El derecho a ser impredecible CAPÍTULO TREINTA Y TRES #2
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CAPÍTULO TREINTA Y TRES #2

Martin lo encontró a las dos.

No se pasó por el 312. Le mandó un mensaje: Azotea. Diez minutos.

La azotea del edificio Ralston, en teoría, estaba vedada a todo el mundo salvo al personal de mantenimiento y a la policía de la Asamblea.

En la práctica era donde el personal veterano subía a fumar, o a hacer llamadas que no quería que nadie oyera, o a quedarse mirando la ciudad cinco minutos en mitad de un día que se había vuelto insoportable.

Se llegaba por una escalera estrecha al final del pasillo de la cuarta planta y una puerta de acero con un lector de credenciales roto, roto desde 2040, que nadie había arreglado nunca porque, sospechaba Gabriel, nadie quería que lo arreglaran.

Martin estaba junto al parapeto del lado sur, con la mirada puesta en la Milla Federal, hacia el río, las manos en los bolsillos y el bigote blanco moviéndose ligeramente con el viento.

Hacía calor, era el primer calor de verdad del año, y la ciudad se extendía abajo, brumosa y dorada: la cúpula de la Asamblea resplandecía, la torre de la OCA se alzaba verde y centelleante al final de la Milla, más allá brillaba plateado el río y, más allá aún, la bahía.

Gabriel se acercó y se puso a su lado.

Durante un rato no dijeron nada.

—Dana Whitlock me llamó ayer —dijo Martin por fin—.

Por una solicitud de excepción de autorización.

Para el director de personal de la Comisión de Seguridad Pública y Tecnología Cívica.

Firmada por el presidente. Presentada el viernes pasado a las ocho y catorce de la mañana, antes de que yo llegara.

—No miró a Gabriel—. Alegando «necesidad operativa» y «el servicio excepcional del director de personal a la comisión».

Pidiendo que se mantenga la autorización del director de personal ante la comisión pese a cualquier cambio en la clasificación de su estatus cívico en la revisión trimestral del once de junio.

Gabriel no dijo nada.

—Dana quería saber si yo sabía cuál era ese cambio en la clasificación de estatus cívico —continuó Martin—, porque ella no puede verlo.

Es operativo. Lo único que ve es que hay una marca en tu perfil que hace que la revisión de autorización falle automáticamente.

Nunca había visto esa marca. Llamó a la OCA.

Le dijeron que era una clasificación de la Directiva 7 y que no estaba autorizada a saber qué significaba.

—Hizo una pausa—. Me preguntó si yo lo sabía. Le dije que no. Y es verdad.

—Martin.

—Aún no he terminado. —La voz de Martin sonaba muy serena—.

Se lo he preguntado al presidente. Esta mañana.

En su despacho. Le he dicho: Adrian, Dana Whitlock me ha llamado por una solicitud de excepción para Mercer y me gustaría saber por qué no me lo has contado.

Me ha mirado un largo rato. Y entonces ha dicho: «Porque me habrías dicho que no lo hiciera».

—Martin calló un instante—. Y yo le he dicho: «Sí.

Lo habría hecho. Porque te va a salir caro.

Porque Pierce se va a enterar, y Renata Cole se va a enterar, y todos los de este edificio que llevan seis meses preguntándose si Mercer te maneja van a tener su respuesta».

Y él ha dicho: «Lo sé». Y yo le he dicho: «Entonces, ¿por qué?

». Y él ha dicho: «Porque es el mejor miembro del personal del Rise y sería idiota si lo perdiera».

Por fin, Martin volvió la cabeza y miró a Gabriel.

—Eso es lo que le dije a Pierce. En octubre. Cuando afirmé que había sido idea mía. —Sus ojos astutos y cansados se mantuvieron muy firmes—. Ha usado mis propias palabras contra mí. Nunca lo había hecho.

El viento recorrió el tejado. Muy abajo, en la Milla Federal, un autobús turístico se detenía frente al Tesoro y de él salían figuras diminutas que alzaban la vista hacia las columnas.

—En octubre le dije que me interpondría entre él y lo que fuera esto —dijo Martin—.

Lo dije en serio. Y lo sigo diciendo. Pero dije que no le había preguntado qué era.

Y no lo hice. Durante siete meses. —Sacó las manos de los bolsillos y las apoyó en la piedra cálida del parapeto—. Ahora te lo pregunto a ti.

Gabriel contempló la ciudad. La cúpula, la torre y el río. Kettle Hill, al este, una mancha parda y baja de casas adosadas y edificios sin ascensor bajo la bruma. Desde allí no se veía Cooper Street. Sabía dónde estaba.

—No puedo decírtelo —dijo.

—¿No puedes o no quieres?

—Las dos cosas.

Martin asintió despacio.

—¿Va a hacerle daño?

—No lo sé —dijo Gabriel—. Puede que sí. Estoy intentando que no ocurra. Él también lo intenta.

—¿Va a hacerte daño a ti?

Gabriel no respondió.

Martin lo miró durante un largo rato.

—Llevo treinta y cuatro años en esto —dijo por fin—.

He dirigido once campañas. He visto todo lo que le puede pasar a un hombre en este edificio.

Aventuras. Deudas. Alcohol. Pastillas. Un congresista de Kessaly que, en 2031, resultó tener una segunda familia en Solana.

Un senador que aceptaba dinero de una naviera de Varenne para votar en contra de las normas de seguridad portuaria.

He tenido que limpiar los destrozos de todo eso.

—Tomó aire—. Y en treinta y cuatro años no he visto ni una sola vez a un miembro de la Asamblea Federal firmar un papel con su propio nombre para proteger a alguien de su equipo de algo que ni siquiera alcanzaba a ver.

—No me está protegiendo de algo que no pueda ver. Sabe lo que es.

—Entonces sabe más que yo. —Martin se irguió y se apartó del parapeto—. Lo cual tampoco había ocurrido nunca.

Se volvió para marcharse. Entonces se detuvo.

—Mercer.

—Sí.

—Brooke ha venido a verme al mediodía. No me ha contado nada.

Se ha sentado diez minutos en mi despacho, ha hablado de la intervención en Sunday Watch y luego ha dicho: «Martin, si le pasa algo al presidente, ¿cuidarás de Gabe?

». Y yo le he dicho: «¿Por qué iba a pasarle algo al presidente?

». Y ella ha dicho: «No lo sé. Solo lo pregunto».

Y se ha ido. —Martin lo miró con una expresión muy vieja y muy cansada y, en el fondo, algo que podría haber sido ternura—.

En ocho años, Brooke Sandoval nunca me ha pedido que cuide de nadie que no fuera el presidente.

Gabriel fue incapaz de hablar.