CAPÍTULO ONCE
LO QUE VIO
Julian Shore lo esperaba al pie de las escaleras de Corwin a las siete y cuarto de la mañana, y parecía un hombre que no había dormido, con lo que ya eran dos.
—Aquí no —dijo Adrian.
—¿Entonces dónde? ¿En tu despacho? ¿En el mío?
¿En el sótano? —Julian soltó una risa muy queda, sin sonido alguno—.
No existe ningún aquí, Adrian. Solo hay sitios con cámaras y sitios donde las cámaras miran hacia otro lado.
Y acabamos de descubrir que el segundo tipo tiene una puerta por la que puede pasar cualquiera.
Estaban en el túnel que corre bajo el césped oriental de Assembly Rise, en el punto donde el extremo de Corwin se juntaba con el de Ralston, bajo una luz que se había encendido al pasar Adrian por debajo y que volvería a apagarse a los noventa segundos si ninguno de los dos se movía.
Un carro de correo pasó zumbando junto a ellos por su raíl, vacío, con su pequeña luz ámbar encendiéndose y apagándose.
Julian se había afeitado. Se había puesto una camisa limpia, azul pálido, y un buen traje gris, y llevaba la corbata perfecta. Los ojos, no.
—¿Quién es? —preguntó Julian.
—Mi asesor principal.
—Ya sé que es tu asesor principal. Lo he visto en las reuniones.
Escribe tus mejores frases. A Paige le parece guapo.
—Julian pronunció el nombre de su mujer como si fuera una palabra de un idioma que un día habló con fluidez y había empezado a olvidar—.
Me refiero a quién es. Qué quiere. Qué va a hacer.
—No lo sé.
—No lo sabes.
—Dijo que no se lo iba a contar a nadie.
—¿Eso dijo? ¿Con esas palabras?
—Dijo: «No voy a contárselo a nadie» —Adrian hizo una pausa—. Y luego dijo: «Esta noche no».
La luz del techo se apagó con un chasquido. Se quedaron a oscuras un segundo, hasta que Julian movió la mano y volvió a encenderse.
—Esta noche no —dijo Julian—. Eso no es una promesa. Es una etiqueta de precio.
—Eso no lo sabes.
—Llevo dieciséis años ejerciendo la abogacía. Sé perfectamente lo que es.
Julian se metió las manos en los bolsillos. Cuando volvió a hablar, la voz le había cambiado: más baja y más cauta, la voz que Adrian le había oído emplear en las reuniones con senadores a los que había que conducir despacio hacia algo que no querían hacer.
—Escúchame. Tengo un amigo en la Oficina de Seguridad Cívica.
En la División de Riesgo Interno. Estudiamos juntos en la Facultad de Derecho de Hartwell.
Si un miembro de la Asamblea planteara una preocupación sobre un miembro del personal con autorización de anexo, sobre, pongamos, patrones de acceso inusuales, o un patrón de actividad financiera inexplicada, o algo de su vida personal que pudiera hacerlo vulnerable a la coacción, el asunto acabaría en manos de mi amigo.
Con discreción. Y le suspenderían la autorización mientras se revisaba el caso.
Y, mientras estuviera suspendida, cualquier cosa que dijera de cualquiera sería, en el mejor de los casos, la palabra de un empleado resentido al que están investigando.
Adrian lo miró.
—¿Y en el peor? —dijo.
—En el peor, sería la palabra de un hombre cuya categoría cívica acabaría de bajar a REVISIÓN. Lo cual, en esta ciudad, es lo mismo que no tener palabra.
Julian tenía el rostro muy sereno.
—Ni siquiera sería mentira. Entró en una sesión sellada a las doce y veinte de la madrugada. Consta en el registro. Es un patrón de acceso inusual. A cualquiera le parecería preocupante.
—Entró porque le dije que bajara la hoja de portada.
—¿Lo dejaste por escrito?
Adrian no respondió.
—Entonces es un patrón de acceso inusual —dijo Julian.
El carro de correo volvió en sentido contrario, todavía vacío, con la lucecita todavía parpadeando.
—No —dijo Adrian.
—Adrian…
—No. No llames a tu amigo. No llames a nadie. No le digas su nombre a nadie, ni en este edificio ni en ningún otro.
Oyó su propia voz, muy baja, y no la reconoció del todo.
—Si me entero de que has planteado una preocupación sobre Gabriel Mercer ante la OSC, o ante Dana Whitlock, o ante cualquiera de la OCA, entraré en la próxima audiencia pública del Comité Judicial del Senado, me sentaré en primera fila y te miraré hasta que entiendas que a mí no me da miedo eso que a ti te da miedo.
Julian se quedó mirándolo. Durante un largo instante ninguno de los dos se movió, y la luz volvió a apagarse con un chasquido, y se quedaron a oscuras bajo el césped de la Asamblea Federal, con el leve zumbido de la ventilación por todas partes.
—Mientes —dijo Julian en la oscuridad—. Tú tienes más miedo que yo.
—Sí —dijo Adrian—. Pero no voy a hacerle eso.
—¿Por qué no?
No respondió. No sabía la respuesta. Dio un paso adelante, se encendió la luz y pasó junto a Julian hacia el extremo de Ralston del túnel sin mirar atrás, y al cabo de un rato oyó a sus espaldas los pasos de Julian, que se alejaban en dirección contraria.
