CAPÍTULO TREINTA Y CINCO #3
Sospecha de uso indebido de espacio sellado lo remitiría a Renata. Discretamente. A una unidad que había gestionado once casos así desde 2041 y que nunca había dejado que ninguno se convirtiera en noticia. A una mujer que entendía que la alternativa era el Ledger. A una habitación.
Seleccionó Sospecha de uso indebido de espacio sellado (remitir a Riesgos Internos).
El formulario le pidió que confirmara. Esta solicitud quedará registrada a nombre de la credencial solicitante.
Se aplicará una verificación de mantenimiento al espacio seleccionado durante el intervalo solicitado.
El espacio seguirá mostrando a sus ocupantes el estado de sellado activo.
Los datos recopilados durante la verificación se enviarán a la cola de revisión de Seguridad de la Asamblea y se remitirán a la Unidad de Riesgos Internos de la OCA para una revisión secundaria. ¿Continuar?
Se quedó mirando la palabra continuar durante un largo rato.
Pensó en la higuera. En el único higo verde y duro de la rama más baja.
Pensó en Lily en las escaleras. Me gusta mucho.
Pensó en una habitación de hotel en Calvert, dieciocho años antes. ¿Hay algo que quieras contarme antes de mañana?
Pulsó Continuar.
Solicitud enviada. Referencia SDP-MV-2048-0611-0912. Verificación de mantenimiento programada: 12/06/2048, 21:00–07:00. Gracias.
Cerró la sesión. Apagó la tableta. La volvió a dejar en el escritorio exactamente donde estaba, junto a la pila de informes de comisión y la fotografía de los niños en el Dairy Barn, alineada con el borde.
Estuvo mucho rato sentada en la silla de él, en el estudio a oscuras.
Luego subió y se tumbó junto a su marido, que dormía boca arriba, con un brazo extendido por encima de la cabeza, respirando despacio, con el rostro laxo, joven y del todo indefenso, como no se lo había visto en años. Se tumbó de lado y lo miró a la luz tenue que entraba por la ventana.
Pensó: «Acabará en una habitación».
Pensó: «Cerrará la puerta, porque siempre se le ha dado bien cerrar puertas».
Pensó: «Y en agosto, en la mesa de mi abuela, no habrá nada que contarme. Y nunca tendré que oírlo».
No durmió.
* * *
El viernes doce de junio trabajó todo el día desde el escritorio de su padre.
Hizo llamadas. Aprobó un anuncio de televisión en el que caminaba por un campo de trigo de Merritt junto a un agricultor y su nieta.
Almorzó con Cass en Delphine’s, se rio con las historias de Cass y se comió media ensalada.
Recogió a Noah en Linden Academy a las tres y lo llevó a la biblioteca de Ashgrove, donde quería consultar un atlas de Ostrander de 1931 que la señora Fennimore había apartado para él.
A las seis, Adrian llamó para decir que la conferencia del Senado había terminado antes de lo previsto, que iba a hacer algo de trabajo del comité en el Sterling y que dormiría allí. Ella dijo que de acuerdo. Él dijo que la quería. Ella dijo que lo sabía.
A las ocho, dio de cenar a los niños. Lily comió deprisa y subió.
Noah habló del atlas de 1931, en el que la Ruta 17 aparecía en un sitio ligeramente distinto al del mapa de 1958, lo que significaba que la vieja carretera se había movido al menos dos veces, lo que significaba que la laguna era aún más complicada de lo que él creía.
—Quizá iba a parar a otro sitio completamente distinto —dijo Noah—. Entre medias. Quizá rodeaba algo que ya no está ahí.
—Quizá —dijo Eleanor.
—Aun así, voy a dejarlo en blanco —dijo Noah—. Hasta que lo sepa.
A las nueve estaba sentada ante el escritorio de su padre, en la sala de delante, en Linden Row, con una taza de té frío y la lámpara apagada, mirando a la calle.
A las 9:04 pensó: «Ahora está colocando su credencial sobre la baliza. El anillo se está iluminando. La banda de la pared se está poniendo blanca. Cree que las paredes se han quedado en silencio».
No se habían quedado en silencio.
Siguió sentada en la oscuridad.
A las 9:58 pensó: «El hombre está subiendo por Mercer Street con las manos en los bolsillos. El hombre del uniforme verde está acercando una placa al lector. El ascensor de servicio sube nueve plantas con un gemido».
A las 10:00 pensó: «Está llamando a la puerta».
Después de aquello no pensó en nada. No se lo permitió.
Siguió sentada ante el escritorio de su padre, con las manos extendidas sobre el papel secante que había sido suyo, y no pensó, igual que el hermano Eli había enseñado una vez a una muchacha asustada de veinte años, en las colinas por encima de Calvert, a no pensar: imaginando una puerta, cerrándola, echándole la llave y alejándose.
Fue la única vez en su vida que lo hizo. Se le daba muy bien. Había aprendido del mejor.
A medianoche se levantó y salió al jardín, en zapatillas, en la cálida oscuridad de junio, se detuvo junto a la higuera y posó la mano en el único higo verde y duro de la rama más baja.
No estaba maduro. No maduraría hasta agosto.
Se quedó allí mucho rato, con la mano encima, bajo un cielo al que las luces de la ciudad habían borrado casi todas las estrellas, mientras en algún lugar a cinco kilómetros de allí, en la novena planta del Hotel Sterling, un disco gris mate brillaba blanco sobre un escritorio y les decía a dos hombres que nada de lo que hicieran quedaría registrado jamás, y mentía.