CAPÍTULO CUARENTA Y UNO
SALA DE INTERROGATORIOS
Su padre abrió la puerta.
Gabriel lo oyó desde el sofá, donde llevaba despierto bajo la vieja manta desde las cuatro. Los golpes en la puerta, dos toques firmes, a las seis en punto. Los pasos lentos de su padre en la escalera. La cadena al descorrerse. La voz de Frank Mercer, pastosa de sueño, diciendo:
—¿En qué puedo ayudarles?
Y una voz de hombre, serena y cortés:
—¿Señor Mercer? ¿Francis Mercer? Me llamo Hollis Grant, soy agente especial de la Oficina de Seguridad Cívica. Esta es la agente Feld. Buscamos a su hijo, Gabriel. Nos gustaría hablar con él.
Gabriel se incorporó.
Su padre seguía en el vano de la puerta abierta, con la bata y las zapatillas viejas, una mano apoyada en el marco.
No se volvió. Se quedó allí un largo rato mirando a las dos personas del porche en la luz gris del amanecer, y Gabriel vio cómo los hombros, bajo los cuadros desvaídos de la bata, se le ponían muy rectos.
—¿Está detenido? —preguntó Frank.
—No, señor. No por ahora. Nos gustaría que nos acompañara voluntariamente a una entrevista. En la delegación de la Oficina, en Commerce Street.
—¿Y si no quiere?
Hubo una pausa.
—Entonces tendríamos que hablar de otras opciones, señor. Preferiría no hacerlo.
Frank no se movió.
—Papá —dijo Gabriel.
Su padre volvió la cabeza. Miró a su hijo, en el sofá, bajo la manta. A la luz gris, su cara parecía muy vieja y muy quieta.
—No tienes por qué —dijo Frank.
—Ya lo sé.
—Puedes pedir un abogado. Tu hermana tiene el número de esa mujer, la Teague.
—Ya lo sé, papá. —Gabriel se puso de pie. Iba en camiseta y pantalón de chándal; no se los había cambiado desde el sábado—. Tranquilo. Iré.
Arriba se abrió una puerta. Pasos. La voz de su madre, aguda y asustada:
—¿Frank? Frank, ¿quién es?
Y entonces Denise estaba en lo alto de la escalera, en camisón, con la trenza gris sobre el hombro, mirando la puerta abierta y a los dos desconocidos del porche y a su hijo de pie en el salón, y se llevó la mano a la boca.
—Mamá —dijo Gabriel—. No pasa nada.
—¿Quiénes son?
—Son de la OSC. Quieren hablar conmigo.
Denise bajó la escalera peldaño a peldaño, con una mano en la barandilla, por culpa de las rodillas. Cruzó el salón. Se paró delante de él. Le puso las dos manos en la cara, como cuando era pequeño y tenía fiebre.
—¿Qué has hecho? —susurró.
Él no contestó.
—Gabe. ¿Qué has hecho? Si la Red te ha señalado, tiene que haber un…
Se detuvo.
Él la vio detenerse. Vio cómo le brotaban las palabras, como siempre, igual que aquella vez en el porche, en septiembre, con Tess: la oración que había rezado todos los días de su vida para poder levantarse a las cinco e ir en coche a casa de la señora Eberhardt.
Si la Red te ha señalado, tiene que haber un motivo.
La vio llegar a la mitad y detenerse, con la boca aún abierta, y mirarle la cara.
No terminó la frase.
Se quedó allí, con las manos en la cara de su hijo, la boca abierta y los ojos llenándose de lágrimas, y por primera vez en su vida Gabriel vio que su madre no se lo creía.
—Ay, cariño —dijo ella—. Ay, mi niño.
* * *
Tess los siguió en su Brennan de once años, un utilitario con el parabrisas rajado: Larch Street entera, el puente de Fourth Street sobre el río Mill, el largo costado muerto de la planta Kessler-Doane y el centro hasta Commerce Street.
Gabriel la vio en el retrovisor lateral todo el camino.
Las manos en el volante, a las diez y diez. La mandíbula apretada.
La delegación de la OSC en Pell ocupaba las plantas tercera y cuarta de un edificio federal gris de Commerce Street que en otro tiempo había albergado la oficina de Bramford de la Cooperativa Eléctrica de Pell.
En el vestíbulo seguía el antiguo sello de la cooperativa incrustado en el suelo de terrazo: un rayo dentro de una corona de espigas.
Hollis Grant lo cruzó con Gabriel sin prisa.
En el ascensor acercó la placa a un lector, miró a una cámara y las puertas se abrieron al instante.
Gabriel no tuvo que mirar nada.
La sala de interrogatorios estaba en la cuarta planta.
Era más pequeña de lo que había imaginado, y más pelada.
Una mesa con el tablero laminado. Tres sillas.
Una caja de pañuelos. Una jarra de agua y dos vasos de papel.
Una ventana, cosa que lo sorprendió, con vistas por encima de los tejados del centro de Bramford, hacia el río y la torre del reloj parado de la estación Union.
En un rincón del techo, una pequeña cúpula blanca.
—Siéntese, por favor, señor Mercer —dijo Grant.
Gabriel se sentó. Grant se sentó enfrente. La agente Feld, una joven pelirroja de pelo muy corto, con una tableta, se sentó en un extremo de la mesa y no dijo nada.
Hollis Grant tenía cuarenta y ocho años, una cara alargada, anodina y paciente, el pelo gris cortado muy corto y unas gafas de leer que se ponía para mirar la tableta y se quitaba para mirar a Gabriel.