* * *
No había vuelto a casa. A las 23:52 le había escrito a Eleanor que dormiría en el despacho, y esa era su intención, y había estado sentado en el sofá de cuero de Ralston 418 desde las 0:45 hasta algo después de las cinco de la mañana, con la lámpara de pantalla verde encendida y las manos entre las rodillas, y no había dormido nada en absoluto.
A las 6:14 había enviado el mensaje. Por favor. ¿Podemos hablar? Lo había visto en la pantalla durante una hora: entregado, sin leer. Luego, leído. Luego, nada.
Ahora eran las 7:40 y la oficina exterior empezaba a llenarse.
Oyó llegar a Ellis, y la cafetera arrancar con su molienda hosca, y los tacones de Brooke en el pasillo, y su voz al teléfono: «No, no va a hacer Brickman, no va a hacer nada hasta el lunes; diles que el presidente está descansando».
Oyó abrirse y cerrarse la puerta de los despachos interiores, y abrirse otra vez.
No oyó a Gabriel.
A las 8:52 lo oyó. Un paso en la sala exterior que habría reconocido en cualquier parte, comprendió con una sensación parecida a la de caer.
No era pesado. Ni rápido. Era el paso de un hombre que había aprendido a entrar en las salas sin que nadie reparara en él y que luego, con los años, había aprendido que llamar la atención resultaba útil.
Oyó que Ellis decía «Buenos días» y que Gabriel respondía «Buenos días», exactamente con la voz que usaba cada mañana.
Oyó el chirrido de la silla del segundo mejor escritorio, el que estaba junto a la única ventana que se abría.
Esperó diez minutos. Luego pulsó el interfono de su mesa.
—Gabriel. ¿Puedes venir?
Una pausa.
—Sí, señor.
La puerta se abrió y se cerró. Gabriel se quedó de pie justo al entrar, con la tableta apretada contra el pecho, igual que en el vestíbulo del Sterling, en la cena de Families First, como un escudo.
Se había cambiado de ropa. Traje gris, camisa blanca, corbata oscura.
Tenía el pelo húmedo, como si acabara de salir de la ducha.
Tenía ojeras. Por lo demás, tenía exactamente el mismo aspecto de siempre, y eso era, pensó Adrian, lo más aterrador de él.
—Siéntate —dijo Adrian.
—Preferiría quedarme de pie.
—Por favor.
Gabriel lo miró un instante. Luego se sentó en el sillón de cuero que había frente al escritorio, el mismo en el que Renata Cole se había sentado el lunes con las manos juntas sobre una carpeta gris. Dejó la tableta sobre las rodillas.
—No quiero hacer esto aquí —dijo Gabriel.
—No hay otro sitio.
—Hay sitios de sobra. —Gabriel lanzó una mirada muy breve a la esquina del techo, donde la pequeña cúpula blanca del sensor ambiental de la oficina estaba junto al detector de humo—. Esta habitación no está sellada.
—Puedo sellarla.
—No. —Gabriel lo dijo tan deprisa que los sorprendió a los dos. Algo asomó en su rostro y volvió a guardarse—. No. No voy a sentarme en una habitación blanca contigo. Ahora no.
Adrian lo entendió. Sintió el impacto en algún punto bajo las costillas.
—Entonces, ¿dónde?
Gabriel guardó silencio un momento. Bajó la vista hacia la tableta que tenía sobre las rodillas.
Cuando volvió a alzarla, su rostro había adoptado la expresión que Adrian le había visto en las mesas de negociación, en el Consejo de Seguros, en el despacho del presidente de la Cámara: la expresión serena y atenta de un hombre que ya ha decidido qué está dispuesto a aceptar y espera, con gran cortesía, a que la otra parte lo descubra.
—Los Ironclads juegan mañana contra los Lisle Pioneers a la una —dijo—.
En Founders Field. Sección 114. Fila veintidós.
Tengo dos entradas. Mi padre me regaló un abono doble por mi trigésimo cumpleaños porque creía que necesitaba una razón para salir de la oficina los sábados. Las he usado cuatro veces.
—Un partido de fútbol americano.
—Cuarenta y ocho mil personas —dijo Gabriel—.
Todas gritando. Todas haciendo lo mismo al mismo tiempo y luego otra cosa al mismo tiempo.
Las cámaras de Founders Field están diseñadas para detectar peleas, borrachos y gente que salta al campo.
No están diseñadas para detectar a dos hombres sentados uno junto al otro en la grada superior hablando de trabajo.
—Hizo una pausa—. Las multitudes son ruido.
Todo el mundo en el Rise lo sabe. Por eso el presidente de la Cámara lleva a los donantes al estadio.
Adrian lo miró.
—Has pensado en esto —dijo.
—Llevo pensando en ello desde las doce cuarenta y uno de esta madrugada.
—Yo también.
—Lo sé. —Gabriel se puso en pie y se colocó la tableta bajo el brazo—.
Ponte algo que no parezca tuyo. No la cazadora de la camioneta.
La gente de Ostrander conoce esa cazadora.
Siéntate antes del himno. Si alguien te reconoce, estás allí porque tu director de gabinete te consiguió entradas y querías ver cómo es el fútbol americano de Hartwell desde las localidades baratas.
Esa es una historia que Brooke puede usar.
—No tengo director de gabinete.
—No —dijo Gabriel—. No lo tienes.
Se dirigió a la puerta. Puso la mano en el pomo de latón. Luego se volvió.