CAPÍTULO TRECE #2
—Está suponiendo —dijo al cabo de un momento.
—Eso le he dicho a Brooke.
—Ferrante tiene los códigos de las salas.
Diecisiete en B-114. No tiene las horas.
Está tanteando. Si tuviera algo, no llamaría a Brooke; te llamaría a ti.
—Gabriel volvió a coger el bolígrafo y lo hizo girar entre los dedos.
Era zurdo—. Habló conmigo hace dos semanas.
En el Paseo del Río. Antes. Me dio su tarjeta.
—No me lo dijiste.
—Entonces no era nada. —Gabriel miró el bolígrafo—.
Es de Bramford. De la zona oeste. Su padre trabajaba en Kessler-Doane.
Dijo que la gente como nosotros acaba en salas como la tuya porque sabemos hacia dónde sopla el viento, y que un día yo levantaría la vista y me daría cuenta de que el viento había cambiado, y que ella quería ser la primera persona a la que llamara.
Los ventanales altos daban al patio. Desde la tercera planta se veía la copa del olmo, casi desnuda, y más allá el tejado de pizarra del edificio Corwin, donde el Senado tenía sus oficinas.
—¿Lo será? —dijo Adrian.
—¿Será qué?
—La primera persona a la que llamarás.
Gabriel lo miró durante un largo rato.
—Todavía no lo sé —dijo—. Esa es la verdad. No sé qué voy a hacer. Estoy sentado en este despacho porque pedí ocuparlo, y voy a pasar las próximas ocho semanas asegurándome de que presentes esa enmienda en el pleno, y después no lo sé. Nunca hasta ahora me había pasado no saberlo. No me gusta.
—A mí tampoco.
—Ya lo sé. —Gabriel dejó el bolígrafo—. Pero has bajado con una pila de transcripciones antiguas para tener una excusa para estar aquí. Así que no estoy seguro de que ninguno de los dos sepa ahora mismo qué le gusta.
Adrian se quedó completamente quieto en el extremo de la mesa.
Pensó con toda claridad: «Tiene razón». Y después, con menos claridad, un pensamiento que no dejó terminar, un pensamiento que empezaba en la forma en que Gabriel llevaba las mangas remangadas hasta el codo, en la piel pálida de la cara interna de su antebrazo izquierdo apoyado sobre el estudio Halden, en la fina cicatriz blanca que le cruzaba la ceja, en la quietud de su rostro, y que iba a un lugar al que Adrian le había echado la llave a los veinte años.
Cogió las carpetas.
—Dejo estas aquí —dijo.
—Las tienes en la mano.
Volvió a dejarlas sobre la mesa. Gabriel lo vio hacerlo. Ninguno de los dos dijo nada. Después Adrian salió, cerró la puerta y se quedó un rato en el pasillo de la tercera planta del edificio Ralston, con la mano apoyada en la pared, como si el edificio pudiera moverse.
* * *
Julian lo encontró el jueves por la noche, no en el túnel, sino en la calle.
Adrian había salido del Ralston a las siete y le había dicho a Luis que iría andando.
Eran seis manzanas por la Milla Federal hasta la esquina de Calder Street, donde Luis lo recogería, y quería esas seis manzanas.
Quería el frío. Quería, si era sincero, ser un hombre que caminaba de noche por la acera de una ciudad, como cualquier otro.
Iba por la mitad de la Milla, a la altura de las puertas de bronce del Departamento de Seguridad Pública, cuando alguien acopló el paso al suyo.
—No contestaste —dijo Julian.
—He estado ocupado.
—Has estado ascendiendo a tu asesor. —Julian llevaba las manos hundidas en los bolsillos de un abrigo oscuro. Su aliento formaba pequeñas nubes—. Director de personal. Banda nueve. El anuncio salió esta mañana en el Courier. Página seis. Bonita foto.
—Sigue andando —dijo Adrian—. No te pares.
—¿Por qué? ¿Por las cámaras? —Julian rio en voz baja—.
Dos miembros del personal sénior de la Asamblea Federal caminando juntos por la Milla Federal después del trabajo.
La Red lo ve todas las noches. Es lo más aburrido de la ciudad.
Aquí somos invisibles. Ese es el chiste, ¿no?
El único lugar donde no pueden vernos es aquel en el que lo ven todo.
Pasaron junto al Tesoro, con las columnas iluminadas de dorado desde abajo. Más adelante, la torre de la OCA se alzaba verde contra el cielo oscuro, con sus cifras encendidas.
CONFIANZA PREDICTIVA NACIONAL 97,1 %
Adrian lo notó. Una décima de punto. No dijo nada.
—¿Qué precio tuvo? —insistió Julian.
—El precio que has visto. Un puesto de trabajo.
—¿Eso es todo?
—Eso es todo.
—Y la enmienda en el pleno.
Adrian siguió caminando.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque el martes le dijo al director del pleno de Pruitt que el presidente tenía intención de presentar la Enmienda Treinta y Ocho en el pleno en diciembre.
Como director de personal. Y que conste en acta.
—Julian negó con la cabeza—. Ese no es un chantajista, Adrian.
Un chantajista pide dinero y una vida tranquila.
Ese tiene su propia agenda. Y quiero saber qué es lo que falta antes de que lo pida.
—No hay nada más.
—Siempre hay algo más. —Julian se detuvo.
Adrian dio dos pasos más, se detuvo también y se volvió.
