CAPÍTULO CUARENTA Y DOS #2
—Y va a peor —dijo Brickman—. Esta noche no voy a entrar en detalles.
No es ese tipo de programa. Pero mis fuentes me dicen que la coacción no era solo política.
Era personal. Del tipo de cosas personales que le revuelven el estómago a un hombre decente.
—Dejó que aquello calara—. Y el congresista, Dios lo bendiga, lo soportó en silencio.
Durante meses. Para proteger a su familia.
Para proteger la campaña de su esposa. Hasta la semana pasada, cuando, según mis fuentes, por fin pidió ayuda y la Oficina de Seguridad de la Asamblea y la OCA intervinieron.
En la pantalla apareció una fotografía de Gabriel.
Adrian no sabía de dónde la habían sacado.
Era de un directorio de personal de un comité, de hacía dos años: un retrato corriente sobre fondo gris.
Gabriel con traje oscuro, sin sonreír, los ojos gris verdoso mirando directamente al objetivo, la fina cicatriz blanca que le cruzaba la ceja derecha muy visible.
Debajo, su nombre, en letras blancas.
GAbrIEL MERCER, 33 AÑOS — BAJO INVESTIGACIÓN DE LA OSC
—Este es el hombre —dijo Brickman en voz baja—.
Mírenlo bien. Este es el aspecto que tiene un depredador, amigos.
Parece el compañero de habitación de su hijo en la universidad.
Parece el joven tan amable que les ayuda con las bolsas de la compra.
Siempre tienen ese aspecto. —Se volvió de nuevo hacia la cámara—.
Y aquí está mi pregunta de esta noche. La pregunta que voy a hacer toda la semana.
¿Cómo consiguió un hombre así la autorización para el anexo?
¿Cómo llegó a estar siquiera cerca de un miembro de la Asamblea Federal?
Porque les voy a decir una cosa. Si la Red lo señaló, y mis fuentes me dicen que lo hizo, mis fuentes me dicen que este joven fue señalado en el nivel más alto que maneja la OCA, entonces alguien, en algún sitio, lo sabía.
Y alguien, en algún sitio, dejó que se quedara.
—Se inclinó hacia delante—. Si el sistema lo señaló, había un motivo. Y alguien lo pasó por alto.
Eleanor se levantó del escritorio de su padre. Atravesó el salón en penumbra, cogió el mando y apagó la pantalla.
La habitación quedó a oscuras.
—Ha usado la fotografía del directorio de personal —dijo Adrian.
—Lo sé.
—Alguien debió de pedírsela a Brooke. O a alguien de la oficina del secretario. No lo sé.
—No importa.
—«Parece el joven tan amable que les ayuda con las bolsas de la compra».
—Adrian oyó su propia voz, muy plana, como desde muy lejos—.
La señora Kell. En Kettle Hill. Me hizo llevarle las suyas.
Me dijo que le contaría al Gobierno que un joven muy amable la había ayudado.
—Se cubrió la cara con las manos—. Brickman no sabe eso.
No puede saberlo. Es solo una frase. Solo una frase que utiliza.
Eleanor estaba de pie ante él, a oscuras.
—Lo ha filtrado Pierce —dijo ella—. No los detalles.
El marco. Para adelantarse a ti. Para que el jueves, cuando te sientes en el despacho de Pruitt, todo el país conozca ya la historia en la que tú eres la víctima.
Para que, si te niegas a firmar, no te limites a rechazar un trato.
Estarás contradiciendo lo que seis millones de personas oyeron el martes por la noche.
—Su voz era muy serena—. Es lo que yo habría hecho. En 2034. Por Brandvold.
Él levantó la cabeza y la miró.
—¿Lo habrías hecho?
—Sí —dijo Eleanor—. Se me da muy bien.
Se quedó allí un momento más. Después volvió al escritorio de su padre, se sentó a oscuras, de espaldas a él, y no dijo nada más.
* * *
Martin llegó a las once y media.
Adrian oyó llamar a la puerta: tres golpes fuertes en la vieja aldaba de latón con forma de cabeza de león que les había regalado la madre de Eleanor, y fue él mismo a abrir.
Martin Kessler estaba en el umbral del 31 de Linden Row, en la cálida noche de junio, con su vieja chaqueta de tweed, el bigote blanco, los hombros anchos y la tableta bajo el brazo, renqueando de la rodilla izquierda.
Detrás de él, junto al bordillo, un coche con chófer arrancaba y se alejaba.
—¿Puedo pasar? —dijo Martin.
Entraron en el estudio. Adrian cerró la puerta. Martin no se sentó. Se quedó junto a las estanterías, con la tableta pegada al pecho, igual que la sostenía Gabriel, como un escudo, y miró a Adrian durante un largo rato.
—Pierce me llamó a las nueve —dijo—. Antes que Brickman. Para avisarme. Me dijo: «Martin, va a emitirse a las diez y quiero que sepas que el Comité respalda plenamente al congresista y que el jueves te necesitaremos para ayudarlo a tomar la decisión correcta».
Martin hizo una pausa.
—Le pregunté cuál era la decisión correcta. Me lo contó. Todo. El comunicado. Renwick. Cedar Springs. —Su voz no cambió—. Me habló de la habitación del Sterling. Y de la habitación del sótano del Ralston. Me dijo lo que ponía en el resumen. Me dijo que aparecía catorce veces en el resumen.
