CAPÍTULO CATORCE #3
Renata Cole lo miró largo rato por encima del escritorio claro y vacío. Al otro lado de la ventana, a su espalda, la luz se iba apagando y la cúpula de la Asamblea se había teñido de un dorado tenue.
—Es usted muy bueno, señor Mercer —dijo en voz baja.
—Solo estoy preguntando.
—Lo sé. Preguntar es legal. —Volvió a poner la tableta boca abajo—.
Le diré algo. Extraoficialmente, aunque eso no existe.
La población sometida a recalibración no es estática.
Fluctúa. A veces crece. Tenemos buenas explicaciones metodológicas de por qué.
También hay gente en este edificio que trabaja muy duro para reducirla.
Y hay gente en su edificio a la que le encantaría utilizar cualquier aumento como excusa para desmantelar un sistema que, según nuestro cálculo más conservador, ha salvado once mil vidas desde lo del puente.
—Se puso de pie—. Le pediría que recordara para cuál de esas personas trabaja.
Y para cuál de ellas le gustaría trabajar cuando todo esto termine.
—¿Es eso una oferta de trabajo?
—Es una previsión —dijo Renata Cole—. Nuestra dirección de asuntos legislativos necesitará un nuevo responsable el año que viene. Me alegraría mucho que fuese alguien que hace preguntas como las suyas. —Volvió a tenderle la mano—. Gracias por venir, señor Mercer. Espero que vuelva.
Le estrechó la mano. Fría, seca, breve.
En la puerta se detuvo.
—Subdirectora.
—Sí.
—Las fotografías del pasillo. Las placas de latón. Seiscientas once vidas. —La miró—. ¿Hay en algún sitio un pasillo con la otra cifra?
—¿Qué otra cifra?
—La de las personas que fueron señaladas y no habrían hecho nada.
Ella tardó un buen rato en responder. Cuando lo hizo, su voz sonó muy serena.
—Esa cifra no existe —dijo—. No puede existir. No se pueden contar cosas que no sucedieron.
—Ustedes cuentan las vidas.
—Esas también son cosas que no sucedieron —dijo Renata—. Por eso merece la pena contarlas.
Salió. Deshizo el largo pasillo, por delante de las fotografías del puente y de las escuelas y de los parques infantiles y de las placas de latón. El joven de recepción se levantó al verlo pasar y dijo:
—Buenas noches, señor Mercer.
Lo dijo sin mirar ninguna pantalla. El ascensor bajó cuarenta y una plantas en silencio.
En la plaza de abajo habían apagado la fuente por la temporada. Sobre él, los números brillaban en la torre.
CONFIANZA PREDICTIVA NACIONAL 97,1 %
Se quedó mirándolos y pensó en una décima de punto. Se preguntó quién, en el edificio que se alzaba sobre él, se habría dado cuenta y qué estaría haciendo al respecto.
* * *
No se fue a casa. Volvió al Ralston. Eran casi las siete de un viernes, el edificio se estaba vaciando y la tercera planta estaba a oscuras, salvo por la franja de luz bajo la puerta del despacho 312, que había dejado cerrado con llave.
Se detuvo. Había dejado las luces apagadas.
Abrió con llave y entró.
Adrian estaba sentado a oscuras en el otro extremo de la mesa ovalada de reuniones, con la pequeña lámpara de escritorio de la sala interior encendida a su espalda, mirando el mapa de Hartwell. El que tenía los barrios sombreados de rojo. El punto de lápiz en Cooper Street.
—Tengo una llave —dijo Adrian sin levantar la vista—. Es mi comité.
—Lo sé.
—¿Qué tal la planta cuarenta y una?
—Tranquila. —Gabriel dejó la bolsa en el suelo—. Me va a dar el archivo técnico. Todo lo que esté por debajo del nivel operativo. A partir del lunes.
—Te está reclutando.
—Ella lo llamó una previsión.
Adrian soltó una risa queda.
—Claro que sí.
Trazó algo en el mapa con un dedo. Kettle Hill.
—Ardent lo ha aplazado.
—Al miércoles.
—¿Y tu hermana?
—Ella cree que es un milagro. Su amiga cree que es una trampa. —Gabriel siguió junto a la puerta—. Le dije que no sabía cuál de las dos cosas era.
—¿Y cuál es?
—Probablemente las dos. La mayoría de las cosas lo son.
Entonces Adrian alzó la vista hacia él. Con la luz tenue de la sala interior tenía el rostro medio en sombras, muy cansado, y había en él algo indefenso que Gabriel solo había visto una vez antes, en una habitación blanca, durante un segundo, antes de que llegara el miedo.
—He bajado porque quería verte —dijo Adrian—. Esta vez no hay ninguna carpeta. No tengo ningún motivo. Pensé que debías saberlo.
Gabriel se quedó muy quieto junto a la puerta.
—¿Por qué? —dijo.
—No lo sé —dijo Adrian—. No paro de repetírtelo. Empiezo a pensar que es lo más sincero que he dicho en años.
Se puso en pie. Recorrió la mesa ovalada de un extremo al otro, por delante de los mapas, los papeles y el estudio Halden, y se detuvo delante de Gabriel, cerca, más cerca de lo que nunca había estado en el despacho de arriba; lo bastante cerca para que Gabriel distinguiera el tenue plateado de las sienes y la pequeña cicatriz pálida de la barbilla. No lo tocó.
—Buenas noches, Gabriel.
—Buenas noches.
Adrian pasó junto a él y salió al pasillo oscuro. Gabriel oyó sus pasos alejarse hacia las escaleras. No hacia el ascensor. Hacia las escaleras.
Se quedó mucho rato en el umbral del despacho 312, mirando la silla vacía al otro extremo de la mesa y el mapa de Hartwell y el pequeño punto de lápiz en Cooper Street, que era Darius, y la manzana de al lado, que era él.