga estaba iluminado de naranja.
Más allá, el aparcamiento estaba a oscuras.
Había tres vehículos aparcados en la oscuridad, al otro extremo, bajo una farola apagada.
Una furgoneta blanca sin distintivos. El utilitario Brennan de Tess, de once años, con el parabrisas agrietado.
Y una vieja camioneta negra con matrícula de Ostrander y un golpe en el portón trasero.
Junto a la camioneta había un hombre. Un hombre corpulento y ancho de espaldas, de unos cincuenta años, de rostro sereno, que sostenía la puerta abierta.
Y de ella bajaba un hombre.
Gabriel se quedó en la parte trasera de la furgoneta de Vantage, bajo la luz naranja, con la bolsa colgada del hombro y los sándwiches en la mano, y observó a Adrian Vale cruzar el aparcamiento oscuro de un centro comercial muerto, sobre la Cuarenta, a las dos y media de la madrugada.
Llevaba el abrigo gris. El abrigo de Luis.
El gorro de punto azul marino. Caminaba deprisa.
Y entonces dejó de caminar. Echó a correr: un hombre grande y pesado cruzando a la carrera un aparcamiento agrietado y vacío bajo una farola apagada, como Gabriel no lo había visto correr nunca, como debía de haber corrido alguna vez, a los veinte años, remando en el puesto cinco, detrás de un chico llamado Daniel, antes de que le sucediera nada.
Gabriel soltó la bolsa. Soltó los sándwiches.