Vestía un traje oscuro que había sido bueno diez años atrás, llevaba alianza y en la solapa una pequeña insignia esmaltada con forma de balón de fútbol.
Cuando vio que Gabriel la miraba, la tocó.
—El equipo de mi hija —dijo—. Sub-12. Ganaron la fase regional de Pell en abril. Dicen que soy el padre que más grita de todo el estado.
—Enhorabuena.
—Gracias. —Grant se puso las gafas—. Señor Mercer, voy a explicarle de qué va esto.
No está detenido. No está bajo custodia.
Puede pedir un abogado en cualquier momento y yo pararé.
Puede marcharse cuando quiera, aunque, si se marcha, tendré que tomar decisiones sobre cómo proceder que quizá no le gusten.
Esta conversación se está grabando. —Señaló la cúpula con la cabeza—. ¿Lo entiende?
—Sí.
—¿Quiere un abogado?
Gabriel pensó en Miriam Teague, en Calvert, que encontró tecnicismos en nueve días. Pensó en lo que ella diría. «No digas una palabra, cariño. Ni una sola».
—No —dijo.
Grant lo miró un momento por encima de las gafas.
—De acuerdo —dijo—. Entonces voy a enseñarle algunas cosas y a hacerle algunas preguntas, y me gustaría que respondiera con sinceridad. Si no quiere responder a algo, dígalo.
Giró la tableta y la deslizó por la mesa.
* * *
Era una cronología. Muy limpia. Texto negro sobre blanco, con las horas y las fechas en la columna de la izquierda y una breve descripción al lado de cada una.
10/10/47 23:52 — Sesión SDP sellada, Ralston B-114. Credencial: VALE, A.
10/10/47 23:55 — Entrada registrada, Ralston B-114. Credencial: SHORE, J.
11/10/47 00:21 — Entrada registrada, Ralston B-114 (sesión sellada en curso). Credencial: MERCER, G.
11/10/47 00:24 — Salida registrada, Ralston B-114. Credencial: MERCER, G.
12/10/47 13:00–15:30 — Coincidencia de ubicación: VALE, A. (exento, inferido por proximidad a MERCER, G.) / MERCER, G. Founders Field, Sec. 114.
15/10/47 — MERCER, G. nombrado director de personal de la Comisión de Seguridad Pública y Tecnología Cívica.
24/10/47 — Solicitud de documentos de la comisión a Ardent Health Systems relativa a la política de personal de centros entre los que figura el Hospital General de Bramford (empleador de MERCER, T., hermana).
14/11/47 21:00 — Sesión SDP sellada, Hotel Sterling 912. Credencial: VALE, A.
Continuaba. Todos los jueves. La tormenta de nieve. Febrero. Marzo. La solicitud de excepción del quince de mayo. Y al final:
12/06/48 21:00–13/06/48 07:00 — Sesión SDP (verificación de mantenimiento), Hotel Sterling 912. Credencial: VALE, A. Incidente de integridad. Remitido.
Gabriel lo leyó de arriba abajo. Después deslizó la tableta de vuelta por la mesa.
—Es exacto —dijo.
Grant lo miró un largo instante.
—¿Todo?
—Hasta donde yo sé. No sabía lo de la inferencia de Founders Field. Pensé que la multitud bastaría. —Miró la cúpula del rincón—. No bastó.
—Las multitudes son un ruido excelente —dijo Grant—. A menos que a una de las personas de la multitud ya la estén vigilando. —Se quitó las gafas—. Señor Mercer. El once de octubre, a las 00:21, entró en una sesión sellada que estaba en curso en Ralston B-114. ¿Por qué?
—Para entregar una portada. Para el anexo clasificado del informe de la comisión. El letrado mayor necesitaba tenerla firmada antes de las 12:45. El presidente me dijo que la bajara si no había vuelto para y cuarto.
—¿Se lo dijo por escrito?
—No.
—¿Alguien más lo oyó decírselo?
—No.
Grant asintió despacio. Anotó algo en la tableta.
—¿Qué vio cuando entró en la sala?
Gabriel lo miró. Aquel rostro alargado, vulgar y paciente, el pin del balón de fútbol, las gafas de lectura plegadas en la mano.
Pensó en lo que Adrian había dicho por teléfono la noche anterior. «Diré toda la verdad».
—Vi al diputado Vale y al señor Shore —dijo—. En un encuentro sexual.
Feld, al otro extremo de la mesa, no levantó la vista. Movía los dedos sobre la tableta.
—Y después —dijo Grant—. En los días siguientes. ¿Abordó al diputado Vale con exigencias relacionadas con lo que había visto?
Gabriel permaneció callado un largo rato.
Al otro lado de la ventana, una paloma se posó en el alféizar, caminó por él, se detuvo, los miró a través del cristal y siguió su camino.
—Sí —dijo.
Grant no se movió.
—Le dije que quería ser director de personal —dijo Gabriel—.
En un partido de fútbol. El día doce. Le dije que quería que presentara la enmienda del factor de estrés en el pleno.
No dije «o si no». No hacía falta. Él sabía lo que yo había visto.
Yo sabía que él lo sabía. De eso se trataba.
—Mantuvo la voz muy firme—. Y el ocho de noviembre, bajo el puente de los Fundadores, le dije que lo quería a él. Y le dije que era una cláusula.
—Una cláusula.
—Una condición. De mi silencio. —Gabriel miró la mesa—. Eso es lo que dije. Usé esa palabra. Sabía en qué me convertía. También se lo dije.
En la sala de interrogatorios se hizo un silencio absoluto. La cúpula del rincón los observaba.