Adrian no dijo nada.
—Llevo dos horas y media sentado en la cocina —dijo Martin—.
Pensando. He visto a Brickman. He visto la fotografía.
La cara de ese chico. —Bajó la vista hacia la tableta—.
Y después llamé a un coche y vine aquí. Porque en octubre te dije que, fuera lo que fuese esto, yo sería quien se interpusiera entre eso y ti.
Y el mes pasado le dije a Mercer, en el tejado, que me interpondría entre eso y vosotros dos.
Y dije que no pedía explicaciones. —Levantó la vista—.
Así que ahora las pido. No qué ha pasado.
Eso ya lo sé. Pierce me lo contó. Te pido que me lo cuentes tú.
En esta habitación. Porque he recorrido en una camioneta todos los condados del Cuarto Distrito por ti, y creo que me he ganado el derecho a oírlo de tus labios y no de Roland Pierce.
Adrian miró a su jefe de gabinete bajo la luz de la lámpara, en el estudio de la familia de su madre.
Miró el bigote blanco en el que confiaban los votantes de Ostrander.
Los hombros anchos, la rodilla maltrecha y los ojos bondadosos, astutos y leales.
Al hombre que había dicho, en la primavera de 2036, con un palillo en la boca y una nevera con sándwiches en el asiento, entre los dos: «Eres el único hombre de esta carrera que cree en lo que dice. No lo pierdas nunca».
Había visto aquella expresión en el rostro de Martin una vez antes, en octubre, en el Ralston 418, cuando Martin había dicho: «Llevo once años protegiéndote de algo. Lo que nunca hice fue preguntarte qué era».
—Estoy enamorado de él —dijo Adrian.
Martin no se movió.
—De Gabriel —dijo Adrian—. Estoy enamorado de Gabriel.
Empezó mal. Empezó con algo que él vio, algo que me pidió y algo que le di porque no sabía si tenía miedo o si lo deseaba.
Y después no se quedó ahí. Fue a otro sitio.
A un sitio en el que nunca había estado.
A un sitio cuya existencia ignoraba. —Oyó su propia voz, firme, ahora muy cerca—.
Es el mejor hombre que conozco, Martin. Después de ti.
Él diría que después de su padre. Me devolvió todo lo que tenía contra mí.
Lo quemó delante de mí. Y lo quiero. Y el jueves van a pedirme que diga que me violó, y no lo voy a decir.
En el estudio reinaba un silencio absoluto. Al otro lado de la puerta cerrada se oía, débil, el tic-tac del reloj del recibidor.
Martin lo miró durante un largo rato.
Después dejó la tableta sobre el escritorio, junto a la de Adrian, junto a la fotografía de los niños en el Dairy Barn. Se sentó pesadamente en el sillón de cuero que había al lado de las estanterías, aquel en el que nunca se sentaba nadie, y se frotó la rodilla mala con una de sus grandes manos.
—Vale —dijo.
—¿Vale?
—Vale. —Martin levantó la vista hacia él—.
¿Quieres saber una cosa? Lo sé desde el partido de Founders Field.
En octubre. Volviste de aquel partido, lo nombraste director de personal y no fuiste capaz de mirarme a los ojos.
Y pensé: «Vaya, que me aspen». Y después pensé: «No, no puede ser.
Adrian no. No el fiscal del puente Calder.
No el hombre que se leyó los apéndices de la Ley del 36».
—Negó despacio con la cabeza—. Y lo aparté.
Lo guardé en un estante. Se me da muy bien. Lo aprendí de ti.
—Martin.
—Déjame terminar. —Se frotó la rodilla—.
Llevo treinta y cuatro años en esto. He visto todo lo que le puede pasar a un hombre en este edificio.
Se lo dije a Mercer en el tejado. Aventuras, deudas, alcohol, pastillas, una segunda familia en Solana.
He limpiado el estropicio de todos ellos.
Y te diré lo que he aprendido. Todos esos hombres, todos y cada uno, cuando les llegó el momento, hicieron lo mismo.
Firmaron. Aceptaron el trato. Dijeron todas las frases ciertas que Arthur Renwick les puso delante, las que fueran, se fueron a Cedar Springs o adonde fuese, volvieron en septiembre y estaban bien.
Conservaron sus escaños. Conservaron a sus esposas, en su mayoría.
Y todos y cada uno quedaron un poco muertos el resto de su vida.
—Miró a Adrian—. Se les veía. En la cara.
En la fiesta de Navidad. Algo se había apagado.
Adrian no dijo nada.
—He estado observando tu cara desde septiembre —dijo Martin—.
Desde el mitin. Desde lo de la tal Wynn.
Y algo entró. —Se le quebró la voz, apenas un instante—.
No sabía qué era. Pensé que quizá Dios. A tu padre le habría gustado esa explicación.
O quizá la madre del chico. No pensé que fuera una persona.
No pensé que fuera él. —Se limpió el bigote con el dorso de la mano—.
Pero da igual qué fuera. Entró. Y llevo treinta y cuatro años viendo cómo se les apaga a los hombres, y no quiero ver cómo se te apaga a ti.
—Me destruirán.