El derecho a ser impredecible CAPÍTULO DIECIOCHO
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CAPÍTULO DIECIOCHO

Llevaba allí sentado desde las ocho y cuarto.

Había vuelto del Ralston a las siete, se había duchado y afeitado con cuidado y se había puesto ropa limpia: un jersey oscuro y unos pantalones oscuros, nada que recordara al Rise.

Después se había puesto el abrigo, se había sentado en la cama para atarse los zapatos y no se había vuelto a levantar.

El piso estaba muy silencioso. Fuera, Cooper Street metía el ruido de cualquier jueves por la noche: el equipo de música de un coche, un autobús que arrancaba de la parada de la Novena, dos mujeres discutiendo alegremente en solanés en la acera de abajo.

Abajo, en el segundo piso, la televisión de la señora Kell estaba encendida.

Fortuna Familiar. Las risas del público del estudio le llegaban a través del suelo.

Tenía que coger el tren de las nueve y veinte si quería llegar a las diez a la entrada del Sterling que daba a Mercer Street. Conocía el horario. Conocía el recorrido. Lo había hecho mentalmente cuarenta veces desde el miércoles por la noche.

No sabía si iba a levantarse.

Pensó en lo que Adrian había dicho en el despacho 312.

«Me estás dando lo único que dije que quería y me estás quitando lo único que lo haría real».

Eso había dicho. Y lo había dicho a modo de acusación.

Después había vuelto a casa y se había sentado en el suelo de la cocina, con la espalda apoyada en el armario, justo encima del sobre que seguía en el polvo, y había comprendido que no era una acusación.

Era la descripción más certera de sí mismo que había oído nunca.

Había deseado a Adrian. Eso era real. Y también había querido estar seguro.

Tener algo que lo volviera seguro. Porque en su vida nada había sido seguro si no lo había organizado él, y no sabía desear algo sin organizarlo.

Así que lo había organizado. Había entrado en una habitación, había visto algo y había decidido, en lo que tardó en subir cuatro tramos de escalera, convertirlo en una palanca.

Y ahora Adrian le había quitado la palanca de las manos, la había dejado en el suelo entre los dos y había dicho: «Ahora ninguno de los dos lo sabe».

Miró el reloj del móvil. Las 9:11.

Pensó: «Podría no ir. Podría escribirle que no voy, y él se sentiría aliviado, y todo habría terminado».

Pensó: «Podría no ir y no escribirle, y él se quedaría en esa habitación hasta las diez y media, las once, y después se iría a casa, y lo sabría. Sabría que podría haber ido y no fui. Y eso sería, a su manera, un regalo. Quizá el único limpio que tengo».

Pensó: «O podría ir».

9:14.

Se puso en pie.

* * *

El tren iba casi vacío. Se sentó junto a la puerta y vio desfilar las paredes oscuras del túnel.

En Assembly Rise subieron dos empleados de Commonwealth, un hombre y una mujer jóvenes a los que reconoció del Comité de Trabajo; le saludaron con la cabeza, él les devolvió el saludo, y siguieron hablando en voz baja de una sesión de enmiendas. Se bajó en el Barrio de los Faroles.

Subió de la estación al frío. Escarcha en los parabrisas de los coches aparcados.

Los plátanos de Mercer Street estaban ya desnudos, con las ramas negras recortadas contra el cielo, y la calle estaba tranquila, residencial: la parte de atrás del Sterling, con su muelle de carga y su entrada de servicio, una sencilla puerta de acero bajo un toldo verde con una pequeña placa de latón. PERSONAL Y ENTREGAS.

Un hombre con el uniforme verde oscuro del Sterling fumaba bajo el toldo. Miró a Gabriel sin ningún interés.

—Novena planta —dijo Gabriel.

El hombre lo observó un momento más. Después tiró el cigarrillo, lo pisó y acercó su tarjeta al lector que había junto a la puerta. Se oyó un clic.

—El ascensor de servicio está a la izquierda —dijo—. Tarda un poco. Es viejo.

Gabriel pasó dentro. Un pasillo de hormigón que olía a lavandería y a vapor.

Un montacargas con una puerta de reja metálica.

Se metió, pulsó el nueve y la reja se cerró.

El ascensor subió despacio, entre crujidos, dejó atrás la segunda planta, la cuarta y la séptima, y él aguardó dentro con las manos en los bolsillos del abrigo, mirando cambiar los números.

Eran las 9:58.

Pensó: «No lo he decidido. Estoy aquí y sigo sin decidirlo. Podría llegar a la novena planta y dar media vuelta».

La reja se abrió a un corto pasillo de servicio con un carro de ropa blanca y una puerta con un 9. La empujó y salió al pasillo principal: moqueta verde oscuro, apliques de latón, un silencio absoluto. Las puertas llevaban números pequeños de latón. 901. 904. 908.

La 912 estaba al final.

Se quedó delante de ella.

No oía nada a través de la puerta. Oía su propio corazón, el leve zumbido del edificio y nada más. Sobre el pequeño número de latón, junto a la cerradura, brillaba una pantallita: una fina banda de luz. Blanca.

SESIÓN SELLADA.

Levantó la mano. Se la miró: la izquierda, alzada en un puño flojo. Le temblaba.

Llamó. Tres veces. Suavemente.

