CAPÍTULO CUARENTA Y UNO #2
—Señor Mercer —dijo Grant despacio—. Quiero asegurarme de que entiende lo que acaba de decirme. Acaba de describir, en una línea grabada, la extorsión a un cargo público. Incluida la extorsión sexual. Es un delito federal. En realidad, varios.
—Lo entiendo.
—Me gustaría volver a preguntarle si quiere un abogado.
—No —dijo Gabriel—. Quiero terminar.
Grant lo miró largo rato por encima de la mesa laminada. Luego volvió a ponerse las gafas.
—Adelante.
* * *
Así que Gabriel le contó el resto.
Se lo contó tal como le había hablado a Adrian de la rama DPM, con la misma voz serena y precisa que usaba para informar al presidente de la Cámara.
Le habló de la Suite 912 el catorce de noviembre.
«¿Es eso lo que querías? No. Yo tampoco».
Le habló del sobre debajo del armario de la cocina, con el cuatro de corazones, y de lo que había escrito dentro, «También escribo esto porque es una baza», y de que se lo había contado a Adrian aquella misma noche.
Le habló de la segunda vez, en diciembre, cuando Adrian había escrito «912.
Jueves» sin signo de interrogación, había pedido comida y había dicho «tres cuartos».
Le habló de la tormenta de nieve y del hombre con esquís en Calder Street.
Le habló de Kettle Hill, de la señora Kell y de Sal diciendo «Yo soy quien decide».
Le habló de Miriam Teague y de la adenda, «no existe conflicto», y de que Adrian la había llamado sin consultárselo.
Le habló de su trigésimo tercer cumpleaños, de los prismáticos de la Torre 14, del destornillador, del embellecedor y de la llama azul del gas.
—Lo quemé —dijo—. Delante de él. A las nueve menos diez del tres de marzo. Le dije que ya no tenía nada, salvo lo que él decidiera darme.
Miró a Grant.
—Fue entonces cuando mi perfil cruzó el umbral de la Directiva 7. Es lo único que hice de otra manera aquella noche. Quemé un trozo de papel.
Grant había dejado de escribir. Permanecía sentado con las gafas en la mano.
—¿Y después? —preguntó.
—Después me dijo que me quería. En mayo. En la 912. Y yo se lo dije a él.
Gabriel no apartó la mirada.
—Y el doce de junio le dejé una nota en la almohada que decía «Ya veremos». Y se lo llevaron del hotel a las siete cuarenta con ella en la mano, y no la soltó.
Se detuvo.
Grant estuvo un buen rato sin decir nada. Feld, al otro extremo de la mesa, también había dejado de teclear. Miraba a Gabriel con una expresión que él no supo interpretar.
—Señor Mercer —dijo Grant por fin—. ¿Sabe qué hay en el resumen de integridad? El del día doce.
—No.
—No debería contárselo.
—Entonces no lo haga.
—Contiene un análisis de palabras clave —dijo Grant, como si no le hubiera oído—. Audio. De los sensores ambientales de la habitación. El sistema marca términos asociados a ciertas clasificaciones. Amenazas. Coacción. Angustia. Ese tipo de cosas.
Dio vueltas a las gafas entre los dedos.
—No había ninguno. Ni un solo término de amenaza. Ni uno de angustia. En diez horas.
Hizo una pausa.
—Había otros términos. Marcados bajo una clasificación distinta. El sistema la llama «indicadores de apego afectivo».
Miró a Gabriel.
—La frase «te quiero» aparece catorce veces. Siete de cada voz.
Gabriel se quedó completamente inmóvil.
—Llevo diecinueve años en esto —dijo Grant en voz baja—. He trabajado en once casos de extorsión con cargos públicos implicados. Dos de ellos, de naturaleza sexual. He leído muchísimos resúmenes de integridad.
Dejó las gafas sobre la mesa.
—Jamás he visto a una víctima de extorsión decirle «te quiero» siete veces al hombre que la extorsiona. En una habitación que creía sellada. Donde pensaba que nadie lo oiría nunca.
La paloma volvió al alféizar. Lo recorrió, se detuvo, miró hacia dentro y siguió.
—¿Qué significa eso? —preguntó Gabriel. La voz le salió muy baja.
—No lo sé —respondió Grant—. Significa que la historia es más complicada que la cronología.
Cogió la tableta. La miró un largo instante. Luego la dejó boca abajo sobre la mesa.
—También significa que lo que le pase a usted depende casi por completo de lo que nos cuente el diputado Vale. ¿Lo entiende?
—Sí.
—Si nos dice que lo coaccionó, la cronología lo respalda. Usted mismo acaba de decirme que lo hizo. Al principio. Los cargos serán extorsión, acceso no autorizado y uso indebido de recursos del comité; irá a juicio, él testificará, lo declararán culpable y cumplirá de ocho a quince años.
La voz de Grant no tenía la menor inflexión.
—Y, aparte, como está sujeto a la Directiva 7 y ha sido objeto de una remisión de integridad, podrá optar a algo que llaman asignación de continuidad. Yo no sabía que existía hasta el sábado a las seis y media de la mañana, cuando el subdirector de la OCA me habló de ello por teléfono.
—¿Y si no lo hace?
—Si nos dice que fue consentido —dijo Grant—, entonces no hay víctima. Y la extorsión requiere una víctima. Y el caso se vuelve mucho, mucho más difícil.
Hizo una pausa.
—Pero sigue sujeto a la Directiva 7. Y la remisión de integridad sigue en pie. Y la asignación de continuidad no requiere una condena. No requiere nada. Solo requiere que la OCA decida que está desestabilizando el grafo.
Gabriel miró por la ventana los tejados de Bramford. La torre del reloj parado de la estación Union, con sus números romanos congelados en las cuatro y cuarto desde 2039.
—Así que, de un modo u otro —dijo.
—De un modo u otro, tiene un problema —dijo Grant—. Su declaración solo decide de qué tipo.
* * *
Lo retuvieron seis horas.