CAPÍTULO VEINTICINCO
EL CALENDARIO DE ELEANOR
Lo primero que notó Eleanor fue el coche.
No el coche en sí. El coche era lo que siempre había sido: un sedán gris de la Asamblea, de once meses, con Luis Ortega al volante y una pequeña cúpula blanca de sensores en la luneta trasera que nadie miraba nunca. Lo que notó fue su ausencia.
La familia Vale usaba un servicio de programación de la oficina del servicio de protección de la Asamblea.
Era algo sencillo: una aplicación en su tableta y en la de Adrian, donde el día de Luis aparecía en pulcros bloques de colores: recogidas, entregas, tiempos de espera, el largo trayecto de los viernes al aeropuerto de Calvert.
Llevaba cuatro años usándola sin pensar, igual que usaba el termostato.
La usó aquella mañana, un lunes de mediados de febrero, sentada al escritorio de su padre en el salón de Linden Row, con el café y la tableta delante, para comprobar si Luis podía llevar a Noah a una cita con el dentista el jueves por la tarde.
El jueves por la tarde estaba libre. El jueves por la noche estaba en blanco.
Retrocedió en el historial. El jueves anterior estaba en blanco a partir de las seis.
Y el anterior. Y el anterior a ese, que había sido la noche de la tormenta de nieve, cuando Adrian llamó desde el Ralston para decir que estaba atrapado y que dormiría en el Sterling, lo cual era perfectamente razonable, porque toda la ciudad estaba atrapada.
Retrocedió aún más. Diciembre. Noviembre.
Todos los jueves desde mediados de noviembre, Luis había dejado a Adrian en algún sitio entre las seis y las nueve de la noche y luego no tenía nada en la agenda hasta la mañana siguiente. Ni recogida. Ni vuelta.
Permaneció sentada, con el café enfriándose, mirando aquellos bloques vacíos durante mucho tiempo.
No era nada. Era un patrón en una aplicación de programación.
Adrian trabajaba hasta tarde los jueves porque los jueves el Senado alargaba la sesión y después se reunían las comisiones mixtas.
Dormía en el despacho o en el Sterling, donde la Asamblea mantenía suites precisamente para eso.
Así se lo había dicho él. Por la mañana cogía un coche. No era nada.
Cerró la aplicación. Llamó a la oficina de Luis y lo reservó para el dentista, el jueves a las dos.
Y entonces, por primera vez en dieciocho años de matrimonio, abrió una hoja de cálculo en la tableta y tomó nota.
Jueves. Desde mediados de noviembre. No vuelve el coche.
La guardó con un nombre que no significaba nada. Distribución de asientos de la gala — borrador.
* * *
La campaña tenía su sede en Calvert, en una antigua tienda de muebles reconvertida de Brandvold Avenue, con grandes escaparates y VALE AL SENADO en letras de vinilo rojas y doradas.
Eleanor volaba allí todos los viernes y regresaba todos los lunes.
El resto del tiempo la dirigía desde Hartwell: desde el escritorio de su padre, desde el asiento de atrás del coche de Luis, desde una pequeña oficina alquilada en la segunda planta del edificio del Comité Nacional de Restauración, donde Roland Pierce le había dado un escritorio, un teléfono y una ayudante de veinticuatro años llamada Grace, que había sido campeona de debate en el Calvert Christian y era incapaz de dejar de decir señora.
Se le daba muy bien. Ya sabía que sería así.
Llevaba veinte años montando campañas para hombres y conocía cada pieza de la maquinaria: las llamadas a los donantes, los presidentes de condado, los desayunos con pastores, las encuestas, la prensa y las mil pequeñas cortesías que hacen que la gente se sienta tenida en cuenta.
Ahora, con su propio nombre en los escaparates, lo hacía mejor de lo que nunca lo había hecho por nadie.
Lo notaba, como un atleta nota que se le viene encima una buena temporada.
Cada llamada daba resultado. Cada sala se volvía hacia ella.
Para la segunda semana de febrero, Brody Lund ya había anunciado que estaba «explorando otras formas de servir al pueblo de Ostrander» y le habían ofrecido un puesto de subsecretario adjunto en el Departamento de Agricultura que aceptaría en marzo.
Harmon Gray la había respaldado en un vídeo de tres minutos grabado en su salón, sentado en un sillón con el andador plegado detrás, y la había llamado «la mejor servidora pública que he conocido en cincuenta años en este oficio, y he conocido a unos cuantos».
El Partido Commonwealth aún no había encontrado a nadie dispuesto a presentarse contra ella.
Tenía un setenta y uno por ciento de valoración favorable en el estado. El índice de estabilidad de Roland Pierce la situaba en noventa y cinco.
Y todos los jueves por la noche, el coche volvía vacío.
* * *
Roland Pierce lo sacó a colación el tercer martes de febrero, en su despacho de la cuarta planta, mientras tomaban el té.
—El perfil de investigación —dijo mientras servía—. En Navidad te dije que habíamos decidido no mirar muy de cerca. Y no lo hemos hecho. Pero quiero que sepas qué hemos visto sin mirar. Por si te hace falta saberlo.