Nada.

Se quedó allí. Diez segundos. Veinte. No oyó nada al otro lado de la puerta.

Pensó: «No va a abrir. Lleva una hora ahí dentro, ya lo ha decidido, y así es como voy a enterarme».

Y notó que algo lo recorría, algo que no era alivio ni dolor, sino una tercera cosa para la que no tenía nombre, fría e inmensa, como el instante en que un avión se hunde en una turbulencia.

Treinta segundos.

Dio un paso atrás.

La cerradura hizo clic.

La puerta se abrió.

* * *

Adrian estaba en el umbral, en mangas de camisa.

Camisa blanca, abierta en el cuello, las mangas subidas hasta el codo.

Sin corbata ni chaqueta. Se había peinado hacia atrás con los dedos y algunos mechones se le habían caído sobre la frente.

Tenía la cara muy pálida. Detrás de él, el salón de la suite estaba iluminado solo por una lámpara sobre el escritorio y el suave resplandor blanco del indicador de deliberación que había al lado.

Se miraron.

—Has venido —dijo Adrian.

—Has abierto.

—Casi no abro.

—Casi no vengo.

Ninguno de los dos se movió. El pasillo estaba en completo silencio. Muy abajo, en algún lugar, sonó una campana en el vestíbulo, apenas audible.

—Me senté aquí durante una hora —dijo Adrian—.

Recé. No había rezado así desde los veinte años.

Le pedí a Dios que me dijera qué hacer. No lo hizo.

No creo que le interese este tipo de pregunta.

—Su voz era muy baja—. Así que me senté aquí y pensé en ti, bajo el puente, diciéndome que no sabías de qué otra manera pedírmelo.

Y pensé en ti en la habitación del tercer piso, de espaldas a mí.

Y pensé: si llama, abriré la puerta. Y no sé por qué.

Llevo una hora intentando saber por qué.

No consigo separarlo. Todo es una sola cosa.

—Lo sé —dijo Gabriel—. A mí me pasa lo mismo.

—Entonces entra. Antes de que pierda el valor.

Gabriel entró. Adrian cerró la puerta tras él. La cerradura hizo clic. En la pared, encima del escritorio, la pequeña pantalla mostraba su banda blanca y el temporizador en cuenta atrás. 08:58:41. 08:58:40.

La habitación estaba muy silenciosa. Ese silencio.

Gabriel lo percibió de inmediato, aquello de lo que todo el mundo hablaba: la atención de las paredes retirada.

Y alzó la vista, como hacía todo el mundo la primera vez, hacia el techo.

No había nada. Solo yeso, un pequeño detector de humo oscuro y la tenue sombra de la lámpara.

—Todo el mundo hace eso —dijo Adrian a su espalda.

—Nunca había estado en una habitación sellada.

—Sí que estuviste en una. Hace cuatro semanas.

—No estuve dentro. Estuve en la puerta.

Adrian no dijo nada. Gabriel se volvió.

Estaban a un metro el uno del otro, en la salita de la suite 912 del Hotel Sterling.

Adrian era muchísimo más alto. Gabriel siempre lo había sabido, de manera abstracta, igual que sabía que al presidente de la Cámara no le gustaba que lo tocaran en el brazo.

Nunca había estado tan cerca de él en una habitación con la puerta cerrada.

Adrian llenaba el espacio. Sus hombros, su altura, la anchura de su pecho bajo la camisa blanca.

Su olor, que no era a cedro —el cedro de Julian, comprendió Gabriel—, sino algo más llano: jabón, lana y, débilmente, el aroma seco y limpio del papel de su despacho.

—Quítate el abrigo —dijo Adrian.

Gabriel se lo quitó. Lo dejó sobre el brazo del sofá. Le seguían temblando las manos. Adrian se las miró.

—Estás temblando.

—Tú también.

Adrian bajó la vista hacia sus propias manos, que le colgaban a los costados. Era cierto. Muy ligeramente. Las miró como si pertenecieran a otra persona.

—Estoy enfadado —dijo—. Quiero que lo sepas. Sigo enfadado. Llevo enfadado desde el viernes. Estoy enfadado porque hiciste esto. Estoy enfadado porque lo hiciste con tanta honestidad. Estoy enfadado porque estoy aquí.

—Lo sé.

—Y te deseo —dijo Adrian, exactamente con la misma voz—. Te deseo desde el retiro de Ostrander. Le preguntaste al hombre del etanol por su propio estudio. Te sonreí. Lo recuerdo. Volví a mi habitación del hotel y tampoco pude dormir.

Gabriel se quedó mirándolo.

—Nunca lo dijiste.

—Claro que nunca lo dije. Nunca he dicho nada en mi vida. —Adrian se acercó un paso—. Lo estoy diciendo ahora. Porque me obligaste. Porque estamos en una habitación a la que le pusiste precio. Y eso lo odio. Y aun así lo estoy diciendo.

—Todavía puedes no hacerlo —dijo Gabriel. La voz le salió ronca—. Tú lo dijiste. Cualquiera de los dos. En cualquier momento.

—Sé lo que dije.

Adrian dio otro paso. Ahora estaba muy cerca. Gabriel sentía el calor que desprendía.

—Lo decidí en la puerta. Te dije que esa era mi parte. Eso no te lo puedes quedar.