Estaban en la acera ancha de la Milla Federal, bajo las columnas iluminadas del Tesoro, a un metro el uno del otro, dos hombres de abrigo oscuro—.
Escúchame. He hecho lo que me pediste. No he llamado a mi amigo de la Oficina.
No he llamado a nadie. Pero no pienso quedarme aquí esperando a que tu chico decida qué quiere de mí.
Porque él también me vio. Y yo no tengo un comité que ofrecerle.
—No te ha pedido nada.
—Todavía.
—No lo hará.
—¿Cómo lo sabes?
Adrian abrió la boca para responder y se dio cuenta de que no podía.
No lo sabía. Simplemente lo sabía. Lo sabía igual que había sabido, a los veinte años, de pie en la caseta de botes de Calvert Christian, con la luz del río entrando por las puertas y la mano de Daniel Whitford en la nuca, que su vida acababa de partirse en dos mitades y que nunca volvería a estar entera.
—Porque lo conozco —dijo.
Julian se le quedó mirando. Algo cambió en su rostro. Pasó muy despacio de la ira a otra cosa, algo más afilado, más frío y más triste: la expresión de un abogado que acaba de oír a un testigo decir justo aquello con lo que se pierde el caso.
—Ay —dijo Julian en voz baja—. Ay, Adrian. No.
—¿No qué?
—Lo sabes perfectamente.
Julian retrocedió un paso.
—Estuviste en aquella habitación conmigo doce veces en catorce meses y ni una sola vez dijiste que me conocías.
Ni una. Apenas pronunciabas mi nombre. Y a él lo conoces desde hace cuatro años, y entra en una sala sellada y te pone contra las cuerdas para conseguir un puesto, y tú te plantas en la Milla Federal y me dices que lo conoces.
—Se rio, y aquello no fue una risa—. Qué idiota soy.
Debería haberlo visto en la sesión de enmiendas.
La forma en que no parabas de volverte para mirarlo. Como una brújula.
—Julian.
—No. —Julian levantó una mano—. No digas mi nombre así. Nunca lo habías hecho. No empieces ahora.
Volvió a meterse las manos en los bolsillos. El aliento se le condensaba en el frío.
—Te voy a hacer un último favor: voy a decirte que no volveré al anexo. No porque tenga miedo. Porque no pienso ser eso que haces mientras esperas otra cosa.
—No eras eso.
—¿Entonces qué era?
Adrian no respondió. Aunque lo hubiera intentado, no habría podido.
Julian asintió despacio, como si también hubiera esperado aquello.
—Ten cuidado —dijo—. No conmigo. Yo mantendré la boca cerrada.
Tengo más que perder que tú. Ten cuidado contigo mismo.
Los hombres como nosotros podemos sobrevivir a casi cualquier cosa en esta ciudad, Adrian.
Podemos sobrevivir a que nos vean. Podemos sobrevivir a que nos descubran.
A lo que no podemos sobrevivir es a desear algo que no podemos esconder.
—Se dio media vuelta—. Buenas noches, señor presidente.
Se alejó por la Milla Federal en dirección al Barrio de los Faroles, un hombre delgado con un abrigo oscuro; las farolas lo atrapaban y lo soltaban una tras otra. Después dobló una esquina y desapareció.
Adrian se quedó solo bajo las columnas del Tesoro. Sobre la Milla, la torre de la OCA resplandecía. 97,1 %.
Recorrió a pie el resto del camino hasta Calder Street.
Luis lo esperaba con el coche. Adrian se sentó detrás sin decir palabra, Luis se separó del bordillo y volvieron a casa por las calles iluminadas del Barrio de los Faroles, pasando por delante del Sterling, de los bares y de los luminosos vestíbulos acristalados de las empresas de presión política.
Él iba en el asiento trasero con las manos entrelazadas y los ojos cerrados.
«A lo que no podemos sobrevivir es a desear algo que no podemos esconder».
* * *
Aquella noche, cuando Eleanor ya dormía, bajó a la cocina de Linden Row y se sentó a oscuras a la larga mesa de pino.
Sacó el teléfono. Abrió un mensaje nuevo. Marcó el número de Gabriel, el personal, que nunca había usado para nada que no fuera trabajo.
Se quedó allí mucho rato, con el mensaje vacío delante y el pequeño panel blanco del sistema de seguridad de la casa brillando en la pared del fondo, con su diminuta luz verde que nunca se apagaba.
Escribió: Gracias por
Se detuvo. Lo borró.
Escribió: No sé qué
También lo borró.
Al final no escribió nada. Se quedó a oscuras hasta que el reloj de la cocina dio la una; entonces se guardó el teléfono en el bolsillo, subió y se tumbó junto a su mujer dormida.
Miró el techo y pensó en un antebrazo pálido apoyado sobre una página de estadísticas, a la luz gris de una habitación del tercer piso, y en una mano izquierda que hacía girar un bolígrafo, y en una voz que en un estadio pronunciaba su nombre.
Adrian.
Lo habían llamado por su nombre diez mil veces: su padre, su madre, su mujer, sus hijos, Martin, Pruitt, Julian, Renata, todos los electores del Cuarto Distrito de Ostrander. Pero hasta el sábado nunca lo había oído en boca de alguien que sabía exactamente lo que era y lo dijo igualmente.
No durmió. Rezó un poco, a la antigua, moviendo los labios sin emitir sonido. No sabía qué pedía. Rezó por ello de todos modos.