El derecho a ser impredecible CAPÍTULO TREINTA Y DOS
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CAPÍTULO TREINTA Y DOS

LO QUE NADIE PREDIJO

Gabriel se lo contó todo.

«No es el riesgo lo que se propaga. Es la incertidumbre».

Cuando Gabriel terminó, Adrian permaneció mucho tiempo sin decir nada.

—Una capa —dijo por fin.

—Una de cinco.

—Así que podrían ser diez millones.

—Podría ser cualquier cifra. Danny no lo sabe. Nadie fuera de la OCA lo sabe. Tal vez nadie dentro lo sepa, salvo Renata, Achterberg y quienquiera que escribiera el comentario.

Gabriel miró el vaso de agua que tenía en la mano.

—Pero no es cero coma cuarenta y seis. Ni de lejos. Y llevan cinco años publicando cero coma cuarenta y seis y diciéndole a tu comisión que es una salvaguarda metodológica rutinaria.

—Y diciéndomelo a mí —dijo Adrian en voz muy baja—. En una sala de testigos. Como amigo.

—Ella no mentía. No exactamente. El cero coma cuarenta y seis es el grupo de recalibración. Simplemente no mencionó a las personas que ya habían caído por el fondo.

—Eso es mentir, en esta ciudad.

—Lo sé.

Adrian desentrelazó las manos. Las miró un instante, como si pertenecieran a otra persona, y después se levantó, fue hasta la ventana y se quedó de espaldas a la habitación, contemplando los tejados del Barrio de los Faroles al anochecer de mayo y la cúpula de la Asamblea, blanca contra un cielo que se volvía violeta.

—Yo redacté la Sección 11 —dijo—. De la Ley del 36.

Clasificaciones operativas no sujetas a divulgación ante la comisión.

La redacté yo. Tenía treinta y cinco años.

Renata vino a mi despacho y me dijo que la Red necesitaba poder adaptar sus categorías internas sin esperar al Congreso, porque las amenazas se adaptaban más deprisa que el Congreso.

Y tenía sentido. Tenía muchísimo sentido.

Se quedó callado un momento.

—Llevo seis años presidiendo la comisión que la supervisa y no tengo autoridad para preguntar a cuántas personas ha decidido que no puede ver. Porque cedí yo esa autoridad. Antes de saber que había algo que preguntar.

—No podías saberlo.

—Podía haber preguntado.

Adrian no se volvió.

—Eso es lo que me dijo Constance Ferrier en la iglesia. En noviembre. «Me habría gustado que me lo preguntaran». Eso es lo que dijo Daniel. «Nunca llamaste».

Apoyó la mano abierta en el cristal.

—Me he pasado la vida entera sin preguntar. Es lo que mejor se me da. Mejor que a nadie. El hermano Eli me ponía como ejemplo.

Gabriel dejó el vaso de agua sobre la mesa baja.

—Ahora estás preguntando —dijo.

—Tengo cuarenta y siete años.

—Tienes cuarenta y siete años y ahora estás preguntando.

Gabriel se levantó. Cruzó la habitación en calcetines y se colocó junto a Adrian ante la ventana, sin tocarlo.

—Carla Wynn me dijo algo en Calvert. Después de la audiencia sobre el terreno.

Dijo que en septiembre la miraste como si te hubiera golpeado, y en abril la miraste como si te estuviera contando algo que ya sabías.

Dijo que algo había pasado entre esas dos fechas. Dijo que se imaginaba que yo sabía qué.

Adrian giró la cabeza.

—¿Qué le dijiste?

—Nada. No esperó una respuesta.

Gabriel contempló la cúpula.

—Pero llevo pensando en ello desde entonces. Creía saberlo. Creía que era yo. El anexo. Todo lo que vino después. Creía que yo era lo que te había ocurrido.

Hizo una pausa.

—Y entonces te vi escucharla en la audiencia, y comprendí que había empezado antes que yo. Había empezado con ella. En un gimnasio. Antes de que yo entrara en aquella sala.

—Gabriel.

—No estoy diciendo que yo no forme parte de ello. Sé que formo parte. Estoy diciendo que no soy el principio.

Se volvió y alzó la mirada hacia Adrian, hacia las canas de las sienes y la cicatriz de la barbilla y el azul frío de invierno de sus ojos, que no tenían nada de frío.

—Tú ya estabas preguntando. Solo que todavía no sabías cuál era la pregunta. Y entonces entré yo, y lo descubriste.

Adrian lo miró un largo rato desde su altura.

—¿Cuál era la pregunta? —dijo.

—No lo sé —dijo Gabriel—. Dímelo tú.

* * *

Adrian no respondió de inmediato.

Se apartó de la ventana. Cruzó despacio la sala de estar de la Suite 912, pasó junto al escritorio con la baliza encendida, junto al sillón y junto al sofá con el vaso de agua de Gabriel sobre la mesa baja, hasta llegar a la puerta.

Se quedó delante de ella. Gabriel lo observó.

Lo vio mirar la puerta, la sencilla puerta del hotel con su número de latón, su cerradura y la pequeña pantalla que, al otro lado, en el pasillo, estaría mostrando una banda blanca: «SESIÓN SELLADA».

—La primera noche —dijo Adrian, de espaldas a la habitación—. En noviembre. Me quedé aquí sentado una hora antes de que llamaras. Ya te lo he contado.

