CAPÍTULO TREINTA Y UNO #2
—No lo sé. Te lo juro por Dios. No puedo ver la rama.
—A Danny se le quebró la voz—. Pero sí puedo decirte qué hacen los sistemas operacionales, porque consultan nuestra capa para obtener el nivel de confianza y, con los perfiles DPM, la capa devuelve un código especial.
No un número. Una marca. Y sé qué hacen las barreras cuando reciben esa marca, porque ayudé a redactar la especificación en 2045, antes de saber lo que significaba.
—Se miró las manos—. Verificación máxima en cada punto de consulta.
En cada barrera. En cada pago. En cada puerta.
Revisión manual si el sistema duda. Por eso tus barreras van lentas. Seis segundos, dijiste. Irán a peor.
—¿Qué más?
—Cualquier autorización vinculada al estatus cívico se contrasta automáticamente con la marca DPM.
La autorización de la Asamblea. El empleo federal.
Las licencias profesionales. La revisión no es discrecional.
Si estás marcado, la revisión falla. —Tragó saliva—.
Tu revisión trimestral es en junio, ¿no?
—El once de junio.
—Entonces, el once de junio perderás la autorización del comité. Automáticamente. A menos que alguien la anule. —Danny levantó la vista—. ¿Alguien puede anularla?
—El presidente puede solicitar una excepción. A través de la Oficina de Seguridad de la Asamblea. Va a Dana Whitlock.
—¿Lo haría?
Gabriel no contestó.
Danny se quedó mirándolo mientras no contestaba. Su rostro cambió despacio, igual que en la cocina en diciembre: del miedo a la comprensión y de ahí a algo parecido a la pena.
—Es él —dijo en voz baja—. ¿Verdad?
—Danny.
—Es él. Tu jefe. Vale. —Danny se subió las gafas y volvieron a resbalarle al instante—. Dios mío, Gabe. El presidente del comité. El tipo de la Ley Vale.
—No puedo hablar de eso.
—No hace falta. Se te nota en la cara. —Danny puso las manos planas sobre la mesa plegable—.
¿Sabes lo que has hecho? ¿Sabes lo que eso le hace al grafo?
Eres DPM-7. Él está en el centro de todo.
Cada miembro, cada donante, cada lobista, el presidente de la Cámara, el presidente.
Y tú eres un nodo justo a su lado, y te has salido del modelo por completo.
—Bajó la voz hasta un susurro—. Y me apostaría el trabajo, me apostaría la vida, a que él también se está desviando.
—Está en recalibración —dijo Gabriel—. Desde noviembre. Se lo dijo Renata Cole.
Danny cerró los ojos.
—Eso es lo que nadie entiende —dijo—. Lo del grafo social.
Todo el mundo cree que el coeficiente de contagio solo funciona en un sentido.
Que, si tus amigos son arriesgados, tú también lo eres.
Eso es lo que meten en los informes. Eso es lo que Felix Arndt le contó a tu comité sobre el chico de la estación.
—Abrió los ojos—. Pero funciona en los dos sentidos, Gabe.
Es matemática pura. Le da igual la dirección.
Si tus amigos son impredecibles, tú te vuelves impredecible también.
No porque cambies, sino porque el modelo ya no puede predecirte cuando no puede predecir a quienes te rodean.
Tu confianza baja porque bajó la de ellos.
Y luego baja la de la gente que te rodea a ti. Se propaga en cascada.
Gabriel se quedó mirándolo.
—Por eso se está acelerando el volumen de enrutamiento —dijo Danny—.
Por eso pasó de cero coma doce a cero coma cuarenta y seis.
Por eso hay un millón novecientos mil. No es que un millón de personas decidieran volverse raras todas a la vez.
Es que unos pocos se volvieron raros, y la gente que los conocía se volvió más difícil de predecir, y luego la gente que conocía a esos.
—Hizo un gesto lento y expansivo con la mano sobre la mesa—.
Es contagio. Igual que decían. Solo que lo que se propaga no es el riesgo. Es la incertidumbre.
La anciana había terminado de doblar la ropa.
Cogió la cesta y pasó por delante de su mesa camino de la puerta.
Al hacerlo los miró: dos chicos jóvenes en una mesa plegable, con un montón de toallas limpias y nada que lavar, y sonrió levemente, como sonríen las ancianas a los jóvenes que suponen enamorados, y salió a la noche.
—¿La OCA lo sabe? —preguntó Gabriel—. ¿Que funciona en los dos sentidos?
—Claro que lo saben. Lo diseñaron ellos.
—La voz de Danny era muy baja—. Por eso existe la rama DPM.
Por eso la Clase 7 no aparece en ninguna cifra que publiquen.
Por eso tienen miedo, Gabe. No de ti. Ni de una sola persona.
Del grafo. De lo que pasaría si los DPM empezaran a conocerse entre sí.
Cada conexión nueva entre dos perfiles divergentes vuelve menos predecible toda la región del grafo que los rodea.
Si se conectan los suficientes, no se propaga en cascada. Se desborda.
Gabriel se quedó un largo rato dándole vueltas a aquello.
Pensó en Kofi en el tren, con el teléfono metido en una funda. En Kofi en la mesa de Navidad, cambiando rutas con los otros conductores solo para sacar de quicio a los de centralita. «Porque son nuestras».
Pensó en Lily en la biblioteca de Ashgrove, cuando le dijeron que fuera como el tiempo.
Pensó en Tess y en treinta y cuatro enfermeras que fueron llamando una a una para decir que estaban enfermas, para que no pareciera una huelga.
Pensó en la señora Kell dejando entrar a un congresista en su piso con una llave que el casero le había dado en 2041, y en Sal, en la tienda, diciendo «Soy yo el que decide».
Pensó: «Ya se están conectando. No lo saben. No saben que hay un nombre para lo que son. No saben que son un millón y medio. Dos millones. Más. Creen que están solos».
—Danny —dijo despacio—. ¿Qué pasaría si lo supieran?
—¿Quiénes?
—Los DPM. La Clase 7. Si supieran que son millones. Si supieran que el contagio funciona en los dos sentidos. Si supieran que, cuantos más se conocieran entre sí, menos vería el sistema.
Danny lo miró desde el otro lado de la mesa plegable, con las gafas redondas resbalándole por la nariz y las manos pequeñas y nerviosas apoyadas del todo sobre las toallas limpias, y durante un largo rato no dijo nada.