Ella cogió la taza. Solo. Sin azúcar.
—Adelante.
—El registro SDP de Adrian. —Pierce se echó hacia atrás en la silla y entrelazó los largos dedos sobre el escritorio de palisandro vacío—.
Ya no es el anexo del Ralston. Por lo que he podido ver, eso se cortó en octubre.
De golpe. Después de diecisiete sesiones en catorce meses, nada en absoluto.
Lo cual ya resulta interesante. —Bebió un sorbo—.
Pero está el Sterling. Novena planta. Suite 912.
Sellada con su credencial once veces desde noviembre.
Siempre en jueves. Siempre toda la noche.
Siempre reservada como «sesión de trabajo de la comisión, clasificada».
Ella sostuvo la taza con mano muy firme.
—Preside la comisión que supervisa la Red. La mitad de lo que hace está clasificado.
—Eso es lo que dice su equipo. —Pierce asintió con amabilidad—.
Y es completamente plausible. Las suites del Sterling existen precisamente para eso.
Los miembros las usan a todas horas. El presidente Pruitt ha sellado la 910 cuarenta veces en el último año, sobre todo para dormir, porque ronca y su mujer no lo quiere en casa las noches de sesión.
—Esbozó una sonrisa fina—. No estoy insinuando nada, Eleanor.
Te estoy diciendo qué forma tienen los datos.
Jueves por la noche. Suite 912. Once veces.
Si alguien más se pusiera a mirar, eso es lo que vería.
—¿Quién más iba a mirar?
—El Commonwealth acabará encargando una investigación de oposición.
Encontrarán a alguien. Siempre lo hacen.
Y su investigador sacará los mismos registros que consiguió el Ledger en octubre y hará la misma pregunta.
—Dejó la taza—. Y hay una periodista. Ferrante.
Ha estado preguntando por el Sterling. Con discreción.
Un portero se lo contó a uno de los nuestros.
Eleanor miró por el alto ventanal la cúpula de la Asamblea, blanca bajo el sol de febrero.
—¿Qué quieres que haga, Roland?
—Nada. —Abrió las manos—. Quiero que lo sepas.
Nada más. Porque ahora la candidata eres tú.
Y, haga lo que haga tu marido los jueves por la noche en la suite 912, es a tu campaña a la que afecta.
No a la suya. —Volvió a sonreír, apenas—.
Por cierto, él está en sesenta y uno. Desde la tormenta de nieve.
No sé muy bien qué pasó durante la tormenta, pero, fuera lo que fuese, le costó tres puntos.
* * *
No se lo preguntó a Adrian.
Lo pensó. Lo pensó en el coche, de vuelta a Linden Row, y durante la cena, mientras Noah hablaba de trenes y Lily seguía callada con el móvil en su funda gris junto al plato, y después en la cocina, fregando, con Adrian secando a su lado.
Podría habérselo preguntado. «Roland dice que has sellado la Suite 912 once veces desde noviembre».
Podría haberlo dicho exactamente con ese tono, el mismo con el que preguntaba si el anexo estaba certificado.
No se lo preguntó porque le había dicho que no lo haría. En octubre se había plantado en esta cocina y había dicho: «No voy a preguntarte nada más, Adrian», y lo decía en serio. Ese era el acuerdo. Esa era la casa.
Y no se lo preguntó porque tenía miedo de lo que haría su cara.
En lugar de eso, la observó. Siempre la había observado.
La había observado durante veinte años, en debates, en asambleas vecinales, en cenas con donantes y al otro lado de la mesa del desayuno, igual que en otro tiempo había observado la cara del gobernador, leyéndola como se lee el tiempo. Conocía todas sus estaciones.
Ahora tenía una nueva.
Estaba más ligero. Era la única palabra posible.
Se reía más. Se reía de cosas que no tenían mucha gracia, como hace la gente cuando es feliz y la felicidad tiene que salir por algún lado.
Cantaba en la ducha, algo que no hacía desde hacía quince años.
Le llevaba el café por la mañana sin que ella se lo pidiera.
Era dulce con ella, muy dulce, como en los primeros años, antes de Hartwell, antes del puente, y ella no sabía qué hacer con esa dulzura, porque parecía auténtica y a la vez parecía una disculpa por algo que no le había contado.
Hablaba con Lily. Eso era lo otro. Durante años, Adrian y Lily se habían rondado como dos gatos encerrados en una habitación pequeña.
Ahora, algunas tardes, Eleanor subía las escaleras y los oía hablar en el cuarto de Lily, la voz grave de él y la de ella, más aguda, y una vez oyó, sin lugar a dudas, reírse a Lily.
Una vez, un domingo de febrero, los encontró en la cocina a medianoche: Adrian a la mesa con una taza de té y Lily enfrente con el violonchelo, tocando algo lento y vacilante, parando a mitad de las frases, y Adrian escuchando con los ojos cerrados.
Los dos levantaron la vista cuando entró, y entre ellos pasó algo de lo que Eleanor no formaba parte, y entonces Lily dijo:
—Estoy practicando no saber adónde va.