—Me lo dijiste.

—Me senté en ese sofá y recé. E intenté saber si iba a abrir la puerta porque te deseaba o porque te tenía miedo.

Y no pude separar una cosa de la otra. Era todo lo mismo.

El deseo y el miedo. Entrelazados tan fuerte que no podía arrancar uno sin desgarrar el otro.

—Apoyó la mano abierta sobre la puerta—.

Y llamaste. Y abrí. Y te dije que era porque lo había decidido.

Y no sabía si era verdad. Nunca lo sabría.

Eso fue lo que te dije en la 312. «Ahora ninguno de los dos lo sabe».

—Lo recuerdo.

—Ahora lo sé —dijo Adrian.

Se dio la vuelta.

—Ahora lo sé —repitió—. Puedo separarlo.

Puedo distinguir una cosa de la otra. No sé cuándo ocurrió.

En febrero, quizá. Cuando llamé a Miriam Teague.

O en marzo, cuando quemaste el sobre y te miré la cara.

O la noche de la tormenta. O la primera vez que fui a Kettle Hill y la señora Kell me hizo cargar con la compra.

—Dio un paso hacia Gabriel—. Pero no te tengo miedo.

Ni siquiera un poco. Ni siquiera como antes, en el fondo de la cabeza, como se teme a un perro que nunca te ha mordido.

Se ha ido. Ahí no hay nada. Lo busco y no está.

Como cuando buscas algo en el bolsillo y ya lo has dejado en otro sitio.

Gabriel permaneció completamente inmóvil junto a la ventana.

—Y cuando el miedo se va —dijo Adrian—, descubres lo que queda. Lo que había debajo todo el tiempo. Lo que sentías en realidad cuando creías que tenías miedo.

Ahora estaba de pie delante de Gabriel. Cerca. Sin tocarlo.

—Aún podrías delatarme —dijo—. Lo sabes.

Mañana mismo. Lo sabes todo. Sabes más que nadie con vida.

Podrías entrar en el Ledger, sentarte frente a Nadia Ferrante y acabar conmigo en una hora.

Yo quedaría arruinado, mis hijos saldrían en primera plana, mi mujer perdería el escaño y mi padre estaría el domingo en la Comunidad con todo el mundo mirándolo.

—Lo sé.

—Y no lo vas a hacer.

—No —dijo Gabriel—. No lo haré.

—¿Por qué no?

Gabriel alzó la vista hacia él.

—Porque no quiero —dijo—. Eso es todo. No hay estrategia.

No hay ninguna baza. No saco nada con ello.

Simplemente no quiero. Aunque lo intentara, no podría obligarme a querer hacerlo.

—Tenía la voz muy baja—. Y tú todavía podrías destruirme.

Eso también lo sabes. Una llamada a Dana Whitlock.

Una palabra a Renata. Ni siquiera tienes que hacer nada.

Solo tienes que no solicitar la excepción del once de junio y pierdo la autorización automáticamente, y entonces soy un empleado PMD-7 sin autorización, con una hermana clasificada como LIMITADA y un registro de acceso con placa a una sesión sellada que Renata Cole guarda en un cajón.

Estarías a salvo. Estarías completamente a salvo.

—Lo sé.

—Y no lo vas a hacer.

—No.

—¿Por qué no?

Y Adrian lo dijo.

Lo dijo con sencillez, sin haberlo preparado, en el silencio blanco de una habitación sellada del Hotel Sterling, como dice un hombre algo que lleva meses en la boca y que por fin ya no es capaz de retener.

—Porque te quiero.

* * *

Las palabras se quedaron ahí, entre los dos.

La ventilación zumbaba. El temporizador de la pared marcaba 08:41:16.

08:41:15. Al otro lado de la ventana, la última luz se apagaba en el cielo sobre el Barrio de los Faroles, y la cúpula de la Asamblea había pasado del blanco a un gris azulado tenue, y muy abajo, en algún punto de Mercer Street, un claxon sonó dos veces y calló.

Gabriel no se movió.

—Nunca he dicho eso —dijo Adrian—. A nadie.

No así. Se lo dije a Eleanor cuando nos casamos.

Lo decía como se dice un juramento. Se lo dije a mis hijos el día que nacieron, y todas las noches desde entonces, y lo digo más en serio que nada en el mundo.

Pero nunca se lo había dicho a nadie como te lo estoy diciendo a ti.

—Se le quebró la voz, muy ligeramente—. Casi te lo dije en Nochebuena.

En el granero. Por teléfono. Lo tenía en la boca.

Por eso colgué. No podía quedarme allí sin decirlo, y no podía decirlo en una línea registrada, en un granero, con un caballo escuchando.

A Gabriel le ardían los ojos.

—Repítelo —dijo.

Era lo que Adrian le había dicho por teléfono en el granero, en Nochebuena. «Repítelo». Se oyó decirlo y supo que Adrian también lo había oído.

—Te quiero —dijo Adrian.

—Otra vez.

—Te quiero, Gabriel.

Y Gabriel, de pie junto a la ventana, en calcetines y a oscuras, con la baliza encendida en blanco sobre el escritorio, el temporizador en cuenta atrás y la ciudad entera siguiendo su curso ahí abajo, ajena a todo, dijo lo que durante dos años se había cuidado mucho de no saber y, después, durante siete meses, de no decir.