El derecho a ser impredecible CAPÍTULO TREINTA Y OCHO #2
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CAPÍTULO TREINTA Y OCHO #2

Cuando Varga le pidió cortésmente, en la puerta, el trozo de papel de hotel que tenía en la mano, dijo:

—No.

Varga lo miró.

—Es propiedad personal, diputado. Puede ser relevante para la revisión.

—Son tres palabras —dijo Adrian—. Ya tienen todo lo demás. Esto no se lo llevan.

Varga vaciló. Dana, detrás de él, dijo en voz muy baja:

—Déjale conservarlo, Greg.

Y Varga, al cabo de un momento, le permitió conservarlo.

* * *

Lo bajaron en el ascensor principal. Atravesaron el vestíbulo.

Pasaron bajo la lámpara de araña fabricada en Varenne en 1903.

Pasaron junto a la recepción, donde la joven de la chaqueta verde oscura que los jueves le decía que a la suite 912 siempre le tocaban las mejores flores permanecía muy erguida y no lo miraba.

Pasaron junto a un portero que sí lo miró.

Salieron por las altas puertas de cristal hacia la entrada cubierta, donde esperaba un sedán gris.

Luis no lo conducía. Lo conducía un joven con un cortavientos.

Adrian subió atrás. Varga subió a su lado. El coche salió a la luminosa mañana de junio y subió por Calder Street hacia la Milla Federal.

Sacó el teléfono. Llamó a Gabriel.

No sonó. Saltó directamente una voz grabada. La persona a la que intenta llamar no está disponible.

Volvió a llamar. La misma voz.

Varga lo observó y no dijo nada.

* * *

Renata Cole estaba junto a la ventana cuando lo hicieron pasar.

La planta cuarenta y uno de la torre de la OCA estaba muy silenciosa aquel sábado por la mañana.

El joven de la recepción no estaba. El largo pasillo con sus fotografías enmarcadas —el puente, las escuelas, los parques infantiles— y sus placas de latón estaba vacío.

Su despacho estaba lleno de luz. Se apartó de la ventana cuando Varga abrió la puerta y miró a Adrian, con la chaqueta y la camisa del día anterior, el botón superior desabrochado y la cara sin afeitar; algo se movió en sus ojos gris pálido, y lo guardó.

—Gracias, Gregory —dijo—. Espere fuera, por favor.

Varga salió. La puerta se cerró.

—Siéntate, Adrian.

No se sentó.

—¿Dónde está?

—No lo sé. La OSC tiene la remisión. Lo encontrarán. —Rodeó el escritorio pálido y vacío y se detuvo a un par de pasos de él—. Siéntate, por favor.

—Renata.

—Por favor.

Se sentó. En la silla que había frente al escritorio, donde Gabriel se había sentado en octubre y donde le habían hablado de un pronóstico.

Ella no volvió a situarse detrás del escritorio.

Se sentó en el borde, cerca de él, con las manos entrelazadas sobre el regazo, como se sienta un médico al borde de una cama.

—Te dije en marzo —dijo— que sé reconocer el aspecto que tiene alguien a punto de perder algo insustituible.

—Lo dijiste.

—Esperaba que no llegáramos a esto. Quiero que lo sepas.

Esperaba que terminara en un despacho. Eso es lo que le dije a tu mujer.

—Hizo una pausa—. El martes. En el jardín de Ashgrove Covenant.

Me preguntó, hipotéticamente, cómo gestionaría mi unidad una cuestión de integridad relacionada con un miembro.

Le dije que con discreción. Le dije que asesoramos.

Le dije que habíamos gestionado once casos así desde 2041 y que ninguno se había hecho público.

—Su voz no cambió—. No sabía que preguntaba por ti.

Debería haberlo sabido. Llevo trece años en esto. Debería haberlo sabido.

Adrian permaneció inmóvil en la silla.

—Y entonces la remisión llegó a las 02:13 —dijo Renata—, con tu acreditación, desde tu tableta, con una justificación redactada en un lenguaje que reconocí porque he leído sus discursos, y con un código de motivo que la envió directamente al despacho de Gregory.

Y comprendí que me había elegido a mí. Que había elegido mi unidad porque creía que yo conseguiría que terminara en un despacho.

—Lo miró fijamente—. Y lo habría hecho. Adrian, quiero que entiendas eso.

Si solo hubieras estado tú, lo habría hecho.

Te habría sentado esta mañana en esta silla, te habría enseñado el resumen y te habría dicho que pararas, y tú habrías parado o no, pero, en cualquier caso, nunca habría salido de esta planta.

—Pero no solo estaba yo.

—No. —Las manos de Renata se tensaron apenas en el regazo—.

El señor Mercer está sujeto a la Directiva 7.

Desde el 3 de marzo. Lo sabes. Te lo dije.

Y la Directiva 7 obliga a remitir a la OSC cualquier incidente de integridad relacionado.

Es automático. Está en el código. Yo no redacté esa norma, pero la aprobé en 2044 porque los sujetos de la Directiva 7 son las personas que el sistema no puede ver, y decidimos que, cuando uno de ellos estuviera implicado en algo, un ser humano tendría que examinarlo.

—Tomó aire—. Así que la unidad de Gregory lo señaló, el sistema lo remitió y, cuando me desperté y revisé la cola, ya estaba en la OSC.

Y Hollis Grant, de la Oficina, me llamó a las 06:30 para preguntarme si quería solicitar que se retuviera la remisión, y dije que no.

—¿Por qué?

—Porque no puedo —dijo Renata—. No sin anular un protocolo de la Directiva 7 para un miembro en activo de la Asamblea Federal que preside la comisión que supervisa mi organismo.

¿Te das cuenta de lo que parecería? ¿A ojos de Pierce?

¿De Pruitt? ¿De la Comisión de Ética? ¿De Nadia Ferrante, que tiene un portero en el Sterling?

—Hablaba en voz muy baja—. Parecería exactamente lo que sería: la OCA protegiendo a un hombre porque es importante.

Haciendo una excepción a las normas para quienes las redactaron.

Eso mismo que llevan años diciendo de nosotros todos los empleados de Commonwealth, todas las cuentas de Loop y tu propia hija.

—Sostuvo su mirada—. No lo haré. Ni siquiera por ti.

Ni siquiera por esto. La Red no sobreviviría a ser eso.

Adrian la miró durante un largo rato.

—¿Qué vio? —preguntó.

Renata no respondió de inmediato.

—No voy a enseñártelo —dijo por fin—. Hay un resumen.

Copresencia. Duración. Correlaciones biométricas.

Análisis de palabras clave del audio. Clasificaciones de actividad inferidas, con niveles de confianza.

—Apartó la mirada hacia la ventana, hacia la vista teñida de verde de la Milla Federal y la cúpula blanca de la Asamblea—.

Lo leí esta madrugada, a las tres. No voy a obligarte a leerlo. Tú estabas allí. Sabes lo que dijiste.

Él sabía lo que había dicho.

«Te quiero».

«Mírame».

«Te estoy mirando».

Sentado en la silla de la cuadragésima primera planta de la torre cuya construcción había votado, comprendió que cada palabra estaba ahora en un resumen, con niveles de confianza, en una cola que un hombre llamado Gregory Varga había leído a las dos de la madrugada, Renata Cole a las tres y Hollis Grant, de la Oficina de Seguridad Cívica, a las seis y media.

Que tenía una clasificación. Que había sido inferida.

Lo había dicho en la única habitación de la ciudad donde nadie podía oírle.

Nunca había existido una habitación así.

—¿Qué pasa ahora? —